Beltracchi, el hombre que engañó al mundo del arte
Arte

Beltracchi, el hombre que engañó al mundo del arte

Obras maestras que enamoraron a los expertos

The Forest (2) (El bosque) es “la imagen más hermosa que Max Ernst haya pintado jamás”, afirmó la viuda del pintor surrealista al ver el cuadro que la compañía Salomon Trading había adquirido de una colección privada por 1.8 millones de euros. Antes de la compra, la pintura fue revisada por Werner Spies, un renombrado experto en la obra de Ernst, quien tampoco pudo identificarla como una de las imitaciones de Wolfgang Beltracchi, posiblemente el mayor falsificador de arte en los últimos siglos.

La pieza mencionada pasó por varias galerías y movió millones de euros antes de que se descubriera su falsedad. Ese procedimiento se repitió con numerosas falsificaciones durante más de tres décadas. El estafador dice haber hecho más de 300 obras bajo el nombre de artistas tan diversos como Pablo Picasso, Paul Gauguin, Fernand Léger, entre otros modernistas y vanguardistas reconocidos. Según Beltracchi, muchas de sus creaciones siguen exhibiéndose en famosos museos o permanecen en colecciones privadas colgadas al lado de valiosos cuadros originales.

El 27 de agosto de 2010, su prolífica carrera delictiva se vio truncada cuando cinco patrullas rodearon el auto donde viajaba con su esposa y cómplice Helene Beltracchi. Los llamados “Bonny y Clyde del arte” corrieron con suerte: sólo se presentaron pruebas de la falsificación de 14 obras y, aunque estas fueron vendidas por un total de 45 millones de dólares, su condena fue de únicamente seis años para él y de cuatro años para ella. La mitad de sus ingresos, a partir de entonces, les serían retirados para resarcir los daños ocasionados.

Esta condena marcó un cierre para las lucrativas actividades ilícitas de la pareja, pero también les supuso un nuevo comienzo en el mundo del arte. De esto se hablará más adelante, luego de dar un recorrido por la trayectoria fraudulenta de Beltracchi.

LOS INICIOS

Nacido en 1951 en Höxter, Alemania, como Wolfgang Fischer, presentó desde muy joven un marcado talento para el arte. Su padre trabajaba en iglesias como restaurador y muralista, y en su tiempo libre gustaba de hacer copias de la obra de grandes maestros como Rembrandt y Cézanne. El futuro falsificador también adquirió este pasatiempo y a la edad de 14 años logró hacer una reproducción bastante decente de un Picasso. Desde entonces, su camino no se separaría del arte.

A los 17 años dejó la escuela, tras lo cual ingresó a una academia de arte que, de igual forma, no acaparó su atención. Las clases lo aburrían y uno de los profesores rechazaba sus proyectos porque decía que eran “demasiado buenos” para que los hubiera hecho él, así que decidió comprar una motocicleta e iniciar un estilo de vida seminómada.

Estudio de Wolfgang Beltracchi. Foto: mytemplart.com

Durante las década de los setenta, se ganó la vida vendiendo antigüedades y pinturas en mercados de las calles de Marruecos, Barcelona, París y Londres. Mientras tanto, seguía practicando sus habilidades pictóricas. Incluso, en 1978, logró formar parte de una exhibición en una importante galería de Munich.

Pero fue otro suceso el que marcaría su futuro de forma más tajante: en ese entonces hizo su primera falsificación. En una de sus vendimias notó un fenómeno en torno a un grupo de paisajes invernales del siglo XVIII, y es que la gente pagaba mucho más por aquellos que mostraban patinadores en el hielo, a pesar de que habían sido realizados por el mismo autor. Así, decidió agregar patinadores a los cuadros donde no estaban presentes. Nadie se dio cuenta de la estafa y él obtuvo mayores ganancias en lo que hasta el momento parecía ser un hecho aislado.

A inicios de los ochenta, Wolfgang todavía estaba en el lado legal del mercado del arte. En 1981 fundó la galería Kürten & Fischer, aunque pronto le pesó el tedio de estar encerrado en una oficina todo el día haciendo labores administrativas. El proyecto fracasó, pero aquellos patinadores ya habían implantado en él una inquietud por explotar su talento de forma que no tuviera que seguir pasando penurias económicas.

Estaba decidido: se especializaría en falsificar obras de expresionistas franceses y alemanes de los años veinte, especialmente de Johannes Molzahn y Heinrich Campendonk. No eran tan conocidos como para generar gran controversia con la venta de sus pinturas, pero eran suficientemente relevantes como para cobrar sumas sustanciosas por ellas. Landschaft mit ferden (Paisaje con caballos) fue vendida por 700 mil euros al conocido actor Steve Martin.

EL MÉTODO

Es sabido que algunos artistas generan varias versiones de una misma obra, en ocasiones con diferencias apenas perceptibles entre una y otra; pero Wolfgang Fischer no hacía reproducciones de obras ya existentes, sino que creaba desde cero el concepto de cada falsificación. Para tal trabajo es necesario ser “un historiador que sea un restaurador, a su vez pintor y que tenga conocimientos científicos”, afirma el estafador en una entrevista para The Art Newspaper.

En el documental The art of forgery queda de manifiesto esta aseveración. Una vez elegido el próximo pintor a imitar, Fischer indagaba en su periodo creativo menos prolífero y más desconocido; de esta forma sería más verosímil que se descubrieran nuevas obras de esos años. Luego se dirigía a buscar pinturas y marcos de aquella época en mercados de antigüedades. Con procedimientos químicos retiraba los pigmentos de los cuadros para reutilizarlos bajo la identidad de algún artista fallecido; por supuesto, tomando en cuenta dónde vivía el artista en ese año, cuáles eran sus motivos de mayor interés, qué materiales empleaba y cuál era su técnica predilecta en ese momento. “Después de estudiar a un pintor, yo podía saber qué había comido, llegaba a oler sus alimentos. Era como el Método de los actores”, asegura.

Landschaft mit ferden (Paisaje con caballos). Foto: Robert Fischer

Una vez terminado el proceso, se dirigía directamente con algún experto para que validara la autenticidad de la obra. Generalmente bastaba con el visto bueno de alguno de los mayores especialistas en arte para que los compradores aceptaran gustosos las piezas, incluso sin realizar pruebas químicas.

LA CÓMPLICE

En 1992, cuando Wolfgang conoció a Helene Beltracchi, el negocio alcanzó nuevos horizontes. La mujer se enteró, desde la segunda cita, de cómo aquel sujeto con pinta de hippie se ganaba la vida. Sorprendentemente eso no fue causa de conflicto alguno y contrajeron matrimonio al año siguiente. Con este trámite no sólo formalizaron su relación sentimental, sino también la empresarial.

Se inventaron una historia en que Helene era la heredera de una colección de arte que su abuelo había obtenido del galerista judío Alfred Flechtheim, luego de que fuera perseguido por las fuerzas nazis en la Segunda Guerra Mundial. Wolfgang creó un sello para distinguir las obras de la supuesta colección y entre los dos montaron algunas fotografías antiguas para dar mayor veracidad al relato.

Con este nuevo respaldo, el falsificador se animó a tomar mayores riesgos, imitando el estilo de artistas más conocidos, como Max Ernst o Paul Cézanne. La supuesta heredera sería quien llevaría a cabo las negociaciones. Cabe mencionar que con la posibilidad de reproducir a pintores más relevantes históricamente, las ganancias por obra pasaban de ser de cientos de euros a millones.

La pareja hizo negocios con alrededor de una docena de comerciantes y casas de subasta, entre ellas la famosa Christie’s, que incluso colocó falsificaciones de Beltracchi en las portadas de algunos de sus catálogos.

Después de que se descubriera que la colección del abuelo de Helene nunca existió, Wolfgang tuvo que informar a todos sus compradores de la estafa. “Les avisamos y ellos podían haber informado a sus clientes [...] Dijimos ‘todo lo que nos compraste era falso’. Pues bien, no reaccionaron en absoluto. No hemos recibido ninguna pintura de regreso”, detalla. Tampoco existe información pública sobre si algunas de las obras fueron devueltas a las casas de subasta.

VORACIDAD EN EL MERCADO

Esta inacción por parte de las víctimas de Beltracchi, podría explicar por qué sus falsificaciones pudieron permanecer tanto tiempo en el mercado del arte sin ser detectadas. También da una idea de por qué sólo se reunieron pruebas de 14 cuadros fraudulentos de los cientos que dice haber realizado.

Helene y Wolfgang Beltracchi. Foto: Robert Fischer

Al respecto, la presidenta de Análisis Científico de Bellas Artes LLC, Jennifer Mass, destaca que, si bien las casas de subasta pretenden evitar la circulación de obras falsas entre los coleccionistas, su principal objetivo es vender. Es decir, de entrada todo está dispuesto para dar el sí a la autenticidad de una nueva pieza.

La también doctora en ciencias del patrimonio cultural destaca que, debido a este sistema deliberadamente fallido, se estima que entre el cuarenta y setenta por ciento de las obras en el mercado son falsas. El arte vernáculo, el folclórico, las porcelanas chinas y los trabajos de Modigliani son especialmente propensos a ser falsificados.

Para evitar este tipo de estafas, es necesaria la colaboración entre curadores, expertos en arte y científicos. Mass asegura que, de haberse dado esa triada, Beltracchi hubiera sido descubierto mucho antes.

El falsificador cayó precisamente cuando una de sus obras, Rotes Bild mit Pferden (Cuadro rojo con caballos), la pintura más cara que se ha vendido de Campendonk (tres millones de dólares), fue sometida a pruebas químicas. De esta forma se encontró un blanco titanio que todavía no existía en 1914, la supuesta fecha de la pieza. Wolfgang sabía que ese pigmento no era propio de la época, pero asegura que empleó una marca de pintura que no lo señalaba.

Sin embargo, Mass afirma que ese no fue el único error. Los rayos-X revelaron otra obra oculta, realizada con anterioridad sobre la misma tela, pero que definitivamente no pertenecía a Campendonk. Además, el lijado del lienzo era demasiado agresivo y su construcción no era la que solía usar el artista. Asimismo, la técnica de secado dejó como resultado una distribución de ácidos grasos que no concuerda con la obra original del autor.

Defectos como este posiblemente se encuentran en todas las falsificaciones de Beltracchi, pero nadie había querido encontrarlos realmente, probablemente porque para todos los involucrados era mucho más redituable el descubrimiento de nuevas obras maestras que la revelación de una estafa.

EL BELTRACCHI ORIGINAL

Ahora, después de haber pasado por prisión, el vínculo de Beltracchi con el arte está lejos de ser sepultado. Por el contrario, desde que cumplía su condena pudo producir suficientes obras originales para montar una exposición individual, aún estando tras las rejas, con ayuda de una galerista sueca. La colección se vendió en un periodo de tres semanas por 650 mil euros. No son los millones que ganaba con sus falsificaciones, pero es una suma nada despreciable.

Tanz auf der treppe (Baile en la escalera), original de Beltracchi. Foto: Beltracchi-art.com

La suerte le siguió sonriendo de modo que, por buen comportamiento, sólo permaneció encerrado cuatro de los seis años que le habían asignado en una cárcel de mínima seguridad. De esta forma, le fue posible estar presente en su segunda exhibición, llevada a cabo en 2015, titulada Freiheit (Libertad). Estuvo conformada por 24 piezas y la más cara se vendió en 78 mil euros.

Su trabajo como artista ha sido criticado porque se basa en la combinación de estilos y motivos de aquellos que ya había aprendido a imitar. Por ejemplo, Tanz auf der treppe (Baile en la escalera) es un homenaje a una pintura de Fernand Léger, donde además integra figuras “prestadas” de Oskar Schlemmer.

La última exposición en la que ha participado, hecha en conjunto con el fotógrafo Mauro Fiorese, es una reflexión de la historia del arte. Fue inaugurada en 2018 y durante ese año y el siguiente recorrió ciudades europeas como Venecia, Hamburgo y Viena La muestra, titulada KAIROS. The right moment, presenta una serie de obras de Beltracchi, las cuales retratan momentos históricos como si hubieran sido capturados por diferentes artistas de haberse encontrado en el lugar e instante adecuados para hacerlo.

Por ejemplo, explora cómo el pintor del romanticismo William Turner se hubiera interesado por inmortalizar la embarcación en la que Charles Darwin partió a las islas Galápago, o cómo el impresionista Monet hubiera empleado la cámara fotográfica como medio para plasmar sus ideas. Por su parte, Fiorese exhibe imágenes donde se aprecian cientos de pinturas en bodegas, poniendo sobre la mesa el hecho de que sólo un pequeño porcentaje de la historia del arte está ante los ojos del público.

Ante el señalamiento de que carece de una marca propia, Beltracchi simplemente responde que “no hay diversión en hacer siempre lo mismo”, dejando claro que su intención es seguir jugando a encarnar decenas de artistas y expresarse desde la pincelada de cada uno de ellos, pero con la libertad de hacerlos encontrarse uno al otro en un mismo lienzo, o de llevarlos a otras épocas y a otros lugares que no les tocó vivir.

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