Control digital
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Control digital

Los ciudadanos al alcance de un click

Estimado suscriptor, ha sido registrado como participante en un motín masivo”. Este fue el mensaje que, a la mañana siguiente, llegó a los celulares de quienes se encontraban cerca del lugar donde ocurrieron enfrentamientos violentos en Kiev, Ucrania.

Los datos y aplicaciones digitales pueden ser utilizados para predecir comportamientos y facilitar análisis de mercado, pero existe una creciente preocupación de que se muden a un propósito mucho más invasivo: el control social.

La pandemia por la COVID-19 nos ha hecho mirar a lugares insospechados. Los temas pendientes en la agenda tienen que ver, por alejado que parezca, con nuestra relación con la tecnología y su potencial uso por parte de los gobiernos.

Las opiniones sobre lo que nos espera tras la pandemia son diversas; algunas hablan de un ascenso de la solidaridad, otras de políticas cercanas que disminuirán la marginalidad y mejorarán el acceso a la salud y otras necesidades básicas.

Pero el filósofo surcoreano Byung-Chul Han habla de posibilidades que van en un camino opuesto. El pensador cree que la pandemia podría marcar un hito en lo que se refiere a la vigilancia. Si bien algunos tipos de control digital se han estado colando poco a poco a nuestras vidas, la crisis mundial actual puede ser el pretexto perfecto para la implementación extendida de tecnologías, como el reconocimiento facial, para hacer frente a la situación y, después, para mantener a la población estrictamente vigilada.

LA POSIBILIDAD

Una vez terminada la emergencia, las medidas de control de contagio podrían quedar adoptadas para otros fines. El terreno estaría dispuesto para favorecer un totalitarismo digital, capaz de permear en las vidas privadas de los ciudadanos para establecer un orden y disciplina a la conveniencia de intereses gubernamentales.

Cámaras de reconocimiento facial en China. Foto: Behance / Benoit Paillé

El ejemplo del gobierno de China, que ha aumentado sus medios para espiar a sus habitantes, es el más destacable tanto por su capacidad como por sus faltas a la privacidad. El país adoptó el reconocimiento facial, así como bases de datos de rostros y huellas digitales, con la finalidad de encontrar criminales y detenerlos rápidamente. Pero también se trata de perseguir a quienes no comulgan con los ideales del gobierno de Xi Jinping y, más aún, se trata de herramientas de espionaje que se usan en todo momento para fomentar la disciplina en cualquier civil.

FUNCIONAMIENTO

El Sistema de Crédito Social (SCS) de China, ha sido criticado por su perturbadora similitud al sistema que aparece en la serie distópica Black Mirror. Establece un puntaje para las personas que acatan las normas, mismo que disminuye con cada falta. Así, se condena poco a poco a la marginalidad a aquellos con calificación baja, pues esta determina el acceso a descuentos en servicios públicos o inscripciones a escuelas, tanto para el calificado como para sus hijos. Este sistema funciona también por asociación, pues en este modelo tan poco permisivo, incluso tener un familiar con puntuación negativa genera un impacto en la propia valoración.

El control social se establece mediante la recopilación de datos. Las compras, las consultas, todo lo que el civil chino puede imprimir de sí mismo en las redes sociales, sirve para evaluar su comportamiento.

Byung-Chul Han menciona que lo anterior ha hecho posible un control de la infección por COVID-19 mucho más veloz. La cuarentena, en ese contexto, no es una opción. Si alguien sale de su casa, un dron es enviado para ordenarle que regrese. Las cámaras que miden temperatura corporal emiten notificaciones a los celulares de quienes compartieron, aunque sea por un momento, espacio con una persona encontrada con temperatura alta.

Para el autor surcoreano es preocupante la posibilidad de que llegue a Europa un régimen policial tecnológico como el de China, pues se abriría la puerta a que las medidas de control digital den un siguiente paso para extenderse.

Foto: Behance / Benedikt Luft

ANTECENDENTES

No se trata de algo nuevo. En 2014, en Kiev, Ucrania, un atisbo de control digital se dio cuando el gobierno de ese país utilizó las ubicaciones registradas por celulares para mandar un mensaje a quienes se encontraban cerca de protestas populares, pretendiendo generar miedo en un extravagante intento por sofocarlas.

La razón del descontento fue el endurecimiento de leyes acerca de las reuniones públicas, castigando hasta con 15 años de prisión a los participantes de disturbios. Los mensajes de “registro” de quienes se encontraban en los motines, no fueron tomados con seriedad, pero las ubicaciones y otras formas de reconocer a los manifestantes hizo que muchos dejaran de buscar atención médica, tras hechos violentos, por miedo a ser incriminados.

El primer ministro israelí Benjamin Netanyahu, habiendo declarado estado de emergencia por la pandemia, desplegó el peso de la vigilancia más avanzada que tiene a su disposición, utilizando el Servicio de Seguridad General. Normalmente, la vigilancia está destinada a la lucha contra el terrorismo, pero ahora el objetivo es el seguimiento de los pacientes infectados por la COVID-19, es decir, la población civil.

VIOLACIÓN A LA PRIVACIDAD

Aunque se piensa que este tipo de situaciones son más comunes en Asia o Europa Central, el modelo de control digital ha avanzado hacia Inglaterra. En 2017, la policía londinense adquirió tecnología japonesa de reconocimiento facial. Las cámaras sumaron un número de 627 mil en 2019, y se estima que hacia el 2025 haya un millón de ellas. En todo el país hay cerca de cuatro millones de cámaras.

Las organizaciones no gubernamentales Human Rights Watch (Observador de Derechos Humanos) y Amnistía Internacional estimaron que 24 naciones, entre ellas Estados Unidos y Rusia, utilizan actualmente servicios de localización de dispositivos móviles. La especialista en derechos humanos digitales Deborah Brown, advirtió que estas prácticas se están volviendo intrusivas y generalizadas. La libre expresión y la libre asociación podrían estar en un peligro sin precedentes.

Tela hyperface. Foto: paom.com

La brecha que se está generando entre los ciudadanos y los gobiernos, según la Human Rights Watch, provoca un clima de desconfianza en las autoridades que podría traducirse en mayores conflictos.

Algunos proyectos que responden a esta hipervigilancia, aparecen como propuestas dignas de novelas o películas cyberpunk, donde los ambientes distópicos y los problemas sociales son los temas principales.

La tela inteligente hyperface, diseñada por el artista berlinés Adam Harvey en colaboración con el equipo internacional Hyphen-Labs, tiene la función de mostrar falsas caras a las cámaras de reconocimiento facial. La diseñadora polaca Ewa Novak realiza joyería minimalista de metal que también burla este sistema. El proyecto CV Dazzle, por su parte, consiste en la elaboración de pelucas, maquillaje y prendas que reflejan el calor para pasar desapercibidos por los drones.

La preocupación por los datos que dejamos en nuestro uso diario de Internet, es algo que se mantiene. Se prefiere no pensar en que diariamente registramos cada movimiento que tenemos, ofreciendo estos datos a compañías que tienen poder sobre toda esta información.

El miedo del individuo a que alguien lo espíe es común en nuestro tiempo, pero no tomamos en cuenta que ofrecemos información sobre cada una de nuestras actividades cotidianas. Prácticamente facilitamos el trabajo de ser observados. La forma de hacer frente a las situaciones venideras, podría ser cuidar nuestros datos y encriptar la información que compartimos en Internet.

Con nuestra navegación en la web, las tecnologías generan una base de datos que nos ofrece respuestas al instante. Nos conoce y encuentra lo que posiblemente estamos buscando, por lo que ofrecemos nuestros datos en pos de la comodidad; sin considerar que nuestra despreocupación, sumada al aumento de la vigilancia digital, podría implicar un detrimento para nuestros derechos.

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