Malinche, de esclava a símbolo (nacional)
Nuestro mundo

Malinche, de esclava a símbolo (nacional)

Nuestro Mundo

La idea de que Malinche es (digo que es, porque sobrevive a pesar de todo) una traidora de los mexicanos flota persistentemente en la sociedad. Pero Malinche no traicionó ni a los mexicas. Malinche era de otro pueblo, era populca, de un lugar alejado cientos de kilómetros de Tenochtitlan y, más aún, sujeto a hostilidades de los súbditos de Moctezuma.

Malinche es el ejemplo del ser humano que se sobrepone a las adversidades y se alza hasta un destino luminoso. Malinche es digna de resplandecer en la memoria; de permanecer entre quienes han sido inmortalizados con los más sólidos materiales y en las páginas imborrables. Su biografía es de símbolo nacional.

Nació Malinche en un lugar llamado Olutla, al oeste del río Coatzacoalcos, más bien en el Istmo de Tehuantepec. Su biografía comienza cuando entre los ocho y los 12 años de edad ya es mercancía de traficantes de esclavos. Sus captores la habrían llevado por el río y luego por el mar hasta Xicallanco, población por el rumbo de lo que ahora es Tabasco. Allí, dice su biógrafa Camilla Townsend, a quien seguimos en su libro Malintzin. Una mujer indígena en la Conquista de México: “A Malintzin la vendieron por algunas bolsas de cacao, unas cargas de mantas o cualquiera de los bienes que se utilizaban como medios de intercambio”. Su venta fue en Xicallanco y sus compradores mayas chontales la transportaron a unos ochenta kilómetros, a Putunchán, ciudad de habla maya chontal donde aprende maya yucateco.

Esa era la situación de Malinche cuando en el preludio de la primavera de 1519, extranjeros llegados del Este por el mar con una guerra imperialista, en la ahora conocida como batalla de Centla, vencen a los naturales quienes, entre otros tributos, les entregan 20 mujeres. Una de ellas es Malinche. Allí mismo la joven popoluca de menos de 20 años de edad es bautizada como Marina. Los naturales no acostumbrados a pronunciar la /r/ la nombraban Malina. Le añadían el morfema de respeto -tzin y el apelativo quedaba Malintzin. Pero por usos lingüísticos los indígenas lo modificarían hasta Malintziné; por lo mismo se transformaría en Malintzé. Y, concluye Camilla Townsend: “Los españoles oyeron ‘Malinche’.”

Ya bautizada en Centla, Cortés entrega a Marina, “hermosa y bien plantada”, a alguien a quien quiere agradar de modo especial, Alonso Hernández Puertocarrero, primo hermano del conde de Medellín.

Marina, con los extranjeros, sale de Putunchán el domingo de ramos de 1519. Navegaron hasta San Juan de Ulúa (Chalchicueyecan, para los naturales) donde desembarcan el 22 de abril. Aquí, mensajeros de Moctezuma no se pueden dar a entender con Cortés porque su intérprete Jerónimo de Aguilar, que sabe maya, no entiende el náhuatl. Entonces se descubre a la políglota Malinche. Ella conversa con los nahuas. Se eslabona una cadena verbal, Malinche le habla a Aguilar en maya y éste a Cortés en español.

Es de suponer que al conocer los talentos de Malinche, Cortés se la apropia y como los totonacos le dan ocho mujeres, “eligió a la más hermosa y se la regaló a Puertocarrero, que probablemente necesitaba un premio de consolación”. Francisco López de Gómara escribió que Cortés la quiso “tener por su faraute y secretaria”. Como faraute Malinche iría por delante del ejército para hablar con los indígenas.

La imagen que se puede crear con estas últimas palabras es de película: Malinche por delante de las tropas conquistadoras, muy femenina con su ropa vernácula, airosa como Victoria de Samotracia, escoltada, dispuesta a parlamentar con los altos dignatarios y guerreros de los contingentes autóctonos. Habla. Anuncia. Advierte. Negocia. Malinche, en lo inmediato, heraldo de una potencia; para el futuro, símbolo del inminente mestizaje con un poderoso imperio. Luego entra Cortés en escena.

Comentarios