Lechowski y el canto a la vida
Entrevista

Lechowski y el canto a la vida

Un escenario azulado da la bienvenida a Rafael Lechowski (Breslavia, 1985) en un salón de eventos de Monterrey. El hombre a quien el arte ayudó a sobrellevar la muerte de su padre, se presenta ante el público mexicano que renuncia a sus asientos para permanecer de pie toda la noche.

Enseguida, el rapero toma el micrófono y recita los versos de El canto de amor a la vida, su reciente álbum. Una entonación a esos elementos básicos que dan sentido a la existencia y que, no obstante, el ser humano suele ignorar en su ceguera emocional.

Tras la primera pieza, agradece a los presentes. Manifiesta así su deseo de que la humanidad se dé cuenta del regalo maravilloso que es la vida, pues “cada persona tiene un don” y, luego de permanecer en un abismo personal donde incluso se planteó dejar la música, él ha visitado México para compartir el suyo.

De raíces polacas, Lechowski porta la herida de un emigrante cuya familia llegó a Zaragoza, España, para refugiarse del comunismo a finales de los años ochenta. Allí su mirada infantil tuvo que enfrentar la partida de su padre, quien volcó el camión que conducía cuando Rafa tenía apenas 10 años de edad.

Fue una época preadolescente, compleja, dura, y más en mi caso que éramos una familia muy pequeña: mi madre, mi hermana y nadie más. Entonces ahí nació una agitación, una preocupación muy temprana y la palabra escrita me ayudó a canalizar ese dolor, esas dudas que aparecieron”.

A la orilla del río Ebro, las calles lo criaron a base de odio y furor, al grado de ser internado en un reformatorio, aunque él prefiere recordar su infancia como esa etapa maravillosa en la que comprendió el “lenguaje de todas las cosas”.

Después de formar el grupo de rap Flowklórikos, de idolatrarse a sí mismo, del éxito que significó el álbum Donde duele inspira (2008), del dolor reflejado en la obra Quarcissus (2008 – 2019), y de vagar por una crisis que lo instó a dejar los escenarios para refugiarse lejos del bullicio, El canto de amor a la vida supone el renacer de Rafael Lechowski tras, en sus palabras, permanecer muerto toda su vida.

Tres horas antes del concierto, el artista compartió a la grabadora su asombro ante la existencia.

En su libro, El arte de amar, Erich Fromm dice: “El amor hacia sí mismo está inseparablemente ligado al amor a cualquier otro ser”. ¿Consideras que El canto de amor a la vida puede ser un canto de amor propio?

Creo que ha habido mayores cantos a uno mismo, quizá en esas épocas de idolatría a uno mismo, en ese egocentrismo, quizá hay más cantos de amor hacia uno mismo. Quizá no es un canto de amor tan sano, pero creo que aquí hay un canto de amor hacia lo externo, que también creo que es un canto de amor hacia uno mismo; cuando uno le canta a todo, eso le incluye a él también. Pero es un canto más hacia lo externo, hacia el asombro de las cosas que siempre estuvieron ahí y que quizá no le había prestado atención; la vida en sí como regalo, un árbol, un río, la vida en general como un asombro. Entonces creo que es un canto a eso, y eso contiene todas las cosas, contiene las personas, contiene la vida y le contiene a uno mismo. Pero sí estoy de acuerdo en que está inevitablemente unido el amor a uno mismo. Y también creo que fue Erich Fromm el que lo dijo: “Cuando uno ama a unos pocos, en realidad no ama a nadie”, entonces creo que el amor grande está en todas las cosas, en amar todo, y la vida es el continente de todas las cosas, ése es mi asombro.

Abres tu obra con Pecios, ¿por qué iniciar con este concepto que refiere a los fragmentos de una nave naufragada?

Porque venía de un naufragio enorme de haber estado ciego durante 33 años; es decir, educado en un pesimismo, en una forma de contemplar la vida y en ese despertar quedan esos escombros de lo que fui y los contemplo ahora. En esa misma canción digo: “Sígueme, no tengas miedo; vengo de vencer a las sombras”, vengo de vencerme a mí mismo en la oscuridad. He pasado también por una fase bastante decadente antes de llegar a este estado en el que estoy ahora muy agradecido. Entonces, contemplo esa ruina de lo que fui, esa canción viene a retratar ese escombro de mí mismo, ese naufragio por el que deberíamos pasar todos.

Parece que abordas el llanto como una depuración del alma, ¿qué es lo que puedes leer en él?

Lo que digo también es que “llorar es lavarse el alma”. También digo en Quarcissus que “la lágrima pertenece a la alegría y que la tristeza corresponde al llanto”. Considero que la lágrima pertenece a la alegría y que también hay un llorar de la emoción, y creo que el llanto es un dolor frustrado; es otra cosa completamente distinta. Yo estoy ahora quizá más en el llorar de la alegría y en este disco me he emocionado mucho. Lo hablaba el otro día con el público: me preguntaban cómo sabía identificar qué letra o qué texto era lo suficientemente bueno para poder compartirlo con los demás, y yo les explicaba que cuando me ponía en pie mientras escribía, si eso me emocionaba y me hacía llorar, era un indicativo de calidad: la emoción como indicativo de pureza, de que es cercano a lo que uno ha sentido, a lo que uno ha pensado, aunque es relativamente difícil tratar lo que uno siente o piensa. De hecho el arte es una… no diría imitación, pero es un vago intento de retratar lo que uno ha sentido. Cuando esto se acerca, creo que de alguna manera también se emociona y se asombra. Ése ha sido uno de los indicativos en este trabajo: me he emocionado haciéndolo y he disfrutado este proceso. No ha sido un proceso largo o tormentoso, sino un proceso fluido y emocionante. Entonces, para mí la lágrima ahora está muy vinculada a la emoción. Y bueno, supongo que en la vida hay que llorar también. Hay dolores inevitables, como decía Buda: “El dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional”.

Por su parte, Fausto critica al mundo sin alma de la industria musical, ¿qué percepción tienes de ella?

Creo que está todo tremendamente industrializado, el dinero quiere sacar rendimiento de todo. Como he dicho en muchos otros sitios, o como dice mi amigo Adrián: “Se parece más la industria de la música a la industria del tractor, que a la propia música”, o “la industria del arte se parece más a la industria del tractor que al propio arte”, porque se parece en lo esencial a lo industrial. Vivimos en un mundo completamente numérico, muy preocupado por el rendimiento, no tanto por la profundidad o por la utilidad, sino por el rendimiento que se le pueda sacar a ese arte. Los jóvenes están muy inquietos por ver cuántas visitas tiene algo, y esto me preocupa porque se está debilitando el criterio de las personas. Ahora entran en una película o en una canción y buscan lo que tiene más reproducciones, creen o consideran que eso es lo que más calidad tiene. Les estamos forjando un criterio en torno a las visualizaciones y éstas pueden estar tranquilamente compradas, publicitadas o infladas, no tienen nada que ver con la calidad. Por eso invito a los jóvenes, desde mi concierto, desde las charlas, a desconfiar de lo que está en tendencia, puesto que eso generalmente no es lo bueno. Creo que sí se está “faustizando”, está lleno de faustos el arte ahora mismo y mi concierto viene a luchar contra eso; es un concierto donde no hay ningún tipo de efecto luminoso ni visual, nada que distraiga el evento de lo que esencialmente quiero decirle a la gente: que salvaguarden la cultura porque es lo que nos ha hecho menos salvajes, y no como un mero entretenimiento vacío. Lo único a lo que está contribuyendo el arte es a generar vacío en los jóvenes, a robarles las preguntas, ¡no hay preguntas en los jóvenes de hoy en día!, y vuelven a sus casas sin ningún tipo de información, sin ningún tipo de ejercicio de sensibilidad y eso antes no era así. En mi generación había un criterio; las personas o artistas que destacaban generalmente lo hacían por su calidad, no por su volumen de reproducciones.

Lechowski hace una crítica a la industria del arte y la música, la cual se basa más en el rendimiento que generan los productos superficiales, que en lo humano. Foto: Behance / Lindsi Williams

Creo que es peligroso lo que está haciendo el dinero y es importante que la gente esté consciente de eso, y que el arte al menos pueda escapar. No digo que la industria de la informática, de la tecnología o de la ropa huya del consumismo, del dinero, porque es difícil, porque está sujeto a ello, de hecho es su esencia, pero el arte no. El arte está estrictamente ligado al ser, a su construcción y a la propagación de la cultura, no al negocio. Aunque siempre va a haberlo; el pop siempre ha sido una música popular y ha estado dentro del negocio, pero el rap no. El rap era un género que venía a protestar, a luchar por la igualdad, a luchar contra el racismo, contra la marginación y creo que está portándose de manera contradictoria: lo que ha criticado lo está ahora ejerciendo. Entonces, quiero que el público despierte, y ahora, como ves, es un concierto con sillas para que la gente esté más atenta y tratar de compartir con ellos este mensaje.

Respecto al tema, en tu disco mencionas: “El aplauso es un ruido que ciega”. ¿Cómo gestionas el elogio de tu público?

He estado mucho tiempo apartado. Estoy volviendo a los escenarios después de prácticamente tres años de silencio. Vivo bastante al margen, a las afueras de la ciudad. Mi vida es bastante retirada. El aplauso es algo que es bastante tóxico, hay que tener mucho cuidado. Está muy a la inflación del ego, de la ceguera del artista. Hay que tener cuidado cómo se gestiona el elogio y tratar de no hacer mucho caso a ello porque uno puede ser esclavo del aplauso, tratar de copiarse a sí mismo en busca de él. Creo que hay que ser bastante inmune, tanto al aplauso como a la crítica; uno tiene que conocer su camino y ser agradecido, eso sí, pero no tiene que vivir alimentándose de eso. El artista está vinculado al aplauso, pero no debería ser dependiente de él, estoy seguro de ello.

En Canción de gratitud cierras con una palabra corta que se le dificulta al ser humano: “Gracias”. ¿Por qué es tan difícil agradecer?

Porque todo tiene un precio, parece que todo lo hacemos a cambio de algo. Parece que si hacemos algo es porque alguien nos lo debe, porque vivimos en un mundo de la sociedad del crédito, de estar constantemente buscando el rendimiento de las cosas. Nacemos en un mundo de comparaciones. En la metodología de la enseñanza también está muy reñida la competición. Entonces, es difícil hacer las cosas de una manera gratuita y al mismo tiempo nos es difícil agradecer cuando pensamos que los demás nos deben algo. Pero la vida es algo tan grande, tan especial y tan inmenso que sólo merece un agradecimiento. Creo que quien descubre eso sólo puede vivir agradecido, porque todo lo demás son pequeñeces. Despertar cada mañana y ser consciente de que eso ya no se repetirá más… y lo que estoy diciendo ahora en todos los conciertos: pongo el ejemplo de que uno cree que una lotería le va a salvar la vida. Dicen: “Ojalá me tocara la lotería, mi vida cambiaría”. Y yo siempre respondo: “Ya te ha tocado la lotería. Nacer es tremendamente más complicado que tres loterías seguidas”. Ya está la dicha ahí, ya tiene que haber agradecimiento. Yo estoy agradecido por vivir y ser consciente de eso.

Retratas tu condición de emigrante en De paso por lo eterno, ¿cómo llegas al verso: “Perdí mi patria, pero me encontré”?

Fueron fases complicadas de aceptación. Un emigrante es una herida, siempre está herido porque está despojado, arrancado de la raíz y nunca más va a volver a adaptarse a nada, puesto que no se adaptará ni siquiera a la maceta o a la tierra de la que fue arrancado. Pero eso es una maravilla a la vez, puesto que quien es emigrante lo sabe: uno al final se vuelve de todos los sitios porque no le queda otra solución. Me costó aceptarlo, me costó entenderlo, pero una vez comprendido… estoy aquí ahora mismo sentado contigo en México y no tengo que estar mirando con extrañeza nada. Todo me parece idéntico. Es el mismo cielo en todos los sitios. Me ayudó esa herida de ser extranjero, si no estaría sujeto a alguna patria, atado a alguna bandera, y eso es limitante. Ahora mismo estoy agradecido por ese accidente que me dio la vida de terminar convirtiéndome en un emigrante. Fue duro, pero merece la pena ser de todos los sitios.

Foto: Twitter / @ RLechowski

¿Himno de vivir evoca una reconciliación con la infancia y la muerte?

Sí, hay una reconciliación con la infancia, no sólo en esta canción, sino en todas. También hago evocaciones en Canción de gratitud a la libertad que me dio mi madre. La hay aquí también porque la vida se trasvasa en el siguiente, también tengo esa concepción. El niño, digamos, es el continuador y la muerte no tiene ya el mismo peso para mí. Creo que la muerte es un miedo egoísta porque el que es, continúa. El que se reproduce, el que sigue hacia adelante, no tiene que temer a nada porque evidentemente ya se ha demostrado que todo se transforma. Y en ese trasvase hacia otra persona está la continuidad de la vida. Así que la muerte como tal existe en la individualidad, pero no en la esencia. En este disco hay una reconciliación con la muerte, con el niño que fui y con el niño que me gustaría un día tener o ser de nuevo. También hay una contemplación de la vida desde la mirada del niño, porque en este disco aparece muchísimas veces la palabra “asombro”. ¡El asombro de todo! El asombro de estar aquí ahora mismo, de esos árboles, de las cosas que estaban siempre ahí y no me di cuenta. El niño es el maestro del asombro, siempre está preguntándose cosas y asombrándose por todo. Y se puede ser viejo y seguir mirando la vida con asombro, por ello existe esa inquietud por la mirada del niño y de la infancia.

En esa batalla interna que narras en Contra el yo, ¿coincides con Fromm en que en el amor siempre hay conflicto?

En ese aspecto no sé si se esté refiriendo a un amor general. Creo que Erich Fromm hace una terapia del amor personal, habla del amor como mercado en ese libro, el amor entre dos. El amor al que me refiero es más unitario, más total, y ése no tiene lucha. “Ese amor siempre vence sin lucha”, digo también, ahí no veo tanto conflicto. En todo caso, ¿cómo gestionar esa lucha a la que te refieres del yo? Creo que cuando uno encuentra el camino tiene derecho a salirse de él, porque todos tenemos derecho a equivocarnos. Y de hecho se dice que cuando uno despierta y es atento, se equivoca más veces que antes de serlo. ¿Por qué? Porque ahora está atento a sus equivocaciones. Antes no, antes se estaba equivocando constantemente, pero no era consciente. Ahora cuando uno está despierto no es más perfecto, es igual de imperfecto pero consciente de su imperfección. En esa batalla que dices del yo, de la lucha del perfeccionamiento, creo que uno se tropieza, pero inmediatamente ya sabe cuál es el surco de regreso. Antes no, antes era como un vagar constante, circular o espiral. Ahora no, ahora uno se tropieza porque tiene derecho, porque también lo pueden hacer tropezar los demás, pero sabe dónde regresar, ya ha encontrado sentido. Es un poco la tranquilidad, la paz y la serenidad de todo eso. En cuanto al amor, considero que va muy vinculado a la vida. El amor es simplemente despertarse por la mañana, respirar el aire y decir: “Estoy vivo”, eso es amor ya, ¿sabes? Y eso lo contiene todo: los errores, las personas... pero esos son amores pequeños. El amor no deja de ser una palabra, un concepto que nos sirve para entendernos. No necesita palabra ni expresión, no necesita llamarse amor siquiera, basta con que uno respire y no haga daño a otro, eso ya es amor.

A esta altura de tu vida, ¿cómo influye la frase que inmortalizaste en Donde duele inspira: “Para ver el arcoíris has de soportar la lluvia”?

Lo que está claro es que acepto la belleza de las cosas en medio del dolor, pero no acepto la belleza buscándolo. Es decir, no voy a ir al dolor para buscar la belleza; la acepto dentro del él, pero no la voy a buscar, eso ya sería sufrimiento, no sería dolor. El dolor, como hemos dicho antes, es inevitable de aparecer, pero el sufrimiento es opcional, es nuestro, lo hacemos con la mente, lo creamos. Yo no voy a ir a buscar belleza en el dolor. Si está el dolor, encontraré la belleza en el propio dolor, pero no voy en su búsqueda. Antes quizá sí, ahora no me regocijo en eso. En el disco también digo: “Nada puede herirnos porque somos la herida”. Acepto el dolor como algo natural, pero no voy a ir a causarme daño para encontrar belleza y arcoíris ahí, eso ya sería sufrimiento. Vivo ahora en otro aspecto, en un momento de agradecimiento, y hay quien me pregunta: “¿Y ahora qué? Si uno está en ese plan, está pleno, agradecido, ¿ahora qué?”. Yo le respondo: “Ahora ya puedo disfrutar de la vida”. Antes uno encuentre ese sentido, esa dicha, antes podrás disfrutar de la vida. Hay quien nunca lo descubre y muere prácticamente sin haber vivido, sin haber estado despierto. Hay quien lo encuentra al final del camino. Pero hay quien lo encuentra temprano, mucho más temprano que tú y yo, y bienvenida sea esa dicha, esa plenitud para seguir viviendo. Y no es nada místico ni iluminador ni tiene nada que ver con lo divino, simplemente es algo que está y ya: es un click, un despertar.

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