AMLO y la ideología
Opinión

AMLO y la ideología

Jaque Mate

Andrés Manuel López Obrador no es como sus antecesores en la presidencia. Él mismo lo reconoce al descalificarlos a todos, desde Miguel de la Madrid hasta Enrique Peña Nieto, como neoliberales y corruptos. No habla mucho de los previos a este grupo, como José López Portillo, Luis Echeverría, Gustavo Díaz Ordaz, Adolfo López Mateos y Adolfo Ruiz Cortines, pero no hay duda de que los admira más, porque muchas de sus acciones parecen destinadas a tratar de rescatar los tiempos gloriosos del viejo PRI. En su discurso inaugural, así como en los textos que escribió antes de ser presidente, ha señalado que los tiempos del “desarrollo estabilizador” fueron una especie de paraíso al que debe regresar nuestra nación.

Más que la ideología, lo que separa a López Obrador de sus predecesores es la manera en que toma sus decisiones. No hay duda de los enormes poderes de los mandatarios mexicanos del pasado, pero sabemos que cuando menos escuchaban a sus asesores y se dejaban convencer con argumentos. López Obrador llega a cada encrucijada con una decisión tomada. No parece haber nadie en su entorno que se atreva a cuestionarlo o a quien el presidente le haga caso. Esto explica muchas de las decisiones que ha tomado, las cuales lamentan incluso algunos miembros de su equipo más cercano.

López Obrador no parece ser un comunista, como advierten algunos de sus críticos, a pesar de la admiración que ha externado por personajes históricos marxistas como el Che Guevara o Salvador Allende. No ha ordenado expropiaciones masivas, como las de Hugo Chávez en Venezuela, ni ha decretado la extinción del sistema de libre empresa, como hizo Fidel Castro en Cuba en 1960. Sus acciones más bien reflejan un intento por regresar al sistema en que creció en los años setenta.

El presidente no se opone a toda la inversión privada. De hecho, ha creado una comisión a cargo del jefe de la oficina de la Presidencia, Alfonso Romo, para promoverla. Donde él busca limitarla es en electricidad y en petróleo. A eso, más que a un rechazo tajante de toda la iniciativa privada, se debe que haya cancelado las nuevas licitaciones petroleras y las plantas de generación de electricidad limpia. Su propósito es simplemente reconstruir los monopolios de Pemex y de la CFE.

López Obrador no parece tener objeciones fundamentales ante la economía de mercado siempre y cuando no interfiera con las industrias en las que a su juicio el Estado debe tener monopolios. De hecho, ha apoyado abiertamente el T-MEC, un tratado de libre comercio con Estados Unidos y Canadá.

Cuando las reglas son claras, los demás actores de la economía pueden tomar medidas razonables. El problema es cuando cambian constantemente. Este es el caso no solo de quienes invirtieron en plantas de energía solar y eólica, solo para que el gobierno cambiara las políticas para impedirles conectarse a la red, sino también de la empresa Constellation Brands, que invirtió en una planta de cerveza en Mexicali la cual fue suspendida por el gobierno por razones políticas cuando ya encontraba casi terminada.

López Obrador es muy distinto a los presidentes anteriores, no solo porque toma decisiones solo, sin considerar los puntos de vista de los demás, especialmente de los expertos, sino porque no le tiembla la mano cuando toma medidas aparentemente irracionales. El problema es que esa irracionalidad puede ahuyentar a los inversionistas.

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