Atrevimiento
Nuestro mundo

Atrevimiento

Nuestro Mundo

Hoy no tengo ganas de refutar nada, de explicar nada, de dar explicaciones, de ofrecer justificaciones, de defenderme, de atacar, de tener la razón, de ser víctima, de enrojecer por los enojos.

Hoy no tengo ganas de nada porque prefiero derrotarme antes de perder la ecuanimidad. Y es que lo que atravesamos mundialmente debilita la fortaleza física y emocional. Sin mis anclas, sin las prácticas guiadas que me hacen conectar con la paz, me siento como un barco a punto de zozobrar, me doy cuenta de la enorme dependencia que hago con lo que me hace sentir bien.

Mi desgano obedece a que no me gusta equivocarme en asuntos que no debería hacerlo, entiendo que soy falible, que no siempre me salen las cosas bien, pero cuando sucede en situaciones que debí contemplar y no lo hice, me pongo mal; sale una vez más ese monstruo que vive en mí y que se llama control.

Hacer consciente que no tomé en cuenta algo importante me despierta esa sensación de debilidad que asocio a los años, a la falta de atención y en algún momento a la imprudencia.

Lo peor es que no me perdono, veo con claridad que no hubo mala intención, que no lo hice, como dicen los niños, a propósito, fue un descuido y ni con todo ello, logro atenuar la incomodidad. Díganme la verdad, ¿a ustedes les pasa igual? O soy yo y mis intensidades y mis deseos de perfección. Que tiste es darse cuenta que, con todo y la experiencia ganada (por no decir los muchos años), una llamada de atención pueda sacarte de tu centro, moverte el tapete y perder el equilibrio.

Me digo a mí misma: ya pasó, ni modo, pues sí, pero no, sé que voy a necesitar tiempo para superarlo, para que deje de causar tanto ruido interno y poder pasar la hoja y hacer control de daños.

Seguro pensarán después de leer estos primeros párrafos que mi error fue costoso o implicó un compromiso en la integridad de alguien, no fue así, pero así lo sentí. Entonces no es tanto lo que vivimos en la realidad si no lo que pensamos de eso que vivimos, a algunos hechos les damos una magnitud insospechada, a otros, los minimizamos y tal vez lo segundo es de más consecuencias que lo primero. Hacemos crecer lo minúsculo y no es gratuito. En este caso que te comparto, una noche antes había tenido un momento de ansiedad relevante, al que atribuí a la sobre información, a la cantidad de minutos empleados durante el día a hablar del coronavirus y de la crisis económica que ya arroja, en otras palabras, estaba con mi “sistema inmunológico emocional deprimido” (les voy a cobrar al DSM derechos de autor por el concepto).

No siempre tenemos el temple y la capacidad de capotear las circunstancias o de hacer presente el concepto de resiliencia, pero ¿qué deberíamos de hacer cuando el sentimiento de culpa nos invade?

Dirían los psicólogos: observa el tipo de pensamiento que tienes, ve al fondo, ¿por qué piensas lo que piensas?, ¿qué tipo de recuerdos se activan?, ¿no será que pretendes que todo el mundo te quiera siempre?, ¿entonces el problema es que en algún momento no te has sentido querida?

Llegar hasta allá sería demasiado para algunos, para mí es necesario. Me parece imprescindible encontrar la respuesta precisa que me permita explicarme el porqué de mis reacciones.

No encuentro nada más triste que terminar la vida sin conocerme, sin entenderme, sin perdonarme. Caigo en cuenta que, así como nunca terminamos de conocer a las personas tampoco lo haremos con nosotros mismos, pero sí un mínimo que nos haga sentir que no somos territorio no explorado, que por lo menos nos aventuramos a rascarle tantito a esas capas de olvido con las que cubrimos experiencias dolorosas que nos modelaron.

Te ofrezca una disculpa por haber utilizado este preciado espacio para “curar” esas emociones suscitadas, pero ese atrevimiento me permite compartir la magnífica terapia que es escribir, ¡anímate y hazlo tu también!

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