Belle-mère
Opinión

Belle-mère

Miscelánea

La sangre sólo hace parientes,

el amor hace familia.

Con su tradicional elegancia, los franceses llaman a la madre política Belle-mère. Dulce manera de nombrarla que de algún modo establece un principio más amable. Llamarnos suegra suena golpeado, tal vez porque es socialmente aceptado como sinónimo de metiche e intrigante, algo así como Catalina Creel en Cuna de Lobos. Los desacuerdos con la nuera suelen generarse por la forma en que gasta el dinero, la educación de los nietos o la comida de navidad. Cualquier asunto es bueno para crear una crisis entre suegra y nuera y como resultado, amargarle la vida al hijo. “¿Cómo se atrevió tu madre a comprármelo?”, reclamó mi nuera a su esposo. “Pues porque te escuchó cuando dijiste en la galería que te gustaba este cuadro”. “Sí, pero yo quería que me lo regalaras tú, no la metiche de tu madre. Eso pasa porque tú nunca me das mi lugar”.

Y pues sí, es difícil para las suegras aceptar que ya no somos prioridad en la vida de nuestros hijos. Que han formado su propia familia y si deseamos su bien, sólo nos queda la aceptación, la amabilidad; y si la nuera no es demasiado insoportable, algún apoyo de vez en cuando y solo si es solicitado. La tercera mañana que me presenté a visitar a mi nieta recién nacida; aunque me hubiera encantado que me permitieran bañar a la pequeña, me limité a mirar. Mi nuera había tomado un curso para madres primerizas y me hizo saber que no necesitaba mi ayuda. Yo sólo quería ver a la pequeña, tan linda y tan indefensa la pobrecilla entre las manos de su joven madre. Pero no opiné, no sugerí nada y sin embargo, amablemente mi nuera preguntó: “¿Pero no va a venir todos los días verdad suegrita?”. Mensaje recibido, nunca volví a casa de mi hijo sin previa invitación.

Un estudio de la Universidad de Cambridge ratifica que seis de cada 10 relaciones entre suegras y nueras, son calificadas como tensas e inclusive las más fluidas, son apenas amistosas. En general, la relación nuera-suegra puede definirse como una variante más de los vínculos entre mujeres que suelen estar mediados por tensión y competencia. Dos mujeres que sin ser familia ni amigas nos vemos forzadas a relacionarnos por causa del hijo de una, esposo de la otra y el amor de ambas. Más difícil aun cuando el joven esposo no alcanza a diferenciar la relación esposa madre y el lugar que le corresponde a cada una. A los 17 años, mi suegra llegó de Lituania a México y nunca aprendió más de 20 palabras en español. “Yo con hermano en barco a Nueva York. Sin papeles no podemos bajar de barco, sólo podemos en Veracruz. ¡Dios! Que calor, yo desmayo. Poco semanas en México conozco señor; él sólo, yo sólo, casamos. Hombre bueno, sólo trabajo, sólo familia: tres hijos. Entre dos hermanas, el varoncito, orgullo y alegría de su madre. A la muerte del padre y ya como jefe de la familia, para el varoncito todo fue trabajo y trabajo”.

Todo iba muy bien hasta que aparecí yo. Mi suegra lloró y lloró. Las gorgonas maldijeron pero la boda se realizó. Al regreso de una larga luna de miel, mi suegra llamó: “Ahora tú también eres hijo y yo compro para ti”, ofreció. Desde ese día doña Ite compró cada semana frutas y verduras para nosotros. No debe haber sido fácil para ella aceptar que su hijo, educado y creyente judío, casara con una mujer católica; aunque siendo inteligente y sensible como ella era, puso todo de su parte para que su hijo fuera feliz. En vísperas de la primera Navidad que celebraríamos el Querubín y yo como casados, doña Ite volvió a llamar: “¿Cuántos en tu fiesta?”, preguntó: “Mañana tu vienes y recoges pastel que yo hago”. “Lindo, Ite”, agradecí. Ante la tradición de endulzar la cena con turrones, peladillas y mazapanes; no hubo lugar para comer el pastel. El 26 de diciembre sin embargo, lo compartimos con las personas que nos acompañaron al funeral de mi Belle-mère quien había fallecido sorpresivamente el día anterior. Eso fue hace muchos años pero lo recuerdo ahora que estamos celebrando a la mujer hija, madre, esposa; pero también suegra.

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