Del virus a la pandemia
Reportaje

Del virus a la pandemia

Cuando la enfermedad pone en jaque a la humanidad

No existe en la naturaleza terrestre un solo organismo vivo exento de virus. Es de las certezas que se tienen respecto a estos microorganismos que cuentan con una amplia capacidad de adaptación, de tal forma que han mutado y se han recombinado hasta formar nuevas especies que llegan a infectar al humano, aunque “en su inmensa mayoría no son patógenos”.

Los virus no están vivos, pero tampoco están muertos”, esta dicotomía que confirma Antonio Lazcano Araujo, de la Facultad de Ciencias de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), revela la complejidad de estos microscópicos seres, los cuales tienen una contribución fundamental en la evolución genética.

Para sobrevivir necesitan de una célula que los hospede. De ella adquieren sus genes y al mudarse a otra célula, ya sea de animal, de humano, de planta o de insecto, se adaptan y conforman una compleja red de tráfico de información genética.

Las infecciones virales que han causado epidemias a lo largo de la historia de la humanidad son resultado de la evolución de los virus y de las condiciones socioeconómicas, “como la producción en masa de alimentos, la globalización y el transporte aéreo, el desarrollo de tecnologías médicas como las transfusiones, y las invasiones a nichos ecológicos que nos exponen a los patógenos de otras especies animales”, señala Ethne Barnes en su libro Diseases and human evolution (Enfermedades y evolución humana) editado por la Universidad de Nuevo México de Estados Unidos.

En la época moderna, los virus se han convertido en un patógeno a vencer. Se han creado vacunas, aunque éstas llegan al mercado después de que el germen ha mutado, ocasionando un impacto severo no sólo en la salud de las personas, sino en la economía de las naciones.

LARGA HISTORIA VIRULENTA

Hace 25 siglos el historiador griego Tucídides registró la epidemia que azotó a la próspera Atenas matando a cien mil personas, un cuarto de la población de la ciudad. Su relato es objeto de estudio para los médicos del mundo moderno, quienes intentan descifrar, aún ahora, cuál habría sido la enfermedad que, según los datos ofrecidos por el contemporáneo de Hipócrates, arribó hospedada en las entrañas de los migrantes que navegaron por el Mediterráneo y desembarcaron en el puerto del Pireo.

Foto: Behance / Christos Labrakakis

El detalle en la descripción del militar y filósofo ateniense, permite imaginar el dolor de quienes padecieron los efectos de la peste que invadió a los pueblos de la península del Peloponeso: los infectados “primero sentían un fuerte y excesivo calor en la cabeza; los ojos se les ponían colorados e hinchados; la lengua y la garganta sanguinolentas, y el aliento hediondo y difícil de salir, produciendo continuo estornudar; la voz se enronquecía, y descendiendo el mal al pecho producía gran tos que causaba un dolor muy agudo”, narra en el segundo libro de su obra Historia de la guerra del Peloponeso, el primero de los textos científicos que abunda, especialmente, en los pormenores del enfrentamiento fratricida que duró cerca de treinta años.

Los infectados vivieron una desgracia que sólo la muerte podía calmar. Algunos morían de la mañana a la noche, los menos afortunados “lanzaban por la boca humores hediondos y amargos seguidos de un sollozo vano, produciéndoles un pasmo que se les pasaba pronto a unos, y a otros les duraba más. El cuerpo por fuera no estaba muy caliente ni amarillo, y la piel poníase como rubia y cárdena, llena de pústulas pequeñas; por dentro sentían tan gran calor, que no podían sufrir un lienzo encima de la carne estando desnudos y descubiertos. El mayor alivio era meterse en agua fría, de manera que muchos que no tenían guardas se lanzaban dentro de los pozos, forzados por el calor y la sed, aunque tanto les aprovechaba beber mucho como poco”.

Los enfermos no podían dormir, enflaquecían en instantes, apestaban. “Aquel gran calor les abrasaba las entrañas a los siete días. Si pasaban de este término, descendía el mal al vientre, causándoles flujo con dolor continuo, muriendo muchos de extenuación”.

La afección podría considerarse como una pandemia porque rebasó las fronteras de Atenas. Tucídides le siguió la huella: provino de Etiopía, corrió por Egipto y Libia, “se extendió largamente por las tierras y señoríos del rey de Persia; y de allí entró en la ciudad de Atenas y comenzó en el Pireo, por lo cual los del Pireo sospecharon al principio que los peloponesios habían emponzoñado sus pozos, porque entonces no tenían fuentes. Poco después invadió la ciudad alta, y de allí se esparció por todas partes muriendo muchos más”.

La peste, que no fue la primera que conoció el historiador griego, duró cuatro años y no únicamente dejaba maltrechos los cuerpos, sino que el hedor y la infección espantaba a todo animal carroñero. La epidemia fue “más extraña que todas las acostumbradas; lo acredita que las aves y las fieras que suelen comer carne humana no tocaban a los muertos, aunque quedaban infinidad sin sepultura; y si algunas lo tocaban, morían”. Ni los perros hambreados se acercaban a los cadáveres, “de lo cual se puede bien conjeturar la fuerza de este mal”.

El historiador señaló como posibles causas de la peste el desembarco de inmigrantes quienes, una vez en Atenas, vivieron hacinados, compartiendo espacio y alimento con animales domésticos y plagas propias de la ciudad. Los soldados invasores pudieron ser portadores también del virus que se dispersó entre pobres y ricos, dentro de las ciudades amuralladas. Todo ello formó el caldo de cultivo de este mal que se transmitió con celeridad; los médicos morían contagiados después de atender a sus pacientes, ocurría de igual manera con las personas que amparaban a sus amigos o vecinos.

La Plaga de Atenas por Michael Sweerts. Foto: akropolishistoria.wordpress.com

En la piel de los sobrevivientes quedaban las marcas eternas del padecimiento, otros “perdían los ojos; y otros, cuando les dejaba el mal, habían perdido la memoria de todas las cosas, y no conocían a sus deudos ni a sí mismos”.

Para la posteridad, Tucídides aportó el reto a los médicos del mundo para que descifrasen la epidemia: “Quiero hablar aquí de ella para que el médico que sabe de medicina, y el que no sabe nada de ella, declare si es posible entender de dónde vino este mal y qué causas puede haber bastantes para hacer de pronto tan gran mudanza”.

Dos mil quinientos años después, el médico Jorge Dagnino de la Pontificia Universidad Católica de Chile, rastreó algunas prescripciones elaboradas a lo largo de un siglo, intentando identificar el tipo de virus que afectó a los griegos. Por lo menos una treintena de diagnósticos, incluidas respuestas (las menos) de quienes afirmaron se trataba sólo de un capítulo histórico o de un drama, coincidieron en la identificación de las siguientes cinco enfermedades: tifus epidémico, fiebre tifoidea, viruela, sarampión o peste bubónica. La lista no termina ahí, pues otros galenos creen que pudo tratarse de 17 afecciones más, entre ellas la influenza, el cólera o el dengue.

Más allá del enigma, el capítulo del Peloponeso, a la par del surgimiento actual de un nuevo virus en la provincia de Hubei en China, pone de manifiesto que las epidemias aquejan a la humanidad desde entonces a la fecha.

LOS VIRUS EN EL ORIGEN DE LA VIDA

En el organismo de los animales y de los humanos residen los virus desde… ¿siempre? Felix Hubert d´Herelle (1873-1949), microbiólogo francocanadiense, creía que los virus son la representación de los primeros organismos vivos en la Tierra, lo que para Antonio Lazcano Araujo, actual profesor de la Facultad de Ciencias de la UNAM, es poco probable porque a pesar de que ha transcurrido un siglo en el estudio de estos microorganismos, aún no se descifra ni comprende su naturaleza.

El término virus comenzó a emplearse en la segunda mitad del siglo XIX. Es una palabra latina que significa veneno o sustancia pestilente. Entonces había nociones sobre las bacterias e incluso se confundían ambos organismos, aunque diversos experimentos diferenciaron a un cuerpo aún más pequeño que podía atravesar filtros que frenaban a las bacterias; a este patógeno se le llamó “líquido viviente contagioso”.

El minúsculo tamaño del virus lo colocaba en la frontera entre lo vivo y lo inerte, expresaba d´Herelle, en tanto el genetista holandés Hermann J. Muller de la Universidad de Columbia, planteó en 1922 que la naturaleza química de los virus era indescifrable al momento, aunque afirmó que estos organismos se alojaban en los cromosomas. Esta propuesta alentó la hipótesis de que los virus debieron ser los primeros organismos vivos en el planeta. “Hoy sabemos que no es así. Ningún virus puede proliferar en ausencia de sus hospederos celulares, lo que implica que ninguno de ellos pudo surgir antes de que aparecieran las primeras células”, escribe Lazcano Araujo en su artículo Origen y evolución de los virus: ¿genes errantes o parásitos primitivos?

Foto: Behance / MJ Chang

En el texto científico de Lazcano se presentan debates históricos en torno al origen de los virus. Una hipótesis supone que son resultado de la “evolución retrógrada” de las bacterias, “otros comenzaron a defender la idea de que pertenecían a un linaje evolutivo ajeno al resto de la biosfera que descendía de formas ancestrales más antiguas que las células mismas”.

En 1944 el inmunólogo australiano Frank MacFarlane ordenó las tres hipótesis consideradas sobre el génesis virulento: son sobrevivientes de un mundo primitivo aún antes de que las células existieran; son descendientes de microorganismos patógenos de dimensiones mayores y vida libre o, tercera conjetura, son fragmentos errantes de material genético de origen celular.

Después de un debate que se ha extendido por décadas respecto a que si los virus son organismos vivos o no, el Comité Internacional de Taxonomía de los Virus (ICTV por sus siglas en inglés) se enfocó en clasificarlos como si fuesen plantas o animales, basándose en órdenes, familias, géneros y especies, porque como se ha visto, los virus (que poseen información genética) son capaces de mutar.

Es probable que los virus sean las entidades biológicas más abundantes en la biosfera”, afirmó el biólogo de la UNAM al referirse a 41 muestras tomadas a lo largo de ocho mil kilómetros del Mar de los Sargazos, en el Atlántico, en las cuales se identificaron más de seis millones de proteínas. “Muchas de ellas son de origen viral, y las evidencias preliminares indican que existe una variedad considerable de virus de Ácido Ribonucleico marinos”.

La capacidad para mutar posibilita que en periodos cortos surja una nueva variedad de virus la cual, combinada con las condiciones socioeconómicas de las poblaciones actuales, dispara los contagios y las muertes.

CORONAVIRUS DE WUHAN

El virus presente en este momento se detectó en la provincia china de Wuhan, en Hubei. Es un “coronavirus 2 del síndrome respiratorio agudo severo”. El Comité Internacional de Taxonomía de Virus (ICTV) lo abrevia como SARS-CoV-2. Existe un protocolo para la designación del nombre: la enfermedad, el virus y la especie; como se trata de una nueva especie se estudia la clasificación del coronavirus. La Organización Mundial de la Salud (OMS) lo reconoce como COVID-19.

El coronavirus obtuvo mayor atención a partir de las epidemias del 2002, del 2012 y la actual, que se manifestó con fuerza al final del año pasado y comienzo del reciente. Se han identificado para el resfriado común más de 200 variaciones de virus. Entre las especies más frecuentes están el rinovirus presente en el 30 al 50 por ciento de las gripes, asimismo un tipo de picornavirus (con 99 variantes) provoca resfriado en los humanos. El coronavirus, del cual se sabe que hay 39 especies, ocasiona entre el 10 y el 15 por ciento de las afecciones respiratorias, y entre el 5 y 15 por ciento de los casos de influenza.

El coronavirus ocasiona entre el 10 y el 15 por ciento de las afecciones respiratorias. Foto: Behance / Bufo Li

Fue en el 2002 cuando, también en China, se detectó el Síndrome Respiratorio Sistémico Agudo (SARS por sus siglas en inglés). Se manifestó como una neumonía y un fallo respiratorio que se extendieron con un ritmo menor al actual; de acuerdo a la Organización Mundial de la Salud se documentaron 8 mil 068 casos, con una mortalidad alta del 9.5 al 10 por ciento.

En el 2012 Arabia Saudita reportó otra nueva especie de coronavirus que continúa mutando y probablemente se alojó primero en animales y posteriormente se adhirió a células humanas. Se le llamó el Síndrome Respiratorio del Medio Oriente, que afectó a más de dos mil 400 personas; fueron relativamente pocas, sin embargo, la mortalidad fue alta: de 33 por ciento, uno de cada tres infectados pereció.

Lo que ocurre hoy, dicen algunos expertos, no es para alarmarse, ya que se trata de un virus que tiene una mortalidad baja, aunque importante. El Centro de Control de Enfermedades de Estados Unidos registró al comienzo del brote una mortalidad de 2.5 por ciento, una cifra que está variando continuamente: un mes después se redujo el porcentaje a 1.8, lo que indica que la mayoría de pacientes sobrevivirá.

Por su parte, el gobierno chino, a través del Centro Chino para el Control y la Prevención de Enfermedades (CCDC), publicó en la tercera semana de febrero de este año el informe en que afirmó que “la curva epidémica de aparición de síntomas” alcanzó su punto máximo alrededor del 23 al 26 de enero de 2020, antes de disminuir hasta el 11 de febrero.

Días después de publicados los anteriores mensajes que se basan en el estancamiento de los contagios, nuevos brotes en Italia, Corea del Norte e Irán prendieron nuevamente las alarmas. Ante los nuevos casos, la Organización Mundial de la Salud pidió al mundo prepararse para una “potencial pandemia”. El director general de la OMS Tedros Adhanom Ghebreyesus, alertó el lunes 24 de febrero sobre el drástico cambio de escenario. En pocos días se pasó de la contención de los casos en China a la aparición de nuevos brotes en otras partes del mundo. “Tenemos que hacer todo lo posible para prepararnos para una potencial pandemia”, declaró, al asegurar también sobre la incertidumbre que se vive: “no podemos saber qué va a pasar, si se va a atajar, a convertirse en una enfermedad estacional o en una pandemia global en toda la regla”.

Días después de esa declaración, los titulares de portales de diarios de México, afirmaron que el coronavirus había llegado al país. Lo confirmó Hugo López-Gatell Ramírez, subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud mexicano. Hasta el momento del cierre de esta edición, que fue el 29 de febrero, el Gobierno Federal había informado sobre tres casos importados de la nueva cepa de COVID-19. Eran tres hombres de 35, 41 y 59 años, respectivamente, que viajaron a una convención a Bergamo, Italia, donde mantuvieron contacto con un caso confirmado. Un día después de que se diera a conocer esta información, en Coahuila, el gobernador Miguel Riquelme anunciaba que en Torreón se confirmaba el caso de una joven de 20 años que del mismo modo había estado en Italia.

En 2002 China fue criticada porque no tomó medidas severas, pero ahora en pocos días construyó un hospital y decretó la cuarentena para 18 millones de habitantes de la capital de Hubei, Wuhan, además de otras dos ciudades aledañas donde surgió y se presentó el brote.

Foto: EFE / Wuhan

Desde el comienzo de la epidemia hasta la publicación del reporte, se aseguró que el 80 por ciento de los casos son leves y que son las personas que padecen alguna otra enfermedad, así como los ancianos, los más propensos a contagiarse.

Los hallazgos sitúan la tasa de mortalidad general del virus entre el 2 y el 4 por ciento mientras que, en Hubei, la provincia más afectada, la tasa de mortalidad es del 2.9 por ciento en comparación con sólo el 0.4 por ciento en el resto del país”, se detalló en el reporte del CCDC.

El portal de CNN Mundo publicó el 25 de febrero que, según cifras oficiales, el número de muertos por el nuevo coronavirus había aumentado a más de 2 mil 700 en todo el mundo, con la gran mayoría de ellos en China continental. El número total de casos globales supera los 80 mil. Hasta esa fecha había 78 mil 064 casos confirmados en China y 80 mil 970 en todo el mundo.

En contraparte, en China, 29 mil 745 pacientes se recuperaron y fueron dados de alta del hospital, según la Comisión Nacional de Salud del país. Quienes son más propensos a morir son los habitantes de 80 o más años de edad, siguiéndole las personas entre 70 y 79 años. Los menos vulnerables son los jóvenes.

Las enfermedades preexistentes que ponen a los pacientes en riesgo son las cardiovasculares, la diabetes, la enfermedad respiratoria crónica y la hipertensión, señala el estudio.

MANOS BIEN LAVADAS

Por sorprendente que parezca, la medida para prevenir un virus que puede ocasionar la muerte es de lo más simple: lavarse las manos. El contagio ocurre por medio de la saliva, y ésta requiere entrar en la boca de otra persona, en la nariz o en los ojos para que pueda generar algún efecto. Si bien es cierto que cuando alguien estornuda el virus queda suspendido por un momento y puede contagiarse, ocurrirá cuando el receptor esté a menos de un metro de distancia y absorba las secreciones del enfermo. De lo contrario, no logrará entrar en el organismo ni sobrevivirá en la intemperie porque necesita de una célula viva para subsistir.

Si se desea protección, la mascarilla adecuada es la modelo N95. Por otra parte, si los síntomas son leves, los pacientes no tienen que estar hospitalizados; de hacerlo se distraerían recursos médicos destinados a personas graves.

Se ha indicado que es el coronavirus el causante de las muertes, lo que al parecer resulta inexacto. No es el virus, sino las defensas del cuerpo las que dañan los órganos internos ocasionando fallas mortales: el sistema inmunológico actúa cuando detecta un patógeno; en su proceso para librarse de la enfermedad causa daños en órganos internos, algunas fallas son mortales. Así se explica que pacientes con padecimientos del corazón o diabetes, estén más propensos a un desenlace fatal.

Dos medidas para prevenir el coronavirus son lavarse las manos y usar máscara N95. Foto: Archivo Siglo Nuevo

Juan Ayllón Barasoain, director del Área de Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universidad de Burgo en España, considera que, debido al volumen de población de China, su convivencia con animales y su situación geográfica, es que surgieron las recientes epidemias. La provincia de Hubei es una zona de migración: muchas aves se refugian en esta región calurosa y de poca altitud, a escasos 37 metros sobre el nivel del mar; las migraciones incluyen a los murciélagos “que son un reservorio de coronavirus”, refirió Ayllón.

A diferencia del 2002, ahora se implementaron con celeridad los protocolos de salud. China, asegura la OMS, informó con detalle el origen del brote en el mercado de pescados y mariscos de Wuhan, y actuó en consecuencia al cerrar el 1 de enero de 2020 aquel establecimiento. Además, dio seguimiento a los casos que se presentaron y el 23 de enero impidió la salida de sus habitantes. Para ello lanzó un escueto comunicado: “se suspende el transporte público urbano, el metro, el ferry y los transportes de pasajeros de larga distancia”. Otras dos ciudades donde impusieron cuarentena fueron Huanggang y Ezhou, con lo que se elevó a 18 millones de personas las que estuvieron en cuarentena.

La Organización Mundial de la Salud declaró la Emergencia Internacional “no por lo que pasa en China, sino por lo que pueda pasar en otros países con sistemas de salud más débiles”, aclaró Ayllón Barasoain.

A pesar de que las medidas de control se tomaron con celeridad, se recuerda la muerte del médico Li Wenliang quien advirtió de la presencia del virus, pero no se le creyó. Murió contagiado. En diciembre, cuando supuso el comienzo de la epidemia, la policía lo censuró y le exigió que “dejara de hacer comentarios falsos”; fue investigado y sólo se disiparon las sospechas ante su deceso.

El coronavirus no se considera aún como pandemia porque no ha infectado a la población del mundo. Aunque para el futuro se plantean tres escenarios: que todo el esfuerzo de las autoridades chinas impida la expansión del brote; que el virus se expanda por años como el SARS en 2009 sin llegar a provocar una pandemia, pero sí ocasionando brotes ocasionales; o que ocurra lo menos probable, es decir, el contagio y expansión acelerada del virus así como su mutación, que le sumaría una variedad más a las arriba de 30 existentes.

Las vacunas son medidas preventivas. Son antivirales que combaten la enfermedad en el momento, pero no hay resultados contundentes porque no se conoce a fondo la naturaleza del coronavirus; a pesar de los avances químicos no hay una vacuna aprobada, ni antivirales, simplemente hay que cuidarse para que el organismo supere la enfermedad.

Por el coronavirus, el turismo en China se redujo más del 70 por ciento. Foto: EFE / Taoyuan

EL VIRUS ECONÓMICO

Los efectos de la infección también se reflejan en la economía. China tiene un crecimiento que representa el 16 por ciento del Producto Interno Bruto mundial. Las cuarentenas aplicadas al transporte terrestre y aéreo se redujeron drásticamente. En 2019, los chinos hicieron 150 millones de viajes aéreos internacionales y gastaron alrededor de 130 mil millones de dólares en turismo. Con la epidemia, el volumen de turistas se redujo más del 70 por ciento, reseñó el antropólogo chileno Claudio Lomnitz para el periódico La Jornada (19 de febrero 2020). Macao cerró sus casinos por 15 días, el equivalente a cerrar Las Vegas, continúa el analista.

Diversas naciones vecinas suspendieron el comercio con China, cerraron fábricas tanto en el interior de aquel país como de otros al no recibir componentes; se devaluaron diversas monedas de países integrados a la economía asiática; se pronostica la caída de los mercados bursátiles hasta el diez por ciento de su valor; cadenas comerciales trasnacionales han cerrado sus puertas y el precio del petróleo ha caído. El coronavirus infectó, incluso, al “osito Bimbo”.

Tenemos diez plantas en China y una está en Wuhan, que sirve a nuestros consumidores clave locales. Esta planta está temporalmente cerrada y nuestras operaciones retomarán cuando lo indiquen las autoridades de China”, informó Daniel Servitje, presidente del grupo Bimbo el 22 de febrero.

La cuarentena china desacelerará su economía, y con ello, los precios de recursos como el petróleo caerán. Eso afectará a México, que depende del hidrocarburo. Como se ve, la epidemia podría convertirse en una pandemia en el ámbito del comercio.

DIARIO DEL AÑO DE LA PESTE

El capitán, desde el puesto de mando, contestó a gritos a las preguntas de la patrulla armada. Querían saber qué clase de peste traían a bordo, cuántos pasajeros venían, cuántos estaban enfermos, qué posibilidades había de nuevos contagios. El capitán contestó que sólo traían tres pasajeros, y todos tenían el cólera, pero se mantenían en reclusión estricta”. El que respondió no fue el mando del Diamond Princess, el crucero que permaneció dos semanas varado en el puerto japonés Yokohama, llevando a bordo a tres mil pasajeros, uno de ellos infectado con el COVID-19, sino el capitán del Nueva Fidelidad, la embarcación que izó la bandera amarilla del cólera, donde Florentino Ariza y Fermina Daza reavivaron de viejos el amor de su juventud abordo de la nave que nunca llegó a puerto; es el desenlace de El Amor en los tiempos del cólera del colombiano Gabriel García Márquez

Mucho antes, en Italia, la peste negra de 1348 que asoló a Florencia orilló a diez jóvenes, tres hombres y siete mujeres, a refugiarse en el campo, donde comenzaron a contar historias para entretenerse; los relatos trataron asuntos de la astucia, de la fortuna, del amor infeliz y de la infidelidad. Durante diez días los muchachos intercambiaron sus cuentos aderezándolos con una fuerte dosis de erotismo; así surgió el Decamerón de Giovanni Boccacio, una obra de la literatura universal.

Foto: Behance / Bufo Li

Los gritos de mujeres y niños en las ventanas o puertas de las casas, donde sus parientes más queridos estaban agonizando o ya muertos, se escuchaban con tanta frecuencia que bastaban para traspasar el corazón más firme del mundo, al final, los corazones estaban endurecidos y la muerte se había convertido en una visión tan habitual, que a nadie le importaba demasiado la pérdida de un amigo ante la expectativa de correr idéntica suerte en cualquier momento […] Allí veían coches fúnebres y ataúdes en el aire, camino del entierro; más allá montones de cuerpos yaciendo sin sepultura, y cosas por el estilo, mientras la imaginación de la pobre gente aterrorizada les brindaba material de trabajo”: Daniel Defoe, el autor de Robison Crusoe, en el Diario del año de la peste.

Esta obra de Defoe, que inspiró a García Márquez, también se considera como el primer reportaje, ya que hace referencias estadísticas de las defunciones. Sin embargo, se cuestiona su autenticidad porque la peste de Londres ocurrió cuando el autor cumplía cinco años de edad. Aun así, dejó disposiciones de salubridad para casos futuros:

Que para toda casa contaminada se nombren dos guardias, uno para el día y el otro para la noche; y que estos guardias tengan especial cuidado en que ninguna persona entre o salga de las casas contaminadas […] Que el entierro de los muertos se efectúe a las horas más convenientes, ya sea antes de la salida del sol o después de la puesta de sol, y que a ningún vecino o amigo se le imponga la obligación de acompañar el cadáver a la iglesia, o entrar en la casa contaminada, bajo pena de clausurar su casa o enviarlo a prisión […] Ninguna persona será rescatada de cualquier casa contaminada […] Que toda casa contaminada se señale con una cruz roja de un pie de largo en el medio de la puerta, en forma evidente, y con las palabras usuales, es decir, Señor ten piedad de nosotros […] Que se inspeccionen las cervecerías y tabernas para buscar los barriles enmohecidos o en mal estado […] Que ningún cerdo, perro, gato, paloma domesticada o conejo sea mantenido dentro de cualquier parte de la ciudad…”.

Respecto a la peste referida por Daniel Defoe (entre 1665 y 1666), en el 2016 un grupo de expertos de Alemania realizó pruebas de ADN en restos óseos descubiertos durante trabajos de excavación al este de Londres. Los estudios arrojaron que, en esta ocasión, el responsable no fue un virus, sino la bacteria Yersinia pestis.

México padeció al comienzo del siglo XX la influenza, mal llamada gripe española (porque no surgió en el país ibérico, sino en Francia en 1916, o en China en 1917), que mató a más de 40 millones de personas en el mundo. “Un siglo después aún no se sabe cuál fue el origen de esta epidemia que no entendía de fronteras ni clases sociales”, escribió Sandra Pulido para la Gaceta Médica (19 de enero de 2018).

El aislamiento momentáneo de 18 millones de chinos quizá produzca obras literarias que relaten este capítulo; por supuesto también alentará la evolución de la medicina, obteniéndose nuevas vacunas las que, a pesar de su reciente creación, irán siempre un paso atrás de los virus debido a su exitosa capacidad de adaptarse.

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