La haine: rabia baleada de un gueto
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La haine: rabia baleada de un gueto

Mirada al extrarradio parisino

En la periferia de París se aglomeran los banlieues, barrios habitados por migrantes que, al contrario de los sectores más opulentos de la ciudad, crecen cubiertos por un manto inservible ante la violencia, la desigualdad social, el racismo, la deserción y la falta de oportunidades que puedan permitirles un desarrollo pleno como seres humanos.

La estructura urbana de los banlieues carece de espacios recreativos; la convivencia entre sus residentes se torna hostil, pues las viviendas se compactan en pequeños departamentos dentro de hileras de edificios.

La misma cultura francesa ha excluido a estos migrantes de su imaginario identitario. Situación que no sólo corresponde a la posmodernidad, sino que es algo que se presenta desde siglos anteriores. Cabe recordar los continuos rechazos que el compositor Jean-Baptiste Lully recibió por parte de miembros de la corte de Luis XIV, sólo por tener origen italiano.

Pero quizá el momento estruendoso de este problema sucedió el 6 de abril de 1993, cuando un joven musulmán llamado Makome M’Bolowe, fue asesinado por la policía francesa tras recibir un disparo en la sien, luego de ser esposado en una comisaría parisina. Un oficial había pretendido intimidar al joven, pero apretó el gatillo por error. La autoridad justificó el asesinato alegando legítima defensa. Así, el incidente provocó que por una semana se dieran duros enfrentamientos entre jóvenes de los banlieues y cuerpos policiales.

Ese caso de injusticia social inspiró al cineasta Mathieu Kassovitz, y en 1995 estrenó una película a blanco y negro que precisamente retrata esa mundana realidad: La haine, el odio, la rabia, la inconformidad baleada en una urbe destinada al olvido.

El filme de Kassovitz se ha convertido en un clásico del cine francés ya que sus fotogramas retratan una realidad llevada a la ficción, emergida de una herida social, la cual sigue sangrando en el extrarradio.

HISTORIA

La haine narra el drama rutinario de Vinz (Vicent Cassel), Saïd (Saïd Taghmaoui) y Hubert (Hubert Koundé), un judío, un musulmán y un chico con raíces africanas, tres jóvenes desheredados por la sociedad francesa, pertenecientes al barrio periférico de Les Muguets.

Foto: independent.ie

El filme inicia con un cóctel molotov que estalla sobre el planeta Tierra. Escenas de manifestaciones invaden la pantalla mientras la pieza Burnin’ and lootin’ de Bob Marley suena de fondo. Un noticiero comienza a explicar la trama de la cinta. Los disturbios son fruto de la hospitalización de Abdel Ichach, un joven musulmán que fue agredido por un inspector durante un interrogatorio.

Las protestas contra la discriminación han incendiado el banlieue y la policía mantiene vigilancia constante sobre los jóvenes. Una pistola se ha extraviado en las calles. El rumor se propaga entre las pandillas; encontrar un arma policial es un trofeo soñado sobre el pavimento.

El trío protagonista está al tanto de lo sucedido. Vinz confiesa tener el arma: “Hay que ganarse el respeto”, menciona el judío. “¿Matando a un policía?”, pregunta Hubert. Tras una trifulca, los jóvenes deciden partir del banlieue. La inesperada aventura los lleva al centro de París y pasan dificultades antes de poder regresar a su hogar, para luego encontrarse con su verdugo destino.

En esta obra, la violencia se representa como un fracaso del lenguaje, una manifestación para desautorizar la palabra del sistema. Los tres jóvenes filmados se mantienen fuera de toda institución: no asisten a la escuela, tampoco trabajan y no se sienten parte de la sociedad francesa. Están abandonados y la policía representa la única figura adulta con la que tienen contacto, pero es una relación de conflictos; ser arrestados consiste en añadir una estrella más a sus currículums callejeros.

Prueba de esta lucha surrealista por la supervivencia en los guetos es el diálogo que abre las puertas audiovisuales de la cinta, el cual es crudo y contundente:

Es la historia de un hombre que cae de un edificio de 50 pisos. Para tranquilizarse, mientras cae al vacío, no para de decirse: ‘Hasta ahora todo va bien. Hasta ahora todo va bien. Hasta ahora todo va bien’. Pero lo importante no es la caída, sino el aterrizaje”.

Y es que la vida en los banlieues es una caída sin control. Kassovitz maneja la tensión a través de un reloj que marca los momentos del día, cuya alegoría hace pensar en una bomba a punto de estallar.

Foto: domeofdoom.org

VENTANA AL HIP HOP FRANCÉS

Precisamente en 1995, Suprême NTM, uno de los grupos de rap galo más importantes, lanzó su tercer álbum titulado Paris sous les bombes (París bajo las bombas). En unas líneas de la canción “Est-ce la vie ou moi?” (“¿Es la vida o yo?”) , el grupo parisino retrata líricamente:

Mais quel triste sort que de se voir séparé du monde / Que de se sentir à l’étroit comme dans une tombe / Cloîtré, j’ai trop de mal à gérer l’angoisse que l’incarcération finit par générer (Pero qué triste destino estar separado del mundo / Qué sentir apretado como en una tumba / Enclaustrado, tengo demasiados problemas para manejar la ansiedad que el encarcelamiento acaba generando).

Muchos jóvenes de la época coquetearon desde temprano con el hampa, para después ser recluidos en las “prestigiosas” suites de las prisiones parisinas, donde el único lujo disponible era ganarse el respeto a como diera lugar.

Con una clara visión sociopolítica, Kassovitz pensó en esta característica para insertarla en los personajes de su obra (sobre todo en Hubert, quien ya había pasado tiempo en prisión y ahora vaga libre en el gueto). Asimismo, ancló esta violencia social al brazo de un movimiento subcultural que justificara la conducta creativa de los jóvenes: el hip hop, ya que este fenómeno estaba teniendo un auge revolucionario en el país europeo a mediados de los noventa.

Desde la primera secuencia se observa a Saïd trazando sobre la pared un tag (firma) con un marcador, una técnica entre los grafiteros para marcar territorio, o en este caso, lanzar un desafío ante el acoso de la autoridad policial. Otro destello del hip hop se asoma con el breakdance, elemento rítmico de la subcultura.

En otra escena, el famoso Dj Cut Killer aparece en su habitación portando una playera de la banda californiana Cypress Hill y ejecutando unos scratches en su tornamesa para todo el vecindario. Se trata de la pieza musical Nique la police (Jode a la policía), una mezcla entre N.W.A, KRS One, Suprême NTM y Edith Piaf, la cual se ha convertido en un himno para el extrarradio francés.

Ilustración: Hessie Ortega

El arte del filme también plasma grafitis sobre los muros de la ciudad, mientras el trío de jóvenes realiza su forzado viaje en el tren subterráneo. Casi al final del rodaje y con aerosol en mano, Saïd cambia una frase de un anuncio espectacular de “Le monde est à vous” (“El mundo es tuyo”) a “Le monde est à nous” (“El mundo es nuestro”).

Además, la banda sonora de la obra cinematográfica está conformada por exponentes importantes del rap francés de esa época. Sobresalen nombres como IAM, Raggasonic y Assassin, cuya música termina de contextualizar la fotografía de Pierre Aim.

SIMBOLISMO

Es evidente que el sentimiento del odio recae en mayor medida sobre el personaje de Vinz, por su parte, Saïd y Hubert representan a la inocencia y la razón, respectivamente. “En la escuela aprendes: el odio engendra odio”, dice Hubert en un diálogo.

Además, la filmación a blanco y negro pretende desvanecer las fronteras entre las razas de los personajes.

Kassovitz también aborda otro elemento interesante en La Haine, se trata de la percepción de la muerte desde un punto de vista religioso. En este caso, la aparición de una vaca desde las raíces más longevas del judaísmo.

Un sentimiento como lo es el odio, tan poderoso como el amor, se apodera de Vinz. El chico desea la muerte de un policía. Se muestra rudo y desafiante ante una vida que lo reta constantemente. Sin embargo, tiene frecuentes sueños y alucinaciones con una vaca, lo cual lo asusta mucho.

Según las escrituras antiguas, la llamada Pará Adumá (vaca roja en hebreo) resulta imprescindible para borrar la impureza de la muerte en los israelitas. Sin ella no les es posible alcanzar la vida eterna. Kassovitz utiliza a este animal para justificar el destino de Vinz, el cual está enlazado al discurso que abre y cierra la película: “Hasta ahora todo va bien”. El francés le despeja al espectador una ventana en su edificio cinematográfico, por la que puede ver la estrepitosa debacle social del chico judío y le permite deducir cómo será su aterrizaje. “Es la historia de una sociedad que cae...”, una frase pierde la razón y se dispara ante los ojos de la inocencia.

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