Animales racionales
Opinión

Animales racionales

Miscelánea

Erguido es el hombre, él sólo, pero se tumba a descansar, para el sueño, el amor, la muerte. También en esta triple propiedad de su yacer, se distingue de todos los otros seres.

Herman Broch

Apenas en la primera infancia, y con la supervisión de su padre, mis niños sembraron en el jardín de la casa lo que muy pronto fueron dos altos y frondosos encinos, en cuyas ramas donde anidan en condominio; las aves de la zona me despiertan por las mañanas con el escándalo de sus gorjeos.

Imagino que antes de volar a sus asuntos, se organizan y planean sus rutas. Con el crepúsculo, las aves vuelven a casa y por un rato, de nuevo el escándalo mientras comentan las aventuras del día. Como todos los animales, las aves tienen su propio lenguaje. Basta observar el orden con que vuelan, la precisión con que las mariposas Monarca emigran del invierno canadiense a los climas propicios de México, la organización con que trabajan las industriosas abejas  y la disciplina militar de las hormigas, para  aceptar  que los animales se comunican con eficiencia. 

También como los humanos, los animales son gregarios, trabajan para conseguir su alimento, aman, se reproducen y protegen a sus crías. ¿Qué es entonces lo que nos hace racionales y por lo mismo diferentes? Se me ocurre que es la forma en que hacemos las cosas. Hasta casi finales del siglo XX, el hombre se distinguía de los animales por el pudor. Construyo puertas para proteger su intimidad. Los animales copulan y defecan sin pudor. Los hombres cultivamos los alimentos, los cocinamos y con frecuencia comemos más de lo necesario. Los animales confían en la naturaleza para conseguir su alimento y comen sólo lo necesario para saciar su hambre.

Los hombres somos capaces de crear arte, poesía, música y hasta la bailamos. Los animales no. Los hombres tenemos pesadillas. Por la placidez con que duermen, supongo que los animales no. Los hombres tenemos memoria, escribimos la historia,  hacemos ciencia y desarrollamos tecnología. Los animales no. Los hombres creamos fronteras, y clasificamos a nuestros congéneres por razas, colores; y nunca falta algún descerebrado que haga clasificaciones del tipo de “chairos” y “fifís”. En nombre de toda esa tontería, se organizan crudelísimas guerras en las que todos perdemos. Los animales sólo matan por hambre o por miedo. Y pues sí, la forma de hacer las cosas es una gran diferencia,  pero lo que nos distingue sustancialmente de los animales  irracionales, es nuestra  necesidad de Dios. Somos seres espirituales que como aquél niño que encontró San Agustín en una playa: “viéndolo el Santo afanarse acarreando agua en un cuenco, preguntó: ¿qué haces? Estoy metiendo el mar en mi agujero”, respondió el niño. Desde esa ínfima arenilla que es en el infinito, en el inconmensurable universo nuestro planeta Tierra; creamos dioses a la medida de nuestro limitado entendimiento. Los animales no.  Soberbios como Luzbel, pretendemos entender y expresar lo inexpresablemente extraordinario, lo inexorablemente divino. Ante el miedo a la vida y sobre todo a ese agujero negro, misterioso, que es la muerte, creamos dioses que a imagen y semejanza nuestra, son crueles: “ Toma a tu hijo, tu único, Isaac, vete a la tierra de Moriah, y ofrécelo en holocausto…” (Génesis 22)

¡Ay que mano tan pesada! Creamos dioses díscolos como nosotros: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza”. ¿No nos deja nada para los demás? Creamos religiones y después de bendecir las armas, nos matamos en guerras santas. Los animales no. Como si la vida no fuera suficientemente injusta, inventamos también un infierno. Los animales no. Criada en la fe católica, me cuesta aceptar que el insondable misterio que es Dios, no cabe en el pequeño agujero de mi entendimiento.  Es,  ante el prodigio de una noche estrellada, la majestuosidad de un bosque o de un mar embravecido; que reconozco a Dios y me persigno. 

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