El arte crudo de Ana Mendieta
Arte

El arte crudo de Ana Mendieta

Una herencia artística silenciada

En portada: Hojas rojas silueta (Quemada alrededor), 1977, de Ana Mendieta. Foto: repeatingislands.com

Ana Mendieta, una artista cubana nacida el 18 de noviembre de 1948 en La Habana, que fue reconocida como víctima de un presunto asesinato por su entonces esposo, se tornó olvidada por la historia del arte hasta años después de su muerte.

Hija de un político que se oponía al régimen de Fidel Castro, y de una profesora de química, Ana vivió su infancia en su natal Cuba aprendiendo sobre sus raíces, cultura y elementos que más tarde formarían parte de la esencia de su obra. Uno de ellos fue la gran afición que sentía por los rituales de santería cubana, que se convertirían en el ancla que la mantuvo unida a su país, incluso luego de tener que huir.

Su historia se ha visto mermada e invisibilizada por el trágico desenlace de su muerte, que no sólo tomó por sorpresa a toda una comunidad de artistas, sino que los misterios que rodean su deceso apuntan a que su entonces pareja sentimental estuvo involucrada.

En 1961, Ana con apenas 12 años y su hermana Raquel de 14, fueron enviadas por medio de la Operación Pedro Pan a los Estados Unidos. Se trató de un programa dirigido por la iglesia que se dedicó, con la ayuda del Departamento del Estado, a sacar de contrabando a miles de niños de Cuba al inicio del régimen castrista.

Pese a esta temprana separación, y a la pérdida de los lazos familiares que la separaron cinco años de su madre y 18 de su padre, Mendieta nunca se olvidó de su infancia en Cuba y del conocimiento que había evocado en ella tras sentir el mundo palpando la tierra y dejando que esta se conectara con su esencia, volviéndose estos dos elementos uno mismo que, algún día, se encontrarían adyacentes siendo alimento de la misma madre tierra.

LA INDIFERENCIA QUE MARCÓ SU OBRA

Ana dedicó su vida al desarrollo artístico de su persona. Poseía una sensibilidad que le permitía identificar la conexión de la naturaleza con humanos, seres que se han sentido superiores desde que cuentan con uso de razón.

Untitled, de la serie Silueta (1973-1977). Foto: enfilme.com

Mendieta no fue una artista que se conformara con exponer sus ideas, sentimientos y percepciones mediante el uso de la pintura, incluso, se alejó permanentemente de este método cuando se dio cuenta que no sentía que lograra representar ni explotar sus habilidades artísticas.

Bajo la tutela del alemán Hans Breder, quien hacía arte performativo y en video, fue animada a experimentar distintas fronteras artísticas, y a no limitarse por un estilo en particular, cosa que hacía con todos sus estudiantes.

La artista probó, entonces, nuevas estrategias para expresar aquellos sentimientos que la habían acompañado desde su infancia en Cuba y que se vieron alimentados por su vida como migrante en Nueva York.

Decidió comenzar de cero, le añadió su marca propia en cada creación, logró mezclar dentro de una misma obra elementos del espectáculo performativo (el cual había aprendido y dominado de primera mano de su tutor Breder), arte corporal, land art y, luego con las capturas de sus obras en fotografías, experimentó haciendo películas super-8.

Fue partidaria del body art, donde se esforzaba por escenificar la conexión que existe entre la vida humana y los elementos: agua, fuego, aire y tierra. Fue una de las motivantes que llevaron a Ana a realizar obras cargadas de mensajes violentos, sin tapujos, escenificando la realidad de la condición interpersonal y la relación entre quienes, a pesar de coexistir en el mismo mundo, no tenían (según su percepción) un gramo de empatía por sus semejantes.

Un ejemplo de ello fue su obra Moffit Building Price, realizada en 1973. La artista, junto a su hermana Raquel, colocó afuera de su apartamento un charco de sangre de cerdo con el fin de identificar las diferentes conductas que presentara aquellos que tuvieran lugar en esa calle. El resultado fue un tanto desalentador, pues fue el mismo que ella predijo desde antes de realizar esa actividad. Algunos se detenían a ver la sangre, otros, la gran mayoría, la rodeaban, y sólo una persona intentó limpiarla y acabar con el espectáculo. Fue la prueba que necesitaba para verificar que, como ella ya lo suponía, no existía un interés colectivo por lograr vivir en un mundo pacífico. Aquel acto le comprobó que existía una total indiferencia a la violencia.

Moffit Building Piece (1973). Foto: artforum.com

El resultado de ese trabajo de campo realizado por ella misma, la llevó a sumergirse en un estado donde dedicó gran parte de su energía a no dejar que el mundo frívolo y veloz la separara de sus raíces; decidió no olvidar cuál era su motivo de estar ahí y qué prejuicios la acompañaban junto a su condición de emigrante cubana.

EL ARTE DE OFENDER A LOS OFENSORES

Ana asistió a la Universidad de Iowa, junto a Hans Breder. Fue una promesa artística desde muy temprana edad, ya que para este punto su despertar se había involucrado con su condición como mujer y cómo esto la hacía una presa vulnerable a los ojos del sexo opuesto.

Fue entonces, con apenas 25 años de edad, y conmovida e indignada por la violación de una estudiante de enfermería en el campus de la institución, que realizó su obra Rape Scene, performance que la puso en el ojo artístico estadounidense.

Fue una pieza real, cruda y desgarradora. Mendieta destrozó su departamento, maniató ella misma sus extremidades y apareció tendida sobre la mesa con los pantalones abajo y su cuerpo lleno de sangre. Logró mostrar la condición de un ser vivo que es tratado como un objeto, el cual se puede tomar y luego desechar.

Dejó la puerta de su hogar abierta para que cualquiera que deseara asistir a ver la obra estuviera en primera fila, pues su intención no fue la de agradar a nadie, sino hacer que aquella escena gráfica, y que rompe con todo paradigma humano que hace notar a la población como un sector que se preocupa por el prójimo (Mendieta asistió a una escuela católica en Cuba), alcanzara rincones, aquellos donde los abusadores se escondían, y donde la autoridad prefería voltear hacia otro lado antes de aceptar que existía una problemática.

Rape Scene (1973). Foto: aldeidedelgado.com

LA CAÍDA DE UNA ARTISTA EN ASCENSO

Con apenas 36 años de edad, Ana Mendieta murió luego de caer del piso 34 de un edificio en Nueva York, donde se encontraba acompañada por su entonces esposo Carl Andre, quien también se dedicaba al arte.

Las circunstancias en que esto tuvo lugar no han hecho más que plantar dudas sobre los detalles de su muerte, ya que tanto su familia y seguidores de su obra, aseguran que este fue un asesinato llevado a cabo por Andre, debido a que incluso testigos que se encontraban a los alrededores dicen haber escuchado gritos antes del accidente.

Aunque, luego de la muerte de Ana, Carl fue llevado a un juicio que duró tres años, fue liberado de cualquier cargo asumiendo que no existían pruebas suficientes para implicarse en la muerte de su esposa. Sin embargo, la familia de Mendieta no está de acuerdo con el veredicto, porque aseguran que existía violencia psicológica por parte de este hombre, razón por la que Ana pensaba en el divorcio.

El respaldo además fue el testimonio de sus familiares, el montón de cartas integradas por una serie de dibujos y cortometrajes, también escritas por Ana en 1984 y enviadas inmediatamente a su madre desde Italia. En ellas explicaba su felicidad y euforia por su próxima exposición en ese país, además de compartir una gran cantidad de planes a futuro que evidenciaban unas altas ganas de vivir y esperanza por el futuro. Razón por la que su familia descarta que su muerte haya sido el resultado de un acto suicida. Es dentro de estas cartas donde menciona a su madre sus planes de divorcio.

Si bien la investigación se cerró y las autoridades no volvieron a abrir el caso, Carl Andre es sentenciado por los seguidores de Ana Mendieta. Se han presentado protestas en sus exposiciones. Con cánticos y en una misma voz, seguidores de Mandieta piden que se haga justicia para la mujer que el mundo quiso enterrar y olvidar luego de su muerte, dando protagonismo a esta trágica escena, olvidándose por completo de su entrega cultural y refiriéndose a ella como “la artista que cayó de un 34° piso”.

Grupo de mujeres protestando en Casa Velázquez, museo madrileño donde se expuso obra de Andre en el 2015. Foto: disparamag.com

Uno de los sucesos más impactantes fue en el año de 1992, donde se concentraron 500 personas en la inauguración de una exposición antológica sobre André. Los manifestantes se presentaron con cientos de fotocopias de las obras de Ana y las repartieron por toda la sala.

También en el año 2016 hubo una movilización en el Tate Modern de Londres, donde en su inauguración los participantes de movimientos como Sisters Uncut y Whereisanamendieta se manifestaron en contra del reconocimiento y privilegio que, según los activistas, se le había otorgado a Andre.

Este descontento creció aún más y generó que ninguna obra de Ana Mendieta que poseía su exesposo fuera presentada ese día.

Sin embargo, esta actitud es algo que se veía venir desde hace años cuando sucedió aquel “accidente”. Tanto André como sus amistades se esforzaron en evidenciar la inestabilidad mental y emocional que aseguraban Ana sufría.

El también escultor Frank Stella y Barbara Rose, exesposa de éste y crítica de arte, fueron partes fundamentales para la desacreditación de Carl como presunto homicida, debido a la postura y al papel que tenían en el gremio artístico.

Rose declaró “Las feministas han acusado siempre a Carl Andre de matar a Ana, que entonces era su esposa. Él no lo hizo. Los dos estaban borrachos y ella cayó por la ventana. Carl Andre no era capaz de hacerle daño ni a una mosca”. Aseguró la crítica para el medio El País Semanal.

Su familia y seguidores buscan justicia tras un acto deshumanizado que acabó con la vida de una joven promesa del arte, que siempre luchó contra aquellos que deseaban cosificarla y restarle valor como ser humano en un escenario en el cual, podemos decir, Ana nunca desistió.

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