Primer verdor
Opinión

Primer verdor

Miscelánea

Destejer el universo

las ramificaciones infinitas

de efectos y de causas que se pierden

en ese vértigo sin fondo, el tiempo

¿Y si los monos sí? Pues sí, los monos también, porque con la primavera comienza el festival del amor. Estimuladas por la energía primaveral, las aves anidan en pareja, los leones, los tigres y los elefantes se aparean, lo gatos maúllan de pasión en las azoteas, las abejas polinizan, y en los humanos, las feromonas celebran un carnaval. La sangre fluye más de prisa, las hormonas andan sueltas y lo que pide el cuerpo es retozar.  El nuevo verdor es un puntual homenaje a la vida. Mi joven fresno tan desnudo el pobrecillo, tan muertecito de frío en el invierno, ante el cálido abrazo de marzo, comienza a recobrar la alegría, tiernas hojas danzan ya entre sus ramas.

En el jardín estallan las buganvilias, y en la elegancia de las orquídeas imagino el mensaje de Dios: En verdad os digo que como estas flores coloridas, alegres y de corta duración; así es la vida, no la marchiten con sus malos tratos. Al tibio susurro de la primavera, la vida sonríe mientras se despereza de la modorra invernal. Yo, jarocha y friolenta, comienzo apenas a considerar despojarme de la pesada ropa de invierno; sólo para descubrir que ¡chin!; o yo di de sí, o mis pantalones dieron de no. El chocolate con que me consentí en invierno se ha instalado en mis caderas, y la cintura hizo saltar el botón de mis viejos pantalones de lino cuando me los probé. Y no, no estoy pensando en dietas sino en correr a comprarme ropa de talla más grande.  Blusas lindas que dejen mis hombros pachones al descubierto, un ligero vestido de muselina y las imprescindibles alpargatas. La inquietud (bien conocida porque ya son muchas las primaveras que la vida me ha concedido) vuelve a invadirme. Me veo y me pienso. La exuberancia de la tierra me recuerda otras primaveras en las que la vida fluía a borbotones. Revive en la memoria el alboroto de mis niños, el desorden de la casa, el trabajo siempre incumplido, el asombro ante el descubrimiento del mundo, de otras razas, otras costumbres, otras maneras de orar; ninguna mejor que otra. Todas con la intención de ofrecernos alguna esperanza que nos ayude a sortear la vida sin derrumbarnos. Me veo y me recuerdo preparando las vacaciones de Semana Santa, haciendo acopio de flotadores, bloqueadores y bronceadores, para llegado el momento, peregrinar entre millones de autos hasta llegar al mar y conquistar ahí un pedacito de playa dónde construir nuestros castillos de arena. Los cocos con su fresquísimo manantial, las campanillas del destartalado carrito de paletas que convocaba a los niños: de jamaica, de piña, de limón su nieve. Lo mío eran las Margaritas.

El 10 de mayo mis niños cantaban y bailaban en el homenaje escolar a las madres. Yo agradecía con besos los horribles trabajos manuales que me obsequiaban. Celebrábamos la vida con jóvenes parejas que como nosotros se alborotaban con la primavera. Ya para el invierno nacían los chiquillos. En nuestros jardines compartíamos bautizos, primeras comuniones, graduaciones y bodas. Disfrutamos con amigos que por olvido o muerte han ido desapareciendo de mi vida. También nosotros desaparecimos. Cambiamos de intereses, construimos una casa más grande y nos mudamos, conocimos otra gente, iniciamos nuevos ciclos y… el Querubín me abandonó. Se adelantó el muy… y ahora ya no sé qué hacer con tanta primavera.

De momento me iré al mar, beberé Margaritas, y buscaré un novio. Tal vez para el invierno yo pueda dar a luz una novela. De momento sólo se me ocurre decir: bienvenida preciosa. Bendita eres por la alegría que propicias con tus ropajes floridos, tus perfumes nocturnos, tus soles, tus lunas; y el renovado ímpetu que impones a la vida. 

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