CANASTAS Y CUCURUCHOS
Opinión

CANASTAS Y CUCURUCHOS

Miscelánea

La patita, con canasta y con rebozo de bolita

va al mercado, a comprar

todas las cosas del mandado…

Gabilondo Soler

La vida era sencilla y buena, especialmente allá en mi provincia, siempre cálida y generosa. Yo chiquilla, acompañaba a mi abuela, quien muy encanastada hacía la compra en el mercado. En una canasta la verdura, en otra la fruta: mangos y papayas amarillas envueltas en periódico (para que maduren parejo) explicaba mi abuela. También de papel periódico, los cucuruchos con aguacatitos criollos, esos de piel fina y pulpa como mantequilla. Los nanches, los tejocotes, las semillas de calabaza. En hoja de plátano los quesos frescos, los huevos protegidos en una canastilla de alambre. Al final, colgadas de las patas, las gallinas vivas. “¡Llévela marchantita!”, ofrecían las indígenas de piel brillante y trajes coloridos, que desde Zongolica llegaban al mercado de Córdoba. Mi abuela sopesaba una: “No, esta está muy flaca”, y sopesaba otra hasta que encontraba la que le parecía más gorda. 

En una especie de consideración, la gallina viva, no se ponía en las canastas sino que colgaba de las patas amarradas en la mano del chalán que ayudaba con la carga. En las tiendas de abarrotes y siempre con mostrador de por medio, envuelto en papel de estraza se adquiría lo estrictamente necesario: azúcar, frijol, café. Algún lujito en las tiendas de ultramarinos, hasta que allá por los años sesenta del siglo pasado y ya viviendo con mi familia en la capital, hicieron su aparición los primeros supermercados que convirtieron la compra en un paseíllo. 

Con todo al alcance de la mano, comenzamos a consumir como si fuéramos la última generación del planeta. Ahí ubico yo el principio del exceso: empaques de cartón para los huevos, plástico adherente para las carnes, tetrapack para los líquidos, botellines para el agua, papel encerado, de aluminio y, por supuesto, bolsas de plástico de todas las medidas: para el lunch, para congelar, o simplemente para transportar las mercancías del súper a la casa, donde comenzaba su segunda y tercera vida: como gorra de baño en una emergencia, protector de heridas o fracturas inmovilizadas, elemental para mantener la frescura del pan y para forrar los botes de basura. Prohibido su uso, me veo obligada comprar unas bolsas “ecológicas” para cargar cualquier compra. Debo tener ya una docena que invariablemente olvido en casa y cada vez debo pagar por unas nuevas. Yo sé que la cajera no tiene la culpa pero de todos modos le gruño. Como me niego a seguir comprando bolsas, debo resignarme a que los aguacates rueden en mi cajuela entre las latas de atún y lleguen a la casa convertidos en guacamole. 

La vida, empeñada en despojarme, ahora me ha quitado también el gusto de leer impreso en papel, el periódico español El País, que a partir de este 2020 sólo se publica en versión digital. Como las bolsas de plástico, el periódico, después de su principal misión de informar, cumple también otras funciones. Ordenadas y guardadas en su clóset, mi Querubín tenía algunas decenas de gorras aunque el sol siempre lo sorprendía sin ninguna. En esos casos lo resolvía con periódico. Era un experto en doblar el papel y ¡ya está!, tenía un gorro para cubrir su calva en modo albañil. 

Indudable la nobleza del papel periódico que sirve para cubrirnos mientras corremos al coche cuando nos sorprende un chubasco, abanico, matamoscas, papel higiénico en caso de emergencia y algunos otros usos. Yo amo el periódico, me gusta el olor de la tinta, el tacto, recortar algunas notas que me interesa conservar. El café de las mañanas nunca será el mismo sin mi periódico impreso. Ahora que por exigencias de la salud de nuestro planeta de tantas formas violado; debo resignarme a vivir sin bolsas de plástico, estoy considerando la vuelta al mercado, a la canasta y al chalán para que la cargue; pero por favor, ¡mi periódico no! Adela sufre.

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