Dataísmo, una religión de la era digital
Ciencia

Dataísmo, una religión de la era digital

Los datos como nueva creencia

La etapa en que la humanidad vive parece tener panoramas amplios por explorarse en cuanto a posibilidades científicas, mismas que ponen en duda nuestro mundo. La adaptación al nuevo panorama es más lenta que el avance mismo del planeta, y la subjetividad prolifera por sobre cualquier creencia estable. ¿Podemos sobrevivir a un mundo futuro? ¿Pertenecemos incluso al mundo en que ahora vivimos o la realidad nos está sobrepasando?

Las respuestas a las nuevas incógnitas, así como las siguientes que surgirán con el desarrollo de las inteligencias artificiales o la modificación palpable de las capacidades intelectuales del ser humano, nos deja con la posibilidad de forjar nuevas creencias. El dataísmo se trata más que de un salto de fé, de una postura mediante la cual la humanidad intenta ubicarse respecto al mundo actual.

EL CONCEPTO

El término se utilizó por primera vez en 2013 en un artículo del New York Times. David Brooks, columnista canadiense-estadounidense especializado en política, mencionó el dataísmo como una filosofía emergente. En ella los datos son prácticamente el principal valor por el que se puede hacer funcionar el mundo. La Big Data, o conjuntos grandes y complejos de datos, es la principal fuente para entender eventos de toda índole, incluso el comportamiento de las personas.

Los datos y la forma en que se entretejen son, para el dataísmo, lo que rige nuestra actividad. Así como usamos datos para relacionarnos, éstos han servido para que las empresas conozcan nuestros movimientos y nos arrojen productos y servicios que podríamos consumir.

La información que sale de nosotros, como nuestras opiniones medidas en estadísticas, hacen posible que las industrias sepan el rumbo que deben tomar. Nuestro comportamiento se convierte en datos.

David Brooks, columnista que dio origen al término dataísmo. Foto: newyorker.com

El dataísmo, entonces, surge como un comentario un tanto irónico sobre nuestra actividad y la del mercado. Se le da una terminación de “ismo”, es decir, se le añade el sufijo griego para describir una doctrina, sistema o modo, y se le da el carácter de una religión, porque de hecho rige nuestra vida.

No se trata tampoco de una simple condición a la que nuestra actualidad está encadenada, sino que también hay seguidores de este sistema. Personas que creen que es la única manera de entender nuestro mundo o que simplemente lo piensan como un paso esencial para comprender mejor nuestro entorno, para delimitarlo y predecir su comportamiento.

No olvidemos que desde antes del procesamiento masivo de datos que vivimos, la estadística y la probabilidad estaban establecidas como métodos para cuantificar las ciencias que se comportan de manera más subjetiva y que tienen que ver precisamente con el comportamiento humano: la psicología y la sociología.

LA NUEVA RELIGIÓN

Los datos son únicamente una traducción que hacemos para comprender el mundo. El dato, sea numérico, algorítmico o de otras diferentes índoles, funge como representación simbólica de sucesos o hechos empíricos. Al ser más fácil de utilizar, el símbolo se convierte en un atributo que varía de forma cuantitativa, es decir, reflejando su número, o de forma cualitativa por sus características.

Para Yuval Noah Harari, el bestseller y profesor de historia de la Universidad Hebrea de Jerusalén, el dataísmo es una teoría general que unifica las disciplinas que hemos sido capaces de desarrollar como humanidad. Desde la economía hasta la biología, los datos se encuentran en la cúspide de valores que hacen posible el funcionamiento de las ciencias, la predicción y la toma de decisiones económicas y políticas. Y más allá de eso, lo describe como una nueva religión.

Foto: Archivo Siglo Nuevo

El autor exhibe una de las posturas más polémicas, que tiene que ver con la comparación entre organismos y algoritmos, así como la adaptación que se puede tener ante los nuevos peldaños tecnológicos. Sostiene que un organismo está regido por reacciones a estímulos y comportamientos que lo hacen un algoritmo complejo, un cúmulo de información que genera una acción. Por lo tanto, el paso de la vida real al mundo de los datos es posible, y la prueba de ello estaría en el desarrollo de inteligencias artificiales.

Harari plantea que la transición del mundo físico a la representación en datos es necesaria para un flujo cada vez más potente de la información. Tanto los animales como quienes carecen de acceso a Internet, estarían fuera de este proceso que, de avanzar en su tecnología, los anularía.

Los investigadores que respaldan el paradigma de la datificación, es decir, la transformación de nuestra vida en datos, ven este cambio como un paso natural aunque no se centren en el futuro de esta tecnología.

LOS DATOS

El dato y el metadato son formas neutras de la interacción real. Este último se refiere al dato “menor” mediante el cual se registran detalles de una interacción, por ejemplo, la distancia a la que estaban las personas durante el encuentro, el lugar, el horario, etcétera. La neutralización de toda esta información hace posible una lectura global.

El paso que ha dado Internet es el de parecerse en lo posible a la vida real. Para la investigadora Taina Bucher, de la Universidad de Oslo, Facebook convierte las relaciones sociales en algorítmicas (New Media & Society, 2013). Los científicos Wouter Weerkamp y Maarten de Rijke, tras su exploración en Twitter (2012), hablaron de los datos como una predicción global más que como el seguimiento detallado de las actividades humanas.

Nuestro comportamiento se convierte en datos que sirven para la predicción y la toma de decisiones económicas y políticas. Foto: Behance / Dante de la Vega

Es posible que los avances en las tecnologías de la información, logren fabricar datos más minuciosos en un futuro, cuya lectura sería más veráz. La datificación y la llamada minería de la vida, sin embargo, se basan en supuestos ideológicos, en las normas sociales vigentes de intercambio y en el mercado. Los datos son compartidos para obtener a cambio servicios, tenerlos a la mano en vez de buscar en la amplia red.

Las científicas sociales Danah Boyd y Kate Crawford en Cuestiones críticas sobre la Big Data (2012), sin embargo, hablan del dataísmo como mito. Afirman que los grandes cúmulos de información no ofrecen una forma superior de inteligencia o una mayor precisión, sino que se generan a partir de objetivos específicos. Si se busca la venta de cierto artículo, las características del mismo nos dispondrán a buscar datos para lograr que sea comprado.

La información está segmentada según el objetivo que se tiene. Es decir, no sería precisa ni definitoria del comportamiento humano, ni conformaría una representación fehaciente de la realidad.

Parece extravagante mantener la fe en que los datos y metadatos pueden cambiar el rumbo de la humanidad. Pero, el futuro de los datos y las formas de obtenerlos pueden cambiar y refinar su funcionamiento. De cualquier modo, deben ser interpretados de forma cuidadosa y por supuesto estar disponibles para círculos meramente científicos que no busquen el beneficio propio.

Por ahora, los datos y su flujo rápido han funcionado para predecir eventos y darles seguimiento en tiempo real. En el caso de la enfermedad producida por el llamado Coronavirus, el Internet funcionó para compartir hallazgos y desarrollar una vacuna, por lo que es cierto que los datos hacen posible la aceleración de ciertas actividades.

La humanidad está ante cambios veloces desde hace tiempo, por lo que su adaptación progresiva será aquello que definirá la manera en que se utilicen los datos, cuáles de ellos estarán disponibles y con qué fines. Se trata de un desarrollo político e ideológico que ya surte sus efectos. Pero el rumbo, por más predicciones que se hagan, puede ser completamente diferente al que esperábamos.

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