El faro
Cine

El faro

Un camino a la locura

Las primeras escenas de la película de Robert Eggers, El faro (The Lighthouse, su nombre original), fotografiada por Jarin Blaschke, muestran a los personajes Ephriam Winslow (Robert Pattinson) y Thomas Wake (Willem Dafoe) llegando en barco a una isla donde se encuentra el faro del que se deben encargar.

A partir de que Winslow acepta este nuevo trabajo, se enfrentará a condiciones climáticas y de trabajo difíciles, además de tener que lidiar con su jefe, Wake, un anciano con ínfulas de marinero experimentado que lo explotará y tratará de forma agresiva. Mientras el joven se centra en las pesadas tareas de mantenimiento, Wake se encarga de la luz y no deja que su compañero se acerque a ella. El secreto que guarda el faro no es algo mágico, pero sí alucinatorio e intenso.

La situación parece ser complicada. El viejo farero no parece ceder de ningún modo y, al contrario, trata abusivamente a su compañero. Sin embargo, su relación es más compleja. Tras la insistencia del anciano para que Winslow beba alcohol, sus interacciones comienzan a converger entre la agresividad y la alegría. Pronto pueden ser más sinceros e incluso mordaces el uno con el otro sin consecuencia mayor, pero lo que no cambia entre ellos son las responsabilidades mal divididas. La luz del faro es defendida por el Wake, dejándola para sí mismo.

Una referencia estilística que toma Eggers es la película M (1931), de Fitz Lang, conocida como M, el vampiro de Düsseldorf, que aborda la persecución de un homicida. Las búsquedas estéticas de El faro son interesantes en este sentido. Su formato es de 4:3, es decir, una pantalla cuadrada propia de, por ejemplo, el cine del expresionismo alemán. Esta peculiaridad se suma al hecho de que está filmada en blanco y negro, y el grano que se puede apreciar en los fotogramas es muy marcado.

Con todo esto, Eggers intenta que su película refleje el estado de degradación de sus personajes y realza el sentimiento de claustrofobia que experimentan. El resultado es una fotografía poco usual que le brinda un lenguaje muy propio, separándose de lo logrado en su producción anterior, La bruja (2015).

Foto: cineactual.ne

ESENCIA

Se puede decir que busca, tanto en lo técnico como en el guión, herencias tradicionales. Su trama se desarrolla como algo más cercano a la literatura de terror clásico en cuanto al tema, los personajes y la ambientación.

Sin embargo, los recursos que utiliza, como alucinaciones intensas y la representación de la tensión mental con música y efectos sonoros intensos, nos puede hacer pensar que estas elecciones estilísticas son sólo el punto de partida para proponer algo más.

En cuanto al guión, Eggers se inspira en una interpretación de los personajes escritos por el estadounidense Herman Meville, autor de Moby Dick. Esta influencia se suma a la investigación que el director hizo sobre la época en que transcurre el filme, algún momento del siglo XIX, y basándose en bitácoras reales de marineros que revelaban los delirios de que eran presas.

Los hechos ocurren pausadamente y lo horroroso se deja más al trabajo de la imaginación. El terror se basa en acontecimientos fantásticos en los que la presencia de monstruos o apariciones, que suelen ser más fuertes que los protagonistas, los ponen en peligro. Pero en la narrativa existen explicaciones racionales, por lo que los monstruos suelen representar a las personas mismas y aquello de lo que pueden ser capaces. En el terror psicológico, al que parece adscribirse la historia de El faro, lo ominoso se encuentra en lo profundo de nuestras mentes.

LA MISIÓN DE LA TENSIÓN

Las pistas de que hay algo terriblemente mal, aparecen conforme avanza la trama, en un proceso en que la tensión aumenta paulatinamente, como ocurre en La caída de la casa de Usher, del famoso escritor estadounidense Edgar Allan Poe. El cuento se desarrolla en un lugar cerrado en el que el lector es perseguido por la presunción de que existe un ser fantasioso. Los ruidos que se escuchan en la casa son tales, que hacen pensar que el ente está cerca, pero no es más que la mente del protagonista. El faro es también un relato sin terminar de Poe; la película inició como un proyecto para realizar una versión contemporánea de éste.

Willem Dafoe como Thomas Wake. Foto: filmaffinity.com

En el filme vemos sirenas, visiones que de hecho auguran la llegada de la locura. En la mitología griega, su canto irresistible hace que los marineros vayan directo a su destrucción. Por lo que esta historia proyecta cómo es el camino por el que se pierde la cordura.

El filme cuenta con únicamente dos personajes encerrados en un espacio reducido. Ambos parecer ser presa de la misma condición: ninguno habla de su pasado con sinceridad, por lo que no sabemos sus motivaciones reales.

Esta situación nos permite preguntarnos si esconden algo y qué es lo que los lleva a hacerlo. Entendemos la desconfianza que guardan el uno del otro y la difícil relación que tienen, sobre todo tras la tormenta que los deja encerrados en el faro. El director Robert Eggers, de hecho, no esperaba que sus personajes estuvieran bien delimitados en este aspecto, sino que los dejó a la libre interpretación de sus actores.

Es posible que mientan y que tengan un pasado oscuro, pero también que ambos tengan delirios que no los dejan hablar con certeza. Ambos mienten incluso sobre su nombre. Su relación de amor y odio se nota extraña e incoherente, pero al final comparten mucho más de lo que esperábamos en un principio.

Robert Pattinson como Ephraim Winslow. Foto: luhze.de

Personajes tan dispares, uno abnegado, serio y jóven, y el otro viejo, amargado y constantemente agresivo, terminan compartiendo rasgos, siendo el más crucial su interés obsesivo por la luz del faro.

En Persona de Ingmar Bergman (director en quien Robert Eggers ha admitido haberse inspirado), vemos dos mujeres en las que descansa casi toda la trama y son enviadas a una casa en donde sucede la mayoría de escenas. Ambas terminan encajando en una misma persona, para contarnos un conflicto de personalidad. Lo importante en esa historia no es descubrir qué fue lo que ocurrió realmente, sino la manera en que se nos cuenta.

En El faro, la luz puede significar la locura misma a la que se acerca el protagonista Winslow. La locura nos fascina, nos llama a descubrir qué hay en ella, al igual que la luz del faro. El objetivo es ella, a la que sin embargo se llega después de tener visiones terribles y perturbadoras en los que aparecen cantos de sirenas.

La relación entre los protagonistas se mueve entre la desconfianza, el sometimiento y la camaradería. Foto: architecturaldigest.com

Wake, el personaje más viejo, custodia la luz como si se tratara de un gran alivio, algo que provoca placer; como si la locura pudiera librarnos del mundo real. Sin embargo, parece saber que ésta es una solución que cobra nuestro contacto con la realidad; no permite que Winslow llegue a ella. De hecho teme quedarse atrapado con un “lunático”, como lo expresa en uno de los diálogos. El anciano es un predictor del futuro, como lo es el dios de la mitología griega Proteo, a quien se hace referencia.

Luego de varios acontecimientos terribles, Winslow logra acceder al faro. Sube por lo que resta de camino hacia la luz. Al verla ríe y su voz se distorsiona; luego cae. Estos gestos aparentemente incoherentes, pueden cortar de tajo la tensión que lleva la película, y de pronto provocar risas incómodas al espectador que no sabe qué ocurre realmente. Tal como sucede en un brote psicótico, la mente ya no lee correctamente la realidad.

Es aquí cuando se llega al final del camino y su proceso cada vez más tensionante: el sinsentido, la locura. El personaje se sacrifica para llegar a esa luz, y su destino es representado en una escena que alude al mito de Prometeo, quien se sacrifica para entregar el fuego a los hombres.

Lo que puede verse en un principio como un gran ejercicio de estilo cinematográfico en el que los personajes no están del todo delimitados, es una producción que descansa en la capacidad de sus dos actores para envolverse en simbolismos e historias entramadas que no son puestos al azar. El Faro se centra en estos elementos para hablar de la locura y realizar un cine de terror poco común, con ambiciones grandes: la de ser una historia clásica a la vez que una propuesta diferente en el cine de terror.

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