Literatura de autoficción
Literatura

Literatura de autoficción

Tomar la realidad para simular historias

Se ha dicho antes que uno es el autor y otro es el narrador, pero una nueva corriente literaria ha hecho que las barreras entre ambas entidades se vayan perdiendo en los textos. Se podría decir que la autoficción es un nuevo género en la literatura que propone al autor no sólo como narrador, sino también como un personaje protagónico de la historia.

La autoficción es un término que impuso el escritor francés Serge Doubrovsky en 1977 para designar a su novela Hijos. En la contraportada de este libro, el autor se refiere por primera vez al género: “¿Autobiografía? No. Ficción de acontecimientos y de hechos estrictamente reales. Si se quiere, autoficción, por haber confiado el lenguaje de una aventura a la aventura del lenguaje”.

En aquellos años, España se despedía de la dictadura franquista y recibía a la democracia como una nueva forma de gobierno; contexto histórico que ya de por sí podía favorecer el resurgimiento de la escritura autobiográfica para recuperar la memoria individual o colectiva a través de la literatura. Pero la presencia de este tipo de lectura había empezado a notarse incluso antes, y a partir de los años setenta y ochenta solamente se acrecentó la escritura personal, bajo la forma de diferentes géneros autorreferenciales como lo son las autobiografías, las memorias, los diarios y los epistolarios. Pero, ¿quién se atrevía a decir quién era y de dónde venía en los siglos XVII, XVIII y XIX? En el centro del XX se impuso Franco y la verdad histórica quedó de nuevo arrasada. La escritura autobiográfica significaba entonces, en lo más profundo, una apuesta por la verdad.

Por otro lado, un gran estímulo para que estallara la autoficción fue la caída comercial de los textos en primera persona. La tendencia en el mercado de la literatura fue marcada por las grandes novelas que pasaron a convertirse en los nuevos bestseller, lo que llevó a los autores a innovar y sacar provecho de las situaciones y escenarios inmediatos que tenían. De este modo tomaron sus vidas para mezclarlas con lo asombrosa que puede llegar a ser la ficción.

IMPOSIBILIDADES

Vivimos en una época retrasada para el arte. Con todos los tropos y temas que ya han sido tratados por los escritores, los pintores y por el cine, pareciera que no hay nada nuevo de qué hablar. Ciertos autores se dieron cuenta de esta realidad desde hace unos cuarenta años. La imposibilidad de generar nuevas historias, empujó a los creadores de aquella época a utilizar la realidad cercana como la materia prima de sus textos.

Foto: francescociccolella.com

El filósofo y novelista José Ortega y Gasset, en su libro Ideas sobre la novela de 1925, explicó que la quiebra de los “grandes relatos” nos empuja a refugiarnos en nuestra propia experiencia como única fuente fiable de verdad y sentido. En el siglo XX coinciden experiencias colectivas traumáticas con una masiva alfabetización. El recurso de la experiencia parece una solución y abre a su vez nuevos problemas: el de la memoria, que puede llegar a ser vacilante y engañosa y, sobre todo, manipulable por aquel cuya realidad no le haya sido suficiente; el de la ética, pues el autor tiende a plasmar la identidad y la vida de personas que en la realidad se cruzaron con él y a pesar de ello, entrega al público esas historias que en algún caso, tal vez extremo, pueda ser algo peligroso para la integridad del personaje en el mundo real. Esto nos lleva a otro problema: el judicial. Por ejemplo, en Francia, Camille Laurens le ganó un juicio a su exmarido, que lo había denunciado por publicar un relato de su separación. También está Christine Angot, quien tuvo que indemnizar con cuarenta mil euros a la exmujer de su actual compañero por haber publicado información privada en una de sus novelas.

EL PACTO

Philippe Lejeune, en su clásico Le pacte autobiographique (El pacto autobiográfico), define la autobiografía como el “relato que una persona real hace de su propia existencia”. Esto pudiera sugerir que entonces no hay diferencia entre la autobiografía y la novela que está escrita en primera persona contando su propia historia. Y es que en el texto no existiría tal distinción o, por lo menos, no sería posible vislumbrarla tan fácilmente.

La diferencia no está en las páginas del libro, sino en la cubierta. Estamos hablando de autoficción si el nombre del autor coincide con el del narrador. Entonces hay una promesa implícita de veracidad porque si esta primera persona es real, se puede suponer que lo que está escrito también lo es, de lo contrario, se entiende que es sólo ficción.

La autoficción se da cuando el autor no deja claro si lo que narra es verdad o ficción. Existen algunos rasgos que nos ayudan a identificar si el texto pertenece a este género: por ejemplo cuando el autor, a lo largo del relato dice “yo” y jamás menciona el nombre del narrador porque deberíamos asumir que ya está dicho en la portada; o cuando se nos dice desde la cubierta que se trata de una novela pase a sus rasgos autobiográficos.

Foto: Behance / Joey Guidone

Según la ensayista Anna Caballé, existe una pregunta que detona el origen de cualquier autoficción: “¿Cómo escribir desde un Yo que se sabe inestable y escurridizo si no es encontrando un distanciamiento adecuado e igualmente vulnerable al azar y a la contingencia de la vida?”. Es lo que ha motivado a autores como Coetzee o Paul Auster, pero también a Esther Tusquets, Félix de Azúa, Javier Marías, Enrique Vila-Matas o Soledad Puértolas (y antes Francisco Umbral). Todos ellos pioneros de esa apertura narrativa que consiste en querer haber pasado por la historia para contarla y de la cual nacería el llamado periodismo gonzo.

Al novelista ya no le fueron necesarios los grandes debates consigo mismo, las noches interminables en las que tenía que idear la personalidad de individuos que no existen, el diagrama de las acciones que comprenderían su historia; ni tampoco tuvo que inventarse un nuevo mundo, un paisaje o un suceso que atrape a los lectores. Con la autoficción no requiere de un andamiaje. Le basta con recrearse a sí mismo (y a sus seres próximos, igualmente gentrificados) instalándose en el eje de la acción como único paisaje posible, halagando al mismo tiempo la inteligencia del lector que se complace en descubrir, o creer que descubre, los elementos verdaderos depositados en la ficción para crear una ilusión de autenticidad que, por supuesto, es falsa.

LA ENFERMEDAD

Esta nueva propuesta ha sido el objetivo de diversas críticas de otros novelistas y escritores quienes rechazan la autoficción por una aparente falta de originalidad.

Manuel Alberca es uno de los principales expertos que han estudiado el género. En su libro de 2017, La máscara o la vida: de la autoficción a la antificción, profundiza en el tema y espera que se trate solamente de “una enfermedad pasajera de la autobiografía”, pues la autoficción le parece un recurso fácil para gozar de todas las ventajas de aquella, sin asumir los riesgos y responsabilidades que conlleva, muy parecido a aquello de “tirar la piedra y esconder la mano”.

Para Alberca, se ha producido un exceso en muchas de las novelas actuales que sencillamente emplean elementos de la vida del autor para establecer un doble juego que atraiga al lector pero que, en todo caso, nunca comprometa su palabra. Ahí reside precisamente la clave de la denuncia de Alberca: la falta de compromiso con el “decir veraz” que esconde el uso del género autoficcional por muchos de los novelistas contemporáneos.

Foto: elpantografo.com/small>

Inevitablemente el esquema de la autoficción desde el punto de vista creativo ha devenido en algunos casos en una receta adocenada, de la que el escritor se sirve para introducirse a sí mismo con su nombre propio en el relato, diseñar artificiosas incertidumbres, ofrecer versiones distintas de los hechos históricos o dar un tratamiento frívolo y fantasioso a la experiencia personal”. Así critica Alberca esta tendencia.

Caballé, por otro lado, también opina que en el ámbito de la cultura española ha sido fundamental en los últimos años romper con la vieja idea de la autobiografía como un ejercicio de narcisismo y vanidad.

El riesgo es que se cuele un exceso de yoísmo, aunque eso ya no depende de quien narra, “sino de la enfermedad de protagonismo que sufre nuestra sociedad, que hace todo lo posible por invisibilizar a las personas como tales y darles a cambio los famosos 15 segundos de gloria tratándoles como mercancía”, advierte J. Ernesto Ayala-Dip. A lo que se suma el problema, agrega, de que la experiencia vital narrada por el autor no siempre resulta interesante para el lector.

En la autoficción el papel estelar lo tiene la primera persona. Los escritores y, principalmente, los críticos coinciden en que el género y sus creadores carecen de interés por deslindar lo que es inventado o no, y también entre lo que sería ético para con el lector. Lo importante es que la realidad se transmita y sea creíble al margen del libro; su valor literario es lo que quedará.

Oscar Wilde, en un ejercicio de clarividencia, muchos años antes de que el tema estallara en la literatura, dijo cierta frase para solucionar esta polémica: “Las tragedias de los otros son siempre de una banalidad desesperante”.

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