A toda madre
Opinión

A toda madre

Miscelánea

¡Oh María, madre mía, oh consuelo del mortal,

amparadme y guiadme a la patria celestial!

La madre de familia tiene hijos, los amamanta, su corazón es bueno, vigilante. Con sus manos y corazón, se afana y educa a sus hijos. Se ocupa de todos, a todos atiende”. Así era la madre que allá por el 1500 encontró Fray Bernardino Sahagún, cuando descubría las costumbres de la gente en las nuevas y sorprendentes tierras mexicanas.

Mucho ha cambiado el mundo desde entonces; vertiginosamente en este siglo XXI, entre las urbanitas que son ahora mujeres que han conseguido el dudoso privilegio de trabajar dentro y fuera de casa; sin embargo, el corazón de la madre no cambia. La costumbre de ocuparse de todos y atender a todos, de convertir su casa en oficina, quirófano, sala de estar, sala de ser, y en caso de emergencia hasta tanatorio; es de las pocas cosas buenas que no hemos perdido.

La madre sigue siendo todo corazón y todo terreno. Por supuesto estoy generalizando; siempre hay excepciones. Como en todos los grupos humanos, existen madres fallidas: egoístas, frustradas, envidiosas; atributos que seguramente se deben a circunstancias adversas por las que han concebido a los hijos: una violación, un embarazo que tempranamente rompió sus sueños, un hijo que agobia a una mujer que no tiene vocación de madre; vocación que contra todo lo que se ha pensado hasta ahora, no viene en el ADN de todas las mujeres.

Una característica que compartimos con frecuencia las madres mexicanas, es el machismo: privilegiar al hijo varón por encima de las hermanas, considerar que el macho vale más que la hembra. Con sus males y sus bienes, no conozco mayor prodigio que el de dar vida. Insondable misterio, obra de Dios a través de las madres. Debe ser por eso que desde que tengo memoria, festejamos el mes de mayo con flores y bendiciones. Y es por esa vieja costumbre, que lo que el corazón me pide hoy, es extender los brazos para arropar, aunque sólo sea en la memoria, a mi abuela paterna que me heredó su nombre, a la materna que protegió y cuido con ternura mi pequeña vida, antes de que la frustración la convirtiera en una mujer brusca que repartió el enojo entre los yernos y aún le quedó suficiente para sus nietos. A mamá que hace ya un año, se llevó su alegría al más allá. A las madres que felizmente casadas, se regocijan con los retoños de olivo alrededor de la mesa. A las solteras, que cada mañana salen a romperse el alma para dar sustento, seguridad y educación a sus chiquillos.

Un abrazo triste y solidario para las madres despojadas que como yo, conocen la desolación, el precipicio en que habitamos quienes perdemos un hijo. A las madres de segunda mano, esas que asumen el difícil papel de madrastras al hacerse cargo de los hijos del matrimonio anterior de su pareja. A las madres ancianas que habiendo parido seis o siete hijos, acaban viviendo solas u olvidadas en cualquier asilo; y también a las afortunadas que cuentan con una familia amorosa que las acompaña y las cuida. A las madres que desde prisión, más que la falta de libertad lloran la separación de sus hijos. A las pobres madres empoderadas (que fea palabra) que se pierden el desayuno, los juegos y las risas de sus niños para (entre bostezos) aplaudir las repetitivas y cansinas mañaneras del ganso. Abrazo con admiración a las mujeres que tocado el corazón por Dios, arropan a sus hijos adoptivos, a veces incluso con más delicadeza y generosidad que las madres biológicas. A todas las abrazo excepto a las madres abnegadas. A esas que a con la cabeza baja, consumen su dosis diaria de amargura junto a un hombre que las maltrata; (por sus hijos) justifican. A esas madres que ante el no saber a dónde ni tener con qué, aceptan en silencio el maltrato; para esas se me da la compasión: ¿cómo puedo ayudarte? (preguntaría) pero el abrazo no; por dejadas.

Comentarios