Abril
Opinión

Abril

Miscelánea

Abril es el ángel de los meses,

abril es el mes de la resurrección

Me llamarán, nos llamarán a todos/ Tú, y tú y yo nos turnaremos todos/ en tornos de cristal ante la muerte./ Y te expondrán, nos expondremos todos/ a ser trizados ¡zaz¡ por una bala./ Bien lo sabéis. Vendrán/ por ti, por mí, por todos./ Y también por ti/ (Aquí no se salva ni Dios; lo asesinaron)/ Escrito está. Tu nombre ya está listo/ temblando en un papel./ Aquel que dice Abel, Abel, Abel…o yo, tú, él…”

Nos roban, nos secuestran, nos matan. Antes, las mujeres y los niños lloraban a sus muertos. Hoy también a ellos los acribillan. Padres, madres e hijos de alguien como usted o como yo, mueren en una balacera y sin saber ni por qué. Según el Sistema de Seguridad Pública, tenemos 93 homicidios al día, cuatro víctimas cada hora.

Como bien cantó José Alfredo Jiménez, la vida no vale nada. Para que nos alcance una bala, lo único que hay que hacer es el mero y cotidiano avanzar por la vida: salir a trabajar, manejar un auto, comer en un restaurante o bailar en un antro.

La muerte anda suelta y sólo una mente perversa o senil, puede pensar en detenerla con abrazos. Con otros datos, nuestro gobierno tiene también otras prioridades: mandar a la basura un aeropuerto, abolir los “puentes” dizque para recobrar identidad histórica, reclamar al Rey de España por la conquista, organizar la surrealista rifa de un avión; en fin, todo aquello que es de vital importancia para la seguridad y el desarrollo del país. Que mala manera de comenzar esta nota que pretende ser un homenaje al luminoso mes de abril.

Mejor recordar que somos gente de fe y ningún miedo nos impide aventurarnos a las carreteras donde lo menos que puede ocurrirnos es que un grupo de encapuchados tomen las casetas y nos impidan el paso. Porque pueden, porque no hay autoridad que nos proteja, porque vivimos en el total desamparo. Porque ahí, atorados algunos miles de autos, nadie se atreve a bajarse para convencer a los encapuchados con ternuritas. Y ahí, bajo el sol y con sed, o aguantamos las necesidades fisiológicas o bajamos del auto y lo hacemos a culo pajarero. Tolerantes como somos, ni eso consigue amargarnos la alegría de las vacaciones. Aguantamos el plantón hasta que finalmente sucede el milagro: nos movemos, circulamos y allá vamos de nuevo. A disfrutar el asueto de Semana Santa; en mi infancia, sin dulces ni música, era tiempo de oración y recogimiento.

Darle el pésame a la Virgen Dolorosa el viernes santo, era lo obligado. La recuerdo con su capa de terciopelo negro y lágrimas de cristal en las mejillas. Sobre un pedestal, el Cristo doblado bajo el peso de la cruz, en carne viva la rodilla que quedaba a la altura de mis ojos, regresa con toda su crudeza a mi memoria.

Son días de guardar, decía mi abuela, y yo niña me preguntaba ¿qué guardamos? Incapacitada para negar la cruz de mi parroquia, es inevitable la lucha con la conciencia que insiste en que la Iglesia; pero lo que me pide el cuerpo es el mar, y yo me rindo porque el mar es fuente inagotable de alegría. Basta con ver a los niños, a los jóvenes y hasta a los abuelos, que protegidos del sol bajo una sombrilla, sonríen relajados y felices. Yo; la playa y las margaritas: de tamarindo, de mango… de lo que sea pero con tequila; hasta que llega el domingo en que se abren las puertas del cielo. Entonces me visto de blanco (que por cierto ya doradita toda yo, me siento apetitosa como un pancito recién salido del horno) y acudo a la iglesia para compartir los cantos, la alegría y la paz que nos deseamos de mano en mano. Porque el Señor ha resucitado. Amén. Si morimos todos los días, es justo y necesario que al menos un día del año lo dediquemos a resucitar; y a esperar que Dios nos acepte del mismo modo que acepta a sus fieras, y a sus flores. Felices Pascuas, pacientísimo lector.

Comentarios