La cultura de la vida
Nuestro mundo

La cultura de la vida

Nuestro Mundo

Hay ocasiones en que la realidad de una sociedad descompuesta, tendiente a privilegiar la cultura de la muerte, nos salpica, nos azota, nos mueve.

Los más débiles asesinados por los más fuertes, desprecio a la vida, seres humanos que se sienten desechables, el sentido de la existencia extraviado en relación al “tener,” al “poseer”, al comprar respeto, cargamos con una valoración distorsionada del sí mismo, gritamos y peleamos por un lugar en el mundo. Hemos cedido tanto terreno al materialismo, a la comodidad, al dejar pasar, que no nos hemos dado cuenta que también le hemos dado espacio al irrespeto a la vida.

No, no es sólo que las armas maten, es que la indiferencia, la soledad, el sentirte paria, apartado, alejado del quehacer “normal” cotidiano, también asesinan. La muerte en vida es dolorosa, sentirse fracasado, perdido, desechado, causa tal dolor que no hay paliativo alguno para ello, tal vez sea por eso que las fugas son mentales, que se pierde el endeble equilibrio de la cordura. Esta situación de vida abre camino a laberintos oscuros como las adicciones, las fugas esquizoides estimuladas por las drogas, la perdida de filtros que hacen que las consecuencias no se midan y las acciones por más bizarras busquen menguar el sufrimiento emocional.

No, tampoco se trata de justificar y sé que como explicación puede ser endeble y debatible, se trata de aprender de lo que vivimos, de esta suerte de tragedias que se comparten, que nos tocan de una y otra manera, que fijan un antes y un después.

¿Qué hemos hecho mal? Sí, así es en plural. Tal vez para entenderlo debamos individualizarlo y en la constante de las respuestas comunes encontrar una explicación: ¿qué he dejado pasar y qué he permitido en aras de no discutir o negar la existencia de un problema?, ¿cuál es el lenguaje que he utilizado para hablarles a los demás, a los hijos, la pareja, los amigos, los compañeros de trabajo?, ¿qué juicios hago y no me toco el corazón para hacerlos?, ¿qué miradas o que gestos he hecho cuando enfrento a alguien que no me gusta o con quien sumo más diferencias que coincidencias?, ¿me creo superior a los demás?, ¿invito a mis hijos a que crean que están por encima del resto del mundo?, ¿soy o nos empático?, ¿regalo lo que me sobra o me doy en plenitud?

Preguntas que hoy sí que exigen una respuesta clara de parte de cada uno de nosotros porque es en el reconocimiento de nuestras debilidades donde podemos encontrar fortaleza. También creo que debemos poner en práctica ciertas recomendaciones que todos conocemos bien y que olvidamos con mucha facilidad:

¿Lo que voy a decir me consta?

¿Lo que voy a juzgar me corresponde?

¿Lo que platico nos hace bien a quienes participamos en la conversación?

¿Las imágenes que tengo guardadas en mi celular me perturban?

¿Tengo derecho a compartir esas imágenes sin violentar el respeto a la privacidad de datos de los demás?

¿Más allá de lamentarme por lo ocurrido a qué me comprometo?

Los análisis sociológicos, psicológicos, médicos, sistémicos tendrán que hacerlos los expertos, a nosotros, a la inmensa mayoría, solo nos toca voltear a vernos, revisar nuestras emociones, saber que siente nuestro cuerpo y corazón, luego una vez que tengamos claro nuestro propio estado, voltear a ver a nuestros prójimos más cercanos y mirar con profundidad lo que les duele y lo que los hace felices, y una vez con la claridad de donde estamos parados saber si le seguimos por donde vamos o pedimos ayuda para corregir el camino.

Si no aprendemos bien y rápido las lecciones, volveremos a vivir lo mismo. Me gusta el verbo ceder porque implica acercar, derrotarnos para llegar a un punto de encuentro. Cedamos luchando por los valores y los principios que no pierden vigencia. Construyamos puentes que nos hermanen y nos recuerden que somos humanos compartiendo una experiencia en un mundo donde todos cabemos.

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