Synecdoche, New York
Cine

Synecdoche, New York

La herida y el absurdo

Por Caden Cotard (Phillip Seymour Hoffman) pasan los años, lo vemos perder el cabello y ganar arrugas. Un proceso que olvida o que prefiere ignorar. No ha decidido la historia que quiere contar a través de una obra de teatro, por lo que concluye que la mejor opción es hablar de sí mismo.

Synecdoche, New York (2008) es una película con brotes grandes de honestidad. Habla de la herida que cada uno cargamos, lo que significa que no es amable ni condescendiente, sino que dirá la verdad de forma “brutal”, como uno de sus diálogos menciona.

Traducida como Nueva York en escena o como Synecdoche, New York: todas las vidas, mi vida, es escrita y dirigida por Charlie Kaufman. El responsable de obras, también introspectivas y dramáticas, como El eterno resplandor de una mente sin recuerdos (2004) o el filme animado Anomalisa (2015), suele abordar la mente en un sentido íntimo y reflexivo.

Synecdoche, New York es el debut del laureado guionista como director, y es uno de los trabajos donde más se puede apreciar su compromiso con la honestidad. Estrenada en el Festival de Cannes, es una producción de Sony Pictures, en una época en que las grandes productoras apostaban por este tipo de narrativas extravagantes.

El título responde a un juego de palabras que hace alusión a Schenectady, una localidad de la ciudad de Nueva York. Pero éste se ha cambiado por sinécdoque, que es una figura retórica mediante la que podemos identificar a un todo por una de sus partes o visceversa.

En la producción, vemos cómo la vida entera del protagonista se vuelca sobre su trabajo (una obra teatral); un deslizamiento que él mismo provocó en su organización de prioridades y por el que se presentan sus problemas.

Foto: cinerarias.wordpress.com

LA HISTORIA

Caden Cotard es un director de teatro situado en una etapa en la que no encuentra sentido a su vida. La realización profesional y personal lo llevan por rumbos que no le dan satisfacción, en una anhedonia que, como espectadores, observamos sin poder generar mayores explicaciones a su situación. A causa de problemas de salud, el protagonista cae en picada en esta sensación de que todo va en declive.

Su esposa Adele (Catherine Keener) decide irse de su lado, llevándose a su hija Olive (Sadie Goldstein en su niñez y Robin Weigert en su adultez), de quien Cotard no sabe durante años.

Después de recibir una beca para continuar con su carrera artística, decide realizar, como el mismo Charlie Kaufmann, una obra en la que pueda verter la mayor honestidad posible. A su difícil proceso creativo, se suma el verse en irremediable comparación con su esposa, quien termina convirtiéndose en una famosa pintora reconocida por montar exposiciones de cuadros en miniatura que sólo pueden ser vistos a través de una lupa.

Olive, por su parte, toma un rumbo extravagante al convertirse en una niña llena de tatuajes. Todo lo anterior, como exageraciones de la realidad que se suman para avergonzar al protagonista y dejarlo en una posición en la que no tiene control de su entorno y se aleja de las personas que ama.

Los diálogos que preceden a la separación son dolorosos. Podrían tomarse como exagerados, pero lo que vemos es una secuencia que parece estar formada por marcas de la memoria. Los diálogos en los que la esposa de Cotard le dice que siente asco por él, entre otros, son fruto del enorme estrés que sentían ambos y sin embargo se quedan alojados en la mente del director, hiriéndolo.

Caden Cotard (Philip Seymour Hoffman), su esposa Adele (Catherine Keener) y su hija Olive (Sadie Goldstein). Foto: abc.es

AUTOR Y OBRA

Los conflictos de Caden Cotard, o más bien, el tratamiento que se les da, pueden reflejarse en cualquiera que haya estado insatisfecho. El espectador podrá identificarse con Caden cuando de pronto olvida el tiempo que ha transcurrido entre uno y otro evento de su vida.

Cualquiera de nosotros podría olvidar cuánto ha pasado desde que fue Año Nuevo o desde que terminó sus estudios. Sobre nosotros pasa la estela de un tiempo del que si fuéramos conscientes siempre, nos abrumaría. La familia de Caden se fue hace un año y él piensa que sólo ha pasado una semana.

Tal vez es mejor distraer nuestra atención de ese tipo de sucesos, más aún si nos generan culpa. Lo que ha alejado a Caden de su familia es el trabajo, una parte de las vidas de cada uno de nosotros que en este personaje es esencial para su realización.

La horas invertidas en la realización de una obra de teatro, a pesar de la gran dedicación y la atención que le ha brindado, no rinden frutos: no ha encontrado el tema más importante que quiere tratar. Es entonces cuando Cotard concluye hablar de sí mismo, con plena sinceridad.

El filme entabla un discurso sobre esta relación entre el autor y su obra ¿Qué tanto tiene que estar sumergida la obra en el autor? Es cierto que un producto cultural siempre nos hablará, de una u otra forma, de la realidad. Pero lo que ocurre en la película, implica algo sumamente íntimo.

Los personajes forman parte de la vida del autor: sus vecinos, su asistente, su hija y hasta el mismo, y sirven para reproducir momentos vividos por el propio Cotard. Un drama como Synecdoche, New York, intenta hablar un lenguaje más directo pero sin evitar ser metafórico. El espacio en que se desarrolla la obra es un escenario a madias, una puesta en escena cuyo proceso de construcción no termina.

La película pone en cuestión el grado de intimidad, honestidad y compromiso que puede alcanzar un autor con su obra. Foto: Domestika / Rey Sagcal

Los caminos que toma cada vez son más intrincados, hasta que el set se vuelve una pequeña ciudad. El escenario que en un principio abarcaba un almacén, continúa su expansión hasta invadir las calles que lo rodean. La sinécdoque se presenta en este momento, haciendo referencia a la vida del autor a través de su obra; se desdibujan los límites entre la realidad y la obra teatral.

El proceso creativo es algo que toma en cuenta esta película, en parte como una declaración de intenciones, en parte como argumento. Porque la obra de teatro que el protagonista pretende culminar está detenida; el camino por el que nos lleva debe terminar en su realización.

La referencia que hace hacia la procrastinación (posponer todo indefinidamente) también es importante. Pocas dificultades se sienten tan pesadas como aquellas en las que se debe hacer algo y, sin embargo, no se tiene la energía ni la motivación para terminarlo.

Conscientemente sabemos que hay algo que merece nuestra atención y esfuerzo, pero nuestra mente se desvía constantemente hacia otros lugares. Este juego nos hace sentir que hemos perdido tiempo y nos sentimos culpables por ello: caemos en un círculo que no nos deja continuar con eso que es tan importante para nosotros. ¿Es tan importante entonces? Es la duda que se siembra a continuación.

Synecdoche, New York toma la atinada decisión de mostrarnos una procrastinación que dura años y después décadas. El dolor que transmiten las escenas de la película no es algo determinado; deja al protagonista en un estado de incertidumbre que parece no tener final.

La vida puede tener este matiz doloroso cuando hablamos de la pérdida del sentido, un estado mental que puede estar presente en nuestra vida cotidiana. Cuando pensamos que no estamos logrando tener una dirección, cuando nos sentimos perdidos, nos enfrentamos a un vacío como el que muestra el filme. La vida puede sentirse, en determinado momento, como una gran procrastinación.

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