Retrato de una mujer en llamas
Cine

Retrato de una mujer en llamas

La creación como el arte de amar

Cuando conozca tu alma, pintaré tus ojos”, expresó alguna vez el artista italiano Amadeo Modigliani. Él sabía que delinear a alguien sobre sus lienzos era un acto profundo e intenso. Captar la esencia de una persona a través de un arte como lo es la pintura, no es una tarea sencilla.

Era hasta que este artista conocía el alma y los pensamientos de sus modelos, que sus creaciones adquirían la magia de su genio; entonces así, sus cuadros se volvían más auténticos y vivos. Y es precisamente en la película Retrato de una mujer en llamas (2019) que se acentúa la postura de Modigliani, el pintor que retrataba la eternidad de las almas.

Retrato de una mujer en llamas es un filme dirigido por Céline Sciamma, que en un Francia de 1770 narra el amor entre una pintora llamada Marianne (Noemi Merlant), y Héloïse (Adele Haenel), una joven que acaba de dejar el convento y a quien debe pintar su retrato prenupcial en secreto, pues al no aceptar su destino de mujer casada se niega a posar.

Por ello a Marianne la tienen que contratar como dama de compañía, con la idea de que observe a Héloïse durante el día y se grabe sus facciones para así poderlas pintar sobre la tela que la espera cada noche en su habitación.

Conforme avanza la trama, el trazo de Marianne se vuelve más certero, la complicidad con Héloïse se transforma en absoluta, y entre ambas nace un amor y una pasión que se desborda más allá del lienzo.

LIENZO EN BLANCO

La película comienza en un presente en el que Marianne posa como modelo para sus alumnas de pintura. Sentada a la altura de los ojos de las jóvenes almas artísticas, comienza a dar instrucciones de cómo se debe empezar con el contorno. Mientras habla, se percata de que un cuadro que había guardado en la bodega, de pronto está colgado en la pared de la habitación donde está dando la clase. Le cambia el semblante.

Cuestiona quién fue la osada de tal atrevimiento y una alumna levanta la mano, y pregunta a Marianne si estuvo mal y que quién pintó el cuadro. La maestra guarda silencio y clava su mirada en la pintura, es Héloïse, el Retrato de una mujer en llamas.

Justo en ese momento, en forma de recuerdos de Marianne, comienza el relato de esta película que mereció el premio al mejor guión en el festival de Cannes de 2019. Y que dentro de la crítica es considerada como una de las más hermosas historias de amor del cine reciente.

Foto: Mozinet

En barco, Marianne tiene que atravesar el mar para llegar hasta la casa donde se encontrará con la mamá Héloïse (Valeria Golino), una mujer conservadora que sufre la muerte de una hija que, aunque nadie se atreve a decir, saltó al precipicio para quitarse la vida. Por ello enfoca sus esfuerzos en Héloïse, a quien dentro de poco entregará a un milanés para que forme una familia.

Héloïse es una mujer sin elección, encerrada en el dolor de perder a su hermana y en las ataduras que le niegan la libertad hasta de salir sola de casa; por ello, Marianne fungirá como dama de compañía, una que tendrá que ser muy observadora y cuidadosa para que no se entere de su verdadera intención de pintarla.

Sophie (Luàna Bajrami), ama de llaves de la gran casa, le advierte a la joven artista que antes, el pincel de un hombre ya había intentado pintar a su señora, acto que no pudo concretar y que dejó sin rostro el retrato que Marianne encuentra en la habitación que le fue asignada por los cinco días que pasará en la casa.

DIBUJANDO EL CONTORNO

Marianne es avisada por Sophie de que la señorita Héloïse la espera abajo para dar un paseo, es la primera vez que se verán. Intrigada por conocer a la mujer que tendrá que pintar, Marianne baja lento las escaleras para observar la espalda de la persona que en cuanto escucha sus pasos comienza a caminar para abrir la puerta. Apenas pone un pie afuera y corre sin control. La artista la sigue desesperada, pues teme que salte por la borda, como su hermana. Pero Héloïse se detiene en seco en la orilla del precipicio, respira y voltea la cara hacia Marianne, a quien confiesa: “Quería hacerlo hace años”, “¿Morir?” replica la artista, “No, correr”, responde la mujer rubia de ojos color esmeralda.

A partir de ahí el juego de miradas es clave en el filme, pues Marianne le observa cada detalle a Héloïse. Las tomas cerradas abundan sobre el rostro de esta última, que habla poco con la que supone es su dama de compañía. El sonido del mar se vuelve un elemento vivo y el silencio parte fundamental.

El hábil guion se apoya en esa intriga para ir desplegando poco a poco el cruce de miradas entre los cuatro personajes centrales, la pintora, la joven Héloïse, pero también su madre y la sirvienta que se ocupa de ellas.

El ritmo de la película es lento, pero la tensión entre ambas mujeres mantiene al espectador atento de una relación que se forja en profundos diálogos que desnudan poco a poco sus personalidades, dejan ver sus temores y su postura respecto a la vida que llevan.

Foto: Hollywood Reporter

Hasta aquí es importante mencionar que la ausencia de hombres en la película es evidente, una clara intención de la francesa Céline Sciamma, guionista y directora, que escribió el papel protagonista (Héloise) para su pareja sentimental, misma que lo actúa dentro de la trama.

Conociéndola como la conoce, le ha escrito esta vez un papel muy lejos de su contemporáneo espectro. Y en ese sentido, Retrato de una mujer en llamas es también, en parte, un retrato de su relación de pareja”, se puede leer en un artículo publicado en el diario El País.

REPASAR LOS BORDES

Durante los paseos, Marianne carga con papel y carboncillo para dibujar las manos de Héloise cuando esta se aparta. La mujer que acompaña le parece lejana y difícil de interpretar, pero en una tarde, sentadas frente al mar, Héloise le confiesa que su destino le espanta, no quiere casarse. Y le dice que envidia la posibilidad que tiene ella de elegir.

Por su parte, la pintora comienza hablarle de las posibilidades de otros mundos, como el que le espera en Milán. Así, la mujer rubia se nota cada vez más interesada en las palabras de Marianne que en una ocasión, tras conocer que la única música que conoce (Héloise) es la de la iglesia, toca para ella en un viejo piano la melodía El verano, de Las cuatro estaciones de Vivaldi.

Suena mal y Héloïse le pregunta a Marianne si se trata de una canción alegre. La pintora le contesta: "No es alegre, pero está viva", como el amor que ya se entreteje sin que ellas puedan evitarlo.

Al pasar tanto tiempo juntas, Marianne alcanza poca luz al día para terminar con su encargo, así que sugiere a la mamá de Héloïse que no tenga miedo, que su hija puede salir sola sin que corra ningún peligro. Es así que durante una mañana mientras repasa el retrato, la rubia va a misa y a su regreso declara a Marianne algo que definirá el rumbo de sus encuentros: “Encontré en la soledad la libertad de la que me hablaba, pero también sentí que la extrañaba”.

EL RETRATO ESTÁ LISTO

Marianne ha terminado el cuadro y así se lo comunica a la madre de Héloïse. También le hace una petición: primero quiere mostrarlo a la modelo, a quien también le confesará que llegó hasta ella para realizar el tan deseado retrato.

Solas, en la habitación donde se había engendrado la pintura, Héloïse se observa en el lienzo pero no se encuentra. “¿Así me ves?”, le cuestiona a Marianne. Además le expresa que luego de su confesión, pudo entender todas las miradas que posaba sobre ella.

Foto: Ourense Film Festival

Entran en una discusión y Héloïse sale del lugar. Marianne observa su pintura y en medio del cólera decide borrar el rostro. La madre de la que pronto habrá de casarse, reprende a la pintora y le pide que se marche. “Se queda, posaré para ella”, dice con voz determinarte Héloïse, ante el asombro de las dos mujeres que la observan con extrañeza.

Su madre le dice que tendrá que ausentarse de la casa por cinco días, tiempo en que debe quedar listo el retrato. A partir de ahí, ambas mujeres viven su amor de manera intensa y no ponen limites a su comportamiento.

En una de las escenas posteriores se interpreta y reinterpreta el mito griego de Orfeo y Eurídice, donde él (tras recuperar a su esposa del inframundo) intenta regresarla a la Tierra. Para lograrlo, no debió haber volteado nunca hacia atrás para la verla, pues al hacerlo, la pierde para siempre. Retrato de una Mujer en Llamas recupera la historia bajo varios lentes e interpretaciones, dándole un necesario énfasis a cada momento en el que estas mujeres voltean hacia atrás para mirarse, señalando la frontera entre el amor y la separación, y la posibilidad de una inevitable y devastadora pérdida.

UNA PINTURA CON ALMA

Durante los cinco días que la madre no está, viven su amor y hasta el aborto de Sophie, un momento que queda registrado en una pintura de Marianne, pues Héloïse así se lo solicita y junto con la ama de llaves posan la escena de cuando el feto le fue retirado.

Los días posteriores transcurren, Héloïse es la modelo de Marianne. El retrato adquiere alma, la primera expresa “esta vez si me gusta”, la segunda responde “quizá porque la conozco mejor” y se prenden en un apasionado beso.

Las escenas de intimidad son artísticas y sensuales. Se trata de un enamoramiento puro que traspasa la pantalla para trastocar las fibras más sensibles del espectador que, ante la anunciada llegada de la madre de Héloïse, puede suponer el desenlace del amor de estas dos mujeres que sobreviven a una época dominada por los hombres, y en donde es más importante respetar las costumbres y tradiciones que los sentimientos reales.

Al entregar el cuadro, Marianne sabe que también está entregando a otro a Héloïse. En una escena desgarradora en la playa, ambas comprenden que su historia ha llegado a su fin. Y con evidente desesperación se despiden.

Marianne tiene que retornar, ha cumplido con la misión de retratar a Héloïse, una mujer en llamas que le encendió el amor más profundo de sus entrañas.

Foto: Mozinet

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