No hay mal que por bien no venga
Nuestro mundo

No hay mal que por bien no venga

Nuestro Mundo

Los pájaros no cantan más, los escuchamos con más claridad porque los seres humanos hemos acallado nuestro ruido.

Los animales, en general, no es que hayan invadido nuestro espacio, más bien ellos han recuperado lo que les pertenece desde siempre.

No es que los días sean más largos, es que hemos dejado de andar con prisas

No hay mal que por bien no venga. A veces tardamos en reconocerlo, pero la vida les da la vuelta a las tragedias, a las pérdidas, a lo que nos duele. Esa vuelta puede tardar más o menos de acuerdo a nuestra actitud. La mirada de muchas personas está enfocada en el presente porque nos hemos percatado de lo que es una realidad inmanente a la vida, podemos perderla en un abrir y cerrar de ojos.

El café que nunca llegó, la llamada que no se hizo, la disculpa que nunca se ofreció, el enojo que no trabajamos, la explicación que obviamos, el beso que guardamos, la visita que no hicimos, el arreglo de algo que postergamos, lo que siempre quisimos hacer y nunca hubo oportunidad, la nieve que no nos comimos por los kilos que significaba, la canción que nunca cantamos por vergüenza, el libro que no leímos por flojera, el viaje que pospusimos por mil y un pretextos, el gracias que se atoró en la garganta. Muchos de nosotros venimos cargando con todos estos pendientes que al sumarlos nos significan un peso importante que lejos de facilitarnos la vida nos la complican.

¿Y si no nos alcanza el tiempo para solventarlos? ¿Y si nos vamos de este mundo con ellos a cuestas? ¿Debemos conformarnos con que una vez que no estemos todo desaparece y borrón y cuenta nueva? No sé, tú querido lector, tendrás una respuesta clara, la mía se debate entre cuánto de lo que no hice lo cargarán mis hijos y la liberación que la muerte trae consigo de todo esto que para algunos pueden ser trivialidades.

El famoso ejercicio: ¿Qué harías si supieras que te quedan tres días de vida? Hay que aclarar que esos tres días los vivirás sin enfermedad, sin dolor, con la plenitud de tus capacidades. ¡Cuánta inquietud puede causar el solo pensar en ello!

Pregunté esto mismo a gente joven que respondió que lo que ellos harían sería volver a ver los capítulos que más les gustaron de su serie preferida, o escuchar todo el día a su grupo favorito o hacer una fiesta de tres días para despedirse de su familia y de sus amigos. Los no tan jóvenes respondieron que pasarían todos los minutos que les quedaban abrazando a su familia, cocinándoles, contándoles sus mejores anécdotas, tomándose muchas fotografías para que tuvieran un acervo grande que les pudiera ayudar a recordarlo.

Los más entrados en años me contestaron que querían ver el amanecer y las puestas de sol, que buscarían reconciliarse con Dios, que reunirían a sus hijos, a sus nietos y les hablaría de lo que ha sido su vida, dejarían un tiempo para los amigos e irían a comer lo que más les gusta. Solo una persona me confió que tenía un remordimiento muy grande y que quería liberarse de él, que haría todo lo posible para que fuera así.

¿Por qué una pandemia tiene que venir a recordarnos la fragilidad de la vida? Porque así somos los seres humanos. A veces preferimos hacer como que no pasa nada, ignorar lo que nos inquieta, creer que la sentencia de muerte dictada desde que nacemos aplicará para los demás.

Pensar en la muerte sin fatalismos, sin miedo, con confianza que parte de la fe que procesemos cada uno de nosotros, puede ser el calmante natural para la ansiedad, prepararnos todos los días para que mientras vivamos trabajemos en nuestras debilidades y reconozcamos lo errático del camino elegido, que no juzguemos, que no envidiemos, que no finquemos nuestro éxito sobre el fracaso de otro, que no nos alegre la desgracia ajena, que podamos ver nuestros yerros y podamos ofrecer una disculpa a tiempo.

Sin pretensiones de santidad, solo aceptando que ser mejor no es producto de un milagro, sino que es obra de la consciencia, por eso digo que no hay mal que por bien no venga y si para llegar a este punto hay que pasar por la aridez de estos días vividos, ¡que sean bienvenidos!

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