La ciudad amurallada de Kowloon
Arquitectura

La ciudad amurallada de Kowloon

Diseño desde los nueve dragones

El parque urbano Kowloon es un remanso entre las calles y rascacielos de Hong Kong, con senderos empedrados, abundante vegetación costera y arroyos diáfanos por donde nadan peces de colores ajenos a la agitación citadina. El diseño es un concepto ancestral de los jardines Jiangnan, propios de la dinastía Quin, la última del imperio chino que se extendió tres siglos hasta 1912. Un rasgo de estos prados es su representación de la naturaleza en cada exclusión delimitada por los caminos ondulantes; las divisiones irregulares albergan nichos acuáticos, boscosos y tropicales, y las rocas apiladas emulan a las montañas que intentan sobresalir de los modernos edificios cercanos. Los senderos sinuosos desembocan hacia el centro del parque donde se mantiene en pie, rodeado de agua, el edificio del yamen, destinado a las actividades administrativas del gobierno de lo que fuera una antigua ciudad, porque antaño esa fue la vocación de este espacio de 31 mil metros cuadrados: una ciudad que se resguardó en el siglo XIX detrás de una barrera de piedra de cuatro metros de alto que le dio su famoso nombre: la ciudad amurallada de Kowloon.

La historia de la urbe, contenida por un muro, es más añosa todavía. Se ancla en el siglo VIII durante la dinastía Song, cuando nació como puesto de avanzada en la ruta comercial de la sal. Nueve siglos después, a mediados del año 1800, comenzó su devenir por un limbo legal que se expresó con la conformación de una de las ciudades más sorprendentes por su reducida superficie de asentamiento, su anarquía social y el caos constructivo que retaba a la estética y a la seguridad.

El asentamiento amurallado de Kowloon, extinto en la década del noventa del siglo pasado, fue la ciudad de la oscuridad, y de ella sólo queda una maqueta en el corazón del parque urbano.

UNA COLONIA OLVIDADA

En 1847, Hong Kong culminó la construcción del muro para proteger a la minúscula ciudad de las invasiones extranjeras, lo que no logró. China, que ejercía su fuerza sobre Hong Kong, fue sometida a su vez por el imperio británico y, obligada, entregó nuevos territorios a los sajones, quienes los administrarían por 99 años. En este acuerdo no se incluyó a la ciudad amurallada, pero sí las regiones aledañas. Al final de aquel siglo, una ofensiva inglesa penetró el muro de piedra sólo para descubrir que en ese puesto vivían menos de 150 personas. Como última acción de la dinastía Quing, cedió a los británicos aquella pequeña fortaleza de piedra.

La luz fluorescente resalta en los estrechos callejones de Kowloon a falta de luz natural. Foto: Behance / Christian Behrendt

Kowloon (la ciudad de los nueve dragones) se hallaba a la deriva en términos administrativos. Inglaterra la gobernaba, pero la ignoraba; sólo la iglesia protestante se interesó en fundar un asilo para ancianos, una escuela y un hospicio utilizando el edificio del yamen y otros inmuebles actuales que fueron derruidos por el gobierno de Hong Kong. Poco tiempo después, durante la Segunda Guerra Mundial, Japón invadió el territorio y desmanteló la muralla para construir un aeropuerto. Al final del conflicto y con la derrota nipona, el destino de Kowloon retornó a la incertidumbre legal y urbana.

Este impase lo aprovecharon las mafias, los refugiados e inmigrantes para comenzar a construir la imagen aberrante de lo que se reconoció como una ciudad.

Desde los años cincuenta se fueron apilando minúsculos departamentos hasta alcanzar alturas de catorce pisos. La única azotea donde no se construyó fue la del yamen, al centro de las amontonadas edificaciones. Se calcularon trescientos edificios que se levantaron apoyados unos contra otros. Su limitante fue la altura: no podían rebasar los catorce pisos debido a que el barrio se atravesaba en la ruta de los aviones al aterrizar en el aeropuerto de Kai Tak.

Ninguno de los tres gobiernos que se disputaron en algún tiempo la zona (Hong Kong, China e Inglaterra) administraron el sitio, lo que sí hicieron las triadas, como fueron llamadas las mafias que regentearon los burdeles, prostíbulos, casas de juego y también los servicios públicos: si los habitantes de los miserables departamentos deseaban contar con energía eléctrica, tendrían que pagar la cuota a las triadas; lo mismo para contar con agua potable, la cual no era suministrada en los departamentos, sino que había que bajar por ella y tomarla de una de las ocho tuberías existentes.

Foto: hk.asiatatler.com

LA URBE DE LOS DENTISTAS

Conforme se fueron elevando los edificios, se abrieron estrechos callejones de un metro y medio de anchura. La luz natural no penetraba en las profundidades del barrio, por lo que se utilizaban lámparas fluorescentes que resultaban insuficientes para iluminar, y había que entrar con linternas de mano para descubrir los arroyos de aguas negras que crecían con las goteras constantes que caían por todos lados. No había drenaje ni servicio de limpieza, la gente se deshacía de la basura donde pudiera, propiciando un ambiente idóneo para las ratas. El aire era denso, cargado de los tufos del hacinamiento.

Para conectar la energía eléctrica se extendían largos cables de un departamento a otro, inclusive de edificios vecinos, puesto que con sólo asomar el cuerpo por la ventana se le podía alcanzar.

La ausencia de autoridades formales posibilitó el florecimiento de la ilegalidad en diversas áreas económicas. Al interior de la ciudad se establecieron maquiladoras destinadas a la falsificación de mercancías, donde trabajan en condiciones adversas niños y adultos por igual; también se elaboraban alimentos como los fideos, en medio de la inmundicia y con la presencia de fauna nociva como ratas y cucarachas. En cuanto a las profesiones, Kowloon se distinguió por la proliferación de médicos y dentistas que ejercían sin licencia.

En los diversos documentales o referencias a la ciudad resalta la presencia de los odontólogos. Las consultas eran económicas, al igual que las prótesis.

La carencia de espacios abiertos al interior y en la planta baja, llevó a sus habitantes a subir a las azoteas para tener un poco de contacto con el aire fresco y la luz del sol. En los tejados se reunían los habitantes para platicar y descansar en tanto los niños jugaban entre las centenas de antenas para televisión; los aviones pasaban rozándolas. En las azoteas también se criaban palomas para usarlas en apuestas, con el consecuente riesgo a la salud por la presencia de los ácaros rojos de estos animales emplumados.

Foto: hk.asiatatler.com

INGENIERÍA TEMERARIA

A partir de los años sesenta del siglo XX, se disparó la construcción de los departamentos modulares por encima de los anteriores. La densidad de población se agravó, llegando a la ocupación de dos habitantes por metro cuadrado. Se censaron alrededor de 30 mil personas en 300 edificios construidos sobre una superficie menor a las tres hectáreas.

Hong Kong comenzó con la estrategia para penetrar las entrañas de Kowloon a través de organizaciones civiles y altruistas; prestó servicios como el de agua potable y la entrega de correo; sin embargo, el caos obligó a los gobiernos de China y de Gran Bretaña a consensuar la demolición de la ciudad amurallada y concebir un parque urbano.

El 10 de marzo de 1987 se publicó la decisión y, seis años después, se comenzó con la demolición. Para lograr el desalojo se indemnizaron a las familias y, para quienes se resistieron, se empleó la fuerza pública. En abril de 1994 se culminó la destrucción de los aberrantes edificios y en mayo de ese año comenzó el trazo del nuevo parque.

Kowloon fue el lugar más poblado sobre la Tierra, encerrado por el espectro de una muralla derribada, en los años cuarenta. En la actualidad su maqueta es la representación de un hormiguero confuso donde es imposible imaginar la posibilidad de encontrar vida humana.

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