El ciclo de vida de Erikson
Familia

El ciclo de vida de Erikson

Las crisis como pauta de desarrollo humano

Erik Erikson es de los teóricos posfreudianos más leídos y con mayor influencia en el psicoanálisis. De raíces danesas, fue criado en Alemania y emigró a Estados Unidos en 1933 por la expansión del fascismo en el territorio germano. Tuvo estudios en arte y su formación psicoanalítica comenzó con el estudio de Anna Freud, interesándose también por el sistema de educación Montessori.

Fue docente en universidades como Harvard, Yale y Berkeley; hizo un libro sobre la crisis de identidad de Martín Lutero y viajó a la India para conocer a los seguidores de Gandhi. Gracias a esto, incluyó las formas de vida de culturas no occidentales en sus análisis.

En el centro de su trabajo se encuentra la teoría del ciclo vital, un modelo que integra el conocimiento y la maduración del individuo desde su nacimiento hasta la vejez. Divide el desarrollo humano en ocho etapas, cada una de las cuales tiene componentes psicológicos, biológicos y sociales.

UN MODELO EPIGENÉTICO

El modelo de Erikson, al que llamó epigenético, es la primera teoría psicológica que detalla el ciclo de vida. El término epigénesis (epi significa arriba y genésis, origen) indica que cada elemento surge de otras partes. Es decir, plantea una estructura semejante al crecimiento embrionario, en que cada estado es resultado de la maduración del anterior. “Cada uno a su tiempo, hasta que alcanzan un estado funcional”, expone Erikson.

Su esquema tiene dos premisas básicas: la primera es que la personalidad del individuo se desarrolla de acuerdo a su capacidad de progresar, de aprender y de relacionarse con una esfera social cada vez más extensa. La segunda es que la sociedad debe estar constituida de manera que estimule las habilidades para la interacción, y trate de defender y alentar el ritmo adecuado de desarrollo de cada persona.

CRISIS DEL DESARROLLO

Cada etapa se caracteriza por una tarea de desarrollo específica, también llamada crisis, que debe resolverse antes de pasar a la siguiente. Por crisis, Erikson se refiere a un punto de inflexión, como una fiebre. Cuando se resuelve satisfactoriamente, la fiebre cede, y el individuo comienza a recuperarse. Se trata de ocasiones especiales en la vida, “momentos de decisión entre avance y retroceso, integración o retraso”.

Foto: Behance / Csekk István

Cada crisis es de aprendizaje, lo que permite la adquisición de una virtud psicológica, es decir, nuevas habilidades y aptitudes que influyen en la personalidad. Idealmente, se surge de cada etapa con un mayor sentido de unidad interior, un juicio más claro y una mayor capacidad de enfrentar la vida. Estos momentos de desequilibrio no siempre parecen radicales o críticos y, muchas veces, sólo se aprecia su impacto después de un tiempo.

CONFIANZA O DESCONFIANZA BÁSICA

Es la primera etapa y ocurre cuando el ser humano se encuentra más desamparado y dependiente: la lactancia.

El sentido de confianza procede no tanto del alivio del hambre o las demostraciones de afecto, sino de la calidad del cuidado materno. Las madres que se sienten seguras de su habilidad para cuidar al bebé y confían en que crecerá como un niño sano, comunican estos sentimientos y suscitan en los pequeños seguridad personal y confianza en el mundo.

El establecimiento de un sentido intenso de confianza “implica no sólo que uno haya aprendido a confiar en el continuo y constante apoyo de quien nos lo da, sino también que uno confíe en sí mismo y en las capacidades de los propios órganos para satisfacer las necesidades”. Si la madre es sensible y responde, la seguridad del lactante incrementa y las frustraciones del hambre y la incomodidad se hacen tolerables.

En esta etapa, el vínculo entre la madre y el hijo se centra alrededor de la boca. Esta relación se pone a prueba cuando el niño empieza a morder por el dolor que le causa la dentición. La expresión de enojo y rabia, así como el deseo de dañar, se relacionan con esta incomodidad, que el lactante debe aprender a resistir porque no se alivia tan fácilmente como el hambre. De acuerdo con Erikson, esta molestia interna y la nueva capacidad de causar dolor, son las primeras experiencias de malevolencia de una persona.

La esperanza es la virtud que resulta de alcanzar un equilibrio entre la confianza y la desconfianza básica. “Es la convicción duradera de que es posible realizar los deseos fervientes, a pesar de las pasiones y los impulsos oscuros que marcan el comienzo de la existencia”, define Erikson.

Foto: Unsplash / Jonathan Borba

A lo largo de la vida, la esperanza surge de tres fuentes esenciales. La primera es el deseo de la madre de transmitir la esperanza que ella recibió de su figura materna y de su cultura. La segunda es el lazo materno en sí, cuando la sensibilidad de la madre lo vuelve sano. Finalmente, las instituciones sociales confirman y restablecen esta virtud mediante ritos religiosos, consejos y otros eventos. Las experiencias reconfortantes inspiran nuevas esperanzas. La forma madura de la esperanza infantil es la fe.

AUTONOMÍA O VERGÜENZA Y DUDA

La siguiente etapa ocurre en el momento de la maduración motriz. En este periodo, el niño adquiere rápidamente varias destrezas mentales y físicas: hablar, trepar, sostenerse y comunicarse de mejor manera. También comienza a ejercer control sobre sí mismo (como el control de esfínteres) y sobre partes del mundo exterior.

La habilidad que acompaña a esta etapa es la de asir y liberar. Freud abordó el tema en sus reflexiones sobre la etapa anal: retener puede convertirse en una restricción cruel o ser una pauta de interés, mientras que soltar puede referirse a la liberación de fuerzas destructivas o ser un permiso para relajarse.

Además aparece una sensación de autonomía favorecida por la capacidad de elegir lo que se quiere conservar y lo que se desea rechazar. Los expertos en educación infantil se refieren a esta edad como los terribles dos, pues la palabra favorita de los niños de dos años es “no”, un claro anuncio de su autonomía cada vez mayor.

Algunos infantes dirigen esta necesidad de control contra ellos mismos y se forman una conciencia rígida y exigente. En lugar de dominar su entorno, se juzgan, lo que frecuentemente da como resultado una sensación intensa de vergüenza o duda de sí mismos.

La vergüenza procede de estar expuesto, de que las deficiencias propias están visibles para los demás. También se asocia con las primeras experiencias de caminar erguido, momento en que el niño se siente vacilante e impotente dentro del mundo adulto.

Foto: Unsplash / Tana Phong

La duda se relaciona con la conciencia de tener un frente y una espalda. La frente es la cara que el niño da al mundo, pero no puede ver la parte posterior de su cuerpo. Es un territorio desconocido, inexplorado, que se percibe sujeto a la voluntad de los demás. Si no se reduce la separación entre el frente y la espalda, los sentimientos de autonomía del niño se debilitarán.

La fortaleza adquirida en esta etapa es la voluntad. Tener voluntad no significa premeditación, sino controlar los propios impulsos con juicio y discernimiento. El niño aprende a tomar decisiones a pesar de las frustraciones inevitables que esto conlleva en ocasiones.

Por tanto la voluntad es la determinación de ejercer tanto el libre albedrío como la moderación, a pesar de la experiencia inevitable de la vergüenza y la duda”, concluye Erikson.

INICIATIVA O CULPA

En esta etapa, el niño gana movilidad y se vuelve inquisitivo. Su lenguaje crece, así como su imaginación, y ahora tiene un sentido más amplio del dominio y la responsabilidad.

El juego es una actividad básica. Al niño le interesa todo y le gusta atacar y conquistar el ambiente. Está ansioso por desempeñarse bien y siente una enorme disposición para el aprendizaje; por ello su expresión favorita es “¿por qué?”. Aprende el valor de la previsión y comienza a adquirir un sentido de dirección y finalidad.

El infante se vuelve consciente de sí mismo, así que la libertad le genera ansiedad, la cual surge como sentimientos de culpa. Básicamente el niño puede hacer más cosas que antes, pero debe aprender a trazar sus límites.

La virtud de esta etapa es el propósito, que es el valor de concebir y buscar metas valiosas sin dejarse inhibir por la derrota, la culpa o el temor al castigo.

Foto: Behance / Junissa Bianda

DILIGENCIA O INFERIORIDAD

El niño hace su entrada en el círculo social fuera del entorno familiar, pues comienza su vida escolar. Es el momento de la instrucción sistemática, el cambio del juego al trabajo. Ahora tiene que abrigar un sentimiento de satisfacción por un trabajo bien hecho; se espera que domine las tareas y destrezas que valora la sociedad.

Las actitudes y opiniones de otros se vuelven importantes. Los niños que no logran ciertas actividades y que por eso no se ganan el respeto de los demás, llegan a tener un sentimiento de inferioridad o inadaptación.

La virtud de esta etapa es la competencia, que es el ejercicio libre de destrezas e inteligencia para llevar a cabo distintas tareas. La persona se comienza a convertir en un miembro productivo de la sociedad.

IDENTIDAD O CONFUSIÓN DE IDENTIDAD

Coloquialmente se le llama adolescencia, en la cual los individuos integran sus experiencias en un todo nuevo. Se cuestiona la niñez y se tratan de asumir nuevos papeles. “¿Quién soy yo?” es la gran pregunta.

El sentido de identidad es la confianza acumulada que permite la integración del pasado para la construcción del futuro. Según Erikson, es una etapa crucial porque el adolescente se dedica a experimentar.

Las limitaciones y presiones sociales pueden tener un efecto muy fuerte. Dudan acerca de su identidad sexual, del rol que juegan en la sociedad, de la profesión a la que desean dedicarse y de su capacidad de controlarse. Identificarse a sí mismos ocasiona un periodo de indecisión e inseguridad.

Foto: Behance / Cachete Jack

La fuerza básica de la etapa es la fidelidad, la cual es la capacidad de preservar las lealtades que uno escoge a lo largo de la vida, sin importar los juicios que otras personas pueden llegar a emitir. Es el ancla de la identidad; el adolescente requiere la validación de las ideologías que acepta la sociedad y el apoyo de compañeros que han hecho elecciones similares.

INTIMIDAD O AISLAMIENTO

Ocurre en la juventud. Es el tiempo de lograr independencia de los padres y de la escuela, de establecer amistades e intimar en relaciones y de adquirir un sentido de responsabilidad adulta.

El compromiso crítico de esta etapa es el de la reciprocidad verdadera en la pareja amorosa, que difiere significativamente de la exploración y la intensa búsqueda previa de una identidad sexual.

Sin este sentimiento de intimidad y dedicación, el individuo se aísla, incapaz de sostener relaciones personales satisfactorias. Si su sentido de identidad es débil, y la intimidad lo amenaza, huye e incluso ataca todo lo que se inmiscuya en la vida privada.

La virtud que se alcanza en esta etapa es el amor, que permite al individuo ser devoto consigo mismo y por lo tanto con una pareja.

PRODUCTIVIDAD O ESTANCAMIENTO

Dura la mayor parte de los años adultos. La productividad comprende la preocupación por los hijos y los logros construidos.

Las personas en esta etapa son seres que enseñan y aprenden, pero si no se amplía la esfera de intereses, se cae en el aburrimiento y el estancamiento.

Foto: Behance / Polina Sokolova

La fuerza adquirida en esta etapa es precisamente el interés, es decir, la preocupación general por lo que ha surgido por amor, necesidad o accidente. El adulto necesita ser necesitado. Además, todas las decisiones de su vida tienen una consecuencia irreversible: la educación de los hijos, la proyección de sus metas y sueños, y cómo los lleva a cabo. En términos de evolución psicosocial, somos una especie que enseña, y debemos enseñar a mantener vivas las destrezas y conocimientos.

INTEGRIDAD O DESESPERACIÓN

La última etapa de la vida. Es el momento de enfrentar lo que Erikson llamó las últimas preocupaciones. La integridad incluye la aceptación de un ciclo vital único, con su propia historia de triunfos y fracasos. Provee de orden y significado al mundo, trayendo consigo la capacidad de ver la vida como una unidad y de interpretar los problemas humanos en un contexto general.

Si la persona no se acepta a sí misma, es probable que caiga en la desesperación por sentir que el tiempo es demasiado poco para comenzar de nuevo; se termina frustrado por lo que pudo haber sido.

La fuerza de esta etapa es la sabiduría, que es la colección de conocimientos y experiencias adquiridos a lo largo de la vida. Así que se convierten en modelos, en ejemplos de plenitud y totalidad para las nuevas generaciones.

De esta forma, el desarrollo de un sentido de identidad, depende del pasado, el presente y el futuro. En primer lugar, el individuo debe adquirir un sentido claro de identificación en la niñez. Segundo, la elección vocacional del adulto debe ser realista a la luz de las oportunidades disponibles. Por último, el adulto debe estar seguro de que los papeles que ha elegido serán viables en el futuro, a pesar de los cambios inevitables tanto personales como del mundo exterior.

Foto: Behance / Chaaya Prabhat

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