La soledad: un camino a la muerte prematura
Reportaje

La soledad: un camino a la muerte prematura

Uno puede experimentar la soledad de dos formas: al sentirse solo en el mundo o al sentir la soledad del mundo.

E. M. Cioran

Ciertas obras de arte son difíciles de comprender por diversas razones. Algunas ocasiones es necesario contar con un bagaje de conocimientos adecuados para descifrar su mensaje, que tengan un impacto en nuestra conciencia. Sí, cualquiera de nosotros puede ver una escena del barroco pintada con exuberancia y admitir que es bella, pero no mucho más. Sin poseer datos concretos sobre lo que se contempla, es difícil que permanezca una huella duradera en nuestro interior. Sin embargo, existen artistas que han plasmado personas y escenarios que nos impactan por la forma tan directa en que nos comunican algo. Edward Hopper pertenece a esta estirpe de artistas contundentes.

Por supuesto, también es aplicable la misma consideración a la obra de Hopper: entre más se le conozca, más disfrutable resulta. Pero sus cuadros poseen características únicas que los tornan magnéticos para los espectadores. Son llamativos, entre otras razones, por su modernidad, porque en ellos encontramos escenarios que todavía reconocemos como actuales. Espacios que aún habitamos pese a algunos cambios.

El artista estadounidense desarrolló su trabajo en la primera mitad del siglo XX, una época clave en la que se definió la modernidad. En medio de los cambios que se desplegaron en este periodo, el pintor volteó a ver a las personas comunes y corrientes que no tuvieron de otra más que adaptarse a sus nuevas circunstancias.

En la pintura Morning Sun (1952) se puede ver a una mujer sentada en una cama con los brazos alrededor de las piernas plegadas. Enfrente hay una ventana abierta. La mujer mira a través de ella. La soledad es desbordante y casi palpable. En otro cuadro, Nighthawks (1942), el más emblemático del pintor, podemos ver una cafetería de amplias ventanas en una esquina. En el interior está el encargado tras la barra y tres noctámbulos sentados en los banquillos. A pesar de que hay cuatro personajes, cada uno de ellos parece estar en su mundo. Son típicos citadinos que prefieren no inmiscuirse en los asuntos de otros. Han coincidido en el mismo lugar, pero siguen solos.

La soledad es uno de los grandes temas de la humanidad como el amor, el miedo o la esperanza. Lo es porque también se trata de una de nuestras experiencias más intensas. Debido a su preponderancia en nuestra vida, se trata de un tópico que ha sido abordado incansablemente por muchas otras disciplinas además del arte: la ciencia, la economía, la psicología y un largo etcétera. Sus numerosas implicaciones nos llevan a concluir que la soledad tiene un gran impacto en nuestra existencia, en especial en estos días.

Debido a la pandemia del COVID-19 desatada a comienzos de este año, las personas se fueron recluyendo. Una vez más nos vemos confrontados con la soledad, una condición (y una emoción) asociada por la mayoría con conceptos negativos (aunque esto no sea del todo cierto). Tal vez sea tiempo de mirarla más de cerca para tratar de comprenderla y saber lidiar un poco mejor con ella. Ahora que la existencia de cualquiera de nosotros podría ser un cuadro de Hopper.

Nighthawks (1942), de Edward Hopper. Foto: xatakafoto.com

LA PANDEMIA ANTES DE LA PANDEMIA

Para muchos, la soledad sólo consiste en experimentar una emoción desagradable. Sin embargo, la ciencia ha escudriñado en este fenómeno y ha encontrado que posee consecuencias físicas reales. De ello trata el artículo The risks of social isolation, cuya autora fue Amy Novotney y que fue publicado por la American Psychological Association. En el texto, entre otras cosas, se aborda el trabajo de la doctora Julianne Holt-Lunstad, quien labora en la Universidad de Brigham y que fue coautora de un análisis sobre la desconexión social.

En su investigación encontró que la soledad aumenta los riesgos de salud de forma equiparable a fumar quince cigarros al día o padecer alcoholismo. También halló que la soledad y el aislamiento social dañan la salud el doble que la obesidad. Una aclaración antes de continuar. La soledad consiste en cómo percibes tu situación. Es decir, puedes estar rodeado de personas, pero sentirte solo, desconectado de los demás al mismo tiempo. El aislamiento social, por su parte, consiste en carecer de personas con las cuales interactuar en tu vida.

La conclusión a la que llegó la doctora Holt-Lunstad es preocupante: "Hay evidencia robusta de que el aislamiento social y la soledad incrementan significativamente el riesgo de morir prematuramente. Y la magnitud del riesgo excede la de muchos de los indicadores principales”.

Cuando se llega al punto en que estar solo se torna pernicioso para la salud, se dice que se experimenta una soledad crónica. El término es planteado por el doctor Ami Rokach de la Universidad de York en Canadá. Una vez que se ha alcanzado un estado crónico las cosas son más problemáticas. Si se carecen de los recursos emocionales, mentales, financieros o sociales, la persona afectada permanecerá sola y estancada. Existe, en contraste, la llamada soledad reactiva y todos tenemos que lidiar con ella en nuestras vidas de forma intermitente. Ocurre cuando atravesamos por un gran cambio: la muerte de un ser querido, una mudanza, un divorcio, entre otros eventos.

De vuelta a la soledad crónica, ¿qué hace que una persona se sienta tan alejada de los demás? La respuesta no es fácil, pues se trata de algo que todavía se encuentra bajo análisis. Una de las teorías más aceptadas es que nuestro modo de vida ha cambiado. La modernidad nos ha hecho inclinarnos por una individualidad cada vez más acérrima. Los divorcios han ido en aumento, las familias son más pequeñas, las nuevas generaciones tienen menos intenciones de casarse, entre otros cambios. No quiere decir que estas transformaciones sean perniciosas en sí. Más bien significa que han sido cambios demasiado abruptos y no hemos reconfigurado nuestra sociedad con la velocidad necesaria para mantener un tejido comunitario fuerte.

En Estados Unidos, en una encuesta realizada el 2018, se encontró que 20 mil adultos reportaron haberse sentido solos siempre o alguna vez. Pero las cosas no terminan ahí. Hasta el 40 por ciento reportó que piensan que sus relaciones no son significativas y que se sienten aislados.

Foto: Behance / Holly Stapleton

En México todavía persiste la noción de que la familia es preponderante en nuestra sociedad. Por ende, hay quienes han creído que la soledad no es todavía un problema agudo entre los mexicanos. Sin embargo, esto podría ser demasiado optimista. En 2015, el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) indicó que el 9.1 por ciento de los hogares fueron clasificados como unipersonales. De estos, 15.3 por ciento correspondían a mujeres y 6.7 por ciento a hombres. Para 2016, las cifras se incrementaron. Ahora había un 10.2 por ciento de hogares unipersonales, de ellos 16.9 por ciento eran de mujeres y el 7.6 por ciento de hombres.

Ahora bien, si nos enfocamos en el grupo específico de los adultos mayores (quienes tienen 60 años o más), la situación es todavía menos alentadora. De acuerdo con el INEGI, el 11.4 por ciento viven solos, lo cual se traduce en un número de 1.7 millones de personas. Este grupo demográfico, por lo tanto, es particularmente vulnerable a los estragos de la soledad. Y el envejecimiento de la población no se limita a México, sino que se trata de un fenómeno a nivel mundial.

Pero, aunque existen algunos sectores sociales que pueden resultar más afectados que otros, lo cierto es que vivir solo representa un riesgo para cualquiera. El neurocientífico Facundo Manes se ha referido a la soledad como una pandemia de nuestro tiempo. Se trata de una idea que ya tiene tiempo circulando y que ha sido esgrimida por otros investigadores y pensadores.

En lo tocante al impacto de estar solo en el estado físico, también coincide con conclusiones ya expuestas aquí. Dicho en sus propias palabras: “Está claro que la soledad no es buena para nuestro cerebro, sino todo lo contrario. Mucha gente queda sorprendida cuando le menciono que la soledad crónica mata más que la polución ambiental, la obesidad o el alcoholismo”. Y agrega: “El aislamiento afecta la calidad del sueño y aumenta los síntomas depresivos y los niveles matinales de cortisol, que es la hormona del estrés”.

Un estudio en la Universidad de Sheffield Hallam, hecho por Antonia Ypsilanti y colegas en 2018, asevera que las personas con alto riesgo de sufrir depresión tienen una tendencia crónica a sentirse solas y aisladas. A su vez, estos sentimientos pueden desembocar en que las personas se juzguen con particular dureza a sí mismas. Al encontrarse (o percibirse) excluidas de la interacción social, tienden a mirar hacia su interior y criticarse con severidad por su falta de lazos con otros individuos. Lo anterior lleva a que su depresión se agrave.

Por otro lado, investigadores de la Universidad de Chicago descubrieron que las personas solitarias encuentran más estresantes las actividades diarias que aquellas con una vida social más activa. Una consecuencia de esto es que el cortisol, la hormona que se libera en situaciones estresantes, provoca inflamaciones y otras enfermedades. Por supuesto, entre más estrés, más cortisol y más daño a la salud. Como podemos apreciar, existen diversas fuentes que confirman lo expuesto por Facundo Manes. Y es que los estudios que demuestran lo perjudicial que es la soledad son numerosos. Casi podemos elegir cualquier tipo de persona y encontrar alguna investigación que arroje luz sobre el deterioro ocasionado por estar solo. Un ejemplo: los niños.

Los niños pueden vivir la soledad en conjunto con rasgos depresivos. Foto: Behance / Garin Adi

Por lo general, los infantes no suelen ser asociados con la soledad igual que los adultos. Los niños son vistos como más sociables y alegres. En caso de que un niño sea solitario, más bien suele decirse que es “muy serio”. Sin embargo, un estudio hecho por la Universidad de Cambridge, encabezado por la doctora Olivia Remes, encontró que los niños también sufren soledad y otros males asociados como la depresión. Podríamos seguir repasando estudio tras estudio, pero a estas alturas ha quedado claro que la soledad se encuentra muy extendida y que es perjudicial para la salud.

Sólo un par de consideraciones más en torno a esto. ¿Qué tanto nos afecta físicamente la soledad? Una investigación en Dinamarca, encabezado por la doctora Anne Vinggaard Christensen, determinó que incrementa el doble el riesgo de tener una muerte prematura. La otra cuestión, como ya se dijo antes, tiene que ver con la idea de la soledad como una pandemia. Muchos han hecho este señalamiento. En su libro A Biography of Loneliness: The History of an Emotion, Fay Bound Alberti, por ejemplo, propone esta forma de ver la soledad y afirma que es como una lepra emocional y por ello se considera que es contagiosa y debe ser evitada a toda costa. La soledad era una pandemia antes del COVID-19. La pandemia antes de la pandemia.

LAS RAÍCES DE LA SOLEDAD

Entender el origen de la soledad significa comprendernos a nosotros mismos. Aunque esto no sea tan fácil como podría parecer y dependa del enfoque que se emplee. Si le seguimos la pista a la soledad en nuestro propio cuerpo, si escarbamos en nuestro cerebro, podemos encontrar cosas fascinantes.

Investigadores del MIT (Massachusetts Institute of Technology) han logrado dar con las neuronas responsables de la soledad. O, mejor dicho, aquellas neuronas involucradas en la forma en que reaccionamos a ella. La zona donde éstas conforman el llamado núcleo dorsal del rafe. Se trata de una parte estructural del mesencéfalo que facilita la detección de estímulos externos, además de estar involucrada tanto en el sueño como en la vigilia. Esta parte del cerebro no ha sido muy estudiada, por lo que los descubrimientos sobre su relación con la soledad se vuelven más valiosos todavía.

Se detectó que esta región cerebral se activa cuando se está aislado. En concreto, la experimentación se ejecutó en criaturas tan sociables como los primates: las ratas. Cuando éstas fueron aisladas, se apreció cómo el núcleo dorsal del rafe comenzó a funcionar. Pero no sólo eso, sino que cuando los animales fueron reintegradas a la vida social, este conjunto de neuronas mostraron todavía más actividad. Era claro que estaban vinculadas a la interacción social y la falta de la misma.

Foto: Behance / Garin Adi

Para demostrar que tal hipótesis era correcta, el siguiente paso de los investigadores fue alterar las llamadas neuronas de la soledad a través de la optogenética, una técnica con la que se pueden activar o desactivar ciertas células. En este caso se alteraron las neuronas de las ratas. Así se demostró que, en efecto, los roedores que habían sufrido modificaciones tenían un comportamiento social distinto. En concreto, se aislaron más.

Así fue como se logró establecer un vínculo entre la soledad y una estructura cerebral específica. Un logro que nos ayuda a entendernos más, aunque, por supuesto, no explica la totalidad de un fenómeno tan complejo y multifacético. De ahí que podamos profundizar más en este tema, pero desde el campo de la genética. Es correcto: hay quienes se han abocado a tratar de demostrar que hay genes de la soledad. Investigadores del Reino Unido llevaron a cabo un estudio que involucró a 500 mil habitantes (y que se publicó en la prestigiosa revista Nature). Los resultados, aunque no del todo contundentes, arrojaron que hay 15 patrones genéticos vinculados con la soledad.

John Perry, profesor de la Universidad de Cambridge que estuvo involucrado en el estudio, declaró al respecto: "Solemos pensar que la soledad solo viene impulsada por nuestro entorno y las experiencias vitales, pero este estudio demuestra que los genes pueden jugar su papel". De paso, el equipo británico estableció una asociación con un tercer factor: la obesidad. Demostrando una vez más que estar solo es un peligro para nuestra integridad física.

En otros campos, como el cultural, el origen de la soledad puede rastrarse hasta tiempos lejanísimos. Por supuesto, el recuento sería ingente como para incluirlo aquí. Aunque cabe señalar que la forma en que hemos dado forma a la soledad ha moldeado algunos de los rasgos culturales de occidente. Por ejemplo, ciertos personajes clave en nuestro imaginario se distinguen por ser solitarios: el mago, el alquimista, el profeta, el poeta, el loco, el místico, el filósofo, la bruja. Esta última figura es de particular interés por ser tal vez la que tenga una carga más negativa y porque involucra cuestiones de género en relación con la exclusión y el aislamiento. Un tema histórico-cultural que por sí solo da mucho de qué hablar.

Hay que tomar en cuenta que la soledad ha sido moldeada por la sociedad a través del tiempo hasta que adquirir sus implicaciones actuales. Es algo que sucedió con otras cuestiones humanas. El amor, por ejemplo, no siempre ha sido visto como una fuerza positiva y todopoderosa. De hecho, hubo un tiempo en que prácticamente ni siquiera existía. Las relaciones se entablaban sólo con miras a resolver cuestiones prácticas. Algo similar ha ocurrido con la soledad, que no siempre tuvo una connotación negativa.

Retomando el libro A Biography of Loneliness: The History of an Emotion, de Fay Bound Alberti, encontramos que la soledad tomó un cariz negativo en el siglo XIX en la llamada era de la industrialización. Bound explica que antes de este tiempo hay pocas referencias escritas que de verdad se dediquen a la soledad. Pero, además, tenía un significado diferente, pues no poseía la misma carga emocional y psicológica. En los siglos XVI y XVII, la soledad sólo se refería a la condición de estar físicamente sin compañía. Tal concepción cambia a partir de 1800.

El loco es un arquetipo que, en el imaginario colectivo, está ligado a la soledad. Fotos: tarotcardsmeanings.net

Es entonces que ocurren cambios profundos en occidente que darían a luz a la soledad tal y como la conocemos ahora. Muchos de los avances y transformaciones de la época tuvieron como pilar la individualidad. Comenzó a haber una mayor desconfianza hacia la religión, lo cual derivó en un declive en la vida en comunidad que propiciaba acudir a determinado templo. La revolución industrial creó una economía basada en una competencia feroz. Los filósofos políticos adoptaron la idea de “la supervivencia del más apto” para justificar inequidades sociales y el enriquecimiento de unos cuantos. En el terreno de la ciencia ocurrió algo similar. La idea dominante se inclinaba por exaltar las cualidades físicas de algunos por una supuesta superioridad inherente.

Conforme se fue acelerando el ritmo de vida, más se fueron separando las personas por diversas razones. Y, a su vez, aquellos que eran capaces de mantener el ritmo y crear relaciones sociales encaminadas a tener éxito económico, comenzaron a ser vistos como los mejores. Mientras tanto, quienes tenían dificultades para integrarse eran más bien vistos como un lastre. Para cuando llegó el siglo XX, la psicología y la psiquiatría de entonces no ayudaron a la situación. Se hizo énfasis en que ciertas emociones eran saludables y otras no.

Carl Gustav Jung fue el primero en hacer una división entre personalidades introvertidas y extrovertidas en su libro Tipos psicológicos (1920). En la obra, Jung asoció propiedades desagradables con la introversión. Determinó que tenía que ver con la soledad y con el neuroticismo. Esta segunda característica se consideraba un rasgo de personalidad asociado con la inestabilidad e inseguridad emocional. Por otro lado, la extroversión fue ligada con cosas positivas, como la sociabilidad o la confianza en uno mismo. Por su puesto, muchas ideas erróneas sobre la introversión (y por ende sobre la soledad) han sido refutadas con el tiempo. Sin embargo, entre la población en general persisten muchos conceptos equivocados todavía. De hecho, aún es posible encontrar artículos en Internet que hacen referencia a las ideas de Jung sin profundizar o contextualizar.

Hemos abordado posibles causantes de la soledad desde el punto de vista biológico y el social. En ambos casos no puede hablarse de forma tajante. Es decir, ambos aspectos son contribuyentes, pero no determinantes. Esto no es así cuando se habla de un aislamiento forzado. Cuando una persona es privada del contacto humano contra su voluntad.

AISLAMIENTO FORZADO

Su nombre es Robert King Wilkerson y fue enviado a prisión por robo a mano armada. Le dieron una sentencia de treinta y dos años en prisión. Lo encarcelaron en la Penitenciaría Estatal de Louisiana, también conocida coloquialmente como Angola. Más adelante, fue acusado del asesinato de otro prisionero. King siempre ha sostenido su inocencia sobre este hecho. Sin embargo, en aquel momento fue puesto en confinamiento solitario. Ahí pasó veintinueve años de su condena.

Robert King Wilkerson. Foto: beta.prx

Herman Wallace también terminó en prisión por cometer robo armado. Igualmente lo enviaron a Angola a purgar su sentencia. En 1972 estalló un motín en la cárcel y un guardia, Brent Miller, fue asesinado a puñaladas. Se acusó a Wallace del crimen y debido a ello pasó cuarenta y un años de su vida en confinamiento solitario. El asesinato también se le achacó a Albert Woodfox. Su castigo fue el mismo: el aislamiento. En su caso fue por cuarenta y tres años. Estos tres hombres son los que más tiempo han pasado en confinamiento solitario en el sistema penitenciario de Estados Unidos. Se les conoce como los Tres de Angola.

El encierro de estos sujetos, por sí solo, fue objeto de acalorados debates en Estados Unidos. Asociaciones de derechos humanos señalaron que fueron tratados injustamente por ser afroamericanos e hicieron hincapié en que el encierro en solitario es cruel y que ni siquiera cumple su función de corregir el comportamiento de los reos. King, Wallace y Woodfox fueron liberados finalmente luego de que no se pudiera comprobar su participación en los asesinatos. Durante su encierro, Woodfox se mantuvo fuerte al involucrarse en cuestiones relacionadas con política y raza. Al respecto, dijo: “Estar politizado me dio fortaleza, un sentido del propósito y el coraje de mis convicciones. Yo estaba en prisión, pero la prisión no estaba en mí.”

El confinamiento solitario consiste en encerrar por su cuenta a un prisionero en una celda más pequeña que el resto. El reo, también, es vigilado de manera más estricta y se le restringen los beneficios de los que gozan otros reclusos. Usualmente se trata de un castigo ante faltas graves, aunque también es una forma de proteger a algunos reos de los demás. Esta práctica es considerada por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) como un tipo de tortura. Pese a ello se sigue desempeñando muy ampliamente, incluso en países avanzados. La historia del confinamiento solitario es larga. Se trata de uno de los peores castigos que se pueden infligir a una persona. Así de poderoso se considera al aislamiento.

Tessa Murphy, quien trabaja para Amnistía Internacional y estuvo involucrada en el caso de los Tres de Angola se expresó sobre las consecuencias del aislamiento en los siguientes términos: “Experimentas cosas como insomnio, alucinaciones, pensamientos intrusivos y paranoia severa. Las tasas de suicidio son desproporcionadamente superiores entre las personas recluidas en aislamiento. Después de apenas unas semanas, los ojos pierden la capacidad de adaptarse para ver de lejos”.

Lo que dice Murphy está respaldado por lo que varios investigadores han encontrado sobre el tema. El aislamiento es muy perjudicial, sobre todo si es por la fuerza y durante un largo periodo. En el artículo The Effects of Solitary Confinement on the Brain, aparecido en Psychology Today, se menciona cómo Robert King compartió su experiencia de años solitarios ante la conferencia de neurocientíficos más grande del mundo en noviembre de 2018. En el evento relató que, al salir libre, los efectos que padeció fueron dramáticos. Por ejemplo, King era incapaz de reconocer rostros o de orientarse en calles que había recorrido toda su vida, aunque la ruta que quisiera seguir fuera muy sencilla. Era como si toda habilidad que había dejado de utilizar en su celda, que no era más grande que un lugar de estacionamiento, se hubiera borrado de su memoria.

Celda de confinamiento solitario en Estados Unidos. Foto: Ed Thomas

Una de las consecuencias que han resultado más sorprendente para los científicos sobre el confinamiento solitario, es el encogimiento del hipocampo. Esta región del cerebro está relacionada con el aprendizaje, la memoria y la percepción espacial. Todas estas funciones tan importantes se ven comprometidas por el aislamiento. La explicación de esto yace en que el estrés intenso de la soledad forzada hace que el hipocampo pierda plasticidad. Por otro lado, los científicos han notado que la amígdala incrementa su actividad. Esta área se encarga de manejar el miedo y la ansiedad, ambas cosas son síntomas del encierro.

Obviamente, a estos efectos adversos se suman los ya mencionados más arriba como la depresión u otras enfermedades. Pero las cosas son todavía peores cuando el aislamiento forzado ocurre en el contexto de una guerra. Y es que un conflicto bélico es un evento más cruel debido a que el enemigo es maltratado con más saña. A los prisioneros de guerra aislados ni siquiera se les concede una hora de ejercicio al día como a los de las cárceles y, por si fuera poco, son sometidos a torturas.

Aunque aquí podemos encontrar testimonios desgarradores. El soldado estadounidense John McCain, por ejemplo, fue tomado como prisionero durante la guerra de Vietnam. McCain fue puesto en aislamiento y era torturado de vez en cuando. Resulta que tiempo después, al ser liberado, el soldado relató que prefería las sesiones de tortura a ser devuelto a su celda en la que no tenía ninguna conexión humana.

El psiquiatra británico Keron Fletcher, especialista en exmilitares, señala que los soldados que han estado en encierro solitario se han enfrentado a una situación más hostil. Por ende, una vez libres, sufren trastornos más severos y el camino a la recuperación es más arduo todavía. Los exsoldados que han pasado por estas experiencias tienen que lidiar con estrés postraumático y, en muchos casos, adicciones. Además experimentan una dificultad para manejar sus emociones. Ello, a su vez, puede derivar en el rompimiento de vínculos de familiares o amigos, es decir, más soledad.

Una cosa es que el aislamiento sea impuesto como un castigo, pero un escenario diferente es aquel en el que mantenerse alejado de otros es cuestión de vida o muerte. Cuando, digamos, una enfermedad acecha a comunidades, a sociedades enteras. Entonces, mantenerse encerrado es un asunto de supervivencia. En este caso, además, el asilamiento se vuelve obligatorio por un microorganismo, por algo que ni siquiera podemos ver, pero que sabemos que está ahí, acechando. Como es de esperarse, el miedo ante una amenaza semejante se convierte en paranoia.

Las cuarentenas no son algo nuevo, ni siquiera las de gran escala. Todo comenzó cuando nos dimos cuenta que era necesario aislar a los enfermos. De esto pueden encontrarse referencias ya en el Antiguo Testamento y en los escritos de Hipócrates. Pero fue hasta la llamada plaga de Justiniano (en el siglo VI y hasta el VIII) que se tomaron medidas masivas de aislamiento. También ya en aquel entonces se utilizó la enfermedad como excusa para actuar en contra de ciertos grupos étnicos. Lo cual sigue ocurriendo hasta nuestros días.

A pesar de no ser la primer plaga registrada, fue hasta la llamada plaga de Justiniano (siglo VI -VIII) que se tomaron medidas masivas de aislamiento. Foto: sergioalejogomez.com

En la Edad Media se volvió común la construcción de leproserías por toda Europa. Se calcula que llegaron a construirse hasta 19 mil. Sin embargo, el uso del término cuarentena tal y como lo conocemos el día de hoy, surgió hasta el siglo XIV. La colonia veneciana de Ragusa, en 1377, echó a andar el primer sistema institucionalizado de cuarentena de la historia. No se permitía bajar a los tripulantes de determinados barcos hasta pasado el periodo de aislamiento.

Durante mucho tiempo, la cuarentena de los enfermos era forzada y conllevaba ser estigmatizado. Los leprosos, por ejemplo, eran maltratados y despreciados sin miramiento alguno. Pero hubo un caso en el que el aislamiento fue voluntario y fue ejecutado por un pueblo entero con la intención de detener un brote de peste negra y así salvar a muchos otros. La localidad se llama Eyam y está ubicada en el Reino Unido. En 1665, la plaga llegó al lugar debido a unas telas contaminadas. Muy pronto las personas comenzaron a enfermar. Al ver lo que ocurría, los habitantes del pueblo decidieron aislarse para detener el contagio. Su decisión requirió de una ardua planeación para que nadie saliera. Al final, luego de un año, 267 de los 344 habitantes de Eyam habían fallecido. Pero su sacrificio no fue en vano: lograron detener el brote.

En nuestros días, y en el marco de la pandemia del coronavirus, la palabra cuarentena aún lleva un fuerte estigma. Es asociada, invariablemente, con cuestiones negativas. Esto contribuye a que el aislamiento tenga todavía un impacto psicológico más severo en la población. En un estudio publicado en la revista británica Lancet, se analizó el impacto en la salud de las personas que están aisladas en la situación actual. Se encontró que los efectos adversos principales de quienes están encerrados son la ansiedad, el estrés, la confusión y la ira.

Ante esto, es muy importante que los gobiernos sepan dar tranquilidad a sus ciudadanos y dejen en claro que son capaces de manejar la contingencia. De lo contrario, la situación empeora. Los expertos también recomiendan que las autoridades no presenten la cuarentena como tal, sino que se le dé un nombre diferente que no cuente con la misma carga negativa. También es importante que hagan campañas para resaltar aspectos positivos del periodo de encierro, como subrayar que es una oportunidad para pasar más tiempo con la familia.

COMBATIR LA SOLEDAD

El aislamiento por la pandemia pasará, pero cuando regresemos a nuestra rutina de siempre, la soledad como un mal que necesitamos combatir seguirá ahí. Entonces, ¿qué puede hacerse para contrarrestarla? Para empezar, es necesario darnos cuenta que todavía hay un estigma sobre sentirse solo. No es fácil aceptar que uno es incapaz de crear vínculos o profundizar los que ya se tienen. Sin embargo, se ha encontrado que las personas, como individuos, son más severos a la hora de juzgar su soledad. En cambio, la sociedad en general es menos dura.

Foto: Behance / Julie Hoyas

En un estudio hecho en el Reino Unido, en la Universidad de Manchester, se le solicitó a un grupo de personas que imaginaran a un individuo solitario y que le asignaran características. Se esperaba que los participantes utilizaran palabras negativas al asociarlas con la soledad. Pero no fue así. Más bien se inclinaron por decir cosas positivas. En cambio, en otro ejercicio, se les pidió a los participantes que recordaran una ocasión en la que se sintieron solos y se les preguntó si habían hablado con alguien al respecto. La gran mayoría dijo que no. La razón que dieron fue que sintieron vergüenza. Podemos decir que la soledad, más que una estigmatización, tiene una autoestigmatización.

Otra cosa que hay que tomar en cuenta es que todavía hay concepciones erróneas sobre las personas solas y esto puede contribuir a que sea difícil tratar de acercarse a ellas. Suele creerse que lo solitarios no tienen buenas habilidades sociales, pero eso, de hecho, no es necesariamente cierto. En el llamado Experimento de la soledad de la BBC, se determinó que las personas sociables y las solitarias son capaces de leer señales sociales, como los gestos de un rostro, por igual. Es decir, ambos grupos cuentan con las mismas herramientas para socializar.

Desafortunadamente, la soledad vista como un problema de salud pública no es algo que parezca importar en nuestro país. En otros lugares, como Japón, debido a las circunstancias de su sociedad, existen programas para paliar este problema. Pese a todo, en este caso, hay acciones que están a nuestro alcance. Acciones sencillas. Basta con ver nuestro entorno y tratar de acercarse a los solitarios de nuestra vida cotidiana. Tanto en este periodo de aislamiento como después del mismo. La soledad es un asunto pendiente que nos concierne a todos.

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