La psicología del niño y adolescente violento
Familia

La psicología del niño y adolescente violento

Más allá de la influencia mediática

Recientemente ha aumentado el interés por conocer aspectos de atentados violentos impactantes, como los tiroteos en escuelas. Se habla de influencia por parte de medios que representan la violencia, pero las indagaciones serias se hacen en torno a factores más determinantes: el ambiente familiar, social y la psicología del agresor.

En sucesos como éste, la salud mental juega un papel crucial en relación con la cohesión familiar, es decir, la integración que tenga el niño en su familia, y sobre todo la empatía. De encontrarse una dificultad en ésta, es más posible engañar y hacer daño a otra persona.

Los problemas mentales relacionados con la empatía, diagnosticados según el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM) de la Asociación de Psiquiatras Americanos, son el trastorno disocial, llamado trastorno de conducta en la última versión del manual, y el trastorno antisocial. El primero se presenta en niños y adolescentes, y el segundo en la edad adulta.

En la etapa infantil, los problemas en la empatía se pueden detectar en actitudes como romper las reglas de los juegos, no respetar los turnos, mentir para sacar provecho y llevar a cabo acciones que son producto de un bajo entendimiento de la afección que se produce en el otro.

Estas dificultades, sin el tratamiento psicológico adecuado, pueden evolucionar en conductas como daño a la propiedad privada y a espacios públicos, robo o daño a otras personas. El problema se hace más grande cuando se agrega el maltrato, pues con esto se desarrolla una conducta violenta e impulsividad. Al niño le costará más contener sus impulsos y tenderá a estar en enfrentamientos físicos.

El trastorno negativista desafiante está vinculado con el disocial. No se relaciona tanto con la empatía, pero se puede considerar una etapa temprana del desarrollo del segundo trastorno. Se describe como una conducta desobediente, hostil y desafiante ante las figuras de autoridad.

Para su diagnóstico deben presentarse cuatro o más de las siguientes características por seis meses: se encoleriza constantemente y hace berrinche con pataletas, discute seguido con adultos, los desafía activamente y se niega a cumplir lo que le dicen, acusa a otros de sus errores o mal comportamiento, y es susceptible, resentido, rencoroso o vengativo.

La falta de límites desemboca en desobediencia constante, berrinches y, posiblemente, en un trastorno negativista desafiante. Foto: Archivo Siglo Nuevo

Todo ello con más frecuencia que la mayoría de los niños de la misma edad, por supuesto. Aparece normalmente desde los ocho años y es más o menos común entre el dos y 16 por ciento de los infantes. Lo realmente importante es tratar desde entonces el problema, que muchas veces tiene que ver con una inadecuada aplicación de límites.

Lejos de reprender o castigar, los límites son aquellos que ya existen en la sociedad y que los padres u otras figuras de autoridad deben ayudar al niño a descubrir. Se trata de hablar de lo que no se debe hacer y explicar las consecuencias que traen las acciones indebidas, siendo una de las más importantes el daño o el sentimiento negativo generado en otra persona.

Obviamente todo con la suficiente paciencia, pues hasta los tres años aparece la reflexión moral sobre lo que causa malestar a los demás. Por otra parte, es necesario no poner demasiados límites ni intentar controlar todo aspecto de la vida del niño, puesto que este exceso puede impulsarlos a dejar de obedecer las reglas.

Gritar a la primera ocasión también genera una tensión importante e incluso se podrá generar cierto resentimiento. Pero sí es necesario mantener una voz firme y detener rápidamente el comportamiento negativo, sobre todo lo que tiene que ver con la seguridad, la salud y el respeto por los demás.

A continuación es importante recuperar el tono amable y explicar por qué se le llamó la atención, siendo congruente con lo que se pide. El ejemplo que da la figura de autoridad debe ser respetado por él mismo y actuar acorde a tal; si no es así, el niño no tardará en hacerlo notar.

No se trata de criar un niño sumiso, que finalmente también guarda tensiones enormes, sino guiarlo y tomar en cuenta sus opiniones. Solo mediante el equilibrio se logra un individuo sano, no reprendiendo sin que pueda decir lo que le pareció injusto, ni dejando que haga y deshaga sin tener parámetros.

TRASTORNOS DE ESPECIAL ATENCIÓN

Habrá que poner atención y acudir con un psicólogo si se notan síntomas más intensos. Sin tratamiento para el trastorno de conducta, un 52 por ciento de los niños que continúan con síntomas y cerca del 26 por ciento de ellos genera un trastorno disocial. Lo anterior según el Marco para un modelo de desarrollo del trastorno de oposición desafiante y trastorno de conducta (1993).

Se requiere tratamiento psicológico cuando el menor muestra una tendencia marcada a entablar peleas, incluso con armas para causar más daño al otro. Fotos: Archivo Siglo Nuevo

El trastorno disocial según el DSM, es un trastorno grave de la conducta que consiste en un patrón de comportamiento que viola las normas sociales o los derechos básicos de las demás personas. Aparece mayormente en varones de edad inferior a los 18 años (del seis al 16 por ciento de los casos), generalmente entre los 10 y 12 años. En mujeres aparece entre los 14 y 16 años (entre el dos y nueve por ciento de los casos).

Se manifiesta con la presencia de tres o más de los comportamientos siguientes, durante los últimos seis meses:

Agresión a personas o animales. Fanfarronear constantemente, amenazar o intimidar a otros, iniciar peleas físicas, utilizar armas que puedan causar daño físico grave (navajas, vidrios, palos, ladrillos), manifestar crueldad física con personas y animales, robar con enfrentamiento y por último forzar a otro niño a una actividad sexual.

Destrucción de la propiedad. El individuo provoca deliberadamente incendios y daña propiedades privadas.

Fraudulencia o robo. Entran sin permiso a casas o automóviles ajenos, mienten para obtener favores o bienes, o para evitar obligaciones. Pueden también robar objetos de valor sin enfrentamiento.

Violaciones graves a las normas. Permanecer fuera de su casa de noche a pesar de la prohibición de los padres, antes de cumplir los 13 años de edad. A veces escapan de casa varias veces por las noches, o una sola vez para durar un largo periodo fuera.

Si estos comportamientos persisten, es posible que se llegue a un trastorno antisocial de la personalidad, que contiene básicamente los mismos criterios pero perpetuados en la edad adulta. La conducta disruptiva es más grave aún, así como sus consecuencias, y es más común la participación en grupos delictivos.

LA EMPATÍA COMO COMPONENTE IMPORTANTE

La empatía, según el psicólogo social José Francisco Morales (Psicología social, 2010), es una capacidad cognitiva y emocional que permite al que la posee adoptar la perspectiva de otra persona. Sea intentando darse cuenta de lo que siente, lo cual es llamado empatía cognitiva; sea experimentando emociones parecidas a las que podría sentir el otro, lo cual se refiere a la empatía afectiva paralela; o sea reaccionando emocionalmente a ellas, es decir, experimentando una empatía afectiva reactiva.

La sensación de empatía es estimulada cuando los padres son capaces de discutir  emociones. Foto: Archivo Siglo Nuevo

Al sentir empatía, el sujeto se enfoca en el malestar del que sufre y no en el propio. Cuando una persona se siente vinculada a alguien, se identifica y por consiguiente siente empatía.

Otra implicación es que parece inhibir la conducta agresiva. Esto según Psicología social de Elena Gaviria (2010) o Afecto y comportamiento moral de Martin Hoffman (1982). En una situación concreta, si se le pasa a un sujeto por la cabeza la idea de agredir a alguien, la empatía puede disuadirlo con sólo imaginar cómo se sentiría si lo hace, e incluso recordando datos sobre su vida familiar y afectiva, para devolverlo a la idea de que estará afectando a una persona no muy diferente a él. Por el contrario, quienes recurren regularmente a conductas agresivas, pueden tener un déficit en su capacidad por sentir empatía.

Para investigadores como Daniel Batson, Shannon Early y Giovani Salvarani en Toma de perspectiva: imaginar cómo se siente otro frente a imaginar cómo se sentiría (1997) existen tres maneras diferentes de tomar la perspectiva del otro. La primera es imaginar cómo percibe un evento y cómo debe sentirse. La segunda consiste en imaginar cómo se sentiría uno mismo si estuviera en esa situación. La tercera forma es ponerse en perspectiva por medio de la fantasía, mediante un personaje ficticio, que genera una reacción emocional a las alegrías, tristezas y los miedos de éste.

La psicóloga Janet Strayer en Estudios de Cambridge en desarrollo social y emocional. La empatía y su desarrollo (1987), sugiere que se nace con la capacidad biológica y cognitiva para la empatía, pero las experiencias específicas determinan si ese potencial innato se bloquea o se transforma en una parte vital de la personalidad.

Para el psiquiatra Robert Coles en Inteligencia moral de los niños (1997), el aprendizaje moral es parte vital para el desarrollo de la empatía. De manera más importante durante la educación primaria. Lo principal es enseñar a pensar en las otras personas y no sólo en uno mismo. De esta forma, es más probable que un niño responda a las necesidades de los demás. Su inteligencia moral se basa en lo aprendido a través de la observación de lo que hacen y dicen sus padres en su vida cotidiana.

Otras experiencias que la favorecen son los padres empáticos, y por supuesto la claridad y contundencia de ellos al hacer ver cómo otros se ven afectados por conductas ofensivas.

Según Sandra Azar en Un enfoque cognitivo conductual para comprender y tratar a los padres que abusan físicamente de sus hijos (1997), la sensación de empatía es estimulada cuando los padres son capaces de discutir emociones. Contrariamente, uno de los principales inhibidores del desarrollo de la empatía es el uso de la ira para controlar a los hijos.

El comportamiento de los padres define en gran medida la inteligencia moral del hijo. Fotos: Archivo Siglo Nuevo

AFECTO

El componente afectivo es esencial para la empatía. Una de las condiciones que influyen es el afecto hacia otros individuos y grupos. El modelo que se tiene por referencia, es aquel que se aprende. Las personas criadas por padres extremadamente punitivos, muestran mucha menos empatía y cuidado por los demás.

La compasión puede hacer que se interprete que se debe valorar el bienestar de la otra persona a pesar de las cualquier circunstancia, según Daniel Batson en De la Inmoralidad al altruismo inducido por la empatía: cuando la compasión y la justicia entran en conflicto (1995).

Hay principios en la naturaleza que hacen a las personas interesarse por los demás y hacer que su felicidad le sea importante, aunque no obtenga nada de ella. Incluso, la vinculación que un individuo sienta con su entorno y con quienes lo rodean, lo puede hacer sentir en paz y en posibilidades de ayudar. Estos sentimientos de pertenencia lo mantienen alejado de las conductas disruptivas y dañinas tanto para sí mismo como para otros.

En el artículo Reinterpretando la relación empatía-altruismo: cuando uno en uno es igual a la unidad (1997), se sostiene que la conducta en pro de la sociedad se da sólo si hay una superposición entre uno mismo y el otro. El grupo debe hacer sentir que la persona es importante para todos y así es como se sentirá incluido y con disposición a ayudar. Sin este sentimiento de unidad, la preocupación empática no se presenta.

Según el profesor de psicología de la Hope College de Estados Unidos, David Guy Myers, los grupos cohesivos, es decir, aquellos unidos por un lazo en común, una identidad o que simplemente que se conocen y agradan, son más propensos a reaccionar en ayuda de quien lo necesita.

En este sentido, una sociedad que ha hecho consciencia de sus problemas y su manejo adecuado en casos como el bullying, la violencia en las escuelas, etcétera, hará posible que se accione de manera más rápida al respecto.

La adecuada información brindada de forma responsable y fundamentada, hace posible la acción para proteger al alumnado y personal en caso de una contingencia, así como podrá ayudar a identificar problemas de salud mental para brindar la atención adecuada y hará posibles protocolos en caso de un tiroteo escolar.

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