Extraños días circulares
Opinión

Extraños días circulares

Miscelánea

No olvidemos nunca que lo que el mundo nos da, puede volver a quitárnoslo, y con frecuencia lo hace.

Admiro a quienes me informan por todos los medios virtuales a su alcance, lo enriquecedor que les resulta la encerrona: meditan, cantan, cocinan, aprenden idiomas, costura, tejido. Parece que a todos les ha caído bien el confinamiento y la única paranoica soy yo. Aguanté hasta donde pude y acabe llorando a mares. Despojada de mi libertad, confinada a la soledad cuando muchos de mis afanes sólo se explican en la urgencia de no estar conmigo a solas, he comenzado a gritar.

Yo necesito la presencia del otro para confirmar que aun en condiciones indescifrables, el mundo sigue girando. Sin la mirada, sin la sonrisa, sin el abrazo del otro, genero una ansiedad que se exacerba por falta de información confiable: como te digo una cosa te digo la otra. Que salgas y abraces, que no salgas, que siempre si. Lo que está acabando con mi salud mental no es la tragedia sino la confusión.

La perspectiva del café, el periódico y las galletas que me aguardan cada mañana para inaugurar el día como Dios manda, son un aliciente para levantarme. “Vamos a la vida”, le digo a Rico, el Snauzer que destructor, juguetón y cariñoso, se ha ganado el derecho de ser el más pequeño de mi nietos. Las amenazantes noticias, los terribles estragos de la pandemia, el desplome de nuestro sistema económico que informa el periódico, le quitan el gusto a mi piscolabis. Pero al menos tengo piscolabis, me consuelo.

Más adelante y después del arreglo personal, ahora más esmerado que nunca para darme ánimos, verme sanita y no inspirar desconfianza entre la poca gente que como yo, se niega al aislamiento que me parece más dañino que el maldito virus que nos amenaza; ya estoy lista para salir.

Siguiendo el ejemplo del ganso, sin tapabocas, ni guantes, ni gel y sólo con mi estampita (si a él lo protege por qué a mí no) salgo de casa que es como dar un salto al vacío. No hay bancos, ni centros comerciales, ni cines y hasta mi deportivo está cerrado.

Hijos, nietos y muchos de mis conocidos fueron a pasar su cuarentena fuera de la ciudad. Mis amigas ni me visitan ni permiten que yo las visite. Pero como siempre he dicho; si para el medio día no he salido de casa, me marchito. Y allá voy. En las calles apenas circulan algunos woking deads. En los pocos establecimientos que ofrecen servicios, hay largas filas que guardando la sana distancia, debemos esperar que un policía embozado, armado y equipado con chaleco antibalas, nos permita pasar. Yo en realidad no necesito comprar nada. Tal vez un manojo de cebollas de cambray para justificar mi presencia. Mi urgencia de salir tiene que ver con la necesidad de confirmar mi libertad y asegurarme de que existe el otro, ese que con su presencia me permite ser yo, me rescata con su mirada, su complicidad, y aún con su hostilidad.

En la zona donde vivo, la gente se mantiene sanamente en el Limbo y yo me niego a estar ahí. Sin nada mejor que hacer, tomo el Eje Vial que me lleva hasta Central de Abastos donde sin gel, ni tapabocas, y sin siquiera estampita; comerciantes, diableros y clientes trasiegan toneladas de fruta, verdura, lácteos y carne para alimentar a veinte millones de ciudadanos. “Si no trabajo no como”, dice un marchante. “Y si usted no trabaja, tampoco comemos nosotros”, respondo. Gracias a Dios, ahí la vida no se detiene, porque confinados o no, veinte millones de ciudadanos más hambrientos que nunca, necesitamos comer. Confieso que yo necesito también beber, primero porque me gusta el vino y además porque me ayuda a controlar la ansiedad que me provocan estos días circulares que terminan en el mismo lugar donde comienzan. Los ricos se enferman, los pobres son inmunes al coronavirus, aseguró el batracio que para desgracia de los poblanos gobierna su Estado; y como estoy empezado a ser nueva pobre, no tengo de qué preocuparme.

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