Novia mía, novia mía.
Opinión

Novia mía, novia mía.

Miscelánea

A la primera llamada, caemos felices en ese campo de plumas y sueños que es el enamoramiento.  Entre los mejores recuerdos quedará para siempre la sorprendente explosión de emociones que suscita el primer amor; algo así como una primavera, música, o como llevar el sol por dentro. Es también incertidumbre: me quiere, no me quiere… Tomar la mano del amado por primera vez, es alcanzar la cima del Pico de Orizaba. El primer beso, un relámpago que estalla en los labios. Inquietud que sólo se aquieta con la presencia del amado. Nos volvemos obsesivos; todos los caminos han de pasar frente a su casa. “¿No es verdad ángel de amor, que en esta apartada orilla más clara la luna brilla y se respira mejor?”.

Dure lo que dure, el amor imprime en la memoria una sonrisa. Afortunados quienes consiguen anidar en el primer enamoramiento, limpio, inocente como nuestra juventud. Lamentablemente, la vida tiene  otros datos; demasiados enemigos acechan los primeros amores: edad, raza, religión, estatus económico, todo atenta para separar a los amantes. Por las razones que sean, han de tomar caminos diferentes en los que aparecen nuevos amores, que sin embargo, comparados con el primero serán siempre de baja intensidad, porque nada puede competir con el amor incumplido y por lo tanto nunca expuesto al desgaste de la vida real.

Coronada de flores, Ofelia se ahoga sin conocer nunca la cercanía de Hamlet.  Julieta dice a Romeo: “Amor mío, sigamos conversando que todavía no rompe el día…”. Unas páginas más adelante, la muerte silenciará para siempre a los amantes. Y “No me atormentes Catherine, que me siento tan loco como tu”; grita Heathcliff  en la tumba de su amada. Don Quijote y su amor por Dulcinea es eterno. Mueren los personajes pero sus amores son inmortales porque los autores tuvieron la prudencia de no someterlos a la áspera prueba de la convivencia; esa cuña que nos separa de la felicidad porque, a cambio de la dulzura que ofrece la intimidad, la vida en pareja impone renunciar a los pequeños espacios de privacidad que todos necesitamos para respirar, y coarta sutilmente nuestra libertad. Es una especie de lima que lija el amor. Territorio descubierto y conquistado; no ofrece ningún reto. Nos volvemos predecibles, y los espacios compartidos como la mesa, el baño, la cama con los ronquidos y otros ruidos malolientes; hasta la pasta de dientes que uno de los dos despanzurra, acaban por resultar irritantes. Diferentes criterios para disponer del dinero, elegir el lugar para las vacaciones o el canal de televisión; llegan a ser causal de divorcio.

Recuerdo hace muchos años, un pleitazo porque acepté que la película Bob, and Carol, Ted and Alice (el tema era dos matrimonios que deciden intercambiar pareja) me había gustado. Para mi Querubín fue casi una infidelidad de mi parte. Y están también las pequeñas verdades,  que se deslizan entre la pareja y sin querer queriendo, cuchillitos de palo, acaban por fracturar la relación: “No comas tanto pan mi amor, necesitas bajar de peso”. O, “perdóname, mi vida, pero tu mamá es muy ignorante”. Si no estamos alertas, el agobio de la convivencia acaba por transformar la conversación y las risas en discusiones absurdas, hasta que llega el día en que nos damos por vencidos. Lo que sigue es la costumbre, el silencio; un purgatorio en el que hasta el deseo termina por extinguirse. Pero el verdadero amor resiste. Si aún queda la admiración y  la pareja es obstinada; la relación sobrevive.

Aunque en peligro de extinción, todavía quedan parejas que superadas las trampas de la convivencia; a través de los años siguen queriéndose y respetándose de una manera muy parecida a la amistad. Cuando los veo,  pienso envidiosa que han encontrado la fórmula que nos mantuvo unidos por tantos años al Querubín y a mí: ni un sí ni un no; puro que te importa. 

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