Las aristas del racismo
Reportaje

Las aristas del racismo

Raíces de un fruto podrido

Los disturbios son el lenguaje de quienes no han sido escuchados.

Martin Luther King

El racismo, es fundamental entenderlo, se trata de una cuestión sistémica. Sólo así se comprende su perdurabilidad a través el tiempo. No se trata únicamente de un odio visceral, sino de un sistema construido para mantener la opresión de un grupo social sobre otros. Gracias a esta organización de prejuicios, rencores absurdos y distorsiones de la realidad, se han facilitado atrocidades e injusticias de toda índole. Algunas de ellas todavía permanecen con escasa difusión entre el gran público. Después de todo, el intento de ocultar ciertos sucesos es un acto racista en sí. Pretende despojar de memoria a las minorías. Uno de esos episodios fue la masacre de Black Wall Street en Tulsa, Oklahoma, Estados Unidos.

Corría el año 1921 y en el distrito de Greenwood, de la ya mencionada Tulsa, los negocios prosperaban. En vista de que la mayoría de los empresarios de la zona eran afroamericanos, se le bautizó popularmente como Black Wall Street. La existencia de este lugar fue una anomalía para su tiempo. Ahí, la gente de color llevaba una vida cotidiana tranquila y negocios prósperos. El racismo, en aquel entonces, era todavía más exacerbado. Como fuera, Black Wall Street, de alguna manera, permaneció alejado de la vesania del racismo. Al menos hasta el 31 de mayo del año ya indicado.

Ese día, Dick Rowland, un lustrador de zapatos afroamericano que apenas contaba con 19 años, tuvo un encuentro infortunado con Sarah Page, una chica blanca de 17 años que trabajaba como operadora de elevador. Hasta el día de hoy no está claro qué ocurrió entre estos dos. Lo que se sabe es que Dick fue acusado de atacar a Sarah. El tipo de “ataque” es algo que todavía se debate. De hecho, hay quienes sostienen que no hubo ninguna agresión. Hay historiadores que aseguran que Dick sólo tropezó y esto bastó para que Sarah malinterpretara las intenciones del joven negro. Sin importar lo que haya ocurrido, Dick fue arrestado y llevado a la prisión del juzgado. Afuera de ésta se reunieron hombres blancos enfurecidos con lo ocurrido. Así fue como empezó la tensión.

A continuación, se esparcieron rumores de que Dick había sido linchado. Miembros de la comunidad negra, indignados, acudieron al juzgado en busca del joven. Ahí se encontraron con los hombres blancos que clamaban justicia por lo que fuera que Dick hubiera hecho. Hubo intercambio de insultos y empujones entre ambos grupos. A partir de aquí las cosas sólo fueron peor. Los blancos no dejaron pasar lo ocurrido. Se organizaron y se dirigieron al distrito de Greenwood con armas. Para entonces ya eran mucho más numerosos que el puñado de reclamantes que se congregaron afuera del juzgado. Lo que sucedió el resto de ese día, y el siguiente, fue una serie de atrocidades que posteriormente se intentarían ocultar.

Los sujetos armados dispararon contra la población negra sin piedad. También incendiaron sus hogares y negocios sin contemplaciones. Incluso hay reportes de que se efectuaron disparos y se lanzaron bombas desde aviones privados. El saldo final de estos hechos fue desolador: mil 200 casas fueron quemadas, lo que equivale a 35 cuadras. Alrededor de 10 mil personas se quedaron sin hogar. En cuanto a los afroamericanos muertos, la cifra total aún no es clara, pero se estima que ronda los 300. Ésta podría ser mayor, pues hubo testigos que afirmaron que muchos cuerpos fueron enterrados en tumbas clandestinas.

Fotografía de la masacre de Black Wall Street. Fotos: Washington Post y tulsaworld.com

La violencia sólo se detuvo, cabe destacar, por la intervención de la Guardia Nacional. De no haber ocurrido esto, quién sabe hasta dónde se habría llegado. Tras lo acontecido, según el medio electrónico Vox, empezó el proceso de encubrimiento. Se desaparecieron registros, notas de periódicos y no se habló mucho del tema en los libros de historia. Siendo que tenemos información de lo ocurrido, es evidente que fracasó el intento por borrar lo acontecido.

Sin embargo, es notable cómo logró ocultarse esta masacre por tanto tiempo. Estados Unidos, después de todo, es el país sobre el que se saben más cosas alrededor del mundo. Pero este suceso permaneció en las sombras hasta hace relativamente poco. De hecho, apenas este año fue incluido en el plan escolar de la misma Tulsa. Y ello gracias a un sistema discriminatorio que favoreció la imagen de la gente blanca.

Algo más es destacable del incidente de Tulsa. Este 2020 se cumplieron 99 años de la tragedia. La conmemoración coincidió con el malestar social desatado por el asesinato del afroamericano George Floyd, el cual fue cometido por un policía blanco. La justa indignación llevó a miles de personas a las calles para protestar. Ni siquiera la pandemia por la COVID-19 fue capaz de detener la rabia que se desbordó, incluso, alrededor del mundo. Y es que el racismo es un mal, que en mayor o menor medida, está presente en todas las sociedades. Casi un siglo después de los crímenes de Tulsa, la humanidad se confronta de nuevo (y como pocas veces lo ha hecho) con uno de sus peores lastres: el racismo.

LA SUPERVIVENCIA DEL MÁS APTO

Con el fin de partir de un concepto sólido, tomemos la definición de racismo de la ACNUR: “Cuando hablamos de racismo, nos referimos a un tipo de discriminación, aquella que se produce cuando una persona o grupo de personas siente odio hacia otras por tener características o cualidades distintas, como el color de piel, idioma o lugar de nacimiento”. Se trata de una explicación sencilla pero certera. El racismo consiste en el desprecio hacia otros por ser diferentes. Además, el organismo agrega: “Una de las causas más comunes de las actitudes racistas puede encontrarse en el miedo a lo diferente o a las personas que vienen de otros países, por desconocimiento o falta de información al respecto”. Es decir, se fundamenta en la ignorancia.

Como es fácil intuir, el racismo es un problema añejo, por lo que resulta difícil señalar el momento exacto de su surgimiento. A lo largo de la historia diversos grupos, con diversos propósitos, han sido marginalizados o agredidos por ser distintos, por ser “los otros”. Resaltar las diferencias es un elemento clave. En su libro, Breve historia del racismo, Christian Geulen dice al respecto: “El racismo es una exageración, una postura extrema. Dondequiera que lo hallamos, estamos ante una posición unilateral y extremada frente a la realidad: imágenes propias magnificadas y, en cambio, despreciativas del otro. Su exclusión violenta hasta la locura de la aniquilación, su sometimiento radical, un odio extremado y una difamación exagerada del otro”.

Los primeros habitantes humanos de la Tierra solían dividirse en grupos, los cuales se confrontaban con el fin de sobrevivir. Foto: Behance / Josh Edwards

En un comienzo, entre los primeros habitantes humanos de la Tierra, solíamos dividirnos en grupos, los cuales se confrontaban con el fin de sobrevivir. Entonces, el pensamiento tribal era esencial para lograr la cohesión del grupo, ello incluía distanciarse o hasta antagonizar con otros bandos. Lo más importante era el grupo al que uno pertenecía y, por ende, era menester protegerlo a toda costa. Aquí tenemos, apenas, la semilla de lo que sería el racismo, un fenómeno que con el tiempo ha devenido en algo mucho más complejo. Para llegar a este punto, fue necesario que las sociedades alcanzaran un nivel de organización más sofisticado. Es por ello que el racismo, entendido como el fenómeno con el que nosotros estamos familiarizados, tomó forma con el surgimiento de los estados-naciones. Entonces la segregación empezó a vincularse con otros aspectos, como la política.

Al llegar un nuevo orden social, la discriminación de personas se transformó, en muchas circunstancias, en una herramienta para el poder. Ya no se hacían diferenciaciones entre los grupos humanos para sobrevivir, como en el pasado. Ahora se hacía para justificar las acciones de quienes detentaban el poder. Una táctica que hasta la fecha se sigue empleando. Cuando las cosas no van por la vía deseada o se anhela obtener algo, a veces, culpar a un cierto grupo de individuos puede ayudar.

Lo expuesto hasta ahora tiene que ver con aspectos sociopolíticos, pero ¿qué tiene que decir la ciencia respecto a lo que ocurre en la mente de alguien cuando discrimina a una persona? Para empezar, hay algunas coincidencias con lo que ya se ha dicho. Es decir, existe en todos nosotros un rechazo natural hacia “los otros”, lo cual es un vestigio evolutivo. Seamos claros: esto no significa que todos seamos racistas, ni justifica el racismo. Más bien se trata de que en nosotros hay una reacción natural ligada a la sobrevivencia, que en algunas personas ha derivado en un comportamiento racista debido a la intervención de otros factores, como la acumulación de prejuicios.

Según un artículo de la revista Science titulado The roots of racism (Las raíces del racismo), el apego que sentimos por nuestro grupo se debe a una cuestión adaptativa. Los individuos con los que colaboraban nuestros antepasados nos proveían lo necesario para mantenernos seguros y con vida. El antropólogo Kim Hill de la Universidad Estatal de Arizona, refiere, por ejemplo, que si uno era parte de un grupo de recolectores, ahí podía encontrar lo requerido para prosperar. Había alimento y apoyo. Si necesitabas una herramienta, como una canasta para recolectar, seguramente alguien podía proporcionarte una o ayudarte a hacer la tuya. Así es como empezamos a sentir amabilidad hacia nuestro grupo e inclinarnos hacia el recelo cuando se trataba de extraños, de individuos que no cooperaban con nosotros, que no contribuían a nuestro bienestar o que incluso podían amenazarnos.

Estudios subsecuentes han mostrado que percibimos a nuestro grupo de una forma sesgada. Le atribuimos a los nuestros toda clase de cualidades. Esperamos que sean más amables, comprensibles, inteligentes, mejores. Eso, por supuesto, no quiere decir que sea cierto. Sin embargo, así es como marcamos diferencias con los otros. Como lo pone la psicóloga Marilynn Brewer de la Universidad de Sidney, Australia: “Uno espera ser tratado mejor por miembros intergrupales que por los extragrupales. En cierto sentido, es universalmente cierto que ‘nosotros’ somos más pacíficos, confiables, amigables y honestos que ‘ellos’”.

Los simios son capaces de identificar a miembros de su grupo por medio de fotografías. A quienes desconocen, los rechazan. Foto: Archivo Siglo Nuevo / Intervenido por Hessie Ortega

Otra investigación que apoya lo expuesto hasta ahora fue llevada a cabo en macacos por la doctora Laurie Santos de la Universidad de Yale. Los resultados obtenidos tienen una importancia debido a que el estudio fue aplicado en animales cercanos a nosotros. Es decir, que en verdad hay un comportamiento excluyente achacable a la evolución. No sólo se trata de un rasgo humano contemporáneo. En su trabajo, Santos descubrió que los macacos reaccionaban diferente a fotografías de sus pares. Si éstos pertenecían a su grupo los reconocían con rapidez y reaccionaban con entusiasmo. En cambio, tardaban más viendo las fotos de extraños y terminaban por ignorarlas o rechazarlas.

Es posible citar otros trabajos científicos que han arrojado información interesante en torno a este tema. Por ejemplo, en uno de ellos se descubrió que los hombres tienden más a excluir a otros y ser más agresivos al respecto. Sin embargo, es vital recalcar que ninguno de estos estudios justifica el odio hacia otras personas. Los seres humanos somos más complejos. Aunque existan vestigios de comportamientos reprobables, también es cierto que hemos evolucionado en otras áreas benévolas que nos permiten tener un contrapeso. Como dice el psicólogo Mark Schaller de la Universidad de British Columbia, en Vancouver, Canadá: “Estos prejuicios se aprovechan de partes muy antiguas de nuestra mente y todo ocurre de una forma muy rápida y automática. Pero recientemente han evolucionado partes de nuestro cerebro que nos permiten involucrarnos en un pensamiento más lento y racional”.

Resaltar el papel de la ciencia en el racismo es crucial. Y es que el conocimiento se ha manipulado (y se sigue manipulado) para justificar el odio. Tenemos ejemplos lamentablemente notorios, como el darwinismo social. Esta ideología (y pseudociencia) llevó al terreno de lo social los conceptos de Charles Darwin y adquirió mucha popularidad en el siglo XIX. Darwin, recordemos, creó la teoría de la evolución. De acuerdo con ésta, sólo los más fuertes sobreviven y son capaces de pasar sus características genéticas superiores a sus descendientes. En realidad, las ideas de Darwin son más complejas y con más matices, sin embargo, de ellas sólo se tomó lo que algunos creyeron conveniente. Así fue como se terminó con la creencia de que ciertos grupos de personas son inherentemente “mejores” que otras, y por lo tanto merecen ser privilegiadas. Mientras que aquellos que son “inferiores” ni siquiera deberían tener las mismas consideraciones que un ser humano ordinario.

Pese a llamarse darwinismo social, hubo otros pensadores que alimentaron este conjunto de creencias. Algunos, de hecho, fueron anteriores a Darwin, como Herbert Spencer, el sociólogo que acuñó el término “supervivencia del más apto”. Gracias a la supuesta legitimidad que otorgaba el darwinismo social, se justificaron toda clase de políticas injustas contra las minorías y, por supuesto, contra las personas de ciertas “razas”. Quienes lo utilizaron fueron los europeos y los norteamericanos blancos. La popularidad de estas ideas sólo declinó hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial. Para entonces ya habían adquirido una muy mala reputación. No era para menos, incluso Hitler la utilizó junto a otras ideas distorsionadas, como la eugenesia (aplicación de las leyes biológicas de la herencia al perfeccionamiento de la especie humana).

Otra falsa disciplina muy nociva fue lo que se llamó racismo científico, creado por el norteamericano Samuel Morton. Este médico de Philadelphia poseía una amplia colección de cráneos humanos que había alimentado de distintas fuentes alrededor del mundo. Morton desarrolló algo llamado craneometría, una práctica según la cual, midiendo los cráneos, podía determinar qué raza era mejor, así como sus características. Para él, por supuesto, la superior era la caucásica, mientras que la inferior era la negra o etíope.

Charles Darwin, creador de la teoría de la evolución. Foto: Behance / Philip Harris

Con el tiempo, la genética se ha dado a la tarea de desmentir muchas ideas pseudocientificas en torno a la “raza”. Para empezar, se ha desmentido que existan “razas” entre humanos. Todos poseemos los mismos genes con apenas unas pocas diferencias para distinguirnos como individuos, pero no las suficientes para hacer lo mismo como “razas”. En la actualidad, una abrumadora mayoría de científicos coinciden en validar esto. Además, ha quedado más que demostrado que todos provenimos del mismo lugar: África. Ahí comenzó la humanidad y se esparció por todo el planeta. De haber diferentes “razas”, éstas tendrían distintas procedencias.

Pese a todo, persisten hasta nuestros días los estudios con una supuesta base científica que tratan de justificar el racismo. Por ejemplo, el politólogo Charles Murray se ha dedicado a tratar de demostrar que hay diferencias raciales utilizando estadísticas e información proveniente de la psicología, la sociología y la economía. En uno de sus libros más controvertidos, The Bell Curve, afirma que existen personas más inteligentes que otras por naturaleza. Pero no sólo eso, sino que la inteligencia predice mejor el destino de los individuos más que otros indicadores. Como si lo anterior no fuera poco, se aventura a decir que hay diferencias de inteligencia entre razas. Las ideas de Murray han sido desmentidas una y otra vez por científicos calificados. Pese a ello, algunas de sus ideas se mantienen vigentes entre muchas personas.

SEPARADOS PERO IGUALES

Por supuesto, trazar la línea temporal del racismo en general es una tarea demasiado ardua. Concentrémonos aquí en el caso de Estados Unidos, para al menos bosquejar los hechos fundamentales que nos ayuden a entender el presente. Todo comenzó con la esclavitud en 1619. Antes de ese año, en las colonias norteamericanas, había servidumbre que estaba constituida principalmente por europeos pobres. Pero entonces se optó por una opción más barata: los esclavos africanos. En la fecha ya mencionada, un barco holandés llegó a la colonia británica de Jamestown, en Virginia, con 20 esclavos. A partir de este momento, la esclavitud empezó a popularizarse con rapidez en el territorio. Es imposible tener una cifra exacta, pero se estima que entre seis y siete millones de personas fueron trasladadas contra su voluntad al Nuevo Mundo durante el siglo XVIII.

Después de la independización de las colonias del imperio británico (la llamada Revolución Americana, ocurrida entre 1765 y 1783), la visión sobre la esclavitud empezó a cambiar. Los norteños comenzaron a desdeñar la práctica, pues vieron un paralelismo entre la opresión que ejercían sobre los africanos con la que se aplicó a ellos por parte de los británicos. También cabe mencionar que en el norte los esclavos no eran tan importantes para la economía, por lo que prescindir de ellos era más sencillo.

Conforme fue pasando el tiempo, el abolicionismo fue ganando tracción, en parte motivado por cuestiones religiosas. En efecto, algunas personas consideraban incorrecto la utilización de esclavos por ser algo contrario a su fe. Mientras tanto, la industria del algodón fue cobrando fuerza en el sur. Debido a ello, se obligó a los esclavos a trabajar en los campos en condiciones infrahumanas. En el sur la visión sobre la esclavitud era diferente. Ahí se había arraigado como una práctica común. De hecho, se crearon leyes para impedir que se ayudara a los esclavos a escapar.

Después de la revolución americana, la industria del algodón fue un nuevo campo de la esclavitud afroamericana. Foto: Archivo Siglo Nuevo

Aunque no fue el único motivo, la esclavitud sí jugó un rol preponderante para desatar un conflicto bélico entre el norte y el sur. La llamada Guerra Civil (o Guerra de Secesión). Para que esta confrontación ocurriera, tuvieron que pasar cuatro décadas de pugnas hasta que varios estados sureños decidieron escindirse y formar los Estados Confederados de América. A la Unión (el norte) no le pareció y la guerra dio inicio.

Se trató de un periodo sangriento de la historia estadounidense. Para cuando el norte comenzó a tomar ventaja, el presidente Abraham Lincoln aprovechó la situación e hizo una proclama de emancipación preliminar que le dio su libertad a algunos esclavos. La guerra concluyó en 1865 y el norte resultó vencedor. En consecuencia, alrededor de tres millones de esclavos fueron emancipados. Un gran paso para combatir la injusticia, pero todavía se extendía por delante el largo camino del odio.

Aunque la esclavitud dejó de ser permitida en Estados Unidos, el racismo todavía estaba incrustado en la sociedad. Por ello se creó una nueva estructura para someter a los afroamericanos, la cual se sustentó en gran medida en las leyes de Jim Crow. Gracias a este conjunto de reglas, fue posible que varios estados impidieran que los afroamericanos alcanzaran el mismo estatus que los blancos. El mote de Jim Crow posee un origen racista en sí. El actor Thomas Dartmouth Rice solía realizar un espectáculo musical llamado “Jump Jim Crow” en el que se pintaba la cara de negro y se comportaba de forma caricaturesca. Eventualmente, Jim Crow lo empezó a usar despectivamente para llamar a cualquier persona de color.

De vuelta al mundo legal, las leyes de Jim Crow muy restrictivas. Los afroamericanos no podrían votar, acceder a ciertos servicios o ir a ciertos lugares. Por todas partes se podían leer letreros de White Only (Sólo blancos). En piscinas públicas, restaurantes, bares, etcétera. Incluso había bebederos asignados para los blancos y otros para los negros. El punto era la segregación. De ahí el eslogan que usaban quienes apoyaban estas leyes: “Separados pero iguales”. La desigualdad se prolongó durante varias décadas. Hubo, por supuesto, personas que intentaron combatir las leyes Jim Crow, pero tuvo que pasar tiempo para que hubiera un impacto generalizado. Primero hubo algunos casos por aquí y por allá en los que hubo veredictos contra estas normas.

Al llegar la Segunda Guerra Mundial las cosas empezaron a cambiar. Muchos soldados eran afroamericanos que arriesgaron la vida por su país. Los que lograron retornar a casa tenían una nueva perspectiva. Ahora sentían que merecían un mejor trato y empezaron a retar prohibiciones. Ya que mencionamos la Segunda Guerra Mundial, vale la pena señalar que las leyes racistas que se implementaron en Estados Unidos fueron una inspiración para las leyes de Núremberg, las cuales fueron usadas por los nazis contra los judíos. Otro caso de odio alimentado por prejuicios absurdos.

Aunque la historia está conformada de un sinfín de eventos trascendentes, solemos usar algunos como hitos que nos sirven para ubicarnos. Uno de éstos fue el ocurrido con una mujer afroamericana llamada Rosa Parks.

Rosa Parks junto al reportero Nicholas Chriss en 1956. Foto: con.britannica.com

NO HAY JUSTICIA, NO HAY PAZ

El primero de diciembre de 1955, Rosa Parks abordó un autobús en Montgomery, Alabama. Había asientos para blancos y para negros. La sección destinada a las personas blancas ya estaba llena. El problema fue que subió un blanco más. Entones el conductor del camión, James F. Blake, le pidió a Parks que cediera su asiento al nuevo pasajero, pero ella se rehusó. El incidente derivó en el arresto de Parks por violar las leyes de segregación. Sin embargo, la acción de la mujer inspiró a la comunidad negra a realizar protestas en contra de la discriminación en el transporte público.

El movimiento duró desde el cinco de diciembre del año mencionado y hasta el 20 de diciembre de 1956. Fue entonces que se declaró que las leyes segregacionistas de Alabama eran inconstitucionales. Un día después, para celebrar el hecho, Parks subió a un autobús y se sentó mirando por la ventana. Detrás de ella se colocó el reportero blanco Nicholas C. Chriss. La escena quedó captada en una fotografía.

Tras el incidente que marcó la vida de Parks (y que la transformó en un icono de la desobediencia civil), siguió dedicándose al activismo e incluso colaboró con otra figura clave que se opuso al racismo: Martin Luther King Jr., quien a la postre ganaría el Premio Nobel de la Paz por sus acciones. King recién emprendía su activismo en aquellos años. De hecho, fue el incidente de Parks el suceso que lo catapultó como una figura nacional. Resulta que él participó en las protestas contra las leyes Jim Crow en el transporte de Montgomery tras lo ocurrido con Parks.

King nació el 15 enero de 1929 en Atlanta y fue hijo de un pastor. Su padre, además, perteneció a una organización que luchaba por los derechos civiles. Esto muy probablemente lo influyó, pues desde joven mostró interés por el activismo. A los diecisiete años envió una carta a su periódico local, el Atlanta Constitution, en la que afirmaba que las personas negras también tenían los mismos derechos y oportunidades que cualquier otro americano. El diario publicó la misiva. En 1954 se mudó a Montgomery con su esposa y trabajó como predicador. Un año después ocurrió lo ya descrito con Rosa Parks. A esto sólo hay que agregar que la protesta contra la discriminación en el trasporte fue tan tensa, que segregacionistas blancos bombardearon su casa.

A pesar de lo ocurrido, King siempre abogó por una resistencia pacífica, una marca distintiva del movimiento por los derechos civiles. Cabe mencionar que el trabajo de King (y otros) fue fundamental para lograr mejoramientos en las condiciones de los afroamericanos. Porque, en efecto, se han logrado muchos avances con el tiempo, aunque es evidente que todavía queda mucho por hacer.

Los principales sucesos que involucraron a King tuvieron lugar en la convulsa década de los sesenta. Más específicamente en 1963. El 28 de agosto de ese año se llevó a cabo la denominada Marcha sobre Washington. Un evento masivo al que acudieron alrededor de 200 mil personas para exigir los derechos civiles de los afroamericanos. Los participantes hicieron un recorrido que inició en el obelisco en recuerdo al expresidente Washington y concluyó en el memorial de Lincoln. Fue en este evento en el que King pronunció su famoso discurso I have a dream (Tengo un sueño).

Martin Luther King Jr. dando el mítico discurso I have a dream (Tengo un sueño) en el memorial de Lincoln, en 1963. Foto: entrepreneur.com

Por fin, el 2 de julio de 1964, Lyndon Johnson firma la Ley de Derechos Civiles, la cual puso fin legal a la segregación racial. King estuvo presente en la firma. Un año después se modificó el sistema electoral para garantizar el derecho al voto de los afroamericanos. El mismo año en el que ocurrió lo ya dicho, King fue galardonado con el Premio Nobel de la Paz. Apenas cuatro años después, el 4 abril de 1968, fue asesinado de un disparo por James Earl Ray, un sujeto blanco que escapó de prisión. La muerte de King desató unos intensos disturbios por todo Estados Unidos. Éstos han sido comparados con los que han ocurrido en nuestros días tras la muerte de George Floyd.

La visión pacifista de King no era la única que gozaba de popularidad. Había otros que optaban por una ruta más enérgica y en ocasiones agresiva. Aquí entran aquellos que eran partidarios del movimiento Black Power. A pesar de lo mucho que se conquistó con el movimiento de derechos civiles, aún continuaban los ataques contra los afroamericanos. Debido a ello, muchos comenzaron a creer que debían de actuar con más determinación. Así arrancó el movimiento Black Power. Quienes creían en éste, consideraban que era hora de dejar de esperar cualquier cosa de un sistema que los discriminaba. Ahora se las verían por ellos mismos y eso incluía la autodefensa.

Como parte de este movimiento, en 1966, los estudiantes universitarios Huey P. Newton y Bobby Seale, fundaron el partido de las Panteras Negras, una organización con puntos de vista considerados todavía más radicales. Por ello, en parte, tuvo una historia más bien fugaz. A finales de los sesenta llegó a contar con hasta dos mil miembros. Uno de los iniciadores del partido (Newton) fue enjuiciado y encarcelado por matar a un policía.

La exigencia por derechos y justicia no siempre ha ocurrido de forma planificada. En ocasiones ha surgido de manera espontánea. Así fue con los disturbios de Los Ángeles de 1992. Estos hechos se desataron debido al caso de brutalidad que llevó a la muerte al afroestadounidense Rodney King. El acontecimiento fue grabado en video y se mostró en los noticieros. El resultado fue que la comunidad negra tomó las calles. El saldo final arrojó 55 personas muertas y más de dos mil 300 heridas. Además, alrededor de mil edificios fueron quemados.

Años después, en 1995, tuvo lugar una manifestación muy diferente, la llamada Marcha de un Millón de Hombres. Una enorme manifestación convocada por Louis Farrakhan. El motivo: exigir dignidad e igualdad de derechos para los afroamericanos. Es decir, las mismas demandas de siempre.

Ya en nuestros días tenemos el surgimiento del movimiento Black Lives Matter. Éste ocurrió el 2013 tras el asesinato de Trayvon Martin, de 17 años, a manos de un hombre blanco. Se organizaron protestas por este hecho. El término fue usado por primera vez por Alicia Garza en una publicación de Facebook al organizar las manifestaciones. Garza y Opal Tometi se convertirían a la postre en las organizadoras más importantes del movimiento. Desde entonces, Black Lives Matter se ha pronunciado en los casos más prominentes de injusticia contra la comunidad negra. Incluyendo el de George Floyd.

El movimiento Black Lives Matter surgió tras el asesinato de Trayvon Martin en 2013. Foto: kpbs.org

Todavía es pronto para conocer el resultado final de las protestas causadas por el caso de Floyd, pero los manifestantes, además de eslóganes pegajosos (como aquel de “No hay justicia, no hay paz”), tienen propuestas ambiciosas, como desfinanciar a la policía, reformarla o abolirla. Ya han ocurrido cambios, por ejemplo, en Nueva York, los policías estarán obligados a mostrar sus grabaciones cuando un incidente salga mal.

WHITEXICANS

En México también existe el racismo, pero todavía hay mucha reticencia en el país a aceptar este hecho. Quizás, al menos en parte, porque no se ha representado en los medios de la misma forma que la problemática estadounidense. Sin embargo, el tema resurge de vez en cuando para causar controversia de diferentes formas, sobre todo ahora con las redes sociales.

Según Forbes, en su artículo Pigmentocracia: Desventajas por el tono de piel, a finales de año pasado se puso de moda la palabra pigmentocracia debido a que fue usado por Estefanía Veloz, panelista del programa Punto y Contra Punto. De ahí, la discusión saltó a las redes sociales. La pigmentocracia es un término creado por el antropólogo chileno Alejandro Lipschütz en el pasado siglo. Con este concepto explicó cómo durante la época colonialista, la jerarquía social se determinaba según el color de la piel.

Aunque existen estudios sobre la situación del racismo, no son tantos como se desearía. Y es que, recordemos, el racismo es un problema sistémico. Por lo tanto es lógico que no se acepte plenamente su existencia. Pese a todo ahí está, por ejemplo, un estudio realizado por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) y el Colegio de México en 2016, el cual revela que entre más oscuro es el tono de piel de una persona, es menos probable que ocupe un puesto laboral alto.

Más allá de estudios y datos, el racismo en el país es un fenómeno que se puede constatar en la experiencia cotidiana. Palabras como prieto o indio se siguen usando como insulto. Aunque también han surgido palabras a manera de burla hacia aquellos que ejercen racismo, como whitexican (neologismo creado por las palabras blanco y mexicano en inglés). El término es usado para burlarse de los mexicanos blancos y privilegiados que parecen vivir una realidad muy distinta a la de sus connacionales. Hay quienes han querido ver una forma de racismo en su uso, pero esto no es posible. Cuando una persona no puede acceder a mejores oportunidades por el color de su piel, hablamos del problema estructural del racismo. Cuando te dicen whitexican, pero sigues gozando de privilegios por tener una piel más clara, no hablamos de racismo.

Lo cierto es que el racismo es un tema que todavía debe ser abordado en nuestro país. Si lo continuamos postergando, será peor a la larga. Una cuestión de inequidad tan severa no va a desaparecer por ser ignorada. Sólo crecerá hasta que nos reviente en la cara.

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