Efectos mentales de la COVID-19
Salud

Efectos mentales de la COVID-19

No es sólo el miedo de infectarse

A nivel mundial existe preocupación acerca de los efectos en la salud mental provocados por la pandemia de COVID-19. Los factores de riesgo son sencillos de enlistar pero, la carga que conlleva cada uno de ellos resulta difícil de estimar.

Hablamos del miedo al contagio, del aislamiento social, de la pérdida de seres queridos a causa del virus, cuando no de la incertidumbre derivada de la suspensión de actividades económicas, traducida como disminución de los ingresos o, en muchos casos, desempleo.

El escenario facilita que la ansiedad y la depresión se multipliquen.

Niños, adolescentes y personas de edad avanzada son grupos de riesgo. A ellos cabe agregar el conjunto del personal sanitario. Los padecimientos psíquicos encuentran terreno fértil en ellos.

La posibilidad de formar parte del aumento de los trastornos mentales también contempla a las personas que integran el conjunto de bebedores. Pandemias así suelen saldarse con un incremento en el consumo de alcohol.

CATÁLOGO

Sufrir afecciones del estado de ánimo, del pensamiento y del comportamiento puede traducirse como andar deprimido o ansioso, o manifestar comportamientos adictivos.

Que una persona muestre algún signo o síntoma de que algo va mal con los engranes de la cabeza no tiene nada de extraordinario. El peligro radica en que la sintomatología se vuelva permanente y afecte la vida cotidiana, los ámbitos en que se desenvuelve un individuo y las relaciones interpersonales.

Los trastornos y sus efectos suelen acarrear sentimientos amargos, tristeza, desánimo, confusión y varias desatenciones. Generan preocupaciones o temores que desbordan sus cauces regulares o producen cambios de humor extremos. En ocasiones conducen a un aislamiento voluntario y a la interrupción de las actividades habituales. No es infrecuente que el enfermo se sienta cansado, con poca energía, que tenga problemas para dormir. Algunos males psíquicos abren las puertas de la percepción al delirio, a la paranoia y a las alucinaciones.

El aislamiento favorece el consumo de alcohol y drogas. Foto: Behance / Mar Hernández

Todo lo anterior convierte al paciente en un ser con dificultades para lidiar con el estrés que caracteriza a la vida diaria y sus dilemas frecuentes. Estos malestares acarrean desde cambios en los hábitos alimentarios y en la líbido, hasta abuso del alcohol o de las drogas. En ocasiones se vuelven recurrentes la sensación de enfado, la hostilidad y hasta los pensamientos suicidas.

Como la mente afecta al cuerpo, a veces estas alteraciones del ánimo acaban por trasladar parte de la factura al cuerpo. Duelen el estómago, la espalda, la cabeza, incluso se despiertan molestias imposibles de explicar desde el punto de vista estrictamente físico.

ATENCIÓN

¿Cómo se desarrollan en un individuo? Un primer detonante se encuentra en la herencia, es decir, cuando parientes consanguíneos tienen en su historial alguna enfermedad mental.

La raíz de un padecimiento psíquico puede ubicarse en el periodo de gestación, tanto si el producto es expuesto a factores de estrés ambientales como si le tocó batallar con enfermedades inflamatorias, o bien con toxinas o drogas.

En el cerebro hay neurotransmisores que envían señales a otras partes del órgano pensante y del cuerpo. Cuando las redes neurales que contienen esos neurotransmisores son víctimas de alguna alteración, los sistemas nerviosos sufren cambios que generan depresión y otros estados indeseables de la conciencia.

Atravesar dificultades económicas, verse envuelto en situaciones estresantes como un divorcio o topar con motivos de duelo, como la muerte de un ser querido, también favorecen el arribo de los malestares psíquicos.

Traumatismos cerebrales (llevarse golpes fuertes en la cabeza, por ejemplo) y experiencias traumáticas, son eventos que pueden desencadenar la aparición de estas alteraciones. Consumir alcohol y/o drogas enturbia el flujo normal de los pensamientos y del estado anímico. Los antecedentes de abuso, una infancia vulnerada por la negligencia, trabar escasas amistades y cultivar apenas unas cuantas relaciones saludables son más factores que configuran una mala condición psíquica.

La mejora de hábitos impide la escalada de los síntomas de depresión y ansiedad. Foto: Behance / Abbey Lossing

Cuando se percibe algún síntoma, ya sea en uno mismo o en una persona cercana, no está de más consultar a un médico familiar y general o bien recurrir directamente a un especialista en salud mental.

La mayor parte de las enfermedades del pensamiento ni se marchan ni reducen sus efectos a no ser que se reciba tratamiento. Sin la debida atención, no es aventurado afirmar que la afección sólo puede empeorar y acarrear graves dificultades.

TRATAMIENTO

El tema es tan recurrente que una quinta parte de la población adulta a nivel mundial padece algún trastorno de la mente.

Los signos pueden manifestarse en cualquier momento, desde la infancia hasta la tercera edad. Sin embargo, en la mayoría de los casos aparecen temprano en la vida, con efectos temporales o duraderos.

Los males de la interfaz cerebral no son mutuamente excluyentes, un individuo llega a sufrir más de uno al mismo tiempo. El paciente se ve atormentado por la depresión, las trabas emocionales, las molestias físicas, la infelicidad. Surgen conflictos con su entorno cercano y se dificulta acometer las actividades cotidianas.

Junto a variables socioeconómicas complicadas, el enfermo acaba inmerso en una dinámica insoportable. El sistema inmunológico se debilita al grado de que el cuerpo ofrece poca resistencia a las infecciones. El panorama se ensombrece tanto que llegan a considerarse opciones como el suicidio.

Pedir asistencia acerca del modo de lidiar con estas afecciones es la mejor manera de hacerle frente, ya que no existe forma de prevenir su aparición.

En la mayor parte de los casos, los síntomas pueden tratarse con una combinación de medicamentos y psicoterapia. Cuidar la alimentación, descansar bien, ejercitarse, adoptar medidas para controlar el estrés, aumentar la resistencia del organismo y trabajar la autoestima representa alzar barreras que impiden la escalada de los síntomas.

No hay que perder de vista este asunto. Los estragos causados por la pandemia van más allá de los contagios y la pérdida de vidas. Consecuencias funestas de la COVID-19 bien pueden llevarse en silencio, en aislamiento, con depresión, desde una mirada que pide ayuda.

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