El género, un muro frente a la salud mental
Reportaje

El género, un muro frente a la salud mental

Los trastornos abordados desde la dictadura social

Problemas en órganos específicos, posesión de entes demoníacos, la presencia de espíritus de animales en la sangre y el abuso de la masturbación han sido sólo algunas de las explicaciones que el ser humano ha otorgado a los trastornos mentales a través de la historia. Diferentes sociedades han buscado explicaciones para la depresión y la ansiedad, a veces, haciendo diferencias entre hombres y mujeres o, inclusive, entre clases sociales y razas.

Uno de los casos más conocidos de trastornos divididos por sexo es la histeria, que fue registrada en los papiros egipcios y cuyo nombre proviene de la antigua Grecia, del vocablo “hysteron”, que significa “útero”. Durante siglos, se creyó que esta enfermedad, que supuestamente sólo sucedía en las mujeres, era provocada por la matriz que tenía un “deseo de hacer hijos”. Inclusive Platón mencionaba que cuando el útero permanece mucho tiempo estéril, después de un periodo de pubertad, se indigna y va errante por todo el cuerpo, causando la histeria.

Durante los siguientes siglos, esta se atribuyó a diversas razones y también se crearon múltiples tratamientos, entre los que se encontraba introducir vapores vía vaginal para limpiar cualquier demonio que ocasionara la histeria en los cuerpos femeninos; o bien, quemar a las mujeres en la hoguera, ya que habían estado “endemoniadas”.

Más adelante, en el siglo XIX, continuó siendo un fenómeno exclusivamente femenino, por lo que se generaron teorías que señalaban que se trataba de la represión de impulsos sexuales, por lo que los especialistas la “curaban” masturbando a sus pacientes. Fue hasta después de un siglo, en 1980, que la Asociación Americana de Psiquiatría desapareció la histeria del Manual Estadístico y de Diagnóstico, publicación que concentra las afectaciones de salud mental. La supuesta enfermedad se dispersó entre diferentes trastornos de diversas índoles.

Tuvieron que pasar siglos para que la comunidad científica dejara de catalogar la histeria como un mal que sólo padecen las mujeres; no obstante, miles pasaron por tratamientos que no sólo eran violentos, sino que eran una forma de tortura. Por otro lado, socialmente la palabra “histérica” sigue siendo usada para referirse a una mujer que es irritable, enojona o está “fuera de control”; término que rara vez es utilizado para referirse a un hombre.

La historia de la histeria es un claro ejemplo de que los trastornos mentales han sido tratados diferente cuando se trata de hombres y mujeres. ¿Qué sucede actualmente?

Aparato vibrador utilizado para tratamiento de histeria en 1880. Foto: vice.com

DIFERENTE REALIDAD, DIFERENTES TRASTORNOS

Los trastornos mentales son padecimientos que afectan al sistema nervioso y se manifiestan afectando nuestras emociones, comportamientos y procesos como la memoria y la percepción. A pesar de que en la mayoría de los casos no conducen a la muerte, sí impactan la salud física y limitan la calidad de vida de quienes los padecen.

De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), una de cada cuatro personas en el mundo se verá afectada por un trastorno mental o neuronal en algún punto de su vida. Desde 2006, la institución advirtió que para el año 2020 la depresión sería la segunda causa de discapacidad en el mundo, y la primera en países en vías de desarrollo, como México.

Actualmente, la Secretaría de Salud Federal estima que 15 millones de personas padecen algún trastorno mental en nuestro país. Al igual que a nivel mundial, los diagnósticos más comunes son depresión y trastorno de ansiedad, mismos que se han convertido en un problema de salud pública, debido a que afectan aproximadamente a una de cada tres personas en el mundo.

A pesar de que parecen sólo números, no lo son. Detrás de cada una de estas cifras hay millones de personas, y por lo tanto, también de historias.

Una de ellas es la de Isidro, quien a los 20 años se dio cuenta que algo no andaba bien. Había perdido interés por sus actividades cotidianas y amistades, no quería levantarse de la cama, constantemente se preguntaba “¿para qué?” e, inclusive, sentía que lo que estaba viviendo no era real.

En algún punto ya no aguanté más y pedí ayuda, estaba seguro de que me iban a decir que estaba loco y me iban a encerrar, tenía mucho miedo; pero eran más mis ganas de terminar con esa sensación que el miedo que sentía porque me encerraran en un hospital psiquiátrico. Prefería estar en un manicomio a seguirme sintiendo como me sentía”, recuerda Isidro.

Acudió al psiquiatra y, para su sorpresa, el diagnóstico no fue locura, sino depresión grave.

Otra historia es la de Araceli, quien a los 26 años experimentó algo similar, pues tras una vida de sentir que no pertenecía a ningún lado, también consideró la opción de ser encerrada en algún manicomio. En ese entonces era periodista y las vueltas de la vida la llevaron a una conferencia de salud mental. Al regresar a la redacción lo reconoció con su editor: “tengo eso, hoy lo descubrí”. El hallazgo la llevó a acercarse con especialistas en salud, el diagnóstico: bipolaridad.

Foto: Behance / Jenna Arts

El caso de Daniela, de 22 años, fue distinto. Al terminar una relación sentimental comenzó a perder interés en sus proyectos diarios y llegaron preocupaciones excesivas que venían acompañadas de respiraciones aceleradas y nudos en la garganta. En alguna ocasión, cuando más le faltaba el aire y no podía hablar, una de sus amigas le dijo que se trataba de ansiedad, así que le sugirió ver a una especialista. Efectivamente, se trataba de un trastorno de ansiedad generalizada.

De acuerdo a la OMS, por cada hombre con depresión o ansiedad, hay dos mujeres que padecen alguno de estos trastornos. La propia organización internacional señala que el género es un determinante crítico de la salud mental, y las principales diferencias suceden en los trastornos antes mencionados.

Los estudios confirman estas aseveraciones. En el libro The stressed sex: uncovering the truth about men, women and mental health, los autores analizan los resultados de encuestas nacionales sobre trastornos mentales de países como Gran Bretaña, Alemania, Estados Unidos, Chile y Sudáfrica, entre otros; concluyen que, en todos, las mujeres presentan prevalencias más altas de depresión y ansiedad.

Ana Celia Chapa Romero, investigadora de psicología de la Universidad Nacional Autónoma de México, destaca que las diferencias no sólo se ven en estos trastornos, sino que a los hombres se les diagnostica más con trastorno de la conducta y personalidad antisocial, mientras que, debido a que la sociedad tiene una constante vigilancia del cuerpo femenino y los estereotipos son más fuertes para ellas, a las mujeres se les diagnostica más con trastornos alimenticios.

Tanto investigaciones internacionales como especialistas nacionales, sugieren que son diversos los factores que incrementan la posibilidad de un trastorno mental, incluyendo hipótesis biológicas, psicológicas y sociales; estas últimas asociadas con el género, como la violencia, desventajas socioeconómicas, bajos ingresos, sociedades poco equitativas y la incesante responsabilidad del cuidado de otras personas.

¿ES NUESTRO CEREBRO O LO APRENDIMOS?

Al igual que con la histeria, las primeras indagaciones en torno a la salud mental de hombres y mujeres señalan que los factores biológicos podrían estar implicados, sobre todo en la depresión y ansiedad. Una de las corrientes sugiere que el sexo femenino tiene mayor vulnerabilidad genética ante factores estresantes. Así mismo, hay estudios que plantean que las hormonas juegan un papel importante, ya que, a menudo, el primer episodio depresivo en las mujeres se relaciona con periodos intensos de cambios hormonales, como la fase premenstrual, el periodo perinatal o la menopausia. Sin embargo, las mismas investigaciones sugieren que no puede dejarse de lado que también se dan importantes cambios sociales y demandas sobre el comportamiento de las mujeres.

Foto: Behance/HEPA

Lucía Ciccia, integrante del Centro de Investigaciones y Estudios de Género de la UNAM, señala que es el discurso neurocientífico dominante el que ha generado la idea de que en el periodo de gestación se crea una diferenciación cerebral entre ambos sexos, de acuerdo a los genitales; en pocas palabras, que hombres y mujeres tenemos cerebros distintos. Es este mismo discurso el que reproduce los estereotipos de género bajo la idea de que “nacimos para hacer ciertas actividades”; es así que a las niñas se les permite jugar con muñecas, por su habilidad “innata” de cuidado, y a los niños con bloques y coches.

Sin embargo, un grupo de investigadoras, con el que Ciccia se identifica, critica esta corriente bajo la premisa de que existen ciertos sesgos en el hacer de la ciencia. Investigaciones de la Universidad Rockefeller demostraron que existe tanta diversidad entre los cerebros de un grupo conformado exclusivamente por varones, como en uno conformado por hombres y mujeres. Es así que este estudio habla del “cerebro mosaico”, que se forma a partir de las vivencias de cada individuo.

Lucía Ciccia explica que puede que los cromosomas y hormonas impacten en el cerebro, sin embargo eso no determinaría únicamente dos tipos de cerebro (hombre y mujer), pues de todas formas se debe tomar en cuenta el factor social. Señala que algo que nos caracteriza como especie es la alta plasticidad que tiene este órgano para moldearse.

Es decir, (el cerebro) se modifica con la experiencia, y no tiene que ver sólo con algo como la alimentación, sino con la socialización, los hábitos y conductas. Aprendemos a hacer de una memoria y ese aprendizaje se interioriza en nuestro cerebro. Cromosomas y hormonas afectan, pero son factores como muchos otros. Dar prioridad a esos elementos es un discurso biologicista, un discurso que justifica las conductas de género e inclusive conductas violentas”, señala Lucía Ciccia. La especialista concluye que todos los cerebros son diferentes, debido a que se moldean con las experiencias de vida.

Es así que Ciccia explica que como no existen los cerebros “de mujer y de hombre”, tampoco podemos decir que, debido a un componente biológico, cada sexo actúe de diferente manera. Señala que no es la biología la que que lleva a las mujeres a deprimirse, sino las normativas, los estereotipos y las tensiones que repercuten en nuestro organismo.

El cerebro no causa el estado depresivo. La mujer no nace con predisposición, sino que es un estado anímico por socializar con su género. La depresión tiene que ver con relaciones estructurales y sociales de género, y eso, a su vez, repercute en el organismo”, explica.

El 25 por ciento de la población se enfrentará a un trastorno mental en algún punto de su vida. Foto: Behance / Kseniia Gorshkova

GÉNERO Y LA CONSTRUCCIÓN SOCIAL DE LOS TRASTORNOS

Hombres y mujeres pueden desarrollar por igual los síntomas típicos de los trastornos mentales, sin embargo los viven, manifiestan y se enfrentan a ellos de forma diferente. Por ejemplo, en la depresión, mientras que los varones se quejan principalmente de estar cansados e irritables, además de presentar pérdida de interés en el trabajo o en las actividades recreativas y problemas de sueño; las mujeres la hacen más visible expresando sensaciones de tristeza, baja autoestima y culpabilidad excesiva.

Chapa Romero explica que los estereotipos de género establecen emociones permitidas para uno u otro sexo. “En los hombres no se permite la tristeza, pero el enojo sí; inclusive es un rasgo valorado”, detalla. Es así que estudios señalan que, socialmente, la depresión está asociada con la femineidad, la dependencia, la falta de firmeza, necesidad de apoyo afectivo y baja autoestima. La especialista explica que “puede que los hombres no quieran aceptar que necesitan apoyo, porque debido a la masculinidad, necesitan demostrar autonomía, capacidad de tomar decisiones, seguridad y competencia”.

Las investigaciones aseguran que no es que los hombres no padezcan ansiedad o depresión, sino que es probable que no se atrevan a manifestarlas porque, por razones socioculturales, se les dificulta expresar sus emociones más que a las mujeres.

Por otro lado, el género no sólo marca diferencias en la forma en que se vive un trastorno mental. Diversos análisis demuestran que las vivencias también influyen en la posibilidad de experimentar una primera depresión o crisis de ansiedad, sobre todo cuando se trata de violencia.

La primera vez que Daniela vivió un ataque de ansiedad, pensó que se trataba de presión escolar. Sin embargo, también estaba pasando por una ruptura amorosa. A los pocos meses se percató que cada vez que hablaba con su ex pareja, los ataques regresaban. “La psicóloga ha sido insistente en que mi ansiedad fue provocada por una serie de violencias psicológicas. La relación tuvo mucha agresión verbal, pero siempre muy sutil. Al final, creo que lo que a mí me hizo mucho daño fue pensar que todo lo que pasaba era mi culpa. Estoy segura que es ansiedad provocada por una relación violenta”, recuerda.

Los números de la Encuesta Nacional de Epidemiología Psiquiátrica lo confirman: la violencia de pareja incrementa dos o tres veces la posibilidad de desarrollar depresión, algo similar sucede con la ansiedad. En México las mujeres viven más violencia física, sexual y psicológica por parte de sus parejas, lo que implica mayor posibilidad de desarrollar algún trastorno.

Roles de género, como las labores del hogar en el caso de las mujeres, implican una carga y estrés adicional. Foto: Behance / Catalina Vásquez

Por otro lado, un estudio realizado en este país señala que el 76.2 por ciento de las mujeres que padecen trastorno depresivo mayor vivieron maltrato durante la infancia. Sin embargo, no se trata sólo de la violencia directa que viven las mujeres, pues estudios destacan que en diversas naciones se muestra un incremento de morbilidad psiquiátrica en aquellas que están casadas de mediana edad, en comparación con las solteras; esto no sucede en el caso de los hombres, para quienes el estado civil de “casado” se comporta como un factor de protección frente al desarrollo de la enfermedad mental.

Dentro de las sociedades con roles de género más marcados, tras el matrimonio, diversas actividades recaen sobre las mujeres, como las labores domésticas, la responsabilidad afectiva, el cuidado de hijos e hijas, así como de enfermos, haciendo que muchas de ellas dejen de lado sus planes personales para cuidar de la familia, cosa que no sucede con los hombres.

Chapa Romero destaca que dentro de su práctica como psicoterapeuta ha confirmado lo que dicen múltiples estudios: se trata de factores psicosociales que afectan sobre todo a mujeres si son jefas de familia, más en el caso de las familias uniparentales, o cuando se dedican exclusivamente a las labores del hogar. Normalmente ellas se encuentran con dobles o triples jornadas laborales: aquella con remuneración económica, las tareas del hogar y el cuidado familiar, lo que implica una carga y estrés adicional, además del cansancio físico, que afectan la salud mental.

DIAGNÓSTICOS SIN GAFAS MORADAS

Los estereotipos de género no sólo marcan diferencias en quien padece un trastorno mental, sino también en especialistas. Chapa Romero menciona: “Las diferencias en las estadísticas tienen que ver con las manifestaciones de trastornos en hombres y mujeres, pero también con la respuesta del sistema de salud”.

La propia OMS está consciente de que, en todo el mundo, hay un sesgo en el tratamiento de trastornos mentales. Destaca que es más probable que los especialistas diagnostiquen a una mujer con depresión que a un hombre, inclusive aunque tenga puntuaciones similares en exámenes estandarizados, o aunque presente síntomas idénticos.

Los hombres y mujeres con ansiedad o depresión no reciben la misma atención médica, y tampoco la misma simpatía a nivel social. Un estudio realizado en Reino Unido a mil 218 participantes, demostró que es más común que se piense que una mujer tiene depresión y necesita ayuda profesional, inclusive cuando los síntomas son iguales a los de un hombre.

Puede que los hombres no acepten que necesitan apoyo debido a que se ve como algo poco masculino. Foto: Behance / Michael Driver

El estudio constó en que los participantes debían leer la historia de una persona. Para la mitad del grupo el protagonista era Jack y para la otra mitad era Kate. Misma historia, diferente género. Tras leer los textos se les preguntó a los voluntarios si creían que el o la protagonista podría tener algún trastorno mental y qué tanto le recomendarían buscar ayuda profesional. Los resultados mostraron que los participantes tendían a negar que Jack tuviera un trastorno mental, sobre todo cuando se trataba de los participantes hombres. Por otro lado, en el grupo que leyó la historia con personaje femenino, tanto hombres como mujeres concluían que Kate tenía un trastorno mental y debía buscar ayuda profesional.

Al también estar socializados bajo los estereotipos tradicionales de género, es común que el personal que atiende la salud mental pase por alto ciertas sintomatologías. Es así que Lucía Ciccia nuevamente explica que es más fácil diagnosticar a la mujer que al varón con depresión, debido a que socialmente los síntomas están feminizados. “Hay una teoría que nos dice que si los síntomas que expresa el varón se tomaran en cuenta, la depresión en ellos sería más evidente y disminuiría la prevalencia”, comenta.

Es decir, si el sector de atención psicológica y psiquiátrica tomara en cuenta que los hombres no lloran por estigma social, y que en vez de eso se muestran irascibles, entonces probablemente habría más varones con un diagnóstico de depresión.

Para que esto suceda, es necesario que los especialistas tengan noción de la socialización de género. Inclusive se propone una psicoterapia de orientación feminista, que no encasilla a los hombres y mujeres en ciertas formas de actuar ni en diferentes tipos de cerebros.

UN BUEN DIAGNÓSTICO PUEDE CAMBIAR LA VIDA, TAMBIÉN UNO ERRÓNEO

Sin importar las diferencias entre ambos sexos, la mayoría de las personas que buscan ayuda de especialistas no son correctamente diagnosticadas por sus médicos, por lo que no reciben el tratamiento debido. La ONU (Organización de las Naciones Unidas) señala que en nuestro país, sólo el 50 por ciento de quienes buscaron atención especializada en salud mental, recibieron un tratamiento adecuado.

Araceli es parte de esa estadística. A pesar de que a los 26 años fue diagnosticada con bipolaridad, años después otro especialista le dijo que se trataba de trastorno límite de la personalidad, y más adelante le dijeron que era ansiedad con tendencia depresiva.

A pesar de que los especialistas en salud mental le hicieron diversos exámenes, fue hasta una revisión anual con su ginecólogo que se dio cuenta que era hipertiroidea y eso afectaba su estado de ánimo.

Los hombres con depresión pueden ser mal diagnosticados porque prevalece la ira sobre la tristeza. Esta última no suelen expresarla al considerarla un atributo femenino. Foto: Behance / Ibrahim Rayintakath

Fui con muchos psiquiatras y a ninguno se le ocurrió que tenía que ver con la tiroides. Me da mucho coraje porque pudieron haberme ayudado mucho antes, y pude haber pasado por momentos mucho menos dramáticos. No creo que cuando me dieron el primer diagnóstico yo haya sido bipolar”.

Fue dos décadas después del primer diagnóstico, tras atender sus problemas de tiroides, tomar cursos de psicología y desarrollo personal, y estar consciente de que el cerebro no lo es todo, que recibió el diagnóstico con el que vive actualmente: distimia, o trastorno depresivo persistente.

Aunado a esto, los datos de la OMS señalan que existen diferencias en los patrones para buscar ayuda ante un trastorno mental. Mientras que las mujeres son más propensas a revelar problemas de salud mental con el médico familiar o general; los hombres buscan ayuda con especialistas tales como psicólogos, psiquiatras y neurólogos. Daniela e Isidro son ejemplo de estos patrones: mientras que ella se acercó a su red de apoyo conformada por amigas, y más adelante ya con una psicóloga, él fue directo con un psiquiatra.

CIENCIA ANDROCÉNTRICA, LAS RAÍCES SEXISTAS

De acuerdo con el psicólogo Luis Bonino, lo masculino y sus valores todavía se toman, en la cultura y en el ámbito de la salud mental, como paradigma de la normalidad, salud, madurez y autonomía, por lo que pareciera que no requieren interrogación. Él señala que la creencia de que el varón es el modelo de la normalidad humana y de la salud, es tan fuerte, que llega a invisibilizar las psicopatologías masculinas, dejándolas innombradas e impensadas. Si retomamos la idea de la histeria, lo podemos comprender perfectamente. Durante siglos se pensó que sólo las mujeres podían tener esta “enfermedad”, cuando en realidad ya se ha demostrado que los hombres también pueden padecer los trastornos con los que era confundida.

A través de la historia, la ciencia sea ha realizado desde una perspectiva androcéntrica, es decir, desde y para el hombre. Pero Lucía Ciccia explica que no cualquier hombre, sino el occidental, blanco y heterosexual; lo que ha implicado un quehacer científico muy sesgado, tomando al varón como estándar. Es así que actualmente todavía existen ensayos clínicos que incorporan sólo voluntarios masculinos, o sólo animales machos.

Si bien países como Canadá han implementado reglas para la asignación de subsidios, lo que implica que sólo se da presupuesto a las investigaciones que incorporan a machos y hembras, sigue habiendo estudios que justifican la división porque podría haber variaciones en los resultados debido a las hormonas femeninas. Sin embargo, Ciccia señala que nunca se cuestiona a la testosterona, a pesar de que también genera fluctuaciones.

Es importante que los estudios científicos se hagan tomando en cuenta ambos sexos. Foto: Behance / Bjorn Oberg

La especialista expresa que es justamente este discurso el que reproduce la idea biologicista, lo cual es peligroso ya que busca causalidades biológicas, como su nombre lo dice, y por lo tanto no sugiere cambios sociales y estructurales. Para ella y muchas otras científicas, la salud mental es un problema social, no individual ni biológico.

SALUD MENTAL, EL PRIVILEGIO DEL QUE NO SE HABLA

En un país como México, la salud mental es un privilegio. Chapa Romero lo confirma. Las razones son múltiples, pero para ella la principal es el estigma social que hay alrededor de los trastornos mentales. “El estigma es muy fuerte cuando se trata del servicio de salud mental y la atención psicológica y psiquiátrica. Si bien sí tiene que ver con niveles socioeconómicos y educativos, ese estigma también está presente en las clases sociales más privilegiadas o con mayor educación”.

Quien acude a servicios de salud mental, normalmente tiene que luchar contra el estigma social de ir con psiquiatras o psicólogos. También existe un alto costo al asistir a especialistas privados, y en México la opción del servicio público es muy acotada.

De acuerdo con la ONU, del total de presupuesto asignado a la salud en México, solamente el dos por ciento es orientado a la salud mental. De este pequeño porcentaje, el 80 por ciento se destina a los hospitales psiquiátricos, por lo que las acciones enfocadas al trabajo comunitario se ven reducidas. Esto implica que el personal especializado no es suficiente para el número de personas que necesita atención, sobre todo cuando se trata de las clínicas y hospitales locales. La ONU ha señalado que, en México, por cada 100 mil habitantes hay 1.6 psiquiatras, un médico y un psicólogo.

En los hospitales de primer, segundo y tercer nivel, son muy pocos los psicólogos para toda la población y dan cita muy espaciada; aunque la atención sea gratuita, no es la más adecuada porque no hay personal”, comenta Chapa Romero.

Daniela lo vivió de primera mano. Cuando decidió acudir con especialistas en psicología, el primer contacto que hizo fue con los servicios gratuitos de su universidad; la respuesta fueron dos meses de espera para una cita. Al ser algo que tenía que atender de manera inmediata, decidió acercarse a los servicios del DIF, sin embargo tampoco le funcionó, pues sentía que era un número más en una lista, no había atención personalizada ni privacidad durante la sesión terapéutica. Finalmente, terminó acudiendo a una psicóloga privada, por la que mensualmente paga mil 200 pesos.

México no posee suficientes especialistas de la salud mental. Foto: Behance / Lorenzo Gritti

No sólo es la falta de personal en el sector público, sino que los hospitales psiquiátricos están principalmente ubicados en grandes ciudades. De acuerdo a la Secretaría Federal de Salud, 61 por ciento de los psiquiatras se encuentran en Ciudad de México, Nuevo León y Jalisco; disminuyendo la probabilidad de que quienes viven en el ámbito rural o en ciudades más pequeñas, puedan acudir a especialistas en salud mental.

Isidro sabe que, debido al hogar donde nació, es de los pocos que han corrido con suerte para poder atender su depresión. “Sé que soy muy privilegiado. De no tener las condiciones de vida que tengo, la estaría pasando mal en todo momento”. Y no se refiere solamente a las condiciones económicas, pues mensualmente gasta dos mil 200 pesos en medicamentos; se refiere también al haber tenido una educación que le permitiera saber de la existencia de la psiquiatría, el tener una familia que no lo estigmatizara y la inteligencia emocional para no dejar el tratamiento.

Probablemente, (de haber nacido en otro lugar) ni me lo plantearía. Viviría enojado de no saber por qué me pasa. Sería algo que no sabes que existe y que te hace daño todos los días, es bueno saber que esto tiene un nombre y que no es saludable”.

Tomando en cuenta que las mujeres tienen menos acceso a la educación, a trabajos remunerados y a tiempo libre, muchas de ellas no tienen la posibilidad de acceder a los servicios de salud y mucho menos a los medicamentos. Aunado a esto, especialistas señalan que la falta de personal médico femenino puede ser, en ocasiones, una barrera para que ellas se acerquen a los servicios de salud.

Chapa Romero señala que, en su experiencia como psicóloga, se ha encontrado con diversas mujeres que, a pesar de tener consultas gratuitas, no tenían dinero para los pasajes, pero además tampoco tenían con quién dejar a sus hijos, lo que les imposibilitaba una atención psicológica adecuada.

Araceli podría estar en una situación similar, pues actualmente también debe pagar consultas y medicamento de su hija, por lo que ella dejó de asistir a sus sesiones de terapia psicológica. Sin embargo, ella está consciente de que su salud mental va primero, “es como las mascarillas de oxígeno del avión, para poder ayudar a alguien más, primero tienes que ayudarte a ti misma. Si yo no estoy bien, no puedo ayudar a mi hija, así que si en algún punto necesito regresar a terapia, lo haré”, explica.

La enfermedad mental puede volverse un círculo vicioso en familias donde uno sólo de sus miembros comience a presentar síntomas y permanezca sin tratarse. Foto: Behance / Elena Iukianova

ES PROBLEMA DE TODOS Y TODAS

Hay un largo camino por recorrer en términos de trastornos mentales y género. Sin embargo, hay investigaciones que ya comienzan a recorrer ese camino, pues se ha determinado que las diferencias por género en trastornos mentales se reducen en la medida en que se producen cambios en el rol tradicional femenino. Un estudio llevado a cabo por investigadores de todo el mundo, publicado por la universidad de Harvard, demostró que, a pesar de que la diferencia en trastornos mentales es consistente en diversas latitudes, la brecha disminuye en aquellas sociedades donde las mujeres han dejado a un lado los roles tradicionales. Esta investigación señala que en las sociedades con menor diferencia, ellas tienen más oportunidades de empleo, control natal y escolaridad.

Tal como Ciccia lo señala, mientras como sociedad sigamos pensando que los trastornos mentales son resultado de cambios biológicos, no cambiaremos los esquemas y estructuras de desigualdad y violencia que afectan a nuestros cuerpos. Chapa Romero también destaca que, además de la perspectiva de género, es necesario analizar las estructuras de poder, que tienen que ver con una mirada interseccional con la situación económica, clase social y raza.

Especialistas destacan que la violencia de género y los trastornos mentales pueden crear un ciclo interminable en una familia y en la sociedad. Pensando en una familia que cumple los roles tradicionales, el desempleo puede llevar a un hombre a la depresión, misma que muestra por medio del enojo y la ira, por lo que podría violentar a su pareja, quien a la vez tendría más posibilidades de presentar un trastorno mental, y por lo tanto sus hijos e hijas crecerían en un ambiente hostil que permitiría la reproducción de la violencia y el aprendizaje de los trastornos.

Podríamos concluir que tener perspectiva de género al hacer ciencia y al abordar los trastornos mentales podría cambiar la vida no sólo de Daniela, Isidro y Araceli, sino de millones de personas.

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