El baile de la nostalgia
Cine

El baile de la nostalgia

Fotogramas de la cumbia en Monterrey

Extrañar es ver lo que no está ante los ojos.

Es el hambre que imagina lo que falta.

Pascal Quignard

Era la ciudad de Monterrey a principios de los años setenta. El sonidero Gabriel Dueñez fue contratado para amenizar una boda en las calles de la colonia Independencia, en la cima de esos cerros que vigilan cual centinelas a la llamada Sultana del Norte.

Dueñez llegó al lugar, colocó sus discos de vinil en la tornamesa y comenzó a amenizar el evento con la cumbia colombiana que había estado arribando a Monterrey a través de Houston y la Ciudad de México.

Tras un tiempo considerable de música, el motor de la tornamesa comenzó a fallar. El tempo de los discos se ralentizó. Aquella cumbia sonaba mucho más lenta, pero los asistentes a la boda no dejaron de bailar. Al contrario, se adecuaron al emergente ritmo. Había nacido la cumbia rebajada.

El rumor del emergente sonido se propagó por las montañas regiomotanas. Cada que Dueñez volvía a ser contratado para amenizar un evento, los asistentes le pedían que ya no tocara las cumbias de manera normal, sino que las rebajara. Estímulo sonoro que años más tarde se convertiría en el himno de una subcultura.

EL ORIGEN

El investigador José Juan Olvera Gudiño, en su libro Colombianos en Monterrey. Origen de un gusto musical y su construcción de una identidad social, asegura que el gusto de los regiomontanos por esta música se gestó a faldas del cerro de la Loma Larga cuatro décadas antes de que una subcultura denominada “colombianos” tomara como estandarte este estímulo sonoro y comenzara a apropiarse del mismo para, por medio del baile y la vestimenta, generar una serie de expresiones únicas en el norte de México.

El incidente de Dueñez le dio a la cumbia colombiana una textura oscura, donde el lamento del acordeón se reproducía en un llanto más legible, que parecía mecerse lentamente como el movimiento de los árboles en las montañas dialogando con el viento, mismo que ayudaba a desahogar las frustraciones de aquellas almas que comenzaban a bailar en rueda para olvidar su marginación. Fue algo nacido y hecho en Monterrey, por lo que dotó de identidad a pandillas de jóvenes que hicieron suyo el sonido de los cerros.

Foto: poff.ee

Paul Válery, en su texto Filosofía de la danza, menciona que ésta es un arte que se deduce de la vida misma; una acción del cuerpo humano. Es el asombro del hombre ante el descubrimiento de que puede generar más movimientos corporales que los necesarios para su supervivencia.

Válery resalta la embriaguez y excitación que la danza causa en el ser humano, pues también es una forma de tiempo: la persona que danza se encierra en una duración existencial que ella misma engendra, en la que emplea energía para negar el estado ordinario de las cosas; crea otro estado, uno excepcional.

Envueltos en ropa ancha, escapularios y ostentando llamativos peinados, los colombianos de Monterrey comenzaron a bailar la cumbia rebajada en diálogos autóctonos emitidos por sus cuerpos. Sin embargo, esta danza sería transformada a partir del desplazamiento social que significó la guerra contra el narcotráfico durante el sexenio presidencial de Felipe Calderón.

La situación anterior es el tema que el cineasta mexicano Fernando Frías de la Parra retrató en su película Ya no estoy aquí (2019), como un punto de partida desde la marginalidad y con una perspectiva de falta de oportunidades para la juventud. En un esfuerzo por mostrar un Monterrey pocas veces visibilizado.

EN LA LEJANÍA

El filme Ya no estoy aquí narra el éxodo de Ulises (Juan Daniel García Treviño), un joven “colombiano” que tiene que abandonar el país tras un malentendido con la delincuencia organizada. La cinta muestra un espejo que, por un lado, fotografía la realidad de Ulises en Estados Unidos y, por otro, comparte sus recuerdos en Monterrey, donde la cumbia lo dotaba de una identidad que poco a poco se desvanece.

Así, el personaje padece la enfermedad de la nostalgia, término acuñado en 1678 por un médico francés llamado Johannes Hofer. En ese entonces, se trataba de describir un padecimiento en los soldados suizos, quienes se dejaban morir en la tristeza durante la guerra, tras extrañar su lugar de origen.

Foto: remezcla.com

Hofer buscó en su diccionario griego las palabras retorno (nostos) y sufrimiento (algos). De la suma de ambos términos obtuvo “nostalgia”. El escritor Pascal Quignard escribió en 2002 en su libro Abismos: “Nada parece ser más fuerte que lo anterior en la atracción que se puede sentir por la tierra natal”.

En la obra de Frías, Ulises siente esa nostalgia paralizante de retornar a un sitio de donde fue arrancado. Tras tomar el transporte temporal que le ofrece la cumbia, sus recuerdos lo muestran en Monterrey como una persona con cierto reconocimiento entre sus semejantes. Pero siempre que la música acaba, la realidad lo golpea en Nueva York, la gran urbe cosmopólita donde no logra encontrarse.

Al igual que su homónimo griego, Ulises enfrenta una serie de peripecias antes de volver a su lugar originario. Aunque en este caso, no hay grandes gestas donde se busque enaltecer a un héroe, ni tampoco es la típica historia del migrante latino que triunfa en Estados Unidos. Sino que el personaje se muestra terco (como el nombre de su pandilla), necio para adaptarse al presente y renunciar a su pasado.

Es precisamente esa terquedad el mecanismo de defensa que emplea Ulises para defenderse de la realidad neoyorquina. Se aísla en sí mismo, porque fue llevado hasta ese sitio en contra de su voluntad. Sus amigos están muy lejos y las pocas personas con las que se relaciona no lo entienden, porque ni él mismo se explica su situación.

Por eso, los recuerdos son su único refugio. Al compás rebajado de la canción Lejanía de Lisandro Meza, extraña Monterrey desde un lugar que le es ajeno, y espera que llegue la hora de regresar a su tierra. La cumbia que ahora le entra por unos audífonos, a través de sus oídos, retumba internamente en su pecho y hace honor a la letra de Meza, pues le nace de la nostalgia y al mismo tiempo, se le escapa. Si una enseñanza deja el mito del músico Orfeo es que mirar hacia atrás siempre es doloroso.

Fernando Frías, recibiendo el premio del Festival Internacional de Cine de Morelia 2019. Foto: El Universal

Y aunque Lin (Xueming Angelina Chen), una adolescente de origen oriental, intenta introducirlo al mundo de la Gran Manzana y darle a conocer su cultura, Ulises termina decepcionándose de ella, pues deja de sentirse alguien especial por una situación ocurrida en una fiesta.

Así, un desarraigo embiste al personaje: los días con sus amigos, bailando cumbia en el cerro de la Loma Larga, cruzando el puente San Luisito y yendo a conseguir música al tianguis que se encontraba en el lecho del río Santa Catarina, comienzan a desprenderse de su imaginario.

El protagonista no puede más, renuncia a su peinado en un símbolo de resignación y es regresado a México. El impacto de ver la nueva realidad de Monterrey sólo le ocasiona silencio. Todo el mundo que dejó ha cambiado. La subcultura con la que se identificaba se ha fragmentado y unido a otras corrientes. El narco ya forma parte de la identidad del cerro. La reproducción sonora de su adolescencia ha sido detenida.

Pero su terquedad intenta defenderlo otra vez. Sube a la cima del cerro y observa el movimiento en las faldas de la Loma Larga. No se identifica con el nuevo caos social, prefiere seguir bailando. Coloca sus audífonos y da reproducción a esa cumbia que ahora sólo él puede escuchar. Empieza a recordar con el cuerpo, con movimientos leves, como si tuviera miedo de encontrarse con otra decepción. Poco a poco toma confianza, parece que el pasado renace en su baile, el acordeón lo coloca en un trance, pero la batería del walkman se agota y se da cuenta que la música ya no puede ocultar su realidad. La cumbia rebajada no puede alargarse más ni tampoco su juventud.

Así, el filme culmina con la reflexión sobre el desplazamiento que muchos habitantes del país pudieron experimentar, cada uno desde su trinchera, con la mal gestionada guerra contra el narcotráfico de Felipe Calderón. Al igual que los barrios en los cerros, el pasado brota y tiene su propia musicalidad. Pascal Quignard también lo dice en Abismos: “Lo que ha dejado de ser ya es nada y no obstante ese reflujo para el que no estábamos preparados nos llega con la violencia de un ciclón”.

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