El ojo poético de Álvarez Bravo
Arte

El ojo poético de Álvarez Bravo

Poemas capturados en instantes

Se ha dicho muchas veces que Manuel Álvarez Bravo fue un poeta. Y aunque no existan libros o poemarios repletos de sus letras o versos, este cargo se la ha otorgado por su increíble capacidad de retratar instantes de la ciudad y los campos de México. Momentos únicos que podrían ser percibidos solamente por un ojo prestigiado, un ojo tocado por la poesía misma. De esta forma, Álvarez Bravo transmite por medio de su fotografía un tono relajado de su propia visión de la cotidianidad y, con cámara en mano, logra capturar las imágenes que evocan todo un mundo de sugerencias en las calles y en los sectores rurales de las primeras décadas del siglo pasado.

Entre sus reconocimientos destacan el premio Elías Sourasky en Artes, el Premio Nacional de Ciencias y Artes en el área de Bellas Artes por el gobierno de México (1975) y el Premio Internacional de la Fundación Hasselblad por Suecia (1984). Además de tener la Condecoración Oficial de la Ordre des Arts et Lettres Français, por Francia (1981) y como Master of Photography del ICP en Nueva York (1987).

POETA CON CÁMARA Y CABEZA EN MANO

El mismo Xavier Villaurrutia, poeta perteneciente al movimiento de los contemporáneos y amigo cercano del fotógrafo, escribió alguna vez, comparándolo con San Dionisio, que Álvarez Bravo trabajaba con el cerebro en las manos y decretó que era uno de los más grandes poetas de México: “Ese hombre que parece consumirse interiormente en el fuego frío de la inteligencia y de la sensibilidad mejor concentrada y mejor despierta, es uno de los grandes poetas contemporáneos de México”.

La fotógrafa Graciela Iturbide, hablando sobre Manuel para el Canal 22 de México, explicó que no hay una palabra que pueda definir la poesía, pues es algo que vas más allá de la realidad, es algo que se siente. Y de ese punto parte para comentar sobre una de las obras más recordadas de Álvarez Bravo: Obrero en Huelga, asesinado (1934). En la imagen aparece un hombre en el suelo que está derramando sangre. Podría parecer que es una fotografía con un claro mensaje político, sin embargo, comenta Graciela, es inevitable no percibir al mismo tiempo la paz que transmite. Esta es una cualidad poética: un mensaje que no está escrito, pero que es sugerido y obra una sensación provocada en el espectador.

Obrero en Huelga, asesinado (1934). Foto: artsy.net

ESTILO

Ángeles García escribió para El País que Álvarez Bravo fue lo que se podría llamar un fotógrafo al acecho, un cazador de imágenes. Solía colocar el trípode con la cámara y esperaba hasta que algo ocurriera. Fue enemigo del pintoresquismo o de las declaraciones explícitamente políticas como las de sus amigos muralistas Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco.

A la obra de Manuel se le ha querido vincular en muchas ocasiones con el surrealismo, sin embargo, por sus características tan complejas no permite etiquetarse tan fácilmente. Lo que es realmente fundamental, según comenta su hija Aurelia, directora del archivo fotográfico Manuel Álvarez Bravo, es el intenso humanismo que se puede apreciar en la gran mayoría de sus fotografías.

Existe, entonces, un íntimo acercamiento del ojo de Manuel con los escenarios comunes de la ciudad y del campo. Se encargó de retratar la vida de la gente, las cosas que aparecían en la calle, los pequeños detalles y momentos que sugerían grandes historias. Hay, sin duda, una fascinación por encontrar belleza en el andar de todos los días.

Él mismo se denominó un fotógrafo de los domingos, pues durante muchos años no se dedicó de lleno a la fotografía y era, más bien, un pasatiempo que le apasionaba. Mientras iba caminando al trabajo, cargaba siempre con su cámara. Estaba alerta de cualquier acción, movimiento, objeto, animal, lugar o persona que portara cierto rasgo poético que sólo Manuel y su cámara podrían capturar.

Los domingos, entonces, eran dedicados a hacer una visita al campo. La familia Álvarez acompañaba a su fotógrafo para que pudiera retratar paisajes, pastos, cerros y demás elementos que aparecieran en el viaje.

Qué chiquito es el mundo (1942). Foto: artic.edu

También se ha dicho que la obra de Álvarez Bravo responde al género de reportaje, y aunque bien parezca que muchas de sus fotografías contienen dichas características, es innegable que siempre hay elementos sugestivos que van más allá de lo informativo y que toman su cauce en la interpretación de quien las mira. Son elementos que transmiten estética y, en otros casos, posibles metáforas que convierten a la imagen en una nueva construcción visual de la cotidianidad.

LA POESÍA EN LA IMAGEN

La década de los treinta fue esencial para la carrera de Álvarez Bravo. En 1932 había expuesto su primera muestra individual en la Galería Posada. Luego compartiría exposiciones con el francés Henri Cartier-Bresson en el Palacio de Bellas Artes. En 1936 su obra se mostraba en la Galería Hipocampo de Xavier Villaurrutia, donde fascinó al poeta André Bretón.

En los cuarenta se adentraría en el cine mexicano, forjando una gran amistad con Eisenstien, John Ford y Luis Buñuel. Colaboró en la fotografía del largometraje Tehuantepec, y de los cortometrajes Los tigres de Coyoacán, La vida cotidiana de los perros, ¿Cuánta será la oscuridad?, con el escritor José Revueltas y El obrero, con el también escritor Juan de la Cabada.

Durante esos periodos desarrolló un nuevo lenguaje visual que fue vanguardista para su época, pues empleaba yuxtaposiciones de imágenes o detalles aislados, manejando siempre objetos ordinarios que al mismo tiempo son impensables o inesperados.

Cabe mencionar que fue un gran consumidor de literatura. A través del uso de títulos novedosos, logró crear una gran densidad poética en sus imágenes. Dichos títulos generalmente evocaban tradición y cultura mexicana, así como algunos rasgos de humorismo.

El pájaro canta aunque la rama cruja (1960). Foto: getty.edu

El pájaro canta aunque la rama cruja”, es una línea de un poema de Salvador Díaz Mirón que Manuel usó para titular una fotografía tomada en 1960 en la que aparece el dibujo de un ave cantando sobre una pared agrietada, destacando así la prevalencia de la forma más allá del maltrato del muro. Tal vez como el verso de Salvador, un mensaje más o menos optimista.

Algo que puede apreciarse con frecuencia en las imágenes de Manuel, son las personas caminando, los errantes personajes de la ciudad que fueron retratados y formaron parte una gran obra poética. En Qué chiquito es el mundo (1942) se sugiere que un hombre y una mujer se encuentran bajo un sol que apenas se asoma entre la nubes de Ciudad de México. En La señal una anciana aparece caminando y detrás de ella, en una pared, está dibujada una flecha que parece orientar su trayecto. En Caminata múltiple (1976), una superposición de un par de personajes caminando, nos regala sensación de dinamismo y movimiento en la imagen.

Retrato de lo eterno (1935) y El ensueño (1931) son fotografías protagonizadas por una mujer. La primera de ellas se peina bajo un rayo de luz que entra por alguna ventana. Ella contempla el juego de las sombras ya aprovechadas por el fotógrafo. En la otra, una mujer tiene la mirada perdida en el suelo que, podríamos decir, está lejano, pues lo mira desde un balcón. Un par de imágenes fuertes cuyos títulos las complementan y que nos permiten, al igual que los personajes, suspender la mirada en un punto infinito.

La cotidianidad que retrataba y de la que ya se ha hablado, no estaba solamente en los transeúntes. Existen también fotografías cómo Ángeles en camión (1930) en las que los pequeños fenómenos y sucesos de la calle son rescatados. Aquí dos esculturas de ángeles son transportadas en la parte trasera de un camión. Con el mismo tono, Dos pares de piernas, Parábola Óptica y Los novios de la luna falsa son retratos que evocan momentos muy exactos de la ciudad, de la luz y del misterio que hay entre esas dos entidades en las que habitaba Manuel Álvarez Bravo. 

El retrato de lo eterno (1935). Foto: dia.org

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