La doctrina de Nadia Boulanger
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La doctrina de Nadia Boulanger

Mademoiselle y sus lecciones al piano

El compositor mexicano Mario Lavista, durante una entrevista concedida a Ana Lara en 1993, describió cómo era asistir a las clases que la maestra Nadia Boulanger impartía en un viejo departamento de París, ubicado en el cuarto piso de un edificio en rue Ballu 36, a finales de los sesenta.

Mademoiselle, como también era conocida, se sentaba frente a su piano en cada cátedra. Los alumnos tomaban papel pautado y el dictado comenzaba. Boulanger ejecutaba sonidos en el instrumento y sus pupilos tenían que redactar las notas emitidas.

“Era tan viejita que a veces empezaba a dar los dictados y se quedaba dormida. Todos los que estábamos ahí nada más nos mirábamos. A los dos minutos abría los ojos y seguíamos, era una persona maravillosa”, mencionó Lavista en aquella ocasión.

Por su parte, el también compositor mexicano Julio Estrada, en una carta póstuma a la muerte de Nadia Boulanger, publicada en 1980 en la revista Heterofonía, compartió que fue su alumno durante cuatro años (también en el último lustro de los sesenta) y que nunca nadie le inspiró mayor respeto hacia la música.

En ese texto cargado de emociones y recuerdos, Estrada asegura que las manos de Boulanger “encima de las teclas del piano eran unidad y una medida de virtud para hacer comprender cómo acercarse al instrumento”.

La Mademoiselle que aparece en las memorias del compositor de Murmullos del páramo, se dibuja como una anciana alta, vestida de negro, que cinco años antes había empezado a perder la vista, situación que, según Estrada, perfeccionó los movimientos finos que realizaban sus manos.

“Estoy convencido, las manos más elocuentes de sabiduría que haya podido ver en ser humano”.

Los relatos de estos dos compositores mexicanos, dan pie a la construcción de lo que ha sido la figura de Nadia Boulanger para la música occidental, pues durante sus 92 años de vida dio clases a más de mil 200 compositores e intérpretes de todo el mundo.

Las hermanas Boulanger en 1900. Foto: Twitter/Olivier Dhénin

PRIMEROS AÑOS

Mademoiselle nació en París, en 1887. Vivió en rue La Bruyére hasta 1904, cuando su familia se mudó a rue Ballu (ahora conocida como Place Lili Boulanger). Su madre ya había perdido un hijo antes de su nacimiento, por lo que la maestra fue recibida en brazos como un milagro.

Su infancia se escribió en una página hogareña donde la música fungió como punto de partida y centro de la existencia, pues fue hija del compositor Ernest Boulanger y nieta de la cantante Julie Boulanger.

En su libro Mademoiselle: Conversaciones con Nadia Boulanger, Bruno Monsaingeon rescata un testimonio donde la maestra afirma que, en un principio, no soportaba la música. El piano le parecía un monstruo, le horrorizaba. Hasta que un día su vocación apareció en su departamento; Nadia escuchó a los bomberos pasar por la calle y se sentó al piano tratando de sacar las notas. Desde las primeras partituras interpretadas tuvo en claro que tenía que mostrar curiosidad e interés por la vida, pues sin ambos factores no existe conciencia sobre sí mismo.

Así, la primera instrucción musical la recibió de su padre y a los nueve años de edad ingresó al Conservatorio de París, donde fue alumna de Gabriel Fauré y compañera de Maurice Ravel. Su relación con el piano se tornó tan natural que a los 12 años ya interpretaba de memoria El clave bien temperado de Johann Sebastian Bach.

Pero no sólo Nadia era el baluarte musical de su familia, también su hermana menor Lili contaba con un talento excepcional. Así formaron una dupla femenina que resonó hasta el último rincón de las aulas musicales europeas. Férreas contendientes del Gran Premio de Roma de Composición, Nadia fue finalista en 1908 y Lili lo ganó en 1913 con la cantata Faust et Hélène, convirtiéndose en la primera mujer en obtenerlo.

Se puede decir que Lili también fue la primera alumna de Nadia, quien a pesar de la frágil salud de la menor de las Boulanger, se mantuvo firme como su apoyo musical hasta el día de su partida.

La temprana muerte de Lili, en 1924, a causa de la enfermedad de Crohn, significó una estridencia ensordecedora para Nadia, requiém que interpretó en silencio. Una década después, la maestra escribió al compositor español Manuel de Falla respecto a su hermana: “Mi vida está iluminada para siempre porque lo recibí todo de ella”.

Decidida a no tener otra familia más que la memoria de sus antepasados, Mademoiselle dejó la composición para refugiarse en la sonoridad de su departamento, mismo que años más tarde se convertiría en la universidad musical más importante del siglo XX.

Nadia Boulanger dirigió la Royal Philharmonic Society de Londres, la Orquesta Sinfónica de Boston y la Orquesta Filarmónica de Nueva York. Foto: teatronacional.gob.do

ENSEÑANZA

La influencia de Nadia Boulanger traspasó los límites parisinos para resonar por todo el mundo. Así se convirtió en la primera mujer en dirigir la Royal Philharmonic Society de Londres, la Orquesta Sinfónica de Boston y la Orquesta Filarmónica de Nueva York.

A pesar de eso, solía desechar cualquier cumplido que la catalogara como leyenda. Tampoco se consideraba un “genio desconocido”, como los músicos de la época la referían. Simplemente era esa guía que trataba de dar certeza a sus pupilos a través del análisis musical.

Tomaba la sensibilidad de los términos oír, mirar, escuchar y ver, como el pan diario. Pues para ella se podía escuchar sin oír, ver sin mirar y mirar sin ver. Así sus alumnos podían fomentar el respeto a sí mismos y dar la importancia debida a sus obras. “Todo conocimiento debe responder a una curiosidad”, decía. Sin curiosidad, la vida es nula.

Ignoraba si existía un método para enseñarle a una persona a mantenerse despierta, pero era consciente de que aquel que no se interesaba por lo que hacía, malgastaba su vida. Por eso precisaba, antes de alentar a alguien, si en ese ser humano se albergaba una pasión.

Sus esfuerzos se concentraban en hacer entender a sus alumnos que debían expresar justo lo que ellos querían. Le tenía sin cuidado que estuviesen de acuerdo con su perspectiva musical, siempre que fuesen capaces de decirle: “Esto es lo que quiero decir, esto es lo que me gusta, esto es lo que busco”.

Sabía que la clave para desarrollar debidamente el oído estaba en la base formativa. Era una mujer a quien las notas le hablaban más deprisa que las palabras. “La clase de solfeo permite descubrir que para ser buen músico hay que ser buen gramático”, otra de sus sentencias.

Por eso, Nadia fue una profesora sumamente solicitada en instituciones como la École Normale de Musique de París, el Conservatorio Americano de Fontainebleau (donde fue directora a partir de 1949), y el Conservatorio de París.

Pero su principal aula fue su casa. Allí arribaron músicos y compositores de la talla de Yehudi Menuhin, Pierre Schaeffer, Quincy Jones, Ígor Markévich, Aaron Copland, Astor Piazzolla entre otros. También cabe destacar la presencia femenina en su clase con alumnas como Mary Howe, Mildred Couper o Leslie Bassett.

Consideraba que no atender a los alumnos de manera individual supondría un grave error, pero por otro lado, “enseñarles a escuchar qué opinan los demás, es humana, por no decir musicalmente, muy necesario”.

Nadia Boulanger con Yehudi Menuhin. Foto: Cordon Press

LOS ALUMNOS

Los artistas que tuvieron la fortuna de tomar clases con Nadia Boulanger, tienen o tuvieron en común la huella musical que Mademoiselle dejó en cada uno de sus espíritus.

Por ejemplo, para el violinista Yehudi Menuhin, no existió otra persona capaz de exigir tanto al alumno, de inspirar autodisciplina y, al mismo tiempo, ser merecedora de un amor henchido. Una mujer que, con base en su curiosidad, podía abrirse a visiones sonoras alternativas a la tradición, tal es el caso del serialismo y las obras de Alban Berg e Ígor Stravinsky (de quien era muy cercana).

Por su parte, Pierre Schaeffer, compositor francés y creador del concepto de la música concreta, solía comparar a la Gran Dama con la Estatua de la Libertad. En primera por su altura, decía que Nadia era más alta que todos sus compañeros y se erguía junto al piano como si fuese un coloso en el horizonte de la clase.

El productor Quincy Jones fue otro de sus alumnos. Nadia solía decirle que sólo existían 12 notas, y hasta que Dios no le otorgara a la humanidad una treceava, quería que Quincy fuera consciente de todas las construcciones musicales que se habían hecho con esa docena de sonidos.

Además, en una de sus memorias, Leonard Bernstein, compositor estadounidense, dejó escrito cómo fue su último encuentro con Nadia Boulanger durante el último cumpleaños de la maestra, ya en la antesala de su muerte. En el texto, Leonard recuerda aquella tarde en que entró a la habitación de Nadia en el Conservatorio de Fontainebleau. Mademoiselle retornó del coma sólo para compartirle la sonoridad que sucedía en su cabeza: “Una música… sin comienzo ni fin”.

Nadia Boulanger murió en París, el 22 de octubre de 1979. Partió envuelta en la musicalidad y negrura de su atuendo.

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