La batalla de Cortés y Narváez
Nuestro mundo

La batalla de Cortés y Narváez

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Hace 500 años, es decir, a principios de mayo de 1520, Hernán Cortés, quien ya había conquistado la gran Tenochtitlan, sale hacia Veracruz para combatir contra Pánfilo de Narváez, quien enviado por el gobernador de Cuba Diego Velázquez venía con la intención de apresarlo o ejecutarlo. El alejamiento de Cortés desencadenará una rebelión tenochca que culminará con la expulsión de los europeos y sus aliados que huyen de la capital mexica la “noche triste”.

El gobernador actuaba de acuerdo con “don Juan Rodríguez de Fonseca, obispo de Burgos y arzobispo de Rosano” (así lo nombra Bernal Díaz para ironizar, en tanto caricaturiza a Velázquez describiéndolo como “gordo y pesado”). En ausencia del rey, el obispo era la autoridad en España. La conjura del religioso y el gobernador se debía a que el capitán de los conquistadores, conociendo lo corrupto de Velázquez y lo ambicioso del obispo, enviaba directamente al rey Carlos V riquezas y cartas.

Como dice Cortés en sus Cartas de relación, “estando en toda quietud y sosiego” en Tenochtitlan, “entrante el mes de mayo” de aquel 1520, le llega la noticia de la presencia de una armada de 18 naves capitaneada por Narváez. No espera a Narváez y va a su encuentro pero antes del encuentro emplea la táctica diplomática. Decide enviar “un religioso que yo traje en mi compañía” con gentilezas y ofrecimientos de ayuda pero también con la advertencia de que si no eran vasallos de su rey, si se atrevían a saltar a tierra, “iría contra ellos con todo el poder que yo tuviese, así de españoles como de naturales”.

Sigamos escuchándolo: “Y partido el dicho religioso con el dicho despacho, dende en cinco días llegaron a la ciudad de Temixtitan veinte españoles de los que en la villa de la Vera Cruz tenía; los cuales me traían un clérigo y otros dos legos”. De este trío de religiosos se informa más acerca de la armada que venía en su contra. Devuelve al clérigo con una carta cargada de diplomáticos ofrecimientos. Entre tanto, le llega a Tenochtitlan un mensajero que le hace saber que en Veracruz y sus alrededores se rebelaron los indígenas de la comarca y se aliaron con Narváez. Han pasado más de quince días y Cortés parte hacia el combate.

En el camino, quince leguas adelante de Cholula, “tope a aquel padre religioso de mi compañía, que yo había enviado al puerto a saber qué gente era la de la armada que allí había venido”. El padre le entrega una carta con advertencias y amenazas de Narváez. El capitán conquistador no se intimida y sigue avanzando. Ya cerca del cuartel (el aposento) del enviado de Velázquez y Rodríguez, Cortés organiza el movimiento táctico para la batalla de finales de mayo de 1520 en Cempoala. “Y así fue que el día de Pascua de Espíritu Santo, yo di en el dicho aposento”.

Cortés y los suyos atacan a los medio sorprendidos Narváez y los suyos. “Y llegamos tan sin ruido, que cuando fuimos sentidos y ellos tocaron al arma, entraba yo por el patio de su aposento.” En el campo de batalla Narváez se hace fuerte sobre tres o cuatro pirámides. Vencen las huestes de Cortés y él narra el combate de una hora en un corto párrafo final que incluye: “Por manera que sin muertes de hombres, más de dos que un tiro mató, en una hora eran presos todos los que se habían de prender […]”

El relato de Cortés aparece en la segunda de sus Cartas de relación, libro de muy fácil acceso que valdría la pena leer durante este año en que se llegó a 500 de esa efeméride, hecho importantísimo que es parte valiosa de la historia de México y de la historia universal.

Más adelante de lo aquí citado, Cortés narra cómo enfrenta la rebelión tenochca en su ausencia provocada por Pedro de Alvarado y que, ya lo anoté en el primer párrafo, desembocará en la huida de los conquistadores en la llamada noche triste.

QUINTO CENTENARIO DE UNA PANDEMIA

Moctezuma les hizo a los conquistadores un “grande y solemne recibimiento”, dice Bernal Díaz del Castillo. Los alojó en estancias imperiales y los visitó después de comer. Y con Cortés “comenzó Montezuma (sic) un muy buen parlamento”. Entre otras cosas el anfitrión le comentó que ellos serían unos hombres que sus antepasados remotos anunciaban que vendrían “de donde sale el sol”, a quienes deberían someterse los aztecas.

Pasan algunos meses y en mayo de 1520 (hace 500 años), Cortés necesita ausentarse para combatir a Pánfilo de Narváez, quien venía para apresarlo o ejecutarlo por orden del gobernador de Cuba. Cuando llega a la costa, Narváez ya desembarcó. Cortés lo sorprende y lo derrota y mientras está reorganizando la comarca, le avisan que los mexicas se alzaron y tienen cercadas a sus tropas.

Inmediatamente regresa a Tenochtitlan seguido de sus soldados, algunos de Narváez y sus aliados indígenas, estos sin duda ya tocados por una enfermedad desconocida por su fisiología, la viruela. Bernal, jugando con humor negro, dice cómo llegó el mortal padecimiento:

Y volvamos ahora a Narváez y a un negro que traía lleno de viruelas, que harto negro fue para la Nueva España, que fue causa que se pegase e hinchiese toda la tierra de ellas, de lo cual hubo gran mortandad, que, según los indios, jamás tal enfermedad tuvieron, y como no la conocían, lavábanse muchas veces, y a esta causa se murieron gran cantidad de ellos. Por manera que negra la ventura de Narváez, y más prieta la muerte de tanta gente sin ser cristianos.”

De esa manera se presentó a mediados de 1520 la primera pandemia (estamos en su quinto centenario) Vino de donde sale el sol. Los indígenas contagiados en Veracruz irían esparciendo el padecimiento por la ruta hacia Tenochtitlan. En la gran ciudad habría prendido durante el lapso de rebelión que terminó con la “noche triste” el 30 de junio de aquel año. Entre todo lo que dejaron los conquistadores se incluyó la muerte por viruela.

La pandemia, calculan antropólogos e historiadores, acabó con el 85 por ciento de la población mesoamericana, de un total de once millones de habitantes. La nueva enfermedad, dice Miguel León-Portilla, recibió los nombres de hueyzáhuatl o hueycocoliztli. En su libro Visión de los vencidos este autor reproduce la reseña de los informantes de Sahagún:

Cuando se fueron los españoles de México y aún no se preparaban los españoles contra nosotros primero se difundió entre nosotros una gran peste, una enfermedad general. Comenzó en Tepeílhuitl. Sobre nosotros se extendió; gran destruidora de gente. Algunos bien los cubrió, por todas partes (de su cuerpo) se extendió. En la cara, en la cabeza, en el pecho, etcétera.

Era muy destructora enfermedad. Muchas gentes murieron de ella. Ya nadie podía andar, nomás estaban acostados, tendidos en su cama. No podía nadie moverse, no podía volver el cuello, no podía hacer movimientos de cuerpo […] A muchos dio la muerte la pegajosa, apelmazada, dura enfermedad de granos.

Muchos murieron de ella, pero muchos solamente de hambre murieron: hubo muertos por el hambre; ya nadie tenía cuidado de nadie, nadie de otros se preocupaba.”

Un cronista español que nunca vino a México, Francisco López de Gómara, quien tuvo de informantes al propio Cortés y a su hijo Martín Cortés, en el libro Conquista de México dedica un párrafo donde también le echa la culpa al negro que llegó con Narváez.

Pero Cortés, en su propio libro, no se acordó de este episodio de guerra bacteriológica que exterminó a millones de sus adversarios en una pandemia que actuó como su aliada en la reconquista de Tenochtitlan para la cual salieron, dice Bernal, “un día después de pasada la Pascua de Navidad del año de 1520”. Hará 500 años. Quinto centenario en nuestra historia.

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