La pandemia y el miedo
Opinión

La pandemia y el miedo

Jaque Mate

Las epidemias han acompañado a la humanidad desde un principio. De hecho, han sido más devastadoras que las guerras con las que tantas veces hemos querido aniquilarnos unos a otros.

En el año 165 de la era cristiana, Roma fue devastada por una epidemia que hoy se piensa fue viruela. Durante 15 años la enfermedad cobró víctimas no sólo en la ciudad imperial sino en muchas otras con las que los romanos tenían comercio y contacto. Algunas regiones del imperio perdieron entre 25 y 35 por ciento de su población. Es como si en el México actual una enfermedad pudiera causar la muerte de 40 millones de personas.

La peste negra del siglo XIV empezó al parecer en la península de Crimea, pero llegó a Italia y los navegantes genoveses la extendieron por el resto de Europa. Diezmó a la población europea y produjo, curiosamente, una escasez tan importante de mano de obra que, por primera en el Medievo, se registró un aumento en el costo de la mano de obra.

Algunas veces se dice que los españoles conquistaron y aniquilaron a la población de México y de otras regiones de América, pero la verdad es que la población indígena fue realmente decimada por una serie de epidemias, entre ellas la viruela, la varicela, la tuberculosis y la influenza. Se estima que unos 56 millones de indígenas americanos fallecieron víctimas de estas enfermedades, muchos más que los que cayeron en las batallas de la conquista.

La gripe española de 1918 mató a 50 millones de personas en todo el mundo, muchos más que la Primera Guerra Mundial. En México fueron también más las muertes por esa forma de influenza que por la violencia de la Revolución.

La medicina moderna y los antibióticos han reducido de manera muy importante la mortandad de las epidemias, pero eso no significa que ya se hayan acabado. Laurie Garrett, en su libro The Coming Plague, advirtió en 1995 que era inevitable que se generaran nuevas plagas, en parte porque los antibióticos han impulsado el surgimiento natural de nuevas generaciones de microorganismos más resistentes que los anteriores.

En los últimos años hemos visto nuevos virus que nos obligan a redoblar los esfuerzos por proteger a la humanidad. Ahí han estado el SARS, el MERS, el A-H1N1 y ahora el SARS CoV2 que produce la enfermedad que se ha denominado COVID-19. Cada uno ha provocado un pánico importante y en los últimos meses hemos sufrido las consecuencias no sólo de una nueva enfermedad, sino de las medidas de aislamiento con las que los gobiernos buscan evitar la diseminación.

Quizá lo primero que debemos entender es que las epidemias no van a desaparecer de la faz de la Tierra. Son una parte inevitable de la naturaleza. Cuando surge algún microorganismo nuevo, como el que hoy estamos viendo, ni nuestros cuerpos ni nuestros sistemas de salud están preparados para enfrentarlo.

Pero la ciencia médica ha avanzado muchísimo. Pensemos simplemente que en el pasado podía morir al 35 por ciento de la población de una región con epidemia. Tuvimos algunas con 50 millones de muertos o más. Hoy están cayendo miles por el COVID-19, lo cual nos obliga sin duda a tomar medidas de prevención y de desarrollo de vacunas y tratamientos, pero sin cerrar los ojos al hecho de que las cifras son muy inferiores a las de otros tiempos.

El conocimiento nos da armas. Más de la mitad de las infecciones de COVID-19 y de otras enfermedades pueden prevenirse simplemente lavando las manos con agua y jabón. Esta es una defensa crucial que nuestros antepasados no conocían.

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