La ausencia de la concepción
Sexualidad

La ausencia de la concepción

Una imagen que falta en el alma

En 2005, el escritor francés Pascal Quignard viajó a Estados Unidos. Durante su estancia, se encontró frente a frente con la votación de la ley sobre la decencia en los medios de comunicación. Quignard definió esta enmienda como “la ley americana contra las imágenes indecentes”.

Con el temor de que la censura cruzara cual argonauta el océano Atlántico y llegara a Europa, Quignard escribió un ensayo al que tituló La noche sexual, un recorrido por las imágenes eróticas en la historia de la humanidad más hermosas que ha coleccionado. No obstante, en sus líneas subraya un punto clave para la evolución humana: la ausencia de la concepción.

En su tesis, Pascal Quignard afirma que el ser humano siente una carencia en el origen. Una imagen le falta: aquella que retrata el momento en que fue concebido. Nadie ha podido tomar el papel de asistente en la escena sexual de la que es resultado. Por eso, durante el tedioso sendero de la vida, el peregrino carga a cuestas el trastorno de la concepción. “Venimos de una escena en la que no estuvimos”.

La tinta impregnada en los escritos de Quignard es tatuada por la cuestión sexual del inicio. La humanidad surge de una escena donde dos mamíferos (macho y hembra) se enfrentan y encajan sus órganos genitales. En un ínfimo lapso de tiempo, la vida se desborda y salpica a una simiente fecundante.

Pero el ser humano es ausencia de su propia creación. Ignora el fotograma que lo funda, vive con ese vacío, sólo puede interpretarlo con base a la imaginación en cada uno de sus encuentros sexuales. “Nuestra vista nunca alcanza verdaderamente la escena que nos creó y que, sin embargo, repetimos sin fin durante los coitos, en los que los cuerpos se agregan y se redisocian”.

Así, en el acto sexual, esperma y óvulo se unen. Un cúmulo de células se aglutinan y forman una masa inconsciente. El feto reposa por nueve meses en la oscuridad uterina. Flota en un líquido que lo protege de la vida externa. Esta es la primera noche, narra Quignard. Luego vendrán otras dos (la noche terrestre y la muerte).

Una de las obras de arte que pueden ejemplificar la noche de la que habla el autor francés es el Estudio anatómico del feto en el útero (1511-1513) de Leonardo Da Vinci. El pintor italiano representa a un ser durante su estancia uterina, inmerso en sí mismo en una noche sensorial y envuelto en una bolsa de sombras, oscuridad a la que el ser humano ansía regresar.

Estudio anatómico del feto en el útero (1511), por Leonardo Da Vinci. Foto: wikiwand.com

El feto no es un ser independiente, aún no tiene activado un yo. Experimenta una sensación de unión y comunión con la madre; se siente parte de ella, un mismo ser. Pero llega el momento en que es expulsado del útero, de la tierra prometida; por eso Quignard también afirma en Abismos, otro de sus libros, que todo bebé nace migrante.

El paraíso perdido, ese rincón de humedad y oscuridad, lo conocimos en el vientre de nuestras madres”, explicó el autor en una entrevista con el comunicador y poeta Cristian Warnken.

La luz asusta al infante, respirar le incomoda, el parto le parece una experiencia cercana a la muerte. El médico corta su cordón umbilical, ese conducto que lo alimentaba dentro del útero, por si al bebé no le ha quedado claro que ha sido extraído del nido que supone el cuerpo materno. Esta sensación de separación se concreta en una cicatriz que tendrá toda su vida: el ombligo.

La oscuridad precede al nacimiento y éste, como dicta la teoría del psicoanalista Otto Rank, supone el primer trauma de la vida; un suceso que remite al desamparo y que se convierte en el modelo base para futuras experiencias de sufrimiento.

TRES PERSONAJES

Hans Saettele, psicoanalista e investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), retoma la obra de Quignard en su artículo Los dilemas del sexo: (A-) sexuación, (IN-) diferencia, (DES-) igualdad. El catedrático escribe que La noche sexual “introduce a la temática de la posición subjetiva frente al sexo”.

En entrevista vía telefónica, Saettele confirma que la idea de Quignard es una contribución importante a la referencia freudiana respecto a una barrera que obstruye el conocimiento del origen humano, el cual el mismo individuo suprime con lo que en psicoanálisis se conoce como la “escena primaria”; es decir, el coito que brinda el origen y que constituye una pieza fundamental en la estructura psíquica.

Es un aspecto de nuestra constitución, algo que nos caracteriza a todos, por eso Quignard lo llama La noche sexual y lo detecta en la pintura”, comenta Saettle.

Tres personajes (1982), por Jean Rustin. Foto: scielo.org.mx

Una de las obras pictóricas que se incluyen en el libro de Quignard y que puede representar la idea de la ausencia en el origen, es la pintura Tres personajes (1982) del artista francés Jean Rustin. Para Saettle, este trabajo transmite la escena primaria.

La creación de Rustin muestra dos cuerpos blancuzcos en pleno coito, mientras un individuo vestido con bata de pintor e ilustrado en una edad indefinible entre la niñez y la vejez, da la espalda a la escena. El sujeto se nota afectado por el vacío, desconcertado por una imagen insuficiente para abordar el tema del origen. Así, las palabras de Quignard sobre que el humano depende de una postura que nunca se revelará ante sus ojos, toman sentido.

En la visión de Saettele, la escena primitiva no define a un sujeto de ninguna identidad sexual, sino a alguien situado del tiempo cronológico que es constante desde la infancia hasta la muerte. “A mi parecer todo es angustiante, como que el sujeto no entiende qué sucede ahí”, infiere.

Lo representado en Tres personajes se traslada a la vida diaria. La sexualidad se convierte en un punto vulnerable ligado a la identidad, donde las angustias hacen acto de presencia e intentan definirse en un lugar situado entre lo masculino y lo femenino.

Sí nos remite, y ese es el mérito de la imagen de Pascal Quignard, a este punto de nuestro origen, siempre. Por ejemplo, en el transexualismo, muchos de ellos, cuando su identidad no coincide con lo biológico, dicen que nacieron así. Esto es justamente un intento de llenar el vacío que existe en esta escena primaria”.

De esta forma, el vacío del origen se convierte en un aspecto que cada individuo debe asumir a su manera. En un sentido lacaniano, esa ausencia carece de atributos que definan lo que es ser hombre o ser mujer. “Lacan afirma que la asexuación es una lógica muy complicada que tenemos que estudiar los psicoanalistas. No es algo que se pueda enseñar a todo el mundo simplemente con fórmulas”.

RECAPITULACIÓN

Como indica Pascal Quignard, desde temprana edad, el ser humano añora un lugar que está en el vientre y no en la tierra. Se enferma de nostalgia. Entonces el niño empieza a buscar el origen, lo que los piscoanalistas conocen como urszene, y duerme chupándose el dedo pulgar en una posición similar a la que tenía cuando habitaba en la matriz.

Foto: Behance / Yuson Chen

Si se recurre a la prehistoria, los seres humanos se adentraban en esos grandes úteros de la Tierra que representan las cuevas, allí proyectaban involuntariamente imágenes en movimiento con las sombras que eran alimentadas por la luz de las antorchas, e impregnaban escenas de vida en pinturas rupestres que luego abandonaban en lo más profundo de la oscuridad. Se buscaba la penumbra materna y así crear la imagen, ese eslabón faltante entre cuerpo y alma, para luego volver a la vida exterior.

Pero la ausencia de la concepción no es la única imagen de la que se priva el ser. Quignard lo dice en La imagen que nos falta: “Una imagen falta al final, ninguno de nosotros asistirá vivo a su propia muerte. También el hombre y la mujer imaginan interminablemente su descenso hacia los muertos. Al otro mundo, el de las sombras”.

Este deambular entre extremos sombríos sobre un sendero cronológico se puede reflejar en el mundo del arte, porque como diría Quignard: “El arte busca algo que no está ahí”.

Entonces, tras el nacimiento, el individuo trata de hacer lo que Sigmund Freud, cuando discutía sobre las maneras en que la vida podría ser más tolerable: el psicoanalista citaba a Federico el Grande, afirmando que cada persona debe inventar la forma de salvarse a sí misma.

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