El reto de la comunicación intergeneracional
Familia

El reto de la comunicación intergeneracional

Heridas familiares que se convierten en cargas

La historia se repite, de una manera u otra, dependiendo de las necesidades de cada ocasión. Hablar es fácil, pero comunicarse es una habilidad en la cual pocos son expertos.

Conocer esta información nos da la oportunidad de ver en qué fallamos históricamente: no sabemos expresar nuestros temores ni necesidades y, mas allá, desconocemos cómo validarlos, pues tenemos la certeza de que los demás piensan, comparten y entienden nuestra perspectiva del mundo.

Lo observamos en cómo el lenguaje ha cambiado, a veces, sin darnos cuenta. Pasamos de decir las cosas concisas, claras y sin rodeos, a buscar palabras diluidas y rebuscadas en nuestras expresiones.

Un ejemplo: en la Primera Guerra Mundial se utilizaba el término shellshock (shell: caparazón; shock: conmoción), traducido al español como neurosis de guerra, y terminamos llamándolo trastorno por estrés postraumático. El lenguaje de la primera expresión demostraba practicidad, como resultado de las características que marcaron a esa generación.

Con el paso de las generaciones ya no se le llamó así porque se empezó a considerar insensible, así que se buscó una forma de decirlo para que los veteranos no se sintieran atacados por el mismo lenguaje con el que se identificaban.

EVITAR DOLOR A LAS NUEVAS GENERACIONES

La humanidad teme sufrir como las generaciones pasadas y se hace hasta lo imposible por no revivir heridas de tal magnitud, llegando a utilizar la evasión como una herramienta para ello.

El lenguaje se está convirtiendo en una barrera para enfrentar la realidad, al punto que modificamos verdades innegables como nuestro propio fin; en la actualidad no morimos, ahora ‘trascendemos’.

El sufrimiento de guerras y otros conflictos hace que las generaciones mayores busquen evitar ese dolor a las posteriores. Foto: Behance / Kim Smith

Ancestros que vivieron el dolor de la guerra quisieron evitar ese sufrimiento a sus hijos, dándoles objetivos y metas, proponiéndoles una visión diferente del mundo, creando proyectos de negocio, heredándoles bienes que los ayudaran a tener una mejor calidad de vida. Así ha sido de generación en generación.

Las descendencias en las familias sufren un proceso poco identificado: el de la adaptación, que implica una modificación en el pensamiento y la estructura del individuo.

Este proceso es complicado, ya que implica un cambio de realidad que no queremos afrontar por miedo. Ejemplificándolo de una manera sencilla: si una pareja se entera de que van a ser padres, hay un cambio en el pensamiento porque el panorama se transforma generando así diferentes conductas. Si el niño es deseado, los futuros padres se unirán para afrontar de una forma esperanzada el cambio y los retos que se avecinan en esta nueva etapa.

En nuestro país nos encontramos con generaciones formadas por heridas, por revoluciones y guerras. Somos una sociedad violentada que intenta superar ese trauma con comedia.

En la actualidad escuchamos historias de bisabuelos que vivieron alguna parte de la Revolución Mexicana, incluso de abuelos que todavía colonizaron partes de la República formando sus granjas o haciendas. Los nietos escuchan relatos de cómo asistir a la escuela era todo un desafío, de cómo aún era permitido “robarse” a una mujer para casarse con ella. Todas estas vivencias, de una forma u otra, son una carga.

La mujer que vivió una relación abusiva se crea la meta de que sus hijas no vivan algo de esa magnitud y se topa con el obstáculo de no poder explicar su situación, así que la meta se transforma en una autoridad: no importan los porqués, siempre y cuando no se comentan los mismos errores. Los hijos, al no encontrar lógica a las expectativas de sus progenitores, comienzan un nuevo estilo de vida que se aleja de ellas. Los padres no lo entienden y sus hijos no saben explicarles que se trata de sus propios deseos, que son otros tiempos.

Para cuando los criadores se dan cuenta de que tal vez se están equivocando en explicar o hacerse entender con sus hijos, ya es demasiado tarde.

“Robarse” a una mujer para casarse con ella era permitido en la Revolución Mexicana. Generaciones después, las mujeres esperaban que sus hijas no pasaran por lo mismo. Foto: mxcity.com

EL PESO DE LAS EXPECTATIVAS

Entonces, ¿cómo se forman las cargas? Son esas expectativas de los padres, o los ideales de vida con los que fantasean y que buscan vivir a través de los hijos; pero que no logran explicar porque, mientras la comunicación entre los individuos de la misma generación es sobreentendida, cuando se trata de generaciones diferentes es más complejo.

Hasta hace unas pocas generaciones los padres decidían para qué eran buenos sus hijos. Si tenían cuatro descendientes veían sus habilidades y buscaban desarrollarlas, porque eso era algo que a ellos no les había sucedido.

Por ejemplo: un soldador, padre de dos hijos, los ve crecer y se da cuenta que uno de ellos es muy bueno para cocinar y otro para los deportes, así que decide explotar esas habilidades porque tiene la autoridad para ello y está siendo mejor padre que el suyo, ya que observó y cuidó a sus hijos. Él no tuvo un padre así, el suyo lo hizo soldador a él y a sus ocho hermanos porque era el negocio familiar y con ello todos sobrevivían, independientemente de si querían hacer algo diferente con sus vidas.

La carga es el deseo de hacer algo diferente y mejorar la vida de los hijos; el conflicto es que no lo explicamos, sólo lo ordenamos.

Históricamente se nos ha hecho entender que sin autoridad no podemos comunicar lo que deseamos de alguien; pero si explicamos algo se nos resta esa jerarquía, lo cual es percibido como impedimento al buscar bienestar para la próxima generación. Lo que se busca es una autoridad empática y no sabemos cómo lograrla.

Si como humanos aceptamos que lo que nos mueve a tener expectativas es el miedo a que los hijos sufran, generaríamos un ambiente de entendimiento y comprensión con las nuevas generaciones. En pocas palabras, pasamos de una comunicación efectiva a una comunicación afectiva, donde el lenguaje se vuelve directo, claro y honesto. Si la humanidad empieza a identificar sus emociones, entenderlas y explicarlas, se genera un ambiente de empatía que no está peleado con la autoridad.

Muchos padres suelen generar expectativas hacia sus hijos incluso antes de su nacimiento, lo que provoca una carga para ellos y el niño. Foto: Behance / Jose David Morales

COMUNICACIÓN AFECTIVA

Es decir, si yo como individuo logro identificar cómo me siento, sabré qué tipo de mensaje voy a decir cuando hable, e incluso podré prever si voy a herir o a incomodar a la otra persona; si logro controlar mi emoción, no sólo voy a expresar cómo me siento, sino que puedo dar solución a una discusión, siempre buscando ser empático.

Por ejemplo: Verónica (65) y Karla (14) son madre e hija. Karla acaba de comentarle a Verónica que tiene un novio de 17 años que no terminó de estudiar porque quiere vivir su sueño de ser influencer, y ella y su familia lo apoyan para que pueda tener los seguidores que él desee.

Al hablar, Karla se siente en confianza, contenta, tranquila y segura de poder compartir con su madre su propia experiencia. Al escuchar sus palabras, Verónica se siente con miedo, preocupación y coraje porque no puede creer lo que su hija le dice.

Si Verónica en ese momento logra identificar que siente miedo evolucionado a enojo, va a poder encontrar las palabras necesarias para entablar una conversación que las pueda ayudar a ambas a manejar la situación.

Lo efectivo (e impulsivo) sería un regaño, una prohibición o un desdén, que acabarían por generar en Karla un futuro rechazo a compartir sus experiencias con su madre; lo afectivo sería el entendimiento de ambas partes de la situación, sin restar autoridad ni mover roles en la familia.

Si logramos saber qué es lo que queremos comunicar y el porqué, podremos romper la brecha generacional para llegar a un mutuo acuerdo de bienestar familiar.

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