Ana Clavel
Entrevista

Ana Clavel

Es un hecho biológico que el corazón humano tiene cuatro cavidades: dos aurículas y dos ventrículos. Hay un tabique entre las dos aurículas y otro entre los dos ventrículos. Pero no hablamos de una vasija cerrada, sino de una caja con entradas y salidas, con espacios conectados entre sí. El recordatorio anatómico viene al caso porque la más reciente novela de Ana Clavel, Breve tratado del corazón (Alfaguara, 2018) funciona de manera parecida.

Dividida en cuatro segmentos o cavidades, este libro cuenta una apasionante historia que avanza en voz de igual número de personajes: Sandra, Horacio, Casandra y un sicario anónimo que dice llamarse Omar Santacruz. Y tal como los ventrículos y las aurículas se comunican por medio de válvulas, las cuatro vidas de este libro tienen entre sí puntos de contacto que los lectores deben descubrir conforme avanzan las páginas. Cabría aquí recordar la vieja leyenda japonesa según la cual desde nuestro nacimiento estamos atados de manera indisoluble a ciertas personas. Aunque es invisible, ese vínculo se manifiesta en forma de un hilo rojo. Pero, ¿qué ligas pueden existir entre una oficinista con tendencias suicidas, un astrónomo, un sicario y una usuaria del metro con vocación de escritora?

Si conectar las historias de cuatro personajes es difícil, más complejo es entretejer el contenido de una docena de libros. No obstante, Ana Clavel ha logrado tender con maestría hilos que van de sus novelas a sus ensayos, de sus cuentos a sus artículos periodísticos e incluso a sus microficciones. Quizá el secreto radica en que estos vínculos no descansan en el nivel de las anécdotas, sino en el de las pulsiones, las obsesiones, los miedos y los deseos.

Así pues, si algo caracteriza a Ana Clavel es lo que en sus artículos ella misma ha destacado como el Síndrome de Scherezada, es decir, la propensión humana a contar historias. Traducida al francés, al inglés y al árabe, su obra ha obtenido, entre otras distinciones, el Premio Iberoamericano de Novela Elena Poniatowska por su novela Las ninfas a veces sonríen (2013), así como el Premio de Novela Corta Juan Rulfo de Radio Francia Internacional por Las violetas son flores del deseo (2007). Otras de sus novelas son Los deseos y su sombra (2000), Cuerpo náufrago (2005), El dibujante de sombras (2009), El amor es hambre (2015) y Breve tratado del corazón (2019), todas publicadas por editorial Alfaguara. Es también una ensayista lúcida y certera. En su libro Territorio Lolita (2017) explora la figura arquetípica de la enfant fatale, catapultada en 1953 tras la publicación de Lolita, la célebre novela de Vladimir Nabokov e incluso se remonta a los ancestros narrativos del mito, como serían Caperucita y Alicia en el país de las maravillas. De nínfulas, deseos, sombras y corazonadas platicamos con ella.

Foto: Behance / Linn Fritz

Hablemos de la corazonada entendida en el sentido de la frase de Pascal (“El corazón tiene razones que la razón no conoce”). ¿Sigues tus corazonadas al momento de escribir, o te riges por un plan?

Ambas cosas. En principio tengo un plan, un índice, una lista de lecturas… Y los voy siguiendo, pero me dejo llevar por las sombras convocadas. A veces en sueños, a veces en señales de la realidad. Por eso amo escribir novela: el mundo es mucho más vasto con todos los otros universos que emergen y piden voz para “abrir paso a la sombra”, como se decía en el teatro clásico.

Una constante en tus libros es el asombro. Sorprendes al lector con precisiones históricas, detalles anatómicos, datos científicos. ¿Cómo construyes eso? ¿Consideras una fase de investigación, o investigas y escribes en forma simultánea?

Me parece maravilloso que digas eso del asombro. Es que esa palabra tiene que ver con quedar al sosiego o perturbación de una sombra… Digamos que es la dinámica que yo establezco con mis proyectos. Me amparo a la sombra de una idea, una provocación, y voy construyendo pasadizos subterráneos a través de indagaciones, o enramadas arbóreas o rizomáticas, para envolverme de tal modo que, como Aracné contemporánea, pueda yo extraer un nuevo hilo de la entraña inconsciente así creada, un nudo que la escritura habrá de volcar en la página o en la pantalla, ya tan nítido y puro como la seda.

En Breve tratado del corazón citas a Gide: “No hay laberinto más perfecto que aquel del que no se desea salir”. ¿Podemos pensar en esta frase como una poética de tus novelas?

No de mis novelas… de la vida. Creo que muy a menudo estamos esclavizados en cárceles autoimpuestas, tal vez no siempre conscientes, pero me temo que mucho de servidumbre voluntaria hay ahí. Curioso, pero Gide tiene otra frase respecto al miedo que da la libertad. En el comienzo de la novela El inmoralista escribe: “Saber liberarse no es nada, lo arduo es saber ser libre”.

Hablando de poéticas: en Los deseos y su sombra hay una parte llamada “Apuntes para una poética de la sombra”, noción que también encontramos implícita en El dibujante de sombras. ¿Cómo juegan estas poéticas en la labor de mostrar y ocultar en el plano narrativo?

Yo creo que todos urdimos nuestras historias con una poética de las sombras. Es el laboratorio del alquimista, donde de manera consciente o irracional, se entraman nuestras particulares pulsiones de escritura. A lo mejor todo tiene que ver con la Caverna de Platón y con Píndaro, que decía: “El hombre es el sueño de una sombra”.

Foto: El Universal

Siempre pensamos con el cuerpo”, dice Artemisa en El amor es hambre. No obstante a cada ocurrencia del cuerpo suele sobrevenir la censura de la mente ¿puede decirse que en tus libros hay una lucha por liberar al cuerpo del binomio sexo-culpa?

La verdad es que no pretendo liberar nada. Hay historias que se dan gozosas (Las ninfas a veces sonríen, El amor es hambre) y otras tortuosas (Los deseos y su sombra, Las violetas son flores del deseo). No podría trabajar con consignas. Creo que es la historia, los personajes, los que te van dictando su fuerza y complejidad. Uno no tiene más que dejarse ser una sombra entre sus manos, un poco como dice el manipulador del teatro de sombras javanés, cuando le ruega al creador antes de dar una nueva función: “Déjame ser una sombra entre tus manos”. Una frase que, por cierto, es cardinal en la metamorfosis de género del personaje de Antonia/Anton en esa otra novela mía, luminosa y ligera, pero quiero pensar que profunda porque bucea en los deseos como develadores de la identidad: Cuerpo náufrago. Por ahí se dice: “La identidad empieza por lo que deseamos, secreta, irrevocablemente… lo que en realidad, nos desea a nosotros. Sólo cuando el deseo se abre paso, florecemos”.

Si algo caracteriza a los clásicos es la posibilidad de ser releídos por cada generación. En Territorio Lolita, pero también en tus novelas, has hecho interesantes lecturas de Caperucita, de Lolita y de Alicia. ¿Qué recomendaciones harías a los jóvenes para acercarse a los clásicos?

Que no hay que evitarlos ni tenerles miedo. Lo peor que te puede pasar es contaminarte con sus voces de tradición: de pronto escribes y tienes un caudal detrás de recursos, imágenes, metáforas, símbolos. No es asunto de erudición, sino de alimentación, de asimilación. Tu escritura se vuelve más cargada de significantes. Y claro, hay que dejarse llevar por la intuición, por el “azar aparente”. Cuando me acerqué a los cuentos de hadas, e investigué para el capítulo que en Territorio Lolita le dediqué a Caperucita, otra hermana menor de Lolita, no me imaginé el regalo que esa historia me tenía reservado como núcleo narrativo de El amor es hambre.

¿Qué dirías a quienes exigen que la corrección política impere aún dentro de la ficción literaria?

Que están reduciendo el universo de la literatura a manuales de buena conducta y autoayuda. El deseo no desaparece por decreto. Hay que encontrar formas para ritualizarlo, encarnarlo o sublimarlo. El Manual de Carreño en literatura termina apestando demasiado a desinfectante… pues tal es el olor del cadáver que se tiene que ocultar. Mejor llamarlo Manual de Carroña y dedicarse a sepulturero. Seguro en tiempos de pandemia deja más.

Foto: Archivo Siglo Nuevo

¿Cuáles son tus autores de cabecera, cuáles tus libros favoritos?

Siempre depende del proyecto novelístico en el que me encuentre. Así, cuando trabajaba la novela Cuerpo náufrago, que se inspira en el Orlando de Virginia Woolf, ese ejemplar siempre estaba a un lado de mi cama. Cuando trabajaba la novela El dibujante de sombras, mi libro de cabecera era Breve historia de la sombra de Viktor Stoichita. Para el libro Breve tratado del corazón, uno de los libros que me acompañaron fue el volumen temático De todo corazón, editado por Trilce.

¿Puedes hablarnos de tus inicios como escritora? ¿Cuándo te diste cuenta de que la literatura era tu vocación?

Una madrugada estaba en mi cama y comencé a despertarme porque escuché una voz que me decía un cuento. Fue tan sugerente esa voz y la historia, que me tuve que levantar a escribirla. Fue una suerte de llamado de las sombras. En ese momento supe que mi destino era ser escritora.

¿Cómo vives el oficio: como un gozo constante, como una lucha o existen ambos momentos?

Es un gozo pero también un tormento. Dice Truman Capote que cuando Dios te da un don, también te da un látigo para fustigarte. Tiene que ver con la responsabilidad de tus elecciones. “Mereces lo que sueñas” escribió Octavio Paz y sí, siempre se trata de estar a la altura de lo deseas.

A mediados de los sesenta, García Márquez usaba un overol durante sus horas de trabajo. Y cuentan que Hemingway escribía de pie. ¿tienes algún rito propiciatorio para escribir?

Puedo escribir donde sea: en mi estudio, en la cama, en un parque, en un café en medio de la gente. Pero las mejores horas de trabajo suelen ser las de la mañana. Y acompañarlas con dos buenas tazas de café expreso me hace llevadera la jornada diaria.

¿Qué consejos le darías a la Ana Clavel que publicó hace veinte años Los deseos y su sombra?

Ninguno, ella es la que me ha enseñado el arrojo, la valentía, la perseverancia en el trabajo, la capacidad de soñar y enamorarme de cada proyecto. Hoy en día cuando me pierdo en los compromisos y el desaliento porque las cosas no siempre salen como deseo, me acuerdo de esa muchacha que soñaba con escribir una novela sobre Ciudad de México, que trabajó contra viento y marea, que se metió a archivos y recorrió la ciudad en rincones inusitados, que se levantaba a las cinco de la mañana porque después no tenía manera de escribir con la cantidad de trabajo de otras actividades, y que al final, después de cinco años, pudo concluir su libro, y entonces recobro fuerza y aliento. Si ella pudo, ¿por qué yo no?

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