Caicedo, el eslabón perdido del boom
Literatura

Caicedo, el eslabón perdido del boom

Una mirada a la capital de la rumba

Decenas de autores latinoamericanos hicieron del realismo mágico una catapulta para las letras hispanas durante la década de los sesenta y parte de los setenta. El llamado boom magnificó las voces de esta región del mundo, pero la voz de Andrés Caicedo nunca se vio seducida por darle un toque de fantasía a la realidad, y por ello el escritor Alberto Fuguet lo bautizó como “el enemigo número uno de Macondo”, aquel mundo que García Marquez creara como escenario para Cien años de soledad.

Caicedo, nacido en Colombia el 29 de septiembre de 1951, no se inventaba lugares ni personajes místicos porque ya estaba inmerso en un universo polifacético que ocupaba su mente y funcionaba como combustible para sus letras: Cali, capital de Valle del Cauca. En aquellas décadas, empresas estadounidenses se instalaban al norte de la ciudad. Con ellas, se asentaron también algunas modas norteamericanas entre los caleños: el rock and roll, el movimiento hippie y el uso de drogas psicodélicas. Estas influencias extranjeras fueron acogidas por los jóvenes de la zona, en su mayoría burgueses de familias conservadoras, como lo era el mismo Andrés Caicedo.

Por otra parte, el narcotráfico extendía sus brazos por la región, disparando la violencia entre pandillas. Los altercados se daban sobre todo al sur de la ciudad, hogar de los marginados, aquellos que desahogaban sus penas al ritmo de salsa.

La avenida Sexta, eje cultural de Cali, era testigo de los choques entre norte y sur. A veces era sitio para los indigentes, prostitutas y uno que otro delincuente. Luego llegaban los fachos (abreviación coloquial de fascista) a “limpiar” la avenida de gente “indeseable”. Un tira y afloja entre dos polos por los que navegó la obra de Caicedo.

¡QUE VIVA LA MÚSICA!

Probablemente su novela ¡Que viva la música! sea el escrito que mejor captura la esencia de ambos mundos. La protagonista, María del Carmen Huerta, es una joven virgen de clase alta, con un futuro prometedor, que vive en una burbuja de comodidad burguesa. Pero la curiosidad la lleva a dar el primer paso a la rebeldía que la hará sentirse viva.

Primero se adentrará a lo más próximo en su círculo norteño: el rock, al entablar una relación con un chico que toca en una banda y que le muestra el sonido rasposo de los Rolling Stones, Led Zeppelin y otros íconos del género. La música se vuelve un medio para la liberación y, por lo tanto, no es de extrañarse que eventualmente se vea arrastrada a los barrios bajos del sur, donde la salsa la lleva a un estado de rumba perpetua.

María del Carmen, apodada la Mona, se zafa de la estrechez conservadora para abrirse al baile, a las drogas y al sexo. Irónicamente, a través de eso que llaman perdición, se encuentra a sí misma, aunque no hay nada poético en ese encuentro: lo que descubre son sus bajezas y los impulsos que la llevan a querer más narcóticos, más amor retorcido, más horas de la noche. Es un bólido de energía que había sido reprimida por una clase social basada en apariencias.

"No pases a formar parte de ningún gremio. Que nunca te puedan definir, ni encasillar [...] No accedas al arrepentimiento ni a la envidia, ni al arribismo social. Es preferible bajar, desclasarse; alcanzar el término de una carrera que no conoció el esplendor, la anónima decadencia", expresa la protagonista, plenamente satisfecha con la vida que decidió llevar.

La novela está escrita en primera persona, pues se trata de las memorias con las que la Mona se inmortaliza justo antes de su suicidio. Así, la protagonista de esta historia se convierte en un reflejo de Andrés Caicedo, quien se quitó la vida al día siguiente de haber recibido la primera copia de la novela por parte de la editorial que la publicaría. El caleño se entregó a la muerte el 4 de marzo de 1977, con tan sólo 25 años cumplidos, pues consideraba “una insensatez” vivir más allá de esa edad.

Soy incapaz ante las relaciones de dinero y las relaciones de influencias, y no puedo resistir el amor: es algo mucho más fuerte que todas mis fuerzas, y me las ha desbaratado… Dejo algo de obra y muero tranquilo. Este acto ya estaba premeditado.”, escribió en una carta que dejó a su madre.

FICCIÓN PERSONAL

La obra a la que se refería Caicedo en aquella despedida no estaba publicada (en vida sólo publicó El atravesado (1975) y ¡Que viva la música! (1977)), sino reunida en un baúl, como si el joven autor hubiera adivinado que sus palabras se mantendrían vivas, para la posteridad, como un gran legado de las letras colombianas.

Su padre, Carlos Alberto Caicedo, sus tres hermanas y sus amistades más allegadas, se dieron a la tarea de que todos esos textos fueran saliendo a la luz. Decenas de cuentos, guiones, ensayos de cine y cartas han sido publicados en diversos tomos como Destinitos fatales (1984), Angelitos empantanados o historias para jovencitos (1995), Ojo al cine (1999), El cuento de mi vida (2007) o Mi cuerpo es una celda (2008). En 2016, el Fondo de Cultura Económica preparó una edición titulada Correspondencia, que reunía las cartas de Andrés conocidas hasta entonces, sin embargo su distribución fue cancelada por dos de las tres hermanas del autor.

Andrés Caicedo, fotografiado por Eduardo Carvajal a las afueras del teatro San Fernando, donde funcionaba el cine-club que fundó en Cali. Foto: Vaconic

Al revisar el índice, vimos que se incluían varias cartas que, a nuestro criterio, no aportan a la obra literaria de Andrés, ya que son de la esfera privada.”, explican en una misiva que hicieron llegar a la revista Arcadia. Entre los temas por los que habían mostrado molestia anteriormente, está la mención pública de la bisexualidad del escritor. De hecho, impidieron que en Mi cuerpo es una celda se incluyera una carta donde confiesa su orientación al escritor Jaime Manrique.

Podría ponerse en duda que ese documento “no aporta” a la literatura del caleño, pues la sexualidad es un tema recurrente en su obra: “Olvídate de que podrás alcanzar alguna vez lo que llaman ‘normalidad sexual’, ni esperes que el amor te traiga paz. El sexo es el acto de las tinieblas y el enamoramiento la reunión de los tormentos”, reza un fragmento de ¡Que viva la música!

De aquella misma compilación epistolar solicitaron remover unas líneas donde Caicedo criticaba a los Urdinola, una familia pudiente de Cali. “Ella (Pilar Caicedo) me pidió que lo quitara, pues Lily Urdinola era una señora muy elegante casada con el embajador chileno en Washington”, declaró Alberto Fuguet, editor de Mi cuerpo es una celda.

De la misma forma que la sexualidad, la crítica mordaz a la alta sociedad caleña estaba presente en los textos de Andrés: “Yo me siento que no pertenezco a este ambiente, a esta falsedad, a esta hipocresía. Y ¿qué hago? He nacido en esta clase social, por eso es que te digo que no es fácil salirme de ella. Mi familia está integrada en esa clase social que yo combato, ¿qué hago? Sí, yo he tragado, he cagado este ambiente durante quince años”, se puede leer en su texto Infección.

Y es que la literatura del joven autor era sumamente personal, una ventana abierta que mostraba su constante sensación de encierro, su repudio a la burguesía, su mirada hacia las clases marginales, su necesidad de amor y hasta su pasión por el cine. La escritura era la herramienta para comunicarse con el mundo, y esto no es una exageración: Caicedo era tartamudo y sumamente torpe.

A veces me decía ‘No, mejor te escribo’, y al día siguiente aparecía debajo de la puerta de mi casa una carta de diez páginas […] Las redactaba varias veces antes de enviarlas, hacía varias versiones. Andrés tomó el género epistolar como uno más de su literatura”, revela su amigo el cineasta Luis Ospina. El propio Caicedo decía que algunas de sus cartas estaban entre sus mejores obras.

Este es uno de esos casos en que es imposible separar al hombre de su obra, pues ni siquiera el mismo Caicedo dibujó una línea que dividiera la ficción y la realidad. Su obra es un testimonio de una ciudad y un tiempo convulsos, como también es una huella permanente de la vida interior de un ser sensible que nunca se sintió en su lugar.

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