Ricardo Piglia: el último lector
Literatura

Ricardo Piglia: el último lector

La realidad en la literatura y viceversa

Ricardo Piglia (Adrogué, 1941) empezó a escribir un diario a la edad de dieciséis años. Su padre era peronista y cuando el presidente argentino cayó del poder, la familia, por las actividades políticas paternas, tuvo que abandonar Buenos Aires y refugiarse en Mar del Plata.

Sentado en la batea del camión de la mudanza, mientras observaba la Pampa, le dio por escribir. Ese diario adolescente, al cabo de los años, habría de convertirse en la justificación de su obra narrativa posterior. Se trataba de ser célebre por la escritura de novelas, para de esta forma generar interés en la publicación de sus diarios.

Pasaron muchos años para que Piglia escribiera y publicara Respiración artificial (1980). Fue la culminación de un largo proceso de aprendizaje, de crítica y edición. Su actividad literaria recuerda a uno de los personajes de Vila-Matas: “Soy un hombre que se hace pasar por un crítico”. Al menos así fue conocido, principalmente, durante la década de los sesenta y los setenta. Su obra narrativa, en muchos aspectos, también podría considerarse una gran crítica al canon literario argentino.

EL CRÍTICO Y EDITOR

La literatura no sólo se conforma de textos; el otro elemento indispensable son los lectores. Sin ellos las obras permanecen muertas, en la oscuridad, no llegan a ser valoradas ni interpretadas. Existe la falsa creencia de que los escritores se mueven en solitario, en la nada, que publican sus libros por sí mismos. Sin embargo, aunque esto puede suceder, ocurre cuando el medio literario es pobre, raquítico. Para darle vigor a la literatura se necesita de los grandes editores y los grandes críticos. Ambas posiciones requieren de la generosidad, virtud de la cual no carecía el autor que nos atañe. Planteó una nueva forma de leer el canon argentino.

Ricardo Piglia en el 2000. Foto: Daniel Mordzinski

Si algo tienen los escritores importantes, es que no únicamente escriben, sino que proponen otras lecturas de autores olvidados o malinterpretados. Piglia, durante su trabajo en la Editorial Tiempo Contemporáneo, propició una nueva lectura. Amplió el diálogo de la literatura latinoamericana, que a veces puede llegar a ser muy provinciana, con otras. Fue uno de los introductores de los estructuralistas franceses, quienes renovaron la crítica literaria y social durante el siglo pasado (Roland Barthes).

Revaloró y dio el justo lugar a la novelística de Roberto Arlt, de quien dijo que Los siete locos era la mejor novela argentina jamás publicada. Recuperó la obra de Rodolfo Walsh, escritor asesinado en la dictadura de Videla, autor de otra novela imprescindible: Operación masacre. También reincluyó en la historia literaria argentina a Macedonio Fernández, novelista incomprendido y mucho más revolucionario técnicamente que los escritores del Boom.

Su amistad con David Viñas fue determinante en la comprensión de la nueva crítica, pues fue una generación de escritores quienes comprendieron que no se podría hacer buena literatura si antes no eran excelentes lectores. Para Piglia, lo más importante es la lectura, ¿cómo escribir para propiciar nuevas formas de leer? En eso hay una similitud con la obra de Jorge Luis Borges.

Sin embargo, Piglia no sólo es recordado por su actividad como editor, donde también hace falta mencionar el impulso dado a la novela policiaca, pues creó La Serie Negra en Tiempo Contemporáneo, y sin duda esto originó el auge del género negro a lo largo del continente. De igual manera, recuperó el ensayo teórico, el cual en su tiempo comenzaba ya a perderse en un argot incomprensible para el público general. En este respecto, Nueva tesis sobre el cuento es una reflexión bastante ilustrativa sobre la estructura del cuento, misma que dista mucho de ser un texto simplemente corto. Pero así se podrían incluir muchos otros ensayos en una vasta obra crítica. Era un polemista agudo, quien no tenía miedo de decir ideas poco populares, como esa de asegurar que Borges era un escritor del siglo XIX, y que el mejor de todos era Domingo F. Sarmiento, autor del Facundo. Civilación y barbarie.

EL NOVELISTA

Desde luego, Piglia alcanzó cierta impunidad en la expresión de sus ideas después de publicar sus novelas y cuentos. El primer volumen de ellos, Jaulario, recibió una mención en el Premio Casa de las Américas en 1967. Posteriormente, estos cuentos serían recuperados por Anagrama en La invasión.

Vendrían otras novelas, entre ellas, Plata quemada, la clásica historia del asalto a un banco, narrada de forma magistral, mediante el uso del lenguaje del periodismo, con una agudeza y crueldad pocas veces vista en la literatura hispanoamericana. Según comentó en algunas entrevistas, la idea de este libro le vino por la lectura de una nota en un diario, donde se informaba que los criminales al ser acorralados habían decidido incendiar los billetes robados para después inmolarse.

Del mismo modo, tenemos Blanco nocturno, su inclusión en el género negro; La ciudad ausente, un homenaje a Macedonio Fernández; Nombre falso, un texto metaficcional, donde emula el estilo del ya mencionado Roberto Arlt. Sin embargo, Respiración artificial (República Argentina), la cual gracias a su lenguaje encriptado libró la censura de la dictadura del Proceso, parece ser su más representativo texto; es aquí donde aparece por primera vez su personaje más importante y alter ego: Emilio Renzi.

El nombre completo de nuestro escritor es Ricardo Emilio Piglia Renzi. La obra de Piglia será un constante desdoblamiento, una búsqueda por difuminar las fronteras entre la vida y la literatura. ¿Cómo es que la literatura influye en lo real y viceversa? Respiración artificial, más allá de la anécdota, del tono policiaco, es una reflexión por la forma en que la narración puede remitir a una historicidad. ¿Cómo contar la vida, pero, más allá, cómo contar los sentimientos y las inquietudes de una época? ¿Cómo rescatar el pasado de tal modo que no deje de ser significativo? Esa será una de las indagaciones del personaje Emilio Renzi y quizás, del mismo Piglia.

Una página del diario de Piglia, expuesta en la muestra Fragmentos de un diario en Madrid, España. Foto: El País

LOS DIARIOS

Piglia será importante no sólo por su obra escrita, sino también, tal vez como un complemento dentro de la sociedad del espectáculo, por sus conferencias. Hará un ciclo transmitido por la televisión pública argentina sobre la narrativa de Jorge Luis Borges, y otro no menos interesante sobre la novela argentina. Ambos ciclos es posible encontrarlos en YouTube. Su figura autoral, muy probablemente, será la más mediatizada de los últimos años dentro del mundo de la literatura hasta su muerte ocurrida en 2017. A pocos años del fatal desenlace, dará a las imprentas de Anagrama sus diarios.

Dentro de la obra de Piglia, Los diarios de Emilio Renzi, divididos en tres volúmenes, son un cuestionamiento por la literatura. ¿Es lo literario algo ajeno a la vida, o qué tanto de la vida conforma la obra literaria de un autor? ¿Alguien puede contar verdaderamente su vida? Estos libros, del mismo modo, se presentan como la obra negra de sus novelas. Los diarios serán escritos por su alter ego, pero el sustrato, la materialidad de lo narrado, provendrá de la biografía de Piglia. ¿Quién es quién en todo esto? Esa es una de las indagaciones. Pero, aunque en los diarios la figura del doble, el doppelgäenger, se ve exacerbada, no aparecerá por primera vez en su narrativa, pues una de sus premisas a lo largo de su carrera es la de vivir la vida como si se fuera otra persona. Piglia, en los diarios, narra las acciones de su existencia como si se tratara de otro, pero también, muestra algunos borradores de sus novelas previas, como si hubiesen sido escritos también por otro. De esta manera, hay un distanciamiento y una relectura, la lectura ya no del autor de los textos, sino de aquel del ojo crítico, aquel de quien lee desde lejos, y que quizás puede sopesarlos verdaderamente. Los diarios, como algunas de sus obras previas, de esta manera son narraciones que aparentan ser críticas o viceversa, pero, más aún son propuestas de lectura nuevas a sus novelas. Hará ver que, a final de cuentas, lo literario no es únicamente propiciado a partir de la escritura, sino en mayor grado por la perspectiva del lector. Quien lee es quien interpreta, quien actualiza lo literario, y en dado caso, lo más importante no es escribir bien, sino leer mejor.

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