Después de la pandemia
Salud

Después de la pandemia

El momento de mejorar los hábitos

Todavía queda un largo camino para sanar, aunque sanar quizá no sea el término más adecuado; jamás se sana, ni se vence, a un fenómeno así, no del todo.

Porque el coronavirus representa algo más que enfermedad, epidemia y pandemia. Lleva inscrita en su código desde los más tenues síntomas hasta la pérdida, desde el confinamiento sufrido hasta las consecuencias en lo económico.

Recuperar, reconstruir, construir, administrar, adquirir, son muchas las tareas que el coronavirus nos plantea.

Al cuerpo de la humanidad, para recuperarse, no le valdrá con desarrollar los anticuerpos de rigor. Hará falta insistir nuevamente en la urgente necesidad de variar hábitos poco consistentes con un estilo de vida saludable.

La mejor medicina, se sabe desde siempre, consiste en curarse en salud. Desde esa óptica, en primer plano aparece la alimentación, una adecuada, que proporcione nutrientes, energía y blindaje al organismo, recursos para resistir el embate de agentes nocivos o padecimientos crónicos que suelen sumar sus efectos a los de novedades atroces como la COVID-19.

LA TAREA

Es más bien una lista de puntos por cubrir, como individuos y como sociedad.

Bajar de peso, controlar los niveles de glucosa y de colesterol, equilibrar la presión arterial, fortalecer el sistema inmune.

En estos aspectos, y muchos más, de la salud humana, alimentarse bien adquiere un carácter fundamental. Cuidar el menú de cada día ayuda a lidiar con males como el cáncer, a prevenir infartos, a recuperar la salud después de una cirugía.

También desarma trampolines de las enfermedades como la malnutrición, la desnutrición y la anemia.

Nutrir al organismo mediante una dieta baja en alimentos chatarra, reforzada con suplementos, provista de elementos útiles contra el daño ocasionado por enfermedades, es ir preparado para enfrentar la adversidad y, en muchos casos, prevenir un diagnóstico nefasto.

Evitar los alimentos chatarra es clave para mantener altas las defensas. Ilustración: Hessie Ortega

El coronavirus debe incitarnos a recalibrar los instrumentos de las luchas contra la obesidad, la diabetes, la presión arterial, el colesterol, los triglicéridos elevados, los males del corazón.

No se trata de consumir viandas verdes, ligeras, sin baño de aceite, etcétera, al menos no en esos términos; se trata de mejorar la carga de nutrientes de la población.

EMPLEO

Reconstruir la rutina o construir una nueva luego de medidas que clausuraron actividades no esenciales, que impidieron reunirse y circular sin preocupaciones es otro reto en el horizonte inmediato.

Muchos volverán a sus empleos, muchos otros no. De ese lado, que también quiere decir ingreso, entradas de dinero, liquidez, algunos habrán pasado sin preocupación el periodo de confinamiento, pero muchos otros tendrán que reponerse de largos meses con el Jesús en la boca. Ese tipo de herida, invisible en varios casos, también necesita tratamiento porque suele producir secuelas que se vuelven contra el bienestar de la persona y, por extensión, contra la salud de la sociedad.

Habrá que construir al interior de nuestro sistema sanitario. La epidemia ha desnudado, una vez más, carencias, torpezas, discursos aberrantes y hasta transacciones o poco racionales o muy dudosas.

En este punto no sólo hay que pensar en el paciente, o en la infraestructura hospitalaria, o en el número de camas, o en medicamentos y equipo. También hay que observar al personal sanitario, al médico y a la enfermera. Proclamados héroes de la batalla, etiquetados como los que luchan en primera fila para vencer a la COVID-19, no merecen tal tratamiento porque esto no es una guerra y ellos no son soldados.

Además, los contagios en el cuerpo médico han exhibido, de nueva cuenta, fragilidades del sistema, las precarias condiciones en que bastantes profesionales sanitarios llevan a cabo su labor. No sólo eso, doctores y enfermeras viven con el miedo no únicamente a sufrir el contagio sino a ser responsables de trasladar el coronavirus hasta sus hogares. Todos los días, al llegar a casa, se desinfectan una y otra vez, repasan mentalmente la jornada, pensando en ese paciente que estornudó, en ese enfermo que tosió.

El personal médico es especialmente vulnerable y ha vivido con el constante temor de ser un medio de contagio del virus. Foto: Behance / Nicolo Bianchino

Trabajar en el sistema sanitario representa hacer todo lo posible por ayudar a un paciente, no arriesgar la propia vida.

Quien hace el juramento hipocrático se compromete a usar todo su conocimiento en provecho de los enfermos y apartar de ellos todo daño e injusticia.

También acepta consagrar la vida al servicio de la humanidad, entendiendo “consagrar” como dedicarse con especial esmero y atención a un fin, en este caso, la salud de las personas, y a velar con máximo respeto por la vida humana, incluida la propia.

ECONOMÍA

Administrar lo mucho, lo poco, la nada, es otra de las tareas que nos impone el coronavirus. La calidad de vida ha sufrido estrechez. Quienes empezaron la cuarentena con poco ahora tienen menos, muchos se toparon de frente con la fatalidad.

Para amplios sectores de la población no hay motivos de alivio. En su cotidianidad seguirán presentes las causales de disgusto, la pesadumbre, los servicios deficientes, la fragilidad que llama la puerta.

El después de la pandemia tampoco es un después como tal.

Soluciones como la inmunidad colectiva o el desarrollo de una vacuna sólo atenuarán los efectos del mal. El coronavirus seguirá presente y, tarde o temprano, aparecerá otro agente nocivo que ponga en jaque a la humanidad.

Por eso toca adquirir mejores hábitos, no sólo personales. La COVID-19 ha puesto de manifiesto la importancia de las respuestas solidarias.

Desde la trinchera de las autoridades, es indispensable contar con reacciones eficaces y con discursos certeros, que no pongan la situación en términos de unirse para derrotar a un padecimiento. Cada que una epidemia aterriza en una comunidad, no se trata de vencer sino de resistir.

Sin embargo, tras una epidemia lo más fácil es equivocarse, errar el camino, volver a las andadas, al naproxeno que cura el síntoma, pero no la enfermedad. De nosotros depende que esta vez sea distinto y, de preferencia, para bien.

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