Tateh Lehbib y su arquitectura social
Arquitectura

Tateh Lehbib y su arquitectura social

Las casas de botellas de plástico para refugiados

Los refugiados se ven orillados a huir de su país, por violencia, por hambre, por insólitos conflictos políticos. Lo hacen en masa dejando atrás su tierra y escasas pertenencias. Cargan con ellos la ropa que llevan puesta, algunas talegas con mendrugos para apaciguar el hambre durante el penoso peregrinaje, y su miseria de siempre. Si tienen la suerte de ser aceptados por un país ajeno, la adversidad continúa pegada a ellos como si fuese su piel. Al comienzo de su resguardo viven en campamentos improvisados. Cuando las décadas transcurren las lonas de las casas se pulverizan por el sol y el paso del tiempo; entonces los palos empapados de sucio aceite se alinean como paredes para formar un solo cuarto tapado con láminas de zinc que se calientan como si fueran comales en el mediodía de verano y agudizan el frío en las noches de invierno.

Los refugiados no poseen nada. No es suyo el pedazo de tierra que pisan y no se les permite trabajar en la nación receptora. Viven de la solidaridad de otras naciones ajenas a los conflictos que desatan las migraciones forzadas. El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) es el organismo internacional encargado de reunir los diversos apoyos (principalmente alimentos y medicinas) que son donados para los refugiados en diversas partes del mundo.

ACNUR estima que existen alrededor de 71 millones de personas desplazadas a la fuerza en el mundo; el 80 por ciento de ellas habita en países vecinos al de origen. Cada día, asegura el organismo de la Organización de las Naciones Unidas, 37 mil personas “se ven forzadas a huir de sus hogares por causa de los conflictos y la persecución”.

EL REFUGIADO, LA ABUELA Y LA BOTELLA DE PLÁSTICO

Las botellas de plástico ruedan por el mundo dejando atrás el país donde fueron creadas, y en el mar se reúnen. Al norte y sur de los océanos Pacífico, Atlántico e Índico forman cinco “islas” que juntas, sumados los envases dispersos por el resto del planeta, pueden cubrir completamente el territorio de Argentina.

Miles de estas botellas se dispersaron por los campos de Tinduf, al oeste de Argelia, en un territorio árido cubierto por dunas y poblado por 170 mil refugiados políticos del Sahara Occidental. Entre aquellos asilados destaca Koria, una anciana que usaba un abollado bastón de aluminio para apoyarse al caminar; su túnica azul celeste contrastaba con el ámbar de las dunas que se suceden en el paisaje africano.

Koria, abuela de Tateh Lehbib. Foto: theswitchers.eu

Koria soportó las tormentas de arena y las torrenciales lluvias, pero su refugio hecho de frágiles palos y austeras láminas no. La débil estructura se vino abajo en una de aquellas tormentas y su nieto, Tateh Lehbib, lo padeció.

La adversidad política y social, el crudo clima y la basura plástica exportada de occidente fueron elementos que el ahora ingeniero Tateh Lehbib está utilizando para generar una corriente de arquitectura sustentable, una arquitectura del desierto que de alguna forma mengüe la desdicha de su gente, asilada desde hace más de cuarenta años en La Hamada, la zona más dura e inhóspita del desierto del Sahara.

Tateh Lehbib nació en los campamentos de refugiados de Tinduf hace treinta años. A los once tuvo la posibilidad de dejarlos atrás para estudiar ingeniería en la Universidad de Argel; posteriormente se especializó en España, donde vive. “Este saharaui ha vuelto a los campamentos con un solo empeño: convertir el desierto en el que se asientan los campos de refugiados en un lugar habitable”, escribió el periódico español El País al hacer una reseña de quien conocen como “el loco”.

El sobrenombre le viene desde que comenzó a rellenar con arena las botellas de plástico regadas por el campo. Su propósito fue construir una casa para su abuela Koria.

Durante dos semanas, en 2016, recolectó cinco mil envases de un litro y medio y los saturó de fina arena. Después dibujó en el suelo una planta circular y comenzó a apilar las botellas. Para pegarlas empleó una mezcla de arena y paja, luego enjarró la superficie con cal y tierra y al final pintó el nuevo hogar con cal. La blancura del material refleja el calor.

La gente decía: hay un loco que está construyendo una casa para su abuela con botellas de plástico. Lo que es una locura es una vivienda de cemento en el desierto”, declaró Tateh al rechazar el uso de cemento en las construcciones. Este material (también fabricado en América, como los envases de plástico) es inadecuado para el desierto por ser un buen conductor de la temperatura: en verano se calienta, y en invierno se enfría.

ACNUR conoció la casa de la abuela Koria. “El diseño les resultó tan novedoso que financió la construcción de otras 25 casas a través de su fondo de innovación. Las obras dieron trabajo a mil personas y las viviendas se entregaron a familias vulnerables”, cita la misma fuente.

Tateh no desea que los desplazados construyan sus casas con desechos de plástico, sino que regresen a su nación; mientras esto ocurre erige en las dunas una embarcación que lleve a los pobladores a un mejor puerto.

Foto: theswitchers.eu

UNA NAVE DE ARENA

Vacaciones en Paz es un programa que surgió en 1975, auspiciado por la Coordinadora Estatal de Asociaciones Solidarias con el Sahara. Su propósito es ofrecerle a los niños y niñas refugiados un momento de quietud llevándolos a España. Tateh tuvo la posibilidad de viajar en dos ocasiones, donde convivió con una familia asidua a la naturaleza. A través de esta experiencia comenzó a observar las formas en que los animales y las plantas se adaptan al entorno. Entendió por qué los camellos pueden soportar las tormentas de arena y ver a través de ellas, y también miró con detenimiento a las hormigas refugiarse en terrenos altos durante los diluvios.

La observación, más el interés que mostró por los relatos de los ancianos, le impulsaron para construir su mayor proyecto: Sand Ship.

Será un laboratorio y centro de divulgación e interpretación de la vida en el desierto. “Es una mezcla entre una instalación artística con la que mandar un mensaje y un espacio permanente en el que trabajar, discutir y entender la sostenibilidad en el desierto como forma de preservar la cultura local”, escribe El País, y cita al ingeniero africano: “Va a ser un lugar abierto a la gente en el que compartir mi conocimiento, reunirme con expertos y vecinos y recuperar la manera que tenían de vivir nuestros antepasados”.

Comprendió que la arena, el pelo de camello y de cabra, las pieles de estos animales y la experiencia de los viejos, son la materia prima para replantear una corriente arquitectónica sustentable.

En Sand Ship los vecinos podrán sentarse a conversar en torno a una taza de té; hablarán de política, de cultura y también de soluciones de vivienda, como las que encontró en el camino. Para Tateh existen cuatro claves que vuelven más amable la vida en La Hamada: la primera es la jaima o cobertizo elaborado con pieles que ondulan permitiendo el paso del viento y reduciendo la temperatura del sol; la segunda es el parasol de madera y tapetes desechados; en la tercera clave se involucran las botellas de plástico rellenas de arena, usadas para delimitar un estanque artificial que cubre durante los momentos de calor y destapa en las noches; alrededor del lago está el cuarto elemento, las plantas. “En el desierto los árboles son como niños, hay que vigilarlos mucho al principio. Luego ya crecen solos”, reflexionó Tateh.

La nave de arena está en proceso, no pretende que sea permanente, sólo un sitio agradable hasta que los refugiados puedan regresar a su nación, lo que sería justo.

Comentarios