Asilo para la comunidad LGBT+
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Asilo para la comunidad LGBT+

Iniciativa para no regresar al clóset

Ser adulto mayor gay conduce a un estado de invisibilidad entre la sociedad. Cuando se está solo la adversidad es mayor. Si bien es cierto que la comunidad Lésbico Gay Bisexual Transexual y más (LGBT+) ha ganado derechos en México desde que salieron del clóset a finales de los setenta, cuando se organizó la primera marcha encabezada por el Frente de Liberación Homosexual, al llegar a viejos regresan a la marginación y desdén de la comunidad. Frente a este contexto surgieron en la capital mexicana, así como en Nueva York y en Barcelona, las primeras casas públicas de asistencia y asilo para homosexuales.

En el comienzo del siglo XXI, quienes rebasan los sesenta años de edad tuvieron capítulos similares de aislamiento, violencia y marginación durante su infancia al contener su sexualidad; gozaron después de un momento de liberación al obtener derecho al matrimonio y a la adopción, pero en la vejez retornan a ser una comunidad imperceptible para las instituciones del Estado.

En Ciudad de México, Samantha Flores destaca por su activismo y por ser la primera en proponer en el país un asilo gay público. Su iniciativa aún está muy lejos de lo que sueña, por lo pronto es una “casa de día” que se sostiene de donativos y del voluntariado de médicos, psicólogos y entrenadores.

VIDA ALEGRE EN EL ÚLTIMO TRAMO

Samantha Aurelia Vicenta Flores García, a sus 87 años, luce una amplia sonrisa que hace juego con el tocado de grandes flores en su cabello rubio. Su barbilla es partida y su voz contundente. Originaria de Córdoba, Veracruz, arribó a Ciudad de México en los años cincuenta; entonces la capital del país “era un rancho enorme” donde los prejuicios y el machismo imperaban, relató la activista a diversos medios electrónicos que la han entrevistado a raíz de su propuesta de crear un albergue público y gratuito.

Casa de día Vida Alegre, Ciudad de México. Foto: El Universal

Vivió muy cerca el desprecio, los insultos, las enfermedades y la muerte de sus compañeros y amigos. La pandemia del VIH la orilló a encabezar diversos movimientos para que el Estado enfocara esfuerzos de prevención a la salud de este sector que resultó ser el más afectado por el virus. Más tarde, al envejecer, resintió el desdén social y gubernamental hacia los sexagenarios miembros de la comunidad LGBT+.

“Los ancianos LGBT somos invisibles, estamos muy olvidados”, sostiene Samantha, quien busca que su propuesta mantenga el principio de gratuidad; “cuando la planteamos a los políticos, todos nos dijeron que sí apoyarían la iniciativa, pero no nos dijeron cuándo”. A través de Internet, bajo el esquema de crowdfunding (donaciones de los cibernautas), reunió cuatrocientos mil pesos que le permitieron instalar un pequeño local en la calle Xola número 184B de la colonia Álamos, en la alcaldía Benito Juárez; es un inmueble con una ventana al frente donde pende una bandera multicolor. “Es una casa de día donde no vamos a remediar ningún tema de salud. Se trata de reunirnos la tercera edad LGBT para cubrir nuestra soledad”, declaró a El País de España en 2017.

De acuerdo a la encuestadora Gallup, alrededor del 3.4 por ciento de los adultos en México pertenecen a la comunidad LGBT, lo que representa algo así como nueve millones de personas; por su parte el Instituto Nacional de Geografía y Estadística (INEGI), revela que un millón son adultos mayores y de ellos 433 mil están en situación de pobreza.

Vida Alegre es como se llama la asociación que preside Samantha, al igual que la casa de día que sostiene. Su población es flotante y no rebasa los 25 integrantes que acuden tres días a la semana para recibir atención médica, orientación y a desarrollar algunas actividades lúdicas. Algunos de ellos solo acuden a socializar.

DISCRIMINACIÓN POR IGUAL

El Centro de Igualdad de Derechos, sin fines de lucro, indagó en diez entidades de Estados Unidos de Norteamérica sobre casos de discriminación en parejas homosexuales que buscaban un hogar. El 46 por ciento fueron rechazados por su sexualidad, reveló el estudio. Esto orilla a quienes pretenden vivir mezclados con población heterosexual, a regresar al clóset.

El primer centro de ancianos homosexuales en Nueva York. Foto: thedailybeast.com

Aunque el fenómeno es añejo, fue hasta marzo del 2012 cuando en Nueva York se abrió el primer centro de ancianos homosexuales derivado de un acuerdo entre el gobierno y una asociación civil. Es el primero de tiempo completo encabezado por la organización Sage, cuyo eslogan es “rechazamos ser invisibles”.

La propuesta forma parte de un programa de ocho centros especializados en los que interviene el gobierno de la ciudad. “Lo consideramos el primer centro a tiempo completo de Estados Unidos”, se lee en su página de Internet (sagenyc.org).

El centro ofrece programas de arte, alimentación y nutrición, salud y bienestar. “El objetivo es que los ancianos homosexuales puedan envejecer en buena salud, con seguridad financiera y amplio apoyo de la comunidad”, afirma la organización civil que se fundó en 1978 y que cuenta con 21 filiales en Estados Unidos de Norteamérica.

Del otro lado del océano, en España, se abrió el primer centro de este tipo en 2014 en Barcelona, también impulsado por una asociación civil, Fundación 26 de Diciembre. A pesar de la polémica que se generó por considerarse un lugar excluyente, se apoyaron en investigaciones sociales para consolidar el perfil gay que debía darse al albergue.

La comunidad LGTB que carece de recursos económicos suficientes, también adolece de servicios públicos que le atiendan en su vejez. En la mayoría de las ocasiones la comunidad homosexual evita buscar estos servicios necesarios por temor a la discriminación, tiende a aislarse. Continúan siendo una población vulnerable a pesar de que su número es amplio: “Estuvimos reprimidos tantos años que la marcha (del orgullo gay) es un medio para que cada quien se exprese como quiera porque el resto del año estamos divididos, no estamos juntos; si estuviéramos juntos seríamos una fuerza política poderosísima”, afirmó Samantha quien a sus casi noventa años no desiste de construir el primer asilo gay en la Ciudad de México.

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