Los viejos que seremos
Salud

Los viejos que seremos

Serán más los de la tercera edad

Hace un lustro, en 2015, sexagenarios, septuagenarios y demás, sumaron 900 millones en el mundo. En las próximas tres décadas, según estimaciones de organismos internacionales, 22 de cada 100 habitantes del planeta estarán ubicados en la tercera edad, es decir, para 2050 habrá dos mil millones de personas con al menos 60 años de edad.

El crecimiento de los adultos en plenitud es irrefrenable. Los sesentones, por ejemplo, ya superan en número a los infantes menores de cinco años.

Una causa de esto es la esperanza de vida: en casi todo el mapa global, la gente tiene buenas oportunidades de alcanzar, como mínimo, la sexta década.

Eso significa, entre otras cosas, que si hoy día hay en la Tierra 125 millones de personas con 80 años o más, para 2050 tan sólo China tendrá casi esa misma cantidad: 120 millones de octagenarios.

El envejecimiento poblacional ya es una realidad en naciones con altos ingresos como Japón. Allá, tres de cada cien nipones han alcanzado la tercera edad. En las próximas décadas, los cambios más destacados se observarán en soberanías como Rusia o Chile. Para mediados del siglo, su proporción de vejez será similar a la japonesa.

El invierno de la vida, la última estación del viaje, o la vejez, como usted prefiera llamarle, depara experiencias ligadas a los hábitos cultivados en los ayeres.

OPORTUNIDAD

Vivir más no tiene por qué ser sinónimo de convertirse en una carga. Esos años plenos de vivencias pueden aprovecharse de modos que generen beneficios en lo individual y en lo colectivo.

La etapa más lejana al nacimiento suele representar jubilación, tiempo libre, cambios de rutinas e incluso de residencia, conceptos que facilitan emprender actividades, desde iniciar algunos estudios hasta retomar aficiones abandonadas en el camino.

Sin embargo, estar en condiciones de emprender proyectos exige gozar de buena salud.

Foto: Archivo Siglo Nuevo

Hacerse viejo representa, en muchos casos, la merma de capacidades físicas y mentales. Pero, la senectud no se instala en la vida de un solo modo. La manifestación de los años suele ser relativa, es decir, gradual, pero no uniforme.

Desde la perspectiva biológica, uno envejece por acumulación de daños moleculares y celulares. La combinación de días transcurridos y perjuicios recabados suma enteros al riesgo de padecer alguna enfermedad y, en último caso, de morir.

No obstante, el invierno vital se caracteriza por la diversidad. Hay septuagenarios en excelente condición, perfectamente autónomos; otros son frágiles y requieren mucha ayuda.

Del lado menos amable del tema, el adulto en plenitud contrae afecciones. Las más comunes son la disminución del sentido auditivo, sufrir cataratas, batallar con errores de refracción, sentir dolores de espalda y cuello, ser diagnosticado con osteoartritis, padecer neumopatías obstructivas crónicas, entrar en depresiones, o vérselas con la demencia. Otro peligro de consideración se llama diabetes. Para agravar las cosas, a más edad, mayor probabilidad de convivir con varios males a un mismo tiempo.

Las etapas postreras de la existencia también son la zona de los llamados síndromes geriátricos, estados de salud complejos que surgen a raíz de la confluencia, en un mismo organismo, de caídas, fragilidad, estados delirantes o úlceras, entre otros factores.

SITUACIÓN

Algunas variaciones en la salud son determinadas por la genética; otras se deben al influjo del entorno social, el hogar, el vecindario, la comunidad de la que forma parte el adulto mayor.

En los compases del bienestar, o del continuo padecer, juegan un papel características personales como el sexo o el nivel socieconómico.

El contexto en el que uno se desenvuelve influye bastante a la hora de adoptar y perseverar en actitudes saludables. Hábitos como llevar una dieta equilibrada, activarse de forma regular, respirar libre de humo de tabaco.

Adoptar hábitos saludables, como el ejercicio, ayudará a disminuir los malestales en la tercera edad. Foto: Archivo Siglo Nuevo

Un entorno adecuado reduce el riesgo de ser diagnosticado con alguna enfermedad no transmisible y contribuye a conservar afinadas las facultades tanto físicas como mentales.

El contexto deseable incluye vivir en edificios con servicios básicos funcionales, en comunidades cuya infraestuctura permita caminar sin sobresaltos, en zonas urbanas con opciones de transporte seguras y accesibles.

Ejercitarse adquiere cada vez más el estatus de asunto prioritario, especialmente cuando la actividad moderada se ve coartada por una contingencia sanitaria que invita al sedentarismo.

La misión, en suma, consiste en mantener la masa muscular mediante el ejercicio y una alimentación adecuada. Entre ambas prácticas, además de redituar mejora física, ayudan a preservar la función cognitiva. Otro modo de ponerlo sería que retrasan la dependencia y aumentan la resistencia del individuo.

CUIDADO

Adoptar costumbres sanas hoy equivale a obsequiarnos un plan de pensiones con cuotas de bienestar que se van ahorrando para el mañana.

Cabe reiterar que no existe un modelo único del adulto mayor. Hay octogenarios cuya lucidez y capacidad física son envidiables e incluso superiores a las de muchos jóvenes. En el reverso de la moneda, varios veteranos de la vida sufren un deterioro considerable de sus potencias a edades tempranas.

Un tema que, como sociedad, debe combatirse es el prejuicio según el cual los adultos mayores son sinónimo de carga. Discriminar a las personas por la partida de nacimiento es hacer daño y privar a la sociedad de experiencias valiosas y capacidades que, en muchos casos, se mantienen intactas.

Dar su lugar a los veteranos de la existencia reclama emprender varias tareas. En el terreno médico, por ejemplo, implica desarrollar sistemas sanitarios que respondan a sus necesidades y preferencias. Hay tiempo, pero no tanto, para hacer las modificaciones pertinentes. La Comisión Nacional de Población estima que para 2050 en México habrá más de 24 millones de personas con 65 años o más.

Alcanzar el invierno de la vida no tiene por qué significar vivir entumecido ni morir de frío.

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