Cafarnaúm: el viaje de Zain
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Cafarnaúm: el viaje de Zain

La pobreza (in)visible

Beirut, capital de Líbano, en los últimos años ha sido tomada como nuevo hogar por los refugiados sirios. Sus barrios pobres han sufrido la invasión de personas que no pueden ser vistas con vida de humanos. En los edificios departamentales de esta urbe viven miles de libaneses refugiados, todos con un empobrecimiento que muerde con su crudeza. Cuartos tan pequeños para numerosas familias.

La pobreza del hombre radica en cómo tantos marginados pasan al papel del invisible. Viven con apoyos de grandes organizaciones (como la Organización de las Naciones Unidas, por no ir más lejos), pero aún así las calles de Beirut presentan en sus construcciones una pobreza cruel, como lo es en muchos rincones del mundo.

La película Capharnaüm o Kfar Nahum tiene dos significados claramente opuestos. El primero es de un profundo simbolismo bíblico, ya que es un poblado desaparecido de Galilea, muy cercano a la frontera con Líbano y al norte de Israel. Este lugar es famoso por ser hogar de Jesús y sus discípulos. El segundo es un significado que hoy sólo pervive en la lengua portuguesa; quiere decir desmadre, hacinamiento, un lugar donde todo se amontona sin orden ni ley. De ahí la imagen que tomó la directora Nadine Labaki: un pueblo que pide a gritos un respiro, una enfermedad que los consume y los va llevando a la peor oscuridad del humano. Aunque al final de cuentas la película puede tomar las dos definiciones.

La pobreza en Beirut crece como en la mayoría de las grandes urbes del mundo. Aquí aumenta por los daños colaterales de las guerras que se han presentando alrededor y dentro de su geografía, sobre todo desde que los refugiados sirios empezaron a poblar los barrios más pobres de esta ciudad, donde las oportunidades de crecer como persona son casi nulas.

Los habitantes de Beirut enfrentan batallas dentro de su hogar a causa de todas sus necesidades. Las familias se deforman, crecen en exceso junto a los problemas maritales. Los golpes, los abusos hacia la mujer, el olvido de ser madre, los niños durmiendo en el suelo con sólo un trozo de aire como alimento y las calles infestadas de ratas drogadictas, son la fotografía que inspiró a la directora libanesa para filmar Cafarnaúm: La ciudad olvidada.

EL ODIO A SER TRAÍDO A LA VIDA

Cafarnaúm narra el drama cotidiano de Zain, un niño refugiado en Beirut, quien odia su vida y las formas en las que su hogar vive la rutina de la pobreza.

Zain (Zain Al Rafeea) y su abogada (Nadine Labaki). Foto: npr.org

Quiero demandar a mis padres por traerme al mundo”, es la frase con la que Zain nos adentra a la crueldad de su historia. Se presenta así, esposado en un tribunal, frente a personas a quienes tal vez no les importa estar ahí, que piensan que es un delincuente más, un granito en el arroz. Así vemos la mordida en el rostro de este crío de doce años aproximadamente, cuyos padres nunca lo registraron.

La narrativa de la película va enviando mediante flashbacks al día a día del protagonista. Vemos a un grupo de hermanos que habitan un pequeño departamento sin divisiones, donde no existe más que una cama grande: el suelo. Dentro hay unos padres, si se les puede llamar así, nublados por los vicios. Durante el día no hay una escuela que reciba a Zain y sus hermanas; y él tiene que salir con ellas a trabajar donde lo hacen gran cantidad de niños del mundo: la calle. Zain también es traficante de droga, algo común en el contexto.

En una escena los vemos llorar a él y a su hermana Sahar (Haita Izzam) a causa de su primera menstruación. Zain sabe que sus padres tratarán de casarla con el primero que se los pida. Él intenta mostrar su rostro duro como el mármol, pero aun así llora por no poder ponerle punto final a las intenciones de sus progenitores. Ante la tragedia de su hermana, el protagonista decide irse de casa y hundirse en lo más profundo de la ciudad.

En esta nueva odisea, Zain encuentra a una madre migrante y a su bebé Yonas. Ella intenta ayudarlo, pero la ciudad los hace separarse. Esta vez Zain se vuelve más adulto, o eso intenta, porque él tiene que hacerse cargo al quedarse sin la madre de Yonas. Así las imágenes van creando un rompecabezas de sentimientos que se forma dentro del espectador.

Al recorrer la fotografía realista del filme, vemos que la vida ha hecho de Zain un ser duro, cruel, grosero con la vida que poco a poco le devoró la sonrisa. Aún así el pequeño héroe cuida de sus hermanas como hacen sus padres.

La película está actuada de forma impecable y editada, tanto en imagen como en sonido, con una sofisticada destreza para transmitir texturas y sensaciones. Sus intenciones moralizantes quedan desnudas cuando vemos aparecer a la propia Labaki, como actriz, en el papel de una abogada que resulta el único personaje de ética inviolada en todo el panorama.

Souad (Kawsar Al Haddad), madre de Zain. Foto: frenchtouch2.fr

LA IMPROVISACIÓN COMO MUESTRA DE ARTE

Cuando hablamos de improvisar en el arte, las ideas que llueven podrían estar inclinadas hacia la música; por ejemplo, en el jazz y su suave lenguaje improvisador, en el teatro al momento en que el actor se va más a lo hondo de su potencial, en la pintura al manchar el lienzo sin un objetivo y en un sinfín de formas que caracterizan a este método en el arte.

En Cafarnaúm: La ciudad olvidada podemos apreciar algo de esto, ya que fue realizada con un elenco de no-profesionales. Estos interpretaron a personajes con vidas parecidas a las suyas. Obedeciendo el guion, Labaki colocó a sus actores en las escenas y les pidió que reaccionaran con sus propias palabras y gestos. Cuando los instintos de los no-actores se alejaban del guion escrito, ponía manos a la obra y adaptaba el guion a fin de seguirles, todo ello derivando en un neorrealismo.

No resulta crucial tener esta información a la hora de seguir la historia. Estos elementos le otorgan a la obra una faceta documental que se vuelve indisociable del nivel ficcional, el guion y los artilugios narrativos que la directora utiliza para dar forma al relato.

Labaki crea un diestro retrato de una burocracia kafkiana que atrapa a sus súbditos con regulaciones que dificultan sus vidas hasta lo imposible; genera una atmósfera de desolación con las formas de la pobreza que se escurre de su película, impregnada de las rutinas de la gente común.

DE LA TERNURA A LO HORRIBLE

En este hermoso paseo por el infierno, Labaki encamina su película hacia una imagen moralmente bipolar, donde no entra una distinción entre héroes trágicos, que pueden ser justos y abnegados, ni de villanos que son crueles hasta la náusea.

En el desarrollo de la cinta podemos ver un crecimiento en el héroe. La toma de decisiones y las crueldades de la vida lo van formando, los fragmentos de su historia se van uniendo y se puede apreciar a ese niño que está entre decidir lo que es correcto y lo que no.

Las imágenes de la película hacen que los sentimientos del espectador se ablanden, aunque de un momento a otro aparece algo que lo hace sentir una emoción opuesta. Al ir viendo el viaje del héroe, ya sea al cuidar a sus hermanas, al proteger al pequeño Yonas de los monstruos del mundo, al enfrentar la irresponsabilidad de sus padres o al poner su cara de duro frente a los miedos, nos enfrentamos a una cascada de sentimientos que, ya sea por un instante o para toda la vida, nos hacen ver la crueldad de la pobreza. Podemos actuar, que es lo que la directora trata de reflejar con su cinta, o podemos llorar y lavar nuestra conciencia por un segundo al ritmo de nuestra rutina.

Zain y Yonas. Foto: espinoff.com

Otro de los aciertos de la directora es que Zain ahora vive en Noruega, estudia y tiene una vida “nueva”. Es de los pocos refugiados que pueden contar esta historia.

LA FICCIÓN DENTRO DE LA REALIDAD

La pobreza que habita en el mundo siempre ha sido inspiración para representarla, ya sea en un cuento, en una novela o en una pintura. Aquí está plasmada en una película que refleja los sitios más necesitados de cualquier ciudad.

La narrativa abre el debate de si es correcto usar a las personas y los lugares de ese mundo para presentarnos una cascada de imágenes que pueden rebasar la crueldad y la ceguera del humano. La película nos causa un dolor y una tristeza muy profunda al ver el viaje de Zain; pero cuando nos enfrentamos a nuestra realidad, que es muy similar, cuando vemos a un niño en la esquina con sus dos hermanas con la mano levantada buscando un trozo de pan, pasamos de largo; damos la vuelta al rostro duro de la pobreza, no la enfrentamos.

¿El espectador tiene que esperar a ver este tipo de imágenes tomadas de la realidad para lavar su conciencia o para llorar por un momento? Al visualizar las calles de Beirut y proyectarlas en nuestro entorno, son los barrios de nuestra ciudad, son los callejones del cerro donde los sueños se secan con el narco, es la periferia de nuestra urbe donde el hambre es la muerte y el vandalismo el sueño.

Podemos encontrar tantas historias como la de Zain, que por un instante nos romperían el día. Otro ejemplo de exposición de arte en este sentido sería la famosa fotografía de Cristian, del argentino Martín Weber, en su proyecto Mapa de sueños que consiste en que personas de varias partes de Latinoamérica, escribían en una pizarra sus sueños. En la de Cristian se lee: "Mi sueño es morirme". El debate ahí queda: ¿Se debe hacer visible de este modo la pobreza o tenemos que hacerlo mediante la ficción?

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