¿Recuperaremos la sonrisa?
Opinión

¿Recuperaremos la sonrisa?

Miscelánea

El sujeto ideal del reino totalitario es el hombre para quién la distinción entre realidad y ficción, entre verdadero y falso, ya no existe

Ikram Antki

A pesar del tiempo que me escamotea esta capital cada día más problemática, antes del COVID todavía podía sentirme joven y bonita: nadar, ir hacerme tinte y manicure en el salón de belleza, comer eventualmente con mis amigas, palomitas en el cine y alguna ojeada por los tenderetes de Zara.

Seguro no viste bien, date otra vuelta, decía mi Querubín cuando me veía salir de la tienda sin ninguna compra. Por la noche, eso sí, los datos duros mostraban el peso de los años, aunque conseguía ahuyentarlos con un buen libro y una taza de té de azhar. Al despertar, la vida resplandecía de nuevo y yo recuperaba la sonrisa.

Algo parecido a la felicidad, solo eventualmente amenazada cuando mi empleada doméstica decía: señora, quiero hablar con usted. Si, por qué no reconocerlo, soy una ciudadana clase-mediera y tengo un auto. Pero como en el manoseado cuento de Monterroso, ahora al despertar, con las fauces abiertas el monstruo sigue ahí. Pasan y pasan los días y sigo a merced de un enemigo invisible, que está en todas y en ninguna parte. El miedo me ha sido inoculado.

Al principio de la pandemia me causó gran alboroto salir a la calle a abrazar al prójimo como recomendaba AMLO. Pero como te digo una cosa, te digo la otra. Obedecí también las instrucciones del Doctor Gattel: hasta que perdió todo mi respeto y credibilidad cuando salió con la babosada de que: La fuerza del presidente es moral, no es fuerza de contagio. Nos ha caído encima una peste de estupidez mucho más dañina que el mismo virus; pensé. Ante eso, decidí que actuaría según mi criterio: lavarme las manos, y perder la sonrisa tras un bozal.

Me negué (eso si) a renunciar al elemental derecho de pisar las calles. Yo necesito contactar con la gente para saber que existo. Ante la imposibilidad de comprar algo más que comida, atasque el refrigerador para aplacar en algo mi compulsión consumidora. Tampoco me resigné a la soledad e invité a casa a cualquiera que como yo, se atreviera a desafiar el miedo. Después de comer y beber con alguna amiga, el mundo volvía a sonreír y jurábamos que este maldito virus nos iba a hacer los mandados. En algún momento sentí urgencia que huir y huí.

Estás loca, Acapulco está en el pico más alto del contagio, me advirtieron, pero soy suicida y allá fui. Por una carretera inusitadamente despejada, llegue a una playa limpia, a un mar que empezaba a recuperarse y se rizaba en olas cristalinas. Desde allá me uní a la protesta. Algunos cientos de autos circulamos pacíficamente por La Costera pidiendo la renuncia de AMLO como él, siendo oposición, la pidió a Peña Nieto.

Al día siguiente, mi teléfono estallaba de insultos y grosería contra los abominables fifis que protestaron desde sus autos de lujo. Nunca se enteraron de que no se podía ir a pie por la pandemia. Tampoco se han enterado de que los ricos no se toman la molestia de protestar, ellos simplemente se asocian al presidente en turno o se llevan sus empresas y sus capitales a otra parte. ¿Acaso no lo estamos viendo? Hay entre esa entidad anónima que el ganso llama “su pueblo”, una falta de comprensión de que la Democracia es precisamente la posibilidad de elegir entre dos o más candidatos.

Los que no consiguen ganar, se convierten en legítima oposición; más no en enemigos, ni rateros, ni corruptos. Ignorando que del grado de cohesión social depende la paz, con su conocida precariedad de lenguaje el presidente ha dividido a la sociedad entre chairos y fifís; abriendo una herida que será muy difícil de cerrar. Da pena ver la Democracia abandonada a sus instintos más salvajes.

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