Si Juárez no hubiera muerto
Opinión

Si Juárez no hubiera muerto

Miscelánea

Un pueblo que olvida su pasado

está condenado a repetirlo.

Durante nuestro mexicanísimo mes de septiembre, es obligado recordar a Don Miguel Hidalgo, quien un 15 de septiembre del lejano 1810, encendió la llama de lo que sólo once años después, con los Tratados de Córdoba (por cierto la tierra donde nací) se consolidaría como Independencia.

Hombre de grandísima literatura y vastos conocimientos de todas las líneas, a sus cincuenta y ocho años, Don Miguel, cargado de espaldas, de color moreno, vivos ojos verdes y la cabeza caída sobre el pecho; según el testimonio de Alamán quien lo conoció personalmente; nada tiene que ver con la imagen que la historia oficial convirtió en el divino anciano, el blanco y erguido viejo de canas inmaculadas, el criollo que aparece en los libros de texto enarbolando vigorosamente la bandera mexicana; imagen que corresponde cabalmente al Padre de la Patria que todos conocemos a partir de los libros de primaria, en donde nada cuentan del grito primario de don Miguel a la hordas indígenas que lo seguían: “Viva Fernando VII, mueran los gachupines”.

Pero atrás del indiscutible héroe, está el hombre que nos revela la historia no oficial: jugador, libre en el trato con mujeres, dado a la continua diversión, y un poco hereje. “No creas en el infierno Manuelita”, confesaba haberle oído decir una amiga cercana; quizá demasiado cercana. Después de rehusarse a asaltar la capital, nuestro héroe, sentó por corto tiempo su cuartel en Guadalajara, donde además de dictar importantes decretos de reivindicación social y agraria (la Virgen le habla tres veces al día) se decía entre la tropa; Hidalgo fue un librepensador que vivió con pasión e intensidad; lo que se dice un perfecto vividor. Un moridor no hubiera armado la que él armó. Sin tocar ni con el pétalo de una rosa el bien ganado reconocimiento del Padre de la Patria, la historia no oficial, cuenta que apenas unos cuantos meses saboreando el poder en Guadalajara, y ya se le había hecho habitual el mayestático uso de “Nosotros”. Se hacía tratar como un soberano, andaba del brazo de una joven hermosa y consentía en que se le diera el título de Alteza Serenísima. (Siglo de Caudillos de E. Krauze). Como vemos, nuestro héroe, tan humano él, apenas un instante de poder lo confundió. Antonio López de Santana, nuestro héroe del Alamo, aunque siempre por lapsos muy cortos que en total no sumaron ni un sexenio, no pudo resistirse a ocupar la presidencia de México once veces.

Convencido de que en un país de 13 millones y medio de ciudadanos que había en el México de entonces, sólo él estaba capacitado para gobernar el país; Porfirio Díaz se las arregló para mantenerse en la presidencia nada menos que treinta años y fue necesaria una revolución para que soltara las riendas. Benito Juárez, el gran estadista y hombre profundamente religioso, a quien entre otras joyas le debemos la separación de Iglesia y Estado; se reeligió cinco veces, ocupó durante 14 años la presidencia, y si Juárez no hubiera muerto… todavía gobernaría. No hay que olvidar que el poder siempre cuenta con los medios para perpetuarse. Basta recordar que esa masa manipulable que llena las plazas para aplaudir jubilosa lo mismo al pinto que al colorado, y que la gente en el poder llama “su pueblo”, validó 80 años al PRI.

Y pues yo sé que no viene al caso, pero creo que vale la pena mencionar que en Rusia, después de 20 años en el poder, “su pueblo” reeligió a Vladimir Putin para gobernar hasta el 2036. La tentación del poder debe ser muy poderosa para que hombres y mujeres lo peleen como perros hambrientos. Perro que come mierda, cuando no la come la huele. Vulgares buscadores de un poder que los marea y corrompe. O tal vez como dice Karl Popper, No es cierto que el poder corrompa; hay políticos que corrompen el poder. Y bien pacientísimo lector, que conste que el que advierte, no es traidor.

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