Libros de no ficción
Reportaje

Libros de no ficción

¿Un refugio para el periodismo latinoamericano?

La especie humana tiene una enorme capacidad para expresar sus ideas a través de distintos medios, entre los que se cuentan las diferentes ramas del arte, todas con una amplia línea de evolución que va desde las expresiones más sencillas a obras con características y técnicas cada vez más complejas. Dentro de todas estas expresiones, la literatura tiene un lugar especial. Resulta sumamente importante gracias a su riqueza, caracterizada por la multiplicidad de géneros que puede adoptar en cualquiera de sus dos vertientes, escrita u oral.

La literatura proporciona una muestra significativa y constante del pensamiento, pues no debemos olvidar que en un sentido amplio se refiere a cualquier producción que se sirve de la palabra sin importar su nación o época de origen; en un sentido más restringido se considera que debe tener características que le den valor estético y/o intelectual, y son justamente esos valores los que la elevan a la categoría de arte. Su evolución dio tres vertientes básicas: la lírica, la épica y la dramática. Para el siglo XVIII el término literatura no se refería únicamente a los textos creativos, producto de la imaginación, si no que incluía a la filosofía, la biografía y el ensayo. En algunos casos las expresiones epistolares también eran contemplados como parte de la disciplina literaria.

Posteriormente la experimentación hace que los géneros se fusionen cada vez más, dando lugar a los géneros mixtos o híbridos como los caligramas, la prosa poética, la autoficción, la novela de no ficción, la novela testimonial, el ensayo poético, la ficción hipertextual, la ficción interactiva, la crónica, etcétera.

Estas combinatorias permitieron el desarrollo de lo que se conoce como periodismo narrativo, periodismo literario o simplemente nuevo periodismo, una corriente que surge alrededor de la década de los sesenta del siglo pasado y que puede entenderse y definirse desde diversos puntos de vista, pero cuya característica principal es un tratamiento literario o narrativo en la descripción de los hechos; es decir, su principal característica es el tipo de lenguaje utilizado, quizás sería mejor decir: la forma en que se utiliza el lenguaje, recurriendo a un abundante uso de adjetivos y figuras literarias.

Quienes se han encargado de estudiar la literatura en el periodismo justifican la necesidad de profundizar en el conocimiento de las relaciones en sus formas de expresión. En la actualidad resultaría decepcionante y hasta ridículo defender la nula posibilidad de generar estos conceptos e interpretarlos como una oportunidad para desarrollar una buena ambientación y familiaridad con el lector. Un problema que salta a la vista de inmediato es la necesidad de continuar indagando en el tema, respondiendo a las dudas de su aparición y cómo las modalidades se van adaptando a los tiempos para seguir siendo consideradas estilos válidos.

Dentro de los intentos por su aceptación se han mostrado puntos a favor: considerar al reportaje como una noticia neutra, pero que al dotarle de un estilo particular (el cual sólo puede otorgar el talento del autor) cobra vida y empieza una transmisión que logra entroncar con la literatura. Después de todo esto, es necesario abrir un espacio para cuestionarse: ¿La literatura se ha convertido en un refugio para el periodismo?

Foto: Behance / Joel Otero

En las siguientes páginas se explorarán estas relaciones y veremos que el periodismo literario no es un género improvisado, sacado de la manga en un abrir y cerrar de ojos para salir del paso, sino una disciplina completa, con una línea evolutiva que sigue años de oposición y que responde a la necesidad de expresarse de la mejor manera a fin de llegar a un mayor número de personas, de transmitir las emociones e inspirar a toda una sociedad.

LOS INICIOS

Para comenzar a entablar la relación debemos hablar de lo literario como un sistema que se maneja por medio de todos los géneros, que no tiene problema en relacionarse a fin de lograr su cometido y que, sin embargo, había sido concebido al margen del periodismo. Pareciera que el periodismo estaba destinado a ser algo mucho más estático e inflexible, con la posibilidad de contar sólo con un surtido de herramientas fijas para la interpretación de datos: tablas, esquemas y demás.

La vertiente literaria tuvo auge entre los años sesenta y setenta del siglo pasado, pero estamos hablando de un concepto que por lo menos desde la época de la conquista hacía acto de presencia. Por tanto, hablar del periodismo narrativo en Latinoamérica, es regresar a las crónicas de las Indias, nacidas de los escritos donde se reportaban los avances de la conquista y la descripción maravillosa del Nuevo Mundo.

Jeovanny Benavides, doctor en comunicación, llama a esta parte del desarrollo de la disciplina “la prehistoria del periodismo literario latinoamericano” y se ha encargado de analizar estas crónicas y sus autores. Menciona que algunos de los más representativos cronistas de Indias fueron Fray Bartolomé de las Casas, Fray Pedro Simón, Fray Bernardino de Sahagún, Gómez Suárez de Figueroa (mejor conocido como el Inca Garcilaso de la Vega), Bernal Díaz del Castillo, entre otros, y aunque se trate de una idea muy alejada a las formas del presente, esos escritos aparecieron con el fin de expandir el conocimiento.

Ya para inicios de los años setenta, el género comenzaba a tomar nombre dentro de la sociedad. Tom Wolfe, escritor y periodista norteamericano en El nuevo periodismo (1973) habla de este concepto como una nueva expresión de la literatura. En una serie de ensayos expresa la evolución del término y cómo éste ha ganado importancia por su naturalidad al expresar los hechos. Resulta curioso el poder de este género a tal punto que en América Latina fue capaz de introducirse en el llamado Boom Latinoamericano, un fenómeno literario y editorial en el que participaron plumas de la talla de Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar, Juan Rulfo, Carlos Fuentes y Juan Carlos Onetti, quienes además de expresarse a través de la literatura supieron ver y aprovechar la oportunidad que el periodismo les ofrecía.

En la actualidad, ya con todo un proceso de desarrollo a cuestas, se vuelve más sencillo identificar las características principales de esta combinación. Fernanda Tusa Jumbo, doctora en comunicación social cuya línea de investigación principal se centra justamente en las relaciones entre comunicación y literatura, en un artículo de 2018 titulado El arte de narrar los hechos: periodismo literario, identifica similitudes entre periodismo y literatura, siendo los principales puntos de concordancia que salen a flote:

El gran logro del periodismo literario es su capacidad de conectar emocionalmente con el lector. Foto: Behance / Jenna Arts

Los periódicos sirven de soporte y medio de distribución de las obras literarias.

Muchos literatos (novelistas y ensayistas) han escrito para los periódicos en calidad de articulistas de opinión.

Algunos periodistas ejercen al mismo tiempo el rol de escritores de textos narrativos.

El periodismo es una escuela de buen estilo para el acceso al ejercicio pleno de la literatura.

Por otro lado tenemos a Fernando López Pan y Beatriz Gómez Baceiredo (ambos catedráticos y miembros del Departamento de Proyectos Periodísticos de la Universidad de Navarra) en el artículo El Periodismo literario como sala de espera de la literatura, incluido en el libro Periodismo literario: naturaleza, antecedentes, paradigmas y perspectivas (2010), donde caracterizan al periodismo literario como un género que tiene su buena dosis de observación, una narración primaria que engloba los escenarios y voluntad de estilo donde también se toma en cuenta la voluntad de lenguaje. El periodista entra en la psicología del personaje y se relata todo el contexto para convertirlo en un ambiente noticioso, además de que los impulsores de este estilo comenzaron a deslindarse como “periodistas” para pasar a denominarse escritores.

Con estas observaciones en mente, podemos hablar del periodismo narrativo como la exploración más allá del hecho en sí. Se trata de realizar una “estetización” de los acontecimientos, nutrirlos de sentimientos para causar emociones al lector y permitir que permanezcan arraigados en su memoria.

TRASCENDENCIA

Juan-Francisco Torregrosa Carmona y Carmen Gaona Pisonero, docentes de periodismo en la Universidad Rey Juan Carlos, en un artículo de 2013 resumen el pensar de Wolfe sobre el periodismo literario. Mencionan que, para el autor, lo que se hizo fue arrebatar el centro a la agonizante y esterilizada novela para que el periodismo se convirtiera en el género literario más rico de la época. Los periodistas se sumergían en los lugares y los ámbitos donde ocurrían los acontecimientos, hacían preguntas arriesgadas y entraban en contacto con completos desconocidos para obtener perspectivas que de otra forma, y hasta entonces, habían sido ignoradas. Otra consecuencia del movimiento fue el retorno a la gran novela realista propia de los siglos precedentes. Desde aquí podemos apreciar el surgimiento de figuras que alimentarían el desarrollo del género hasta nuestros días.

Simultáneamente comenzó a destacar un grupo de figuras importantes en América Latina, demostrando su dominio en la crónica, dando vida a un híbrido de la información. Antes se ha mencionado al colombiano Gabriel García Márquez como uno de los involucrados en el Boom Latinoamericano y también como uno de los sujetos que hicieron del periodismo literario una pieza única. Aitana Molina Francés, especialista en lengua y literatura, en El periodismo literario de Gabriel García Márquez como herramienta de crítica social (2015) habla del escritor como un ejemplo de la simbiosis entre periodismo y literatura, mencionando que su formación se da por medio de estas disciplinas y poco a poco lo va conduciendo a una relación más arraigada, hasta que por fin llega al género periodístico, con el cual retrata hechos a través de la crítica social. De esta forma le es posible relatar guerras, muerte y asesinatos durante el periodo de la República.

Gabriel García Márquez, Julio Cortázar y Jorge Luis Borges, figuras del Boom que se adentraron al periodismo literario. Foto: Yuliya Nesmachnova Foto:

Entre todo lo que se atribuye a García Márquez no puede dejar de mencionarlo como miembro de una agrupación de autores que buscaron la manera de destacar en la radio y la prensa local por la singularidad de sus historias. Despiertan mucho interés las obras de los integrantes del denominado Grupo de Barranquilla, surgido en el Caribe Colombiano como uno de los colectivos de intelectuales más importantes, que transitaba a sus anchas por el periodismo y la literatura. Nadie sabe cuándo comenzó realmente esta notable cofradía de escritores, pero es un hecho que alrededor de 1946 ya llevaban tiempo con sus tertulias privadas. Hablar de todos por separado implicaría un mayor análisis, dedicándole espacio a sus obras más significativas; aquí nos limitamos a mencionarlos por su relevancia como una de las semillas del género en la zona latinoamericana.

ALGUNAS PLUMAS CONTEMPORÁNEAS

En la actualidad encontramos nuevas caras, capaces de continuar con el legado de la narrativa y que buscan la forma de hacer énfasis en los hechos. Además de autores que realmente no necesitan presentación como Gabriel García Márquez o del peruano Mario Vargas Llosa, que están más que consagrados como indudables figuras del género, hay otros personajes relevantes como Leila Guerreiro, Ernesto McCausland y Manuel Vázquez Montalbán, por mencionar algunos.

El nombre de la argentina Leila Guerreiro suena en los últimos años como una figura que defiende la estructura del periodismo literario. En una nota de El Universal, de noviembre de 2016, Guerreiro opina que el periodismo no debería aceptarse como una cadena de montaje en la que se escriba para llenar espacios. Defensora del periodismo narrativo es consiente de que los diarios no pueden, ni deben, llenarse en su totalidad con este género, sino que más bien aboga por la existencia de un equilibrio entre el periodismo tradicional y el periodismo narrativo. Al otorgarle el Premio de Periodismo Manuel Vázquez Montalbán en 2019, el jurado destacó su trabajo de campo “para dar forma y fondo a sus crónicas, convertidas también en excelentes ensayos sociológicos”.

El escritor español Manuel Vincent, en El marxismo-pop y la gente derrotada, artículo sobre su compatriota Manuel Vázquez Montalbán (publicado en Babelia, suplemento cultural de El País), en el que hace una narración de su trayectoria como periodista literario, destaca que a pesar de su preparación los premios y reconocimientos de su genio llegaron hasta después de tener en mano cincuenta libros publicados. Su obra periodística está publicada al completo en tres tomos cortesía de editorial Debate.

Por su parte El heraldo de Barranquilla (2015) en una nota dedicada a homenajearlo en su quinto aniversario luctuoso, nos recuerda que tuvimos en Ernesto McCausland, quien fuera editor general de ese medio, al “oído mejor dotado de todo el periodismo caribe, tanto por su capacidad de escuchar al otro, como por su talento para convertir lo que oía en una pieza maestra”. La magnificencia de sus crónicas le valió múltiples premios de periodismo que seguramente se habrían multiplicado si el cáncer de páncreas no lo hubiera vencido a la edad de 51 años.

Manuel Vázquez Montalbán. Foto: drugstoremag.es

LA “NO FICCIÓN”

A estas alturas está claro que no faltan las figuras significativas del periodismo literario. Han aparecido autores que nos regalaron momentos que nunca viviremos, otros que nos recuerdan los pesares de países que se caen de a poco. En toda esta trayectoria son variadas las obras que caben dentro del género de la “no ficción”, el cual es definido por Arnau Gifreu-Castells, investigador afiliado del Comparative Media Studies del Massachusetts Institute of Technology (MIT), como un género contrario de ficción, que se ha presentado como un macro-género que engloba formas muy diversas de expresión como las propias del documental, el periodismo, el filme ensayo, las películas científicas o de investigación, el vídeo con fines específicos, los materiales educativos o el ámbito expositivo y museístico, entre otras.

Una obra significativa del Boom Latinoamericano que cabe dentro de esta categorización es La muerte de Artemio Cruz (1962) de Carlos Fuentes, que le llevaría a ganar el premio Cervantes de Literatura en 1994. Edith Gonzalez-Estrada, periodista y maestra en estudios literarios, en un análisis general de la obra, señala que la intensión de la novela es que el tiempo y espacio sean leídos como una forma de rescatar la memoria histórica e identidad de un momento dado de México. A pesar de carecer de una secuencia lineal, la obra permite relacionar los sucesos gracias a su impecable narrativa; es un constante salto de atrás hacia delante para complementar los hechos.

Otra obra enmarcada en el mismo fenómeno del Boom es La Ciudad y los perros (1963) de Mario Vargas Llosa, ganadora del Premio de la Crítica Española, a través de la cual se aborda el machismo y la violencia de un colegio militar. Ambos textos se abocan a narrar partes de la realidad al tiempo que retaron las estructuras literarias convencionales.

Muy alejado de los anteriores se encuentra el libro Galíndez (1990), del ya mencionado Manuel Vázquez Montalbán, acreedor al Premio Nacional de Narrativa, que versa sobre el secuestro y asesinato del escritor español Jesús Galíndez en 1956.

Un nombre que vale la pena mencionar aquí es Joseph Zarape, que con su libro Guerras del interior (compilación de crónicas) ganó el Premio Gabriel García Márquez como una imagen fresca del periodismo literario. Edmundo Paz Soldán, en el diario La Tercera, menciona que su obra “tiene un impulso político explícito, pues narra la devastación que el modelo extractivista está llevando a cabo en bosques, montañas y ríos, y el enfrentamiento valiente de algunos hombres y mujeres decididos a defender sus tierras y el medio ambiente. Con las mejores armas del periodismo de investigación y un gran sentido del ritmo narrativo”. Aquí es fácil reconocer ese sentimiento de justicia que tanto se remarca en algunas obras del género y también la necesidad de hablar por los que no pueden, ¿es entonces el periodismo literario una especie de portavoz para los de abajo?

LA OTRA CARA DE LA MONEDA

Al ver la amplitud de obras que ha dado el periodismo literario, cabe preguntarse cuántas de estas hablan con la verdad. Mucho se ha dicho de su alcance artístico, pero ¿es posible que los periodistas falseen la información a fin de obtener méritos? Son muchos los que se encuentran a favor de esa idea, del periodismo literario como una falsedad o como un género “imposible”, que ni siquiera debería existir por los riesgos que conlleva. El ya citado académico Fernando López Pan indaga esas cuestiones en ¿Es posible el periodismo literario? Una aproximación conceptual a partir de los estudios de redacción periodística en España en el período 1974-1990 (2005). A través de una investigación sobre la ideología predominante en ese periodo, menciona la existencia de rasgos específicos para el periodismo y la literatura:

El periodista se mueve por unas necesidades prácticas inmediatas ajenas al literato.

El escritor de literatura se dirige a una audiencia universal mientras que el periodista tiene en mente lectores concretos y fieles.

El mensaje literario funciona sin límites de espacio y tiempo; tan esenciales para el periodismo que, sin ellos, se desvanece.

El lector de literatura no busca satisfacer necesidades utilitarias y vive en una situación distinta a la del autor; mientras que el lector de prensa informativa suele perseguir necesidades inmediatas y comparte la situación del periodista.

En la literatura, adquiere relevancia la perturbación; mientras el periodismo, preocupado por hacerse entender, huye de ella.

Por último, el periodista trabaja solidariamente y el literato "con toda la libertad que quiera tomarse".

A esto se suma la incertidumbre de dar por verdadera una crónica cualquiera, y es que a pesar de la cantidad de avances tecnológicos y el flujo acelerado de la información, o quizás en parte por esto mismo, toda noticia se presta para la duda.

Y probablemente lo mejor es dudar, pues existen individuos que se han encargado de desenmascarar las falsedades dentro del género, esas que tanto lo desprestigian. México se ha dado a conocer en el mundo por las notas falsas, que se crean y transmiten de forma que sea posible su distribución.

Un caso peculiar, donde no se ha señalado a un reportero sino a una televisora que sin más distribuyó información de una niña atrapada tras la caída de edificios en el sismo del 2017, puede leerse en El rescate imposible de una niña que nunca existió en México, escrito por Roberto Murillo (2017) y publicado por La vanguardia.

Ciudad de México en el sismo de 2017. Foto: El Universal

¿CÓMO IDENTIFICAR ESTE GÉNERO?

Algunos autores defienden que lo que hizo el periodismo narrativo fue encaminar al periodismo por sí sólo hacia un mejor nivel de expresión, humanizando el relato y el uso de un lenguaje próximo.

María José García Orta, del Departamento de Periodismo de la Universidad de Sevilla, consigna esta función multifacética y agrega un listado de los que considera rasgos esenciales de este formato:

Profundidad: complementa y amplía la noticia, bien con antecedentes, anécdotas, contextualización de los hechos, etcétera.

El lenguaje es menos rígido que el de la noticia pura. El estilo es más narrativo y descriptivo, más novedoso y libre.

La estructura es libre y compleja. Se diferencia de la información pura y simple por la libertad expositiva de que goza el reportero.

No está sometido a la actualidad más reciente.

Se admite la inclusión de antecedentes, anécdotas y circunstancias aclaratorias, ya sea a través de testimonios, que aportan interés humano al reportaje, o de la descripción del ambiente donde se insertan los hechos narrados. Es fundamental que en la narración se presente al hombre como protagonista de acciones.

Requiere algo más que un título simple. Con frecuencia se emplean subtítulos, ladillos y destacados.

Suele conllevar información gráfica.

En el periodismo literario cualquier tema puede ser tratado, sin embargo, tiende a centrarse en críticas sociales o la narración de injusticias, como la muerte de inocentes.

El reportaje literario es arte, dedicación, esfuerzo, una pieza preparada cuidadosamente para hacer una exposición con maestría y una vez que el lector ha llegado al final le espera un remate, que en muchos casos es casi una bofetada que le hace reflexionar, le conmueve, le indigna.

La doctora Fernanda Tusa Jumbo menciona que el fenómeno cultural del periodismo literario es entendido como un macro género que agrupa un conjunto de textos que son al mismo tiempo periodismo y literatura. Los escritos son constitutivamente periodismo y condicionalmente literatura; es decir, son siempre periodismo y a veces literatura. También consigna que dentro de su esfera entran muchos géneros: la crónica, la entrevista, el retrato, los perfiles, reportajes novelados y novelas reportaje o novelas de no ficción.

Foto: motherjones.com

Con lo anterior se abren las posibilidades a dejar huella en la vida de los lectores. Andrés Puerta, investigador en las áreas de periodismo, literatura y periodismo narrativo, consigna que al conjugar tres herramientas importantes para el escritor: el saber, la experiencia y lo que se investiga, se establece un diálogo entre el escritor y el lector de cualquier época; en esta conversación interviene el saber y el acervo cultural de cada uno. Además opina que uno de los principales fines del periodismo es la transmisión de conocimiento, dejar huella de la sociedad y de la época en la que se escribe.

Gracias al periodismo literario puede obtenerse una visión clara aunque alterna de una época determinada, se reconocen factores importantes del contexto o las costumbres, es como si a este género literario se le diera acceso para fotografiar la realidad y fijarla en tinta, lista para reavivarse en cuanto el lector descubra la nota. Las investigadoras Adriana Callegaro y María Cristina Lago describen este fenómeno como una de las formas de “revivir” los sucesos, es decir, de crear la ilusión de “estar ahí”, en este caso por la vía de hacer escuchar otras voces dentro de la narración. Por un lado, esa inserción favorece la sensación de objetividad pero, por otro, provee de una “representación” de lo factual, sin dejar de lado el papel del narrador.

Para lograr esos efectos es necesario conseguir a las personas adecuadas, que provean una narración eficiente. Es necesario que quien consigna los hechos sepa admirar los colores, distinguir olores, dotado con una visión general, que consigne lo sucedido y que sea capaz de agregarle su estilo personal, sin que su subjetividad “se coma” los sucesos.

El periodismo literario se reconoce también como un género que llega para dar vida a la crónica, al día a día, es un descanso para la cantidad de “notas formales” encargadas de difundir los hechos.

Desde hace unas cuantas décadas el periodismo literario se abre paso en los diarios, cada vez tiene más presencia, recibe premios y va alcanzando un lugar por derecho propio que cada vez es más difícil menospreciar. Debemos agradecer a los autores del género, a los que continúan empeñados en narrar la realidad, esa que a menudo es difícil aceptar y que por eso mismo es necesario que de vez en cuando una pluma talentosa, capaz de atrapar nuestra atención, nos la recuerde, para no olvidar lo que ha pasado, lo que somos y todo el trabajo que falta para hacer de éste un sitio mejor.

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