Psicología de la obediencia
Ciencia

Psicología de la obediencia

El cerebro humano bajo el mando

La obediencia es una cualidad que se busca durante la crianza de un niño, su educación y, una vez que crece lo suficiente, para la obtención de un empleo. Se concluye que quienes se comportan, siguen las reglas y hacen lo que se les dice aunque no estén de acuerdo, son dignos de confianza. De hecho, los procesos en numerosas instituciones son sumamente estandarizados para que todo esté bajo control, con los resultados esperados.

Se premia la obediencia en favor de la practicidad. Pero en su lado oscuro, justifica comportamientos y reduce la culpa por dañar a otros. Cuando se siguen órdenes, no se ejecuta una acción por cuenta propia, sino que el actor se convierte en una mera extensión de quien le ordena.

Asimismo, la obediendicia es definida por la psicología social como un cambio en la conducta en respuesta a un mandato directo. El cumplimiento, por su parte, se trata también de un cambio de conducta, pero generado a partir de una petición de otras personas. La diferencia, aunque parece mínima, estriba en que la petición brinda una mayor libertad de elección que el mandato.

El margen que se ofrece en la petición es importante porque al individuo se le permite generar su propia conclusión sobre sus acciones y sobre cómo se pueden mejorar. Favorece el uso de la inteligencia propia para adaptarse a la situación, pero también, si es el caso, facilita darse cuenta de que se está afectando a otros.

Para que las decisiones sean tomadas bajo la responsabilidad de quien las realiza, se debe llegar a un cumplimiento voluntario. Es decir, que la persona pueda hacer un análisis de por qué realiza un cambio en su conducta, le interesen las formas en que afecta a los demás y, por supuesto, se sienta parte del grupo en que está, pues si no siente una afinidad por aquellos a quienes podría afectar, no le importarán las consecuencias de sus actos.

Como se puede ver, el proceso es un poco complicado, pero a la ecuación se suman factores sumamente importantes: la autoridad y el poder. Mediante estos, las relaciones se complican, y en favor de estos es que se obtienen resultados diferentes.

El alemán Adolf Eichmann, una figura importante del holocausto. En su juicio, se defendió asegurando que sólo seguía órdenes. Foto: thedailybeast.com

Fue a partir de la Segunda Gran Guerra que los académicos intentaron explicar las relaciones que los individuos tienen con la autoridad y la obediencia, para evitar que volvieran a surgir los mismos y catastróficos resultados del fascismo y el holocausto nazi, bajo el argumento de que los perpetradores sólo seguían órdenes.

ROMPIMIENTO

Para el filósofo inglés Bertrand Russell, el éxito que depende de la autoridad y no de la argumentación, es irreal e ilusorio. Se tiene que demostrar tener la razón para convencer a alguien de que cambie una actitud o conducta, puesto que la imposición genera una respuesta rápida, pero también recelo. En Autoridad e individuo (1949), reconoció el poder que algunos pueden tener sobre los demás basándose en tres variantes: la fuerza, la riqueza o el conocimiento superiores.

En Dimensiones funcionales del comportamiento social (2001), Emilio Ribes reconoce un poder en la llamada prescripción, capacidad que tiene un individuo según su posición en el grupo social, por ejemplo en un puesto de trabajo superior, para prescribir las acciones que se deben realizar.

Las consecuencias también son impuestas por quien está más arriba en una jerarquía, por lo que el cumplimiento de las actividades en una organización, se logra a partir de este tipo de autoridad y de la vigilancia, generando un clima donde todos los procesos son regulados. En un ámbito como este, hay poco espacio para la creatividad y no se consigue algo más allá de lo programado.

De hecho, es interesante ver cómo se relaciona la creatividad con la autoridad. Si existen reglas definidas, entonces las libertades y la posibilidad de mejora podrían disminuir. El educador de Harvard, Tony Wagner, afirma que el sistema se basa en la obediencia, y que precisamente eso demerita la creatividad.

Foto: chron.com

No es el único problema. El llamado experimento de Milgram nace de la duda acerca de las razones por las que se permitió el holocausto; nuevamente, en el marco de las investigaciones a propósito de la autoridad y el mandato.

¿Hay una maldad intrínseca en la realización de ciertos actos, o la obediencia influye de manera tal que redime de sus responsabilidades al ejecutor? En este caso, la pregunta fue puesta en tela de juicio para analizar el comportamiento del criminal de guerra Adolf Eichmann, encargado de deportar a los judíos a los campos de exterminio durante el holocausto.

PRUEBAS

El estudio publicado por Stanley Milgram en la Revista de psicología social y anormal (1963), consiste en un experimento mediante el que personas comunes son designadas con el rol de un profesor a quien se le da la orden de castigar, con una descarga eléctrica, a un estudiante cuando responda de manera errónea una pregunta.

Cada vez que había un error, ellos debían aumentar la intensidad de la descarga eléctrica. La información sobre qué tan dañina podía ser la misma, se presentaba en un tablero que tenían a su disposición, incluso se les informaba con señalamientos cuando la descarga podía ser muy perjudicial y hasta mortal para el estudiante.

Lo que no sabían las personas estudiadas, es que no existía tal descarga y que el alumno, quien estaba del otro lado del salón, era un actor. A pesar de no saber esto, siguieron las instrucciones al pie de la letra, infringiendo descargas eléctricas mortales.

El pronóstico inicial era que casi todos los participantes se negarían a obedecer las instrucciones, o que al menos dejarían el experimento inconcluso cuando llegaran a los 150 voltios de descarga, mismos que se señalaban como perjudiciales. Un porcentaje mínimo (cuatro por ciento), según lo esperado, se detendría al tener que descargar sobre el supuesto estudiante 300 voltios. Y sólo un porcentaje menor (0.1 por ciento) llegaría a activar la mayor descarga.

“Alumno” y “maestro” haciendo prueba en el experimento de Milgram. Foto: stoplusjednicka.cz

Pero la realidad fue otra: 60 por ciento de los examinados llegaron al final del experimento, de lo que se puede concluir que las órdenes directas pueden tener un resultado fatal. En el supuesto de que se encontraran ante una población que era agresiva debido a otras variantes, los investigadores repitieron el experimento en diferentes países; pero obtuvieron el mismo resultado, demostrando que cualquier persona puede ser capaz de causar dolor a otra al seguir órdenes.

Es entonces cuando se tiene la certeza de que los actos más violentos y reprobables pesan menos en la mente del ejecutor cuando sigue órdenes, y más aún cuando cree que las recibe para alcanzar un bien mayor. No se trata de algo que ocurra en todo tipo de obediencia, sino en el caso especial de la obediencia ciega que persiste en la milicia.

Las jerarquías suelen dar pie a relaciones que pueden ser aún más peligrosas. Es el caso del conocido y polémico experimento de la prisión de Stanford, donde se seleccionaron estudiantes que actuaran al azar papeles de carceleros y prisioneros, instaurando una relación de poder que sería estudiada.

Se prohibió la violencia física contra los presos, pero la desigualdad evidente entre el rol que habían tomado las personas investigadas, pronto germinó abusos, humillaciones y castigos, entre muchas otras consecuencias terribles.

Los fenómenos observados no se dieron debido a un pasado traumático o a una tendencia violenta de las personas involucradas, sino a la variante del papel que se les dio, y la relación establecida de autoridad y obediencia. Las consecuencias fueron extremas debido a la disparidad en los roles de carcelero y prisionero. Mientras que los primeros tenían en sus manos todo el poder de decisión, los demás debían adecuarse a este mandato.

La recomendación, según lo que se puede concluir desde la psicología social, es, como en muchos casos, el fomento del pensamiento crítico y la adaptación, antes que la mera obediencia ciega. Lo anterior puede hacer pensar dos veces antes de educar desde la mera autoridad, y permitir un margen de acción mediante el cual el individuo pueda utilizar su inteligencia para adaptarse a las situaciones dadas, sin deslindarse de su responsabilidad bajo la comodidad de seguir órdenes.

El experimento de la prisión de Stanford fue criticado a menudo por sus métodos, pero finalmente fue elogiado por sus conclusiones sobre la naturaleza humana. Foto: thesixfifty.com

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